domingo, 18 de octubre de 2020

Estrellas en la piedra (I)

La verdad es que hace tiempo que no escribo sobre patrimonio, sobre ruinas, sobre arqueología. Quizás porque me pasé todo mi doctorado hablando de ellas y de su aprovechamiento novedoso e imaginativo, aspecto en que la mayoría de académicos podrá disentir conmigo, o no. Nunca he acabado empachado del tema, aunque a veces me ha parecido que mis conclusiones no iban a caer en suelo fértil, sino en un pedregoso baldío. Al menos en España, aunque cambiará pronto, si Dios quiere y las autoridades competentes se caen del guindo de una puñetera vez.

Pues hoy toca, aunque no de algún trabajo mío, sino del de otros: hoy voy a loar a uno de mis científicos héroes, uno de los que, de guaje, me hubiera gustado imitar: Juan Antonio Belmonte Avilés, astrónomo del Instituto de Astrofísica de Canarias, ese increíble lugar que, algún día, me gustaría visitar.

El libro en cuestión (La Gaceta de Gea)
El sagaz lector se preguntará ¿qué tiene que ver un astrónomo con la arqueología? Se responderá automáticamente: la arqueoastronomía, como no podía ser menos, la ciencia que trata de analizar y explicar la orientación de los elementos arqueológicos; la posible relación emocional que podrían tener sus pretéritos constructores con el siempre evocador firmamento.

Dedicatoria del autor a un joven fan (La Gaceta de Gea)
Todavía recuerdo el día, en el ya lejano 2002, en el que asistí a la presentación -en el Museo Arqueológico Nacional- del libro que voy a ojear, que el propio Juan Antonio me dedicó, seguramente consciente de la prometedora carrera que el muchacho iba a emprender en el campo de la astronomía. No fue así -aunque poseo varios telescopios que intento usar- pero lo que sí compartimos, a buen seguro, el autor del libro y un servidor es la pasión y sed por la exploración, por triscar los campos, por entender lo que pisamos; en fin, la ilusión del conocimiento que tantas veces se nos escapa, y al que, probablemente, no se pueda acceder solo con la mente y los sentidos.

Abrimos el libro (La Gaceta de Gea)
El volumen tiene buen formato, es grande y grueso, con la mayoría de ilustraciones en blanco y negro y algunas a color, en páginas satinadas, más gruesas. Se divide en 10 partes: una interesante introducción, una bibliografía y los diferentes monumentos agrupados por zonas geográficas: la Península Ibérica, Francia, las islas del Mediterráneo, Península Itálica, Islas Canarias, África del Norte antes del Islam, ídem con el Islam y más allá del Mediterráneo occidental. Vamos a hacer un viaje por algunos de estos monumentos, viendo las conclusiones que sus autores extraen.

En la introducción, los autores explican las diferencias entre arqueoastronomía y astrotopografía, recalcando la incomprensión entre arqueólogos y arqueoastrónomos. Queda claro que cada colectivo, al menos en España, se protege como puede, cierra su parcelita, no se abre a otras propuestas que podrían ser enriquecedoras pero implican un cierto cambio mental, auspiciado por la tolerancia y el amor al conocimiento. Pero eso cuesta, y no estamos dispuestos a ceder nuestra comodidad intelectual. Por eso la ciencia, y todo lo demás, no avanza como debería. Está claro que el arqueotopógrafo únicamente toma anota y dibuja, y el arqueoastrónomo investiga, que es lo que les j... fastidia.

Comenzamos en la Península Ibérica, más concretamente en esa preciosa zona del Alentejo portugués, con sus densos bosques de alcornoques y roquedos graníticos, además de la increíble concentración de monumentos megalíticos que allí se ubican, entre sus preciosos pueblecillos blancos y tranquilos. Allí, unos kilómetros al sureste de Évora, se encuentra, según los autores del libro, la evidencia más antigua de orientación astronómica: el Anta Grande do Zambujeiro, construida aproximadamente en el IV milenio aC.

Impresionante dolmen: el Anta Grande do Zambujeiro (Flickr)
Se trata de una gran construcción que consiste en un largo pasillo, bastante bajo, y una cámara poligonal, cuya altura alcanza los 6 metros, techada con una losa pétrea. Cada bloque vertical, hincado en el suelo, se denomina ortostato; esta  anta posee 7 ortostatos en su cámara.

El anta, bajo su cubierta protectora, orientada al Este (Google Earth)
Vamos a buscar la ortofotografía del monumento, ya que es mucho y variado lo que se puede hacer con el Google Earth. En ella apreciamos que el monumento se orienta al este, a unos 95º. Para hacer esta medición in situ no hace falta más que una buena brújula. Respecto a la orientación de este monumento y otros similares, estudiados por los autores, se expresa:
"En realidad, cuando se examina con detalle el rango real de orientaciones y se tiene en cuenta la altura angular del horizonte, en aquellos pocos casos en que ésta es significativa, el rango de declinaciones obtenido queda comprendido exactamente entre la salida del sol en los dos solsticios, de forma que todas ellas sin excepción estarían orientadas al orto solar en algún momento del año. Sin embargo, como el rango de ortos lunares es más ancho que el de los solares, otra posibilidad es que la orientación sea hacia el orto de la luna en alguna época determinada."
Con esta apreciación queda claro que estos monumentos se orientan a la salida del sol o de la luna, un día determinado del año. Esto también ocurre en muchas iglesias, cuya cabecera o pórtico suele abrirse al este, quizás significando renacimiento, resurrección. Está claro que la necesidad de trascendencia trasciende -valga la redundancia- todas las épocas y lugares, ya que siempre queremos saber lo que hay ahí arriba, aunque algunos, intencionadamente o no, ahoguen este natural sentimiento de cualquier forma. Quizás llenamos nuestros días de tontas ocupaciones únicamente para no tener que pensar en esto, digo yo.

Vamos a ver otro ejemplo, que no aparece en el libro pero que me parece muy interesante, porque se aprecia el cambio de uso de los abandonos que tanto me gusta, no dejar morir los vestigios, transformarlos sin perder su esencia. Nos vamos no muy lejos, cerca de Beja, Santiago do Escoural, donde encontramos la capilla-dolmen de São Brissos.

El dolmen-capilla de Sao Brissos (Flickr Patrick Thiaudiere)
Se trata de un dolmen sacralizado en el siglo XVII, con los ortostatos cerrando el pequeño ábside. A algunos les parecerá mal, como siempre, pero prefiero ver esta pequeña capilla que unos pedruscos en medio del campo a los que nadie presta la más mínima atención. Lo que no se usa se pierde.

El dolmen de Sao Brissos, orientado al SSW-NNE (Google Earth)
Curiosamente, este monumento no cumple el patrón habitual de orientaciones al este, como el casi todos los monumentos megalíticos peninsulares, sino se orienta en una dirección suroeste-noreste. Es posible que esta diferencia de orientación se deba a que la dirección del eje de la capilla no se superponga exactamente al del anta, aunque no lo creo.


El cromlech de Xerez (La Gaceta de Gea)
Nos vamos no muy lejos a investigar un círculo de piedras realmente interesante: el cromlech de Xerez, cerca de Monsaraz, digno émulo de Stonehenge a lo ibérico. Como vemos en la foto aérea, parece que su extraña planta trapezoidal, con un menhir en el centro, posee un doble alineamiento a la salida del sol en el solsticio de verano y a la puesta en el solsticio de invierno, tomando alineaciones a partir del menhir central. Lo malo de este complejo es que se pueden sacar 4 orientaciones a partir del menhir central y 8 más alineando cada lado del trapecio. Para nota, vamos: un monumento único que no hay que perderse.

El cromlech de Xerez con su menhir central. Al ser trapezoidal hay orientaciones a cascoporro; aquí reseño la inferida por los autores (Google Earth)
Vamos a terminar nuestro recorrido peninsular -y este primer fascículo de nuestra serie "Estrellas en la piedra"- en el Monte Arabí, en Yecla (Murcia), preciosa excursión que pude realizar antes del Gran Confinamiento, como lo llaman algunos snobs y similares.

El monte Arabí desde el Arabilejo, donde se encuentran las cazoletas; en primer término la cueva del Mediodía (La Gaceta de Gea)

En este enclave, declarado Monumento Natural, se localizan varias cuevas y abrigos con paneles pintados, entre los que destacan motivos animalísticos y de antropomorfos de curiosas melenas, además de la enorme cueva de la Horadada, con sus paredes calizas coloreadas y moteadas de pequeñas vesículas: un lugar extraordinariamente pintoresco.

La cueva de la Horadada (La Gaceta de Gea)
La cueva de la Horadada (La Gaceta de Gea)

En el pie y la cima del pequeño Arabilejo, situado al sur del Arabí, aparecen más de 300 cazoletas distribuidas en 50 grupos. En la cumbre, muy fácilmente coronable, se supone que existía un asentamiento del Bronce, del que el que suscribe no ha encontrado traza alguna aunque lo que sí hay son unas cazoletas unidas por canalillos, como las que se pueden apreciar en otros lugares como el castro de Ulaca -donde aparecen éstas en el altar sacrificial- lo que podría implicar sangrientos sacrificios rituales.

Las cazoletas de la cima del Arabilejo (La Gaceta de Gea)
En relación con la astronomía -tema que nos ocupa- el autor infiere que las cazoletas pudieran servir de regla mnemónica para recordar números importantes relacionados con los ciclos astronómicos o, más sencillamente, que los conjuntos de cazoletas imitan asterismos celestes o constelaciones. El autor explica, para que no nos equivoquemos, que es una locura tratar de reconocer patrones estelares en todos y cada uno de los conjuntos de cazoletas que uno se encuentra por el camino. Pues eso, la imaginación excesiva en casa.

Así pues interesantísimo tema -que algunos meterán en el mismo saco de los ovnis, otras dimensiones, seres feéricos y demás magufadas- e interesantísimo libro cortesía del mayor divulgador patrio del asunto, que apasionará a exploradores avezados como el que escribe, frikis variopintos, arqueólogos sin prejuicios y científicos ídem. Para curiosos impenitentes, vamos.

Continuaremos con más ejemplos curiosos, en su mayoría explorados por mí mismo, algunos conocidos y otros no tanto.

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