domingo, 23 de diciembre de 2018

Rutas vintage: 1926, buscando piedras por el Sur de Madrid (y II)

Como bien puede recordar el posible lector, dejábamos la anterior entrada de esta ruta vintage junto al espléndido y muy poco conocido Puente Largo, a la entrada de la localidad palaciega de Aranjuez. Como se supone que ya hemos pasado casi toda la mañana en los sitios de interés desde Madrid hasta aquí, nuestra guía de 1926 nos plantea el bonito plan de visitar los palacios y jardines de Aranjuez, comer allí y proseguir el recorrido hacia Colmenar de Oreja. Nosotros, sin embargo, vamos a dejar Aranjuez -que merece una entrada aparte- para continuar el recorrido, que es invierno y anochece pronto.

"Por la tarde, después del almuerzo, y terminada la vista de los palacios y jardines, se reanudará la excursión, avanzando por la gran avenida situada delante del jardín del Príncipe, hasta su terminación que existe aguas arriba del colgante, por donde se entró por la mañana." Salimos por la calle de la Reina -vía de dos carriles en lugar de gran avenida- que luego se transforma en la carretera M-305, hacia el explícito Villaconejos. Los meandros del Tajo serpentean entre sotos arbolados, campos de cereal y pequeños viñedos mientras que, a la derecha, se elevan los altos escarpes rocosos del borde de la mesa de Ocaña.

Avanzamos dejando a la derecha el embalse del Embocador, un pequeño azud utilizado para mejorar el regadío de la vega del Tajo. Un poco más adelante, cogemos una bifurcación a la derecha: la carretera M-318 con dirección a Colmenar de Oreja. Un par de kilómetros después nos detenemos a la derecha para observar el barranco.

La silueta del castillo de Oreja, sobre el escarpe, dominando la fértil vega del Tajo (La Gaceta de Gea)

"Sobre unos grandes peñones, junto a una barrancada que desciende de la mesa de Ocaña al río, se ven las ruinas del castillo de Oreja, que defendía antiguamente la barca y el paso del río entre la llanura del Norte y la altiplanicie del Sur". Efectivamente, tras los campos de cereal y el bosque de galería de chopos, sauces y olmos, aparece la sombra recortada de la potente torre del homenaje, del siglo IX.

Seguimos por la M-318: "la carretera tuerce al NE, penetrándose en el nivel litológico de las margas; a la fertilidad de la llanura baja del valle del Tajo, sucede la aridez de las cuestas yesosas; a los cultivos ortícolas (literal) y a los frutíferos viñedos, la estepa, de matas pinchudas, de hojas pequeñas y coriáceas, y de aromas penetrantes; plantas adaptadas para resistir a la sequía, espaciadas, dejando al descubierto la superficie gris del suelo margoso". Solo un apunte a esta exhaustiva descripción: esto parece la estepa de Mongolia, a 40 kilómetros de Madrid; exotismo en estado puro.

Entramos en el pequeño valle de San Juan. Justo antes del acceso de la urbanización homónima -en la que no hay yurtas, únicamente viviendas unifamiliares con parcelita, lo que evidencia el carácter sedentario de sus moradores- y a la izquierda, en una finca vallada y en lo alto de un farallón margoso, aparece un hábitat troglodítico consistente en una serie de habitaciones excavadas en la roca.

El hábitat troglodítico en 1926 (Guía)

Este tipo de poblados, presuntamente de origen prehistórico, son relativamente abundantes en los escarpes yesosos del Jarama, Tajo y Tajuña, y su máximo exponente es el espectacular Risco de las Cuevas, en Perales de Tajuña. En ellos se han encontrado hachas de fibrolita y abundantes restos de cerámica antigua, aunque Hernández-Pacheco nos dice que "hay ciertos pueblos, tales como el de Morata de Tajuña, en que las casas troglodíticas son abundantísimas y están habitadas, no percibiéndose desde el exterior más que las chimeneas."

El hábitat troglodítico en la actualidad (Google Street View)
La carretera sigue ascendiendo por el desértico paisaje. Pasada la urbanización se abandona el valle y el paisaje estepario se transforma en unas suaves ondulaciones salpicadas de manchas de cereal y olivar, del que se obtiene un magnífico aceite de oliva.

Entramos en Colmenar de Oreja por la calle de Aranjuez, el acceso antiguo del pueblo. La guía nos promete que "en el talud de la derecha existen calizas blancas en capas horizontales" y, a la izquierda, "diversos pozos, abiertos para extraer la arcilla empleada en la fabricación de tinajas": de lo primero no he visto nada y de lo segundo una zona vaciada a modo de cantera; podría ser, o no.

Balsas de preparación de la arcilla, para la fabricación de tinajas (Guía)
Avanzamos por la calle Aranjuez, flanqueda por algunos árboles; su pavimento adoquinado hace vibrar el coche. A la derecha surge un pilón con fuente, con su cartel de interpretación: es la fuente de las Pajaritas, de la cual dice que aunque de apariencia apetecible, por la cristalinidad que presenta en el pilón, es la más salobre de todas las del pueblo. Nuestra guía vintage nos cuenta que "por los pozos abiertos en las capas inferiores de las calizas se llega a las de arcilla plástica, la cual, extraída, se trasporta en borricos a las balsas situadas a más bajo nivel que la fuente que brota, como se ha dicho, en el contacto de las arenas pontienses con las margas sarmatienses". Esta fuente parece coincidir con ambas descripciones: la damos por buena. Por cierto, no hay que beber de ella: es un purgante drástico.


La fuente de las Pajaritas (La Gaceta de Gea)
Se nos propone una visita a las fábricas de tinajas de Colmenar de Oreja, de esta forma tan intensa: "Desde las balsas, los expedicionarios se trasladarán a pie a algunas fábricas de tinajas, situadas a la entrada del pueblo". Hoy en día existen unos hornos de tinajas en la localidad, aunque esta actividad ha disminuido significativamente.


Una imagen de la guía capta mi atención: un antiguo lavadero bordea un camino de tierra cuya escalinata parece introducirse en un enorme túnel, excavado contra el murallón de casas típicas apelotonadas. Precioso; hay que encontrarlo, no debe andar muy lejos.

Hay que encontrar este rincón (Guía)
Bajo por la calle del Barranco y ahí está: el lavadero se incorpora a un acertado parque con diversas plataformas y niveles; el silencio del lugar queda interrumpido por el parloteo de unos adolescentes que se arrullan bajo un sauce llorón. El lugar invita, desde luego.

Tras el lavadero aparece la boca del túnel que discurre bajo la armoniosa Plaza Mayor siguiendo el cauce del arroyo Zacatín: es el Ojo del Puente o Arco de Zacatín. Curiosísimo, nunca había visto algo así.

Lo encontramos: el lavadero y el Ojo del Puente (La Gaceta de Gea)

Seguimos: "en el antiguo salón de sesiones del Ayuntamiento, que tiene carácter de época, se descansará un rato, y después de tomar una taza de te se marchará a visitar las canteras". Cómo cambian los tiempos: en esa época te podías plantar en un ayuntamiento y te ofrecían una taza de té. Igualito que ahora, me pasaré por el de Madrid a ver si lo consigo, aunque supongo que tendré que preguntar de ventanilla en ventanilla.

Salimos por la carretera de Valdelaguna, hacia el norte. Tras el cementerio, que aparece a la izquierda, una pista de tierra nos lleva a un enorme socavón: las canteras de piedra caliza de Colmenar de Oreja, abiertas en la pelada llanura. El suelo es arcilloso-calcáreo, de color rojizo, no hay arroyos de importancia, pues las aguas meteóricas empapan las arcillas superficiales de descalcificación, se infiltran en el subsuelo calizo y reaparecen en forma de manantiales en la zona superior de las cuestas que limitan el páramo. El socavón, con una rampa de acceso, presenta tonos ocres y blanquecinos, lo que indica la abundancia de sales de hierro.
Rojizo acceso a la cantera (La Gaceta de Gea)
Con la piedra de esta cantera, según nuestros anfitriones, están construidos el Palacio Real, la Puerta de Toledo, los ornamentos de la Puerta de Alcalá, las estatuas de los reyes godos de la Plaza de Oriente, la Casa de Velázquez, los palacios de Aranjuez y el ya visto Puente Largo. Se nos presenta unas interesantes fotos de oquedades y galerías excavadas en la cantera; no he podido localizarlas, seguramente ya no existan. Al respecto nos dicen los viejos geólogos "la mayor parte de las explotaciones es mediante galerías sostenidas por pilares, formados por las mismas capas de roca; de trecho en trecho, grandes claraboyas permiten trabajar con la luz del día, arrancándose los sillares y piezas por métodos primitivos".

No he podido encontrar estas cuevas, lástima (Guía)
Nos dirigimos a Chinchón, localidad de carácter parecido a Colmenar de Oreja, aunque mucho más turístico. Demasiado, incluso, aunque lo merece: sin duda una de las plazas mayores más bonitas de España, amplia, porticada, con hermosas balconadas. Una maravilla, poco más que decir.

Jolgorio en Chinchón (La Gaceta de Gea)
Enfilamos a Titulcia, la carretera desciende suavemente entre olivares hasta encontrar el arroyo de Carcavillas, que vierte al Tajuña. Justo antes de cruzar el río sale un camino a la izquierda que nos deja junto al puente y presa del Molino Caído, una obra hidráulica absolutamente olvidada, llena de basura y dejadez. Aún es posible -veremos lo que dura- visitar el mecanismo de la presa de compuertas, que sirve para desviar las aguas del Tajuña a un canal de riego de las huertas cercanas.

Presa de compuertas de Molino Caído (La Gaceta de Gea)
Llegamos a Titulcia, localidad de nombre romano situada sobre un potente espolón de margas yesíferas que mira al río Jarama. Nuestra guía nos cuenta que "aún existen casas troglodíticas excavadas en los bancos margosos, siguiendo la vieja costumbre de las épocas prehistóricas".

Titulcia sobre el escarpe (La Gaceta de Gea)
Finaliza nuestra excursión vintage en Ciempozuelos, al otro lado de la vega del Jarama. Nuestros anfitriones loan la Plaza Mayor, que "presenta carácter típico y pintoresco", al gran arquitecto Ventura Rodríguez, oriundo de esta localidad madrileña, y a las casas troglodíticas que aquí había, que la cabra siempre tira al monte.

Nuestros amigos Eduardo y Francisco cierran el recorrido de forma poco lírica, una rareza para la época: "una distancia de cuatro kilómetros separa a Ciempozuelos de la carretera general de Madrid a Andalucía, recorrida en la ida hacia Aranjuez, por donde se regresará a Madrid, distante 25 kilómetros del empalme".

Hasta la próxima, caballeros. Un placer.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Trogloditas por el mundo (I)

De vez en cuando, el paisaje nos sorprende con cuevas, abrigos o agujeros sospechosos de que puede haber bicho. Con mil, cien, ocho, seis, cuatro o dos patas, esto suele ir por pares. Desde el principio de los tiempos, los animales bípedos han gustado de las oquedades por razones bastante obvias: los Homo sapiens siempre se han llevado mal con los elementos atmosféricos o faunísticos y, de paso, también con los elementos de otras tribus, razas o incluso especies, ya que no hay que olvidar a neandertales, denisovanos y demás pobres diablos. Seguramente por razones identitarias, el hecho diferencial; ya nos conocemos todos.

Sin embargo, el motivo más importante de todos es el estrés climático, que incluye la gran oscilación de temperaturas entre el día y la noche o entre las estaciones del año, así como la variabilidad de los vientos, la radiación intensa y la reflexión del suelo, aspectos que suelen ser más extremos en las zonas más áridas del planeta.

Trogloditismo madrileño antiguo de calidad: el Risco de las Cuevas, en Perales de Tajuña, Madrid (La Gaceta de Gea)
De alguna forma, se usa el término troglodita de forma despectiva: seres cultural y tecnológicamente primitivos. Sin embargo, hoy en día algunos pueblos o comunidades prefieren los hábitats troglodíticos por sus ventajas climáticas, su mejor protección ante fenómenos naturales o simplemente para ahorrar terreno y poder dedicarlo a la agricultura. Por tanto, vamos a hacer una incursión teórica en la casa del troglodita, la caverna, pero no en las naturales sino en las artificiales. Del trogloditismo arquitectónico a lo largo del tiempo, examinando los diseños más interesantes de hábitats subterráneos empleados en algún momento de la Historia o, incluso, en la actualidad.

La primera tipología es la catacumba, únicamente usada en el pasado, afortunadamente. Consta de una serie de galerías con huecos para tumbas, en el caso de que fueran construidas con función funeraria. Hay otros usos para las catacumbas: lugares de refugio, oración e incluso vivienda. Un ejemplo de este último -si se pueden llamar catacumbas- son las misteriosísimas ciudades subterráneas de la Capadocia, de las que ni siquiera se conoce la razón exacta de su construcción, aunque se supone que era para que los cristianos bizantinos de los siglos VI y VII dC no cayeran en manos de persas y árabes. He tenido la suerte de visitar la de Kaymakli, con sus múltiples niveles -todos ventilados- repletos de habitaciones, cocinas y rudimentarios baños: la sensación es indescriptible, una mezcla de claustrofobia y asombro ¿Tan chungos eran sus enemigos como para montar esta extravagancia? Viviendo entre 3.000 y 50.000 personas allí abajo y sometidos a una gran presión ¿cómo no se mataron entre ellos? Demasiadas preguntas y pocas certezas: impresionante.

Ciudad subterránea de Kaymakli, en la Capadocia (Aydin Goreme Travel)

Nos vamos a Túnez. En las llanuras y en las altitudes más bajas de la zona montañosa del sur del país todavía viven, de forma troglodítica, varios miles de personas de origen bereber. En la localidad de Matmata, las unidades habitacionales son accesibles desde un gran patio circular, excavado de 50 a 80 metros bajo el nivel del suelo, fácilmente tallable por estar compuesto de capas alternas de caliza dura y blanda, por lo que las habitaciones se excavan en la caliza más blanda. Los animales, sin embargo, se mantienen en el exterior, y el grano se almacena en unas estructuras semicirculares por encima del suelo, ya que las cavernas no proporcionan la correcta ventilación y secado del mismo.

Casa troglodítica de Matmata, Túnez (Wikimedia Commons)
El diseño general de estas estructuras es el siguiente: las habitaciones rodean el gran patio hundido y son accesibles mediante escaleras o túneles a diferentes alturas. En las paredes de estos túneles hay espacios para alojar animales pequeños, a modo de despensas. Las habitaciones presentan techos abovedados, son rectangulares y curvadas en las esquinas, midiendo de 2 a 2,5 metros de lado.

Ghorfa en Ksar Medenine, Túnez (Wikimedia Commons)
En algunas unidades subterráneas los bebereres construyeron, antes de la invasión de los árabes -sobre tierra y para almacenar grano- las interesantes ghorfas. Se trata de estructuras talladas en la piedra cuyas fachadas forman líneas de nichos unidos por escaleras y rematados de forma abovedada, algunas de ellas de más de seis pisos de altura. Tras la invasión árabe, en el siglo VII dC, las ghorfas se usaron con propósito defensivo, alojando pueblos enteros en caso de necesidad, para lo que construían cisternas de abastecimiento de agua dentro de las estancias. Al pacificarse el asunto, los bereberes volvieron a sus viviendas excavadas en el suelo y dejaron las ghorfas para su uso tradicional. Por cierto, una agrupación de ghorfas se denomina Ksar; de hecho varios pueblos del sur de Túnez se llaman así, por lo que es fácil inferir su posible interés turístico.

Próxima parada: China. En el norte del país, con su clima semiárido, sujeto a importantes sequías así como temperaturas extremas, viven miles de trogloditas en sus yaodong desde el siglo IV aC, especialmente en las provincias de Henan, Kansu, Shaanxi y Shanxi. El suelo de limo arcilloso, denominado loess, posee una gran porosidad, por lo que retiene bien la humedad, creando un microclima subterráneo más húmedo, fresco y agradable. Además, se trabaja muy bien y permite la construcción de muros verticales y techos horizontales, lo que facilita el hábitat subterráneo.

Yaodong en la provincia de Henan, China (cgtn.com)
Consta de un patio cuadrado, excavado en el loess, a partir del cual se distribuyen las estancias. El acceso al patio se produce por medio de una escalera, marcada normalmente con un árbol, que lleva a un túnel perpendicular al patio. La diferencia principal con el hábitat tunecino es que el chino es más compacto y está mejor organizado espacialmente. Una curiosidad es que las habitaciones tunecinas poseen las esquinas redondeadas y las chinas esquinas rectas.

Regresamos a la Capadocia para visitar el valle de Göreme, de visita absolutamente imprescindible. Un paisaje extremadamente dramático por gracia de sus famosas chimeneas de toba volcánica, de formas cónicas, que forman extensos e inolvidables paisajes puntiagudos, dorados a la luz del atardecer y ocupados desde el año 2300 aC hasta la actualidad.

Museo al aire libre de Göreme, Capadocia, Turquía (Wikimedia Commons)
Hay conos pequeños, de una o varias viviendas, y conos de grandes dimensiones donde se agolpan multitud de ellas, y que no dejan de recordarme a los enormes termiteros africanos.

Finalizamos esta primera entrada dedicada al trogloditismo en el sur de Italia, más concretamente en las regiones de Apulia y Basilicata; en la primera los hábitats troglodíticos aparecen en zonas kársticas, formadas por piedra caliza y, en la segunda, estos asentamientos se localizan en terrenos volcánicos de toba, de forma similar a la Capadocia.

El hábitat de Ginosa, Apulia, Italia (pinterest)
En Apulia tenemos el pueblo troglodítico de Ginosa, tallado en un acantilado, sobre el que descansa el poblado actual. Consta de cuatro niveles de casas, dispuestos de forma aterrazada.

Poblado de Sassi en Matera, Basilicata, Italia (italiannotes)

En la región de Basilicata se ubica el más turístico poblado troglodítico de Sassi di Matera, ocupado desde aproximadamente el año 1500 aC hasta principios del siglo XX. En lo alto de un profundo farallón surgen hileras aterrazadas de viviendas excavadas en la roca y, por encima de ellas, aparece el poblado nuevo, de forma similar a Ginosa.

Aquí damos por finalizada la primera entrega de Trogloditas por el Mundo; en la segunda seguiremos analizando ejemplos de este modelo de hábitat tan imbricado en el inconsciente colectivo: casa, refugio, seguridad, protección, contacto íntimo con la Naturaleza.

Continúa aquí

lunes, 26 de noviembre de 2018

Rutas vintage: 1926, buscando piedras por el Sur de Madrid (I)

Con esta entrada comenzamos una nueva sección del blog: las rutas vintage. Bajo ese anglicismo (en un principio iba a denominarlas rutas retro, pero ese término se podía confundir con retroǵrado, lo que no define precisamente el concepto) se esconde una excursión guiada por una guía de viajes antigua o, por lo menos, de antes de 1990, por poner una fecha. De esta forma, podemos observar el paisaje de dos formas distintas, apreciando los cambios que han sucedido en el mismo a lo largo de las décadas. No es, en absoluto, un ejercicio de absurda melancolía; el que suscribe no comulga con esa filosofía porque cree sinceramente que el mundo va mejorando, aunque con riesgos existenciales graves que el lector se podrá imaginar por su cuenta y que habrá que ir solucionando según vaya sucediendo lo peor. Ya se sabe que el ser humano es absolutamente reactivo y nada proactivo, qué le vamos a hacer.

Volviendo al tema, no sé si el posible lector recordará la entrada en la que tratábamos el paisaje según la visión del insigne naturalista Eduardo Hernández-Pacheco. Pues bien, vamos a seguir una ruta geológico-paisajística por la zona sur de Madrid acompañados de la Excursión B-3 del XIV Congreso Geológico Internacional, celebrado en Madrid en 1926 y titulado Aranjuez y el Territorio al Sur de Madrid, cuyos autores son don Eduardo y su hijo Francisco, otro patanegra de la ciencia española.

Guía vintage y anotaciones (La Gaceta de Gea)
El objeto de la excursión era "reconocer el terciario de facies continental de la cuenca del río Tajo, examinándose los depósitos miocenos que cubren gran parte de la meseta española". Se refiere a los afloramientos de rocas sedimentarias de las cuencas formadas en el periodo mioceno, constituidas esencialmente de margas y yesos, donde existen importantes yacimientos de sales de sodio (sales sódicas). Ya nos cuentan nuestros queridos anfitriones:

"Se recorrerá la llanura que se extiende al Sur de Madrid, constituida principalmente por margas yesíferas con abundantes yacimientos de sales sódicas; las cuestas de vegetación esteparia; las vegas del Tajo, del Jarama y del Tajuña, con sus extensos viñedos y frondosas arboledas que en Aranjuez constituyen deleitoso oasis; las planicies altas del páramo, correspondientes al mioceno superior; pudiéndose hacer cargo los excursionistas, no tan solo de la constitución geológica del país, sino de la vegetación espontánea y cultivada que le cubre."
Mapa de la ruta (Guía)
El itinerario parte del madrileño puente de la Princesa, sobre el río Manzanares, entre la plaza de Legazpi y la calle Marcelo Usera. Ya nuestra guía nos dice que "a la izquierda quedan las edificaciones del Matadero", en la actualidad un interesante centro cultural; y que "se descubrió a tres kilómetros aguas arriba, junto a la fábrica de electricidad situada entre los antiguos puentes de Toledo y de Segovia, y a un metro sobre el nivel de las aguas, un yacimiento de mamíferos en una capa de caliza blanca margosa". Esta fábrica seguramente estuviera localizada en el edificio situado en el cruce de las calles Manzanares y Mazarredo, actualmente un espacio de oficinas y emprendimiento digital.

¿Será ésta la fábrica de electricidad entre los puentes de Toledo y Segovia? Si alguien conoce la respuesta que se manifieste, por favor (La Gaceta de Gea)

Tras este prólogo, cogemos la antigua carretera general Madrid-Cádiz, actualmente la autovía A-4, que abandonaremos a la altura de Seseña. Vamos a a explorar el territorio por puntos kilométros, tal y como aparece en nuestra guía vintage. Lo escrito en la guía aparece entre comillas y en cursiva, para que se note. Por supuesto, si algún experto en la materia quiere corroborar o corregir amablemente algo, bienvenido sea; se reflejará en el blog lo antes posible.

Posición de los aluviones del Km. 5
Kilómetro 5.- "A la izquierda, poco antes del paso a nivel, cerca del río, se encontraron en los aluviones cuaternarios instrumentos del paleolítico inferior, tallados en sílex, junto con algunos restos de mamíferos cuaternarios". Esa posición puede corresponder, actualmente, a la calle Anafil y el túnel de la calle Perales, que pasa por debajo de la vía férrea.

Kilómetro 8.- En "el pequeño pueblo de Villaverde, en los terrenos de la izquierda, cerca del río, se encontraron hace unos meses, entre las arenas de la base del cuaternario, algunos restos de la osamenta de un Bos primigenius Boj". Es difícil estimar la posición donde encontraron los huesos del extinto uro euroasiático, aunque podría corresponder a la zona de la estación de cercanías de Villaverde Bajo.

Kilómetro 13.- "A la derecha, el pueblo de Getafe y un campo de aviación. A la izquierda, el cerro de los Ángeles". Aquí comienza nuestra investigación de campo.

Dos paisanos descansando junto a la antigua carretera nacional. Al fondo, el cerro de los Ángeles, en Getafe (Guía)
Ascendemos al otero atravesando un bonito pinar. Una música celestial, a todo volumen -de esas capaces de enviar al más descreído al redil, por agotamiento sensorial- nos recibe en la amplia explanada, bajo el Sagrado Corazón. Qué bello es el silencio, oiga. Busco, según indicaciones de la guía, los restos de la antigua torre telegráfica, perteneciente a la antigua línea Madrid-Reales Sitios, en el extremo norte del cerro. Lo único que encuentro es un zócalo justo al norte de la cafetería, podría ser.

La torre telegráfica, hoy desaparecida, y la ermita del Cerro de los Ángeles (Guía)
La guía nos dice que "corona la parte septentrional de la colina, sobre la que está edificada la ermita de la Virgen de los Ángeles, un tramo de dos a tres metros de espesor, que sirve de base al santuario; tramo compuesto por una roca, en la cual se mezclan masas de sílex y sepiolita, y formaciones concrecionadas y arriñonadas de calcedonia". Como era de esperar, ese zócalo ya no existe.

Antiguo monumento al Sagrado Corazón del cerro de los Ángeles. Al fondo, la ermita (La Gaceta de Gea)
Enfilamos la autovía A-4 hacia el sur, pasando sobre el cauce del arroyo Culebro, donde había unas antiguas canteras de yeso, ahora cubiertas por edificaciones industriales. Llegamos a Valdemoro.

Kilómetro 27.- "Pasado el pueblo de Valdemoro, una vallonada transversal cruza la carretera. A uno y otro lado, canteras de yeso, con buenos cortes en ellas y en los desmontes del camino, en los que se observa la estratificación horizontal de los bancos de yeso y margas". Efectivamente, este ámbito corresponde actualmente al polígono industrial "Las Canteras"; todavía quedan restos de una cantera junto al campo de tiro de Valdemoro. El paisaje es suavemente alomado, salpicado con manchas de olivar y pinar, además del secarral de turno.

Paisaje junto a las antiguas canteras de Valdemoro (La Gaceta de Gea)
Dejamos la A-4 por la salida 37, descendiendo la denominada Cuesta de la Reina y cogiendo la carretera M-305 con dirección a Aranjuez.

Kilómetro 38.- "Al llegar a la base de la Cuesta de la Reina, se cruza el canal del Jarama, e inmediatamente está la estación de Seseña, en la vía férrea de Madrid a Andalucía" . Después de dejar la autovía llegamos a una curva pronunciada, donde observamos el canal del Jarama, que se esconde bajo la carretera. Pasado el desvío a Ciempozuelos hay una nave industrial y, junto a ella, la antigua estación de Seseña, hoy abandonada. Es una pena: como restaurante o bar de tapas no quedaría nada mal, estando tan cerca de un foco turístico como Aranjuez. Ahí queda.

La antigua estación de Seseña, mi voto para restaurante (La Gaceta de Gea)
Cogemos la carretera M-307 hacia Ciempozuelos. Pasado el puente sobre la vía férrea sale un camino a la izquierda, que continuamos hasta llegar a una finca utilizada como escuela de hípica, donde dejamos el coche. Giramos a la izquierda y llegamos a las históricas salinas de Espartinas, nombre que alude al esparto, material muy utilizado en artesanía.

Posición de las salinas de Espartinas. Izda: 1ª edición del Mapa Topográfico Nacional 1/50.000; dcha.: mapa actual

El paisaje es desolado, seco, estepario, tremendamente hostil: sobre la tierra rojiza sólo crecen matas leñosas y yerbazales xerófilos, acostumbrados a la sequedad. Las especies más ubicuas son el esparto (Lygeum spartum), la saladilla (Atriplex glauca), el gualdón (Reseda suffruticosa), la aulaga (Genista scorpius) o el tomillo salsero (Thymus zygis), entre otras. Por cierto, por todo el paraje hay basura -mierda, que nos entendamos- para aburrir, detalle que evidencia el nivelazo de algunos de los que por aquí pululan.


Vista de las salinas (Guía)


En estas salinas, el malagueño -grandes personajes nos ha traído mi querida Málaga- Rafael de Rodas descubrió, en 1826, la thenardita, un mineral compuesto de sulfato sódico; también aparece la glauberita y otros minerales en menor cantidad. Las aguas que brotaban de la base de la cuesta salían saturadas de estas sales, se recogían por dos galerías excavadas en la ladera y, mediante canales, esan conducidas a las balsas -de madera igual que los canales- donde se depositaba la sal en verano, ya que en invierno el compasto (masa endurecida de sales) se recogía en la propias galerías. En la actualidad se puede apreciar lo que queda de una balsa de evaporación, delimitada por unos marchitos maderos verticales, así como restos de galerías en la ladera. Junto al arroyo Valdelachica hay varias cuevas, similares a las encontradas en otros entornos cercanos. Más allá de la balsa aparece un regato con costras de sal; recojo una muestra para observarla al microscopio.

Lo más patente que queda de las salinas: la balsa de evaporación rodeada de maderos (La Gaceta de Gea)
Dejamos este decadente y sucio lugar conociendo su importancia histórica, para dirigirnos otra vez hacia la M-305.

Kilómetro 40.- "Se atraviesa el Jarama por un hermoso puente de caliza blanca de Colmenar de Oreja. Consta de 25 arcos iguales y tiene espaciosa entrada y elegantes pretiles"

El Puente Largo, sin la vegetación que actualmente oculta parte del puente (Guía)
Pasado el Puente Largo, dejamos el coche en un espacio junto a la rotonda, para observarlo. Es un puente magnífico, construido en 1761 por el arquitecto cántabro Marcos de Vierna. En la actualidad hay mucha vegetación y maleza en las riberas del Jarama, por lo que me quedo con la foto antigua. Aún así, se pueden admirar sus potentes tajamares semicirculares que dividen sus 25 bóvedas de medio punto.

Terminamos así la primera entrega de esta ruta vintage. En la siguiente visitaremos el valle del Tajo, descubriendo la geología y el paisaje de la vega madrileña.


PD: Habíamos recogido una muestra de agua salina en Espartinas. Agito la muestra acuosa para llevarla a saturación y deposito unas gotas sobre el portaobjetos. Ya seco, lo observo bajo el microscopio de polarización: sobre una miríada de pequeños cristales informes destacan grandes cristales que parecen las pirámides de Giza desde el cielo ¿será la thenardita?. Si alguien lo sabe, que se pronuncie, porfa.

Vista de la cristalización del agua de Espartinas, a la lupa binocular (La Gaceta de Gea)
Cristal piramidal, 50x con microscopio de polarización, de la muestra de agua de las salinas de Espartinas (La Gaceta de Gea)

lunes, 12 de noviembre de 2018

Micropaisajes (I)

Hoy vamos a tratar el paisaje desde otra perspectiva, quizás algo peculiar pero a buen seguro interesante. Una especie de experimento, basado en el arte de la analogía, uno de los métodos del pensamiento lateral. Y es que al que escribe le gusta saltar de un tema a otro, relacionarlos -con mayor o menor fortuna, cosas del I+D-, disolverlos en otros y así sucesivamente, a lo homéopata trilero. Y es que la diversidad es equivalente al buen gusto; de eso sabemos mucho en España.

Vamos, pues, a examinar lo que denomino micropaisajes, paisajes vistos a través de un microscopio. Como la definición de paisaje, según la RAE, es la "parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar", también concuerda perfectamente con un micropaisaje, ya que observamos un territorio pequeñito, microscópico, desde un determinado lugar, los oculares del microscopio. Fantástico, de momento parece que no chirría, miel sobre hojuelas.

Vamos a utilizar dos páginas muy interesantes: Nikon Small World y Olympus Bioscapes, ambos concursos de microfotografía patrocinados por las conocidas empresas de óptica. Revisaremos las microimágenes más evocadoras, que nos recuerden a esos paisajes que podemos admirar en nuestra escala, la humana, en cómodos fascículos.

Comenzamos con el Nikon Small World, más concretamente con la imagen ganadora de 1996: "Doxorubin in methanol and dimethylbenzenesulfonic acid", de Lars Bech.

Doxorubin in methanol and dimethylbenzenesulfonic acid (Lars Bech)

Se trata de la alucinante imagen de una disolución de doxorubicina -un fármaco de quimioterapia- en metanol y un ácido impronunciable, observados a la luz polarizada. Al secarse la disolución en el portaobjetos, el líquido cristaliza originando diferentes patrones de agrupación así como interesantes maclas, cuyos colores varían dependiendo del giro de la luz polarizada en el microscopio de polarización. A mí me recuerda el skyline de una hipotética ciudad europea salpicada de iglesias, con un fondo de montañas cercanas: imaginación al poder.

La siguiente imagen fue finalista de la edición de 2017: "Aspergillus flavus (fungus) and yeast colony from soil", de Tracy Scott.

Aspergillus flavus (fungus) and yeast colony from soil (Tracy Scott)
Se trata de una microfoto de las filamentosas hifas de un hongo alergénico de bastante mal genio, acompañadas de una colonia de levaduras procedentes del suelo, observadas al microscopio de luz transmitida, el más común y barato. Las hifas semejan los tallos de, por ejemplo, unas rústicas amapolas, mientras que las pequeñas células de la levadura salpican, como puntitos, el fondo de la imagen, como si fuese polen. Una estampa primaveral, quizás al amanecer, de aspecto algo japonés: preciosa y evocadora.

La siguiente microfoto fue finalista de la edición de 2015, iluminada mediante la carísima técnica de contraste por interferencia diferencial (DIC): "Black witch-hazel (Trichodactylus crinitus) leaf producing crystals to defend against herbivores", de David Maitland. La hoja de una planta de la familia Hammamelis produce cristalitos de una sustancia que evita que los herbívoros se la puedan comer, y es que cada uno se defiende como puede. Parece un paisaje invernal con un cierto aire expresionista: los cristales caen de los árboles -los nervios de la hoja- hacia el suelo, el nervio principal de la hoja.

Black witch-hazel (Trichodactylus crinitus) leaf producing crystals to defend against herbivores (David Maitland)
La edición de 2013 nos brinda la siguiente imagen: "Nerve and muscle thin section", de David Ward. Se trata de un corte de tejido muscular liso, seguramente teñido mediante la técnica de hematoxilina-eosina y visto a través del microscopio de campo claro. Dentro del corte aparece un tipo especial de nervio: una neurona motora cuyo axón se ramifica en varias placas motoras terminales, una por cada fibra del músculo, permitiendo la contracción del tejido muscular. Es como un arbolillo cuyo fondo bandeado me recuerda al del Grito de Munch pero quitándole lo siniestro: un cuadro expresionista cuqui.

Nerve and muscle thin section (David Ward)
De la cosecha de 2008 tenemos esta imagen: "Mitomycin (anti-cancer drug)", de Margaret Oechsli. Al microscopio de polarización, los cristales de mitomicina, al secarse, forman un angosto cañón y un abrigo rocoso, a la izquierda, bajo la luz nocturna.

Mytomicin (Margaret Oechsli)
De 2006 nos llega "Transgenic Nicotiana benthamiana plant", de Heiti Paves. Se trata de una planta relacionada con el tabaco y utilizada como fuente de medicamentos. La imagen parece representar -aunque no estoy seguro- los pelillos del tallo o de la hoja, mediante la técnica de microscopía de fluorescencia, bastante compleja ya que necesita un costoso equipamiento.

Esta microfoto me recuerda a las luciérnagas, esos animales bioluminiscentes que hace años que no consigo ver. Como no sé si les quedan dos telediarios para la extinción total, me voy a consolar observando esta imagen tan contrastada.

Transgenic Nicotiana benthamiana plant (Heiti Paves)
De la edición de 2003 nos llega el siguiente micropaisaje: "Surface of titanium carbide crystal", de Lynn Boatner y Hu Longmire. Se trata de una cristalización de carburo de titanio, un material cerámico que se utiliza como recubrimiento de naves espaciales, por su resistencia al calor. La técnica de iluminación es el contraste diferencial (DIC). Está clara la analogía: una cercana cordillera bajo un cielo azul con nubes iridiscentes, de las que emerge una especie de nave espacial, quizás recubierta con el propio carburo de titanio.

Surface of titanium carbide crystal (Lynn Boatner y Hu Longmire)
Una última imagen para esta entrada: desde 2002 nos llega "Sheep placenta stained with India ink", de Jhodie R. Duncan. Se trata de una preparación de placenta de oveja; este oŕgano se utiliza como suplemento alimenticio con gran aporte de proteínas, según dice la publicidad del producto. Se tiñe con tinta china, de forma muy simple, para luego ser observada al microscopio de polarización. Me recuerda a una planta acuática emergiendo de un lago, bajo la luz de la luna.


Sheep placenta stained with India ink (Jhodie R. Duncan)
Como hemos visto, el microscopio no sólo sirve como aparato exclusivamente científico, también puede ser utilizado por artistas o fotógrafos. Permite adentrarse en nuevas formas de ver la realidad, abrir la mente o, simplemente, jugar. Ya lo dijo Pablo Neruda: el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

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PD: Haciendo caso a don Pablo, voy a jugar un poco. Coloco una preparación, de mi colección, de acetanilida. La coloco bajo el microscopio de polarización y ya tenemos videoarte:


domingo, 28 de octubre de 2018

Incursiones cotidianas: por La Peseta, la vanguardia de Carabanchel

Con la presente entrada comenzamos una nueva serie dentro de las incursiones cotidianas: paseos paisajístico-naturalista-costumbristas, a modo de libérrimo flâneur -paseante sin rumbo fijo- por el Madrid menos comercial o turístico, lo que no quiere decir que sea de menor interés. Más bien al contrario: la ciudad en la que nací, resido y pululo presenta, al ojo avezado y atento, multitud de sitios curiosos, gentes diversas y actividades callejeras peculiares, que a buen seguro harán las delicias de niños y mayores inconformistas con las simples apariencias. Empezamos, pues, por una zona nueva, periférica, de la capital: el PAU de Carabanchel, denominado popularmente barrio de La Peseta, merecido homenaje a la moneda que circuló en España tras los maravedís, reales y escudos y antes de los actuales euros.

Distancia: 7,42 km, tiempo: 2 horas 50 minutos, dificultad: nula
Salgo de la nueva y espaciosa estación de Metro de La Peseta. Frente a mí, dos interesantes construcciones efímeras: una churrería, cerrada, y un moderno aseo público, utilizable al módico precio de 10 céntimos. Por cierto, la inclusión de estos elementos en la ciudades españolas no es ninguna broma, es un asunto de salud pública que demasiadas veces se pasa por alto. Así que mi gratitud, por ello, al Ayuntamiento de Madrid; ya habrá tiempo en esta entrada para la crítica constructiva. Bordeo el cubo cristalino y me dirijo hacia el noreste, por un paseo ancho y algo desangelado que es parte de un moderno parque, con poco árbol y mucho suelo, clásico del urbanismo madrileño contemporáneo.

Al fondo se presenta un interesante edificio, al que me acerco: se trata de las 64 VPP (viviendas de Protección Pública) de los arquitectos Aranguren y Gallegos, galardonadas con el Premio COAM 2005. Como curiosidad, consta de cuatro bloques en esvástica que rodean un jardín zen, con su gravilla y sus bolos de granito, simbolizando el afloramiento de las impresiones mentales sobre el océano del inconsciente, que se logra por la práctica del zazen. Iluminación garantizada, oiga. Una serie de grandes plátanos de sombra (Platanus x hispanica) cubren, casi por entero, la interesante fachada principal del edificio, quizás queriendo rebajar el posible ego de sus autores, como manda la tradición.

Las 64 VPP de Aranguren y Gallegos (La Gaceta de Gea)
Volviendo al parque un aro de hormigón, pintarrajeado sin mucho arte, preside un inhóspito paraje con la única sombra de unas imberbes falsas acacias (Robinia pseudoacacia), bajo las que corretean, estirando el cuello, varios mirlos, Turdus merula. Completan el cuadro una fuente de dos caños, que gotea apaciblemente bajo el perreante sonido de un cercano reguetón, y unas cuantas mesas de juego colocadas a la buena de Dios, que emergen como los pedruscos del jardín zen.

Aro, fuente, mesa, socavón y basura (La Gaceta de Gea)
Enfilo hacia el ajardinado bulevar entre las calles Lonja de la Seda y Tordesillas, donde observamos más manzanas de viviendas nuevas de mayor o menor categoría. Un truco para identificarlas con propiedad: cuanta más superficie acristalada y más balcones mayor calidad, en general. Y es que lo más caro son las carpinterías, es decir, las ventanas.

Un sonoro graznido desvía mi atención: sobre el nudoso tronco de un olivo, unas cotorras argentinas (Myiopsitta monachus), bien alimentadas, miran hacia la acera contraria de la calle, donde comienzan a aparecer viviendas en bloque de dos o tres alturas, marcando la transición entre el PAU y las zonas de Carabanchel más antiguas.

Cotorras argentinas, rellenitas, sobre un bonito olivo (La Gaceta de Gea)
Llego a una rotonda y, animado por un original edificio blanco recubierto por una piel de parasoles horizontales que dan movimiento a un patrón regular de ventanas y balcones, driblo hacia la calle del Jacobeo. Alcanzo, tras la calle del Fagot, un parquecillo, de esos que tanto abundan por estos lares. Una depresión cobija un pequeño teatro dotado de un quiosco de música; entorno muy sucio, por cierto, en román paladino tiene más mierda que el palo de un gallinero. Está claro que la principal responsabilidad de la suciedad la tiene quien la emite, no quien la recoge, ya que siempre nos gusta echar balones fuera. Es la tragedia de los comunes en el ámbito urbano.

Quiosco y auditorio, al fondo la catedral ortodoxa y el edificio Bambú (La Gaceta de Gea)
 Más allá, un edificio blanco dotado de unas torres de aspecto orientalizante: se trata de la catedral de la Iglesia Ortodoxa Rumana, la primera construida fuera de Rumanía. Detrás, un bajo edificio de viviendas aplacado en pizarra, todo un lujo. De frente el edificio Bambú, obra del arquitecto Alejandro Zaera, con su recubrimiento de bambú sobre bastidores metálicos abatibles, que oculta parcialmente los entresijos vitales de sus moradores.

El opaco edificio Bambú (La Gaceta de Gea)
Reconozco que el alzado de este tipo de edificaciones suele quedar, en plano, azúcar puro, gloria bendita, parafraseando a un conocido humorista. Pero no deja de ser algo engañoso; bajo su texturizada piel se deja adivinar la humanidad en su salsa: ropa tendida, terrazas usadas como trasteros y customizaciones varias, en fin, la realidad sin ornamentos.

Me dirijo hacia el sur, atravesando una zona verde. Mientras divago mentalmente sobre la honestidad intelectual del edificio, una algarroba me da un golpecillo en la cabeza, devolvéndome al aquí y ahora. La culpable es una Ceratonia siliqua; Pío Font, en su Dioscórides Renovado, nos dice que "su corteza es astringente y su fruto laxante", aunque es mejor no probarlo.

Algarrobo y colores del otoño (La Gaceta de Gea)
Más adelante tenemos un jovial y colorido edificio de viviendas que casa perfectamente con el moderno colegio que tiene enfrente: es el Carabanchel 17, de ACM Arquitectos, algo menos secretista que el anteriormente mencionado.

Las 82 viviendas de ACM Arquitectos (La Gaceta de Gea)
Cruzo la avenida de la Peseta, con su hermoso bulevar, y me saluda un descampado con aspecto de usarse para deportes y demás fiestas de guardar así como el pinar de San José, pulmón verde de la zona compuesto de pinos piñoneros (Pinus pinea) de repoblación, con sus típicas copas en forma de paraguas. Los pajarillos cantan contra el murmullo del tráfico cercano; atravieso el pinar pisando el mullido suelo de acículas aderezado con latas aplastadas, restos de plástico y otros objetos de los que no quiero acordarme.

El huerto urbano y su espantapájaros, una gran inicialiva colectiva (La Gaceta de Gea)
Alcanzo, junto a unas grandes papeleras amarillas de estilo forestal, un curioso huerto urbano aprovechado por 100 hortelanos del barrio, dotado de multitud de matas, macetas, elementos de riego y espantapájaros mini, mientras unos molinillos fabricados con botellas de plástico giran sin cesar, recordándome a los aerogeneradores tipo Savonius. La verdad es que estas iniciativas, si están limpias y bien cuidadas, me parecen excelentes. No solo hay que ser bueno, también hay que parecerlo.

El pinar de San José (La Gaceta de Gea)
Atravieso el pinar hacia el suroeste, mietras observo urracas (Pica pica) y palomas torcaces (Columba palumbus) picoteando el suelo. En las copas de los pinos hay multitud de nidos. Un aeroplano surca el cielo, se percibe que estamos cerca del aeródromo de Cuatro Vientos, el aeropuerto más antiguo de España y escenario de multitud de hechos históricos. Hoy estamos de récords.

Cruzo la calle del pinar de San José y el paisaje cambia abruptamente, pasando del verde pinar a un agostado y sucio secarral. Un camino lleva a una pasarela que salva la autovía de circunvalación M-40, llegando al término municipal de Leganés, barrio de La Fortuna. Todo un borde, como diría Kevin Lynch en La Imagen de la Ciudad.

Llego al centro de la pasarela: a un lado, el secarral que lleva al pinar; al otro, más secarral y un desgarbado espacio industrial. Sería necesaria, en mi opinión, una conexión mejor entre los dos barrios, a menos que los hechos diferenciales de ambos sean irreconciliables, aunque no lo creo porque los madrileños, seamos de donde seamos realmente (no hace falta nacer aquí para ser madrileño), no necesitamos tanta identidad prefabricada. Tal vez un paso de fauna más ancho, ajardinado, que una el pinar con la calle Álava, ya en La Fortuna.

Secarral y pinar desde la pasarela, conexión mejorable (La Gaceta de Gea)
Vuelvo al secarral y avanzo paralelo a la M-40, hacia el este, por el descampado. Empiezan a aparecer bordillos semiocultos entre la maleza, como si fueran vías de tren abandonadas. En mi cabeza comienza a sonar el Paris, Texas, del gran Ry Cooder, banda sonora perfecta para este desolado paisaje. Subo un talud y continuo junto a una chisporroteante torre de alta tensión. Consulto el mapa: estoy, nada más y nada menos, en el Parque Lineal Manolito Gafotas, dedicado al simpático personaje de Elvira Lindo, con cuya película me reí mucho, lo confieso. Desde luego, el aspecto del "parque" concuerda perfectamente con el entorno retratado en la novela homónima, que contrasta fuertemente con los edificios de viviendas contiguos, de aspecto excelente.

Carabanchel, Texas: el ¿parque? Manolito Gafotas (La Gaceta de Gea)
Sigo por el sendero, de expansivas vistas, hasta bajar al nivel de la calle de los Morales, que remonto hasta toparme con un pequeño monolito sobre el que descansa una placa conmemorativa, rodeado de basura variopinta. Más triste, imposible.

Depresión endógena (La Gaceta de Gea)
Me dirijo hacia el parque donde iniciamos la ruta, vagando por sus calles aledañas y encontrándome con interesantes edificios, entre los que se intercalan -como las vetas de tocino en el buen jamón ibérico- pequeñas plazas ajardinadas.

Por fin llego a la parte baja del parque, donde, junto a la boca de Metro, encuentro el auditorio Violeta Parra, dedicado a la insigne cantautora chilena. Accedo al recinto y encuentro una lámina de agua sobre la que flota un enorme remolino de espuma blanquecina, girando en el sentido contrario a las agujas del reloj, como una borrasca vista desde el Meteosat. Cojo una muestra para observarla al microscopio, luego veremos qué demonios es.

Remolino en el auditorio Violeta Parra (La Gaceta de Gea)
Salgo del auditorio ascendiendo el graderío, donde encuentro unos juegos infantiles rodeados de unos muretes decorados con grafitis bastante conseguidos, aunque a uno le guste mucho más la textura del encofrado del hormigón.

Termina nuestro recorrido por una zona muy variada e interesante, que ofrece mucho más de lo que parece, con sus aciertos y sus problemillas, siempre resolubles.

Un grafiti lo resume perfectamente:


Pues eso.


PD: La muestra de agua del remolino, con su espuma, revela un crecimiento masivo de désmidos y otras algas verdes propias de las aguas ácidas. Es posible que la espuma no sea contaminación, sino una simple espuma endógena. Si algún experto pudiera corroborarlo, estaría muy agradecido.

Algas en la muestra de agua con espuma, 100x contraste de fase (La Gaceta de Gea)

Unboxing literario: Maravillas y Progresos del siglo XIX (y II)

Continuamos la entrada anterior sobre la publicación "Maravillas y Progresos del Siglo XIX", donde hemos vivido un peligroso peri...