jueves, 23 de mayo de 2024

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (IV, la Henne Morte, Aldène y la Piedra de San Martín)

Continuamos el repaso del libro de Norbert Casteret "Mi Vida Subterránea" donde lo dejamos: nuestro protagonista escondiendo armas y papeles secretos en algunas cuevas descubiertas por él mismo. Estamos en 1941, en la Francia de la Segunda Guerra Mundial. 

Justo antes, en 1940, Norbert tuvo el palo más gordo de su vida: su querida Elisabeth murió tras el alumbramiento de su quinto hijo, a los 35 años de edad. Mujer increíble para la época, tremendamente audaz, aventurera y dura como ella sola, acompañó a Norbert en sus arriesgadas exploraciones sin apenas despeinarse, al tiempo que cuidaba y educaba a su abultada prole. Nuestro protagonista enfrentaba un doble duelo: la muerte de su esposa y la entrada de Francia en la Segunda Guerra Mundial, por no decir el cuidado y manutención de cinco retoños hambrientos. Para deprimir a cualquiera, pero a él no.

Elisabeth Casteret, a lo suyo (norbertcasteret.net)

Justo después de la muerte de Elisabeth, Norbert recibió la visita de Marcel Loubens, un chaval ávido de aventuras que quería visitar las cavernas del macizo de Arbas, en los Pirineos franceses. Le facilitó un listado de cavernas y el chico, al poco tiempo, regresó a por más información, aduciendo que las había visitado todas en tiempo récord. 

Maraña de galerías en la Henne Morte (undergroundadventures.cat)
Norbert se acordó entonces de una gran gruta que había descubierto hacía diez años, en 1930, y que no se había atrevido a explorar por su complicado acceso y profundidad: la Henne Morte, "Mujer Muerta", en un bosque de abetos a 1300 metros de altitud y al fondo de una gran dolina. Pertenece al gran sistema Félix Trombe, uno de los complejos subterráneos más grandes de Frencia, con la friolera de 117 kilómetros de galerías y 59 accesos; la contrapartida francesa a nuestro sistema de Ojo Guareña, con 110 kilómetros de galerías.

Unos días más tarde, el nuevo amigo de Casteret, Marcel Loubens, le informó que había explorado la Henne Morte con una amiga, descendiendo 80 metros únicamente con una escala de cuerda, bajo la lluvia que se colaba por la boca de la cueva: una locura que podría haber presagiado el agrio final que tendría, años más tarde, el pobre chaval.

Galería de la Henne Morte (Escalpyr)

Loubens describe así la aventura:

El primer paso lo constituye una escalera de gradas gigantescas que descendemos ayudándonos de la cuerda, arrastrando tras de nosotros nuestro voluminoso paquete de escalas. Ahora comienza el tajo a pico, misterioso, que es necesario abordar. Los veinticinco metros de escala de que disponemos los atamos al cabo de la cuerda y los echamos al pozo. Sostenido por mi compañera, abordo el verdadero descenso. Diez, quince metros, he aquí la primera juntura de los aparejos y la escala flota en el vacío. Llego hasta su extremo; el vacío se abre debajo de mí. Suspendido del último escalón me balanceo en todos sentidos. De repente, ¡cuidado! Una piedra llega silbando, pasa como una tromba por mi lado y se estrella sobre los escombros que adivino unos ocho metros más abajo. Abandonando la escala, consigo asirme a una fina cornisa de la pared y, desde allí, en un peligroso ejercicio, intento finalizar el descenso.
Entrada de la cueva del Pont de Gerbaud, en el sistema Félix Trombe, similar a la de la Henne Morte (mission-speleo)

Unos meses más tarde, a finales de 1941, Norbert, acompañado de Loubens, se dispusieron a explorar la Henne Morte.

Inmerso en la niebla, aquel gran embudo tenía en verdad un aspecto siniestro. Por un lado una enorme hondonada de paredes verticales que oculta, invierno y verano, gran cantidad de nieve; luego el orificio real de la sima, que se abre ante nosotros como en una mueca. Fue en este lugar, realmente impresionante y lúgubre, donde se desarrolló, medio siglo antes, el drama que dio su nombre a la sima antes anónima. Una mujer de aquellos lugares perdida en la niebla (muy frecuente en este macizo), vagaba por el sombrío bosque de abetos, a través de un caos de rocas despedazadas y cayó en la sima, como atestiguaron uno de sus zuecos encontrado al borde del abismo y su pañoleta cogida en un matorral. Naturalmente, nadie soñó en bajar a esta sima horrible, que desde entonces tomó el nombre de Clot de la Henne Morte («Abismo de la mujer muerta»).

Descendieron hasta una neviza subterránea, una zona de acumulación de nieve que cae por la boca de la cavidad. Descendieron 170 metros hasta llegar a un río subterráneo, y regresaron porque necesitaban un equipo experimentado para acometer la exploración de tan inmenso sistema.

Regresaron en 1943 con un desnutrido -literalmente, estamos en la Segunda Guerra Mundial- grupo de exploradores mal equipados y con poca experiencia, a excepción de Norbert y Loubens. En la séptima incursión, en julio de 1943, Norbert alcanzó los 345 metros de profundidad, quedándose sus compañeros 100 metros más arriba.

Había allí una sala en la que dos cascadas caían y confluían en un lago que se desbordaba en una catarata espumeante hasta un nuevo abismo subyacente. Fue en este pozo vertical de cien metros donde efectué un descenso memorable, contraído sobre mi escala, con la lámpara apagada, en la oscuridad absoluta, ensordecido y empapado por la cascada. Abajo puse pie junto a un lago subterráneo en el que pude establecer de nuevo la iluminación y observar que el abismo se prolongaba en un nuevo pozo vertical, igualmente barrido por la misma terrible cascada.

Descendiendo un pozo de la Henne Morte (speleo.fr)
Fue izado y salieron de la cueva, ya que que necesitaban mejor equipo para poder progresar en la vertical. Un mes más tarde regresaron añadiendo personal (eran 11), atacando Norbert y Loubens el siguiente pozo mientras los demás, llenos del buen rollito que causa la exploración, se quedaban en las plataformas superiores. No tardaría en llegar un pequeño problema.

De pronto, un ruido sordo…Inmediatamente un grito terrible, enorme en aquellas tinieblas, seguido de una llamada que sonó patética tres veces consecutivas: ”¡Socorro!”. Volamos de roca en roca y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos junto al compañero herido. Es Maurel. Yace en un charco de agua, doblado sobre sí mismo y gimiendo por lo bajo. Lo levantamos con precaución y lo apoyamos en la pared. Nos mira. No olvidaré nunca su mirada: en ella están retratados el horror, el sufrimiento, el miedo. Por fin consigue explicarse. El cuerpo está intacto, la cabeza protegida por el casco. El brazo izquierdo lo tiene roto. Lo sostiene con su mano sana y queda abatido, balanceando la cabeza, gimiendo débilmente. La exploración se interrumpe. Ahora sólo existe un fin, una sola razón por la que luchar: sacar al herido de allí.

El equipo logró izar al herido con muchas dificultades, en 27 horas de suplicio: rotura de cuerdas y desprendimiento de rocas, lo que se salda con dos heridos: uno con el brazo roto y otros con el omóplato y las costillas al revés.

Croquis del sistema Félix Trombe (yorkshire ramblers)

Unos meses más tarde, Norbert dio una charla sobre la Henne Morte en París, en pleno asedio de la ciudad por los nazis, y soltó estas palabras que piden mármol:

Volverán a ella —proseguí—, porque el hombre es aventurero por naturaleza y porque ni un centímetro cuadrado de nuestro planeta puede permanecer desconocido para él. Ya sea en la cumbre de las más altas montañas, donde apenas puede respirar, pero que ha alcanzado, o en los hielos polares y en los desiertos ardientes, en los que apenas puede vivir, pero por los que ha pasado, o en el fondo de los grandes océanos y de los grandes abismos de la tierra que no han sido aún explorados y de los que no se sabe si se saldrá con vida. La exploración, continúa, pues, y se reemprenderá. Pero esta gran sima no entregará el secreto de su enorme profundidad más que a un equipo de espeleólogos aguerridos, especializados, mejor equipados que como lo estamos ahora, cuando no se puede encontrar nada: ni un metro de cuerda, ni un solo metro de tela de goma, ni pilas eléctricas. Pues serán necesarias muchas cuerdas y escalas, equipos individuales impermeables, lámparas eléctricas sumergibles, un teléfono de campaña. Con estas precauciones, provistos de un material apropiado y con la experiencia que nos ha llevado ya a casi cuatrocientos metros de profundidad, la sima de la Henne Morte tendrá que entregarnos su secreto y será vencida.

Norbert en pleno descenso

Al finalizar la charla, Norbert se reunió con el químico Félix Trombe, que consiguió organizar una expedición con los mejores medios de la época y la colaboración del ejército, para el verano de 1947.

La participación del Ejército fue impresionante, bien se ve. El ochenta por ciento de la organización de superficie fue obra suya (tiendas, instalación del campamento, etc.). La totalidad de los medios de transporte (camiones, jeeps, carburante, veinticinco mulos) fue igualmente proporcionada por el Ejército (cerca de seis toneladas, que subieron hasta 1,300 metros de altitud) Y lo mismo para las comunicaciones de radio y teléfono entre el pueblo de Arbas y el campo de operaciones de superficie, en la montaña, entre el campo del orificio de la sima y el interior de ella, hasta la cota —250. El Ejército proveyó también las raciones individuales «K» para la alimentación de los exploradores durante el tiempo que duraba su estancia bajo tierra, así como botas de goma, cascos, lámparas de carburo y tiendas. El equipo subterráneo, que contaba con veintidós hombres (cinco de ellos militares), tenía por misión alcanzar la sala situada a doscientos cincuenta metros de profundidad, e instalar allí un campamento subterráneo de tres grandes tiendas. Esta innovación sensacional, tan discutida en aquella época —incluso por participantes de la expedición— y debida a Félix Trombe, sentó precedentes para cualquier otra expedición, que desde entonces comporta siempre campamentos subterráneos.

Aquello fue una innovación increíble en el mundo de la espeleología. Además de los equipos individuales anteriores, también se instalaron grupos electrógenos y tornos de mano para ascender y descender en plan ascensor, lo que Trombe -que había inventado el sistema- llamaba "sombrero chino", permitiendo el descenso de un pozo de 100 metros con cascada incorporada. De esta forma, tras varios años de incursiones en la cueva, llegaron al fondo de la Henne Morte: un sifón impenetrable a 446 metros de profundidad.

En 1948 un cura espeleólogo de la zona, Denis Cathala, contactó con Norbert porque había encontrado cosas raras en la gruta de Aldène, una antigua mina de fosfatos naturales derivados de la descomposición de osamentas de de animales prehistóricos.

Boca de la cueva de Aldène, en la cornisa del acantilado de Cesse (vakatiehuis)

Norbert y Cathala se introdujeron en una gatera por la que salía un viento helado, hasta llegar a un piso inferior. Desde aquí recorrieron más de un kilómetro de estrecho pasillos, descendieron un pozo y llegaron a un sinuoso vestíbulo, en el que había huellas de animales impresas en la arcilla endurecida del suelo, que ellos identificaron como hienas. También encontraron osamentas de oso y montones de coprolitos expulsados por las hienas, como pelotas blancas de carbonato cálcico.

Estudio de las huellas prehistóricas en Aldène (sudouest)

Avanzaron por la cueva, en suave descenso, mientras encontraban más huellas y huesos de animales además de "nidos de osos", cráteres de unos dos metros de diámetro por cincuenta o sesenta centímetros de profundidad producidos por los revolcones de los osos al dormir. En una galería cercana estaba la gran sorpresa: huellas de pies humanos por todas partes:

Un atento examen nos revela cinco tallas diferentes que se escalonan entre dieciocho y veinticinco centímetros de longitud, lo que corresponde a las medidas de veintisiete a treinta y nueve. Así pues, pies pequeños, pies de niño incluso para algunos, ya que el pie de dieciocho centímetros revela el paso de un niño de unos siete años. [...] Se ven también huellas profundas de dedos encogidos, sin la planta del pie, atestiguando que en aquel lugar se andaba de puntillas, para adaptarse mejor al suelo húmedo y no resbalar. Un detalle nos llama la atención por su poder de evocación. un bastón que debía servir de apoyo a uno de los hombres, ha quedado impreso en el suelo a todo lo largo. A su lado, paralelamente a la señal dejada por el bastón, se ve una huella de pie cuyos dedos han resbalado lateralmente. El barro señala todo esto y permite reconstruir la escena; el hombre a quien se le ha caído el bastón, se ha agachado para recogerlo y al hacerlo plegó el pie, levantando el talón para arrodillarse. El peso del cuerpo se ha apoyado por completo sobre los dedos…

También encontraron marcas de carbón y astillas calcinadas en paredes y techo, lo que indicaba que rozaban las antorchas contra la roca para reanimar el fuego, al apagarse y soltar humo. Podían ser primitivos, pero en absoluto tontos.

Finalizamos esta serie de entradas dedicadas al gran Norbert Casteret con una de sus más famosas exploraciones, y quizás la más dramática de todas ellas: la de la Piedra (o Pierre, en francés) de San Martín, uno de los sistemas kársticos más profundos del mundo.

Campamento de los exploradores en la Piedra de San Martín
Esta cueva fue descubierta por el físico, inventor y explorador Max Cosyns en 1950, mientras efectuaba una prospección en su lugar de trabajo favorito: el macizo de Larra-Belagua, en Navarra: un paisaje kárstico increíble cuya zona superior constituye un enorme lapiaz que es como una esponja gigante, dejando filtrar el agua al interior de la tierra. Georges Lepineux, un miembro del equipo de Cosyns, descubrió fortuitamente un pozo de 346 metros de profundidad, la entrada histórica del sistema de la Piedra de San Martín, junto a la frontera hispano-francesa.

Entrada del pozo Lepineux, con las placas de homenaje a Marcel Loubens (Alain Collet)

Cosyns contactó con Norbert y quedaron en una campaña conjunta de exploración del pozo Lepineux al año siguiente, en 1951, porque no disponían del material adecuado para descender a semejante profundidad.

Ya en 1951, desplegaron un torno de acero con un cable de 400 metros por el que descendió Lepineux, aterrizando en una sala pedregosa con gran pendiente, un embudo gigante.

Sección francesa del sistema de la Piedra de San Martín (Speleo Spit Club)

Justo después Marcel Loubens, el gran discípulo de Casteret, recorrió otros 500 metros en solitario, descubriendo una enorme sala.  

En 1952 Norbert se unió a una nueva expedición, con buenas perspectivas de descubrimientos aunque de final fatídico. Descendieron el pozo Lepineux cuatro espeleólogos con el objeto de colorear -con fluoresceína, como ya vimos en la anterior entrada- el torrente subterráneo. Este equipo ascendió con el torno, produciéndose el accidente que acabaría con la vida del increíble Marcel Loubens y que catapultaría a la fama a la sima.

Marcel Loubens (izda.) junto al torno, en la boca del pozo Lepineux (Google Arts)

El propio Norbert nos cuenta el accidente y sus causas:

La causa del accidente fue la unión demasiado frágil del eslabón terminal del cable, en el lugar en que se fija al aparejo de paracaidista con que vamos equipados. Dicha juntura, un modelo en su género, había sostenido en los años precedentes, en los que todos nosotros dependíamos de ella, todo el material que Max Cosyns había puesto en servicio desde hacía una década. Personalmente había descendido desde 1935 a lo largo de un cable más fino y con ayuda de un torno más ligero, en los pozos verticales de las simas vecinas de Heyle y Utciapa, de doscientos cincuenta y ciento cincuenta metros respectivamente. Pero el material iba a tener un fallo y habría un víctima en este 14 de agosto de 1952. El accidente podía haberle ocurrido a Occialini, que había descendido el último en la sima, es decir, inmediatamente antes del ascenso de Loubens, o a mí mismo, que esperaba su llegada a la superficie para descender a mi vez. La fatalidad quiso que el eslabón se abriera imperceptible o insidiosamente y que la víctima fuera Marcel Loubens.

Como no fue posible izar su cuerpo, se optó por inhumarle junto a una gran piedra en el fondo del pozo Lepineux, que no era más que un enorme caos de rocas. Esta decisión tan lógica trajo muchos problemas para el equipo de espeleólogos, incomprendidos por una sociedad que no parecía enterarse de que el espeleosocorro no se había inventado todavía.

Descendiendo el pozo Lepineux, en la Piedra de San Martín (Espeleobloc)

La expedición regresó -equipada con un torno mucho mejor- en el verano de 1953, con el objetivo de sacar el cuerpo de Loubens y proseguir con la exploración de la sima. Las polémicas del año anterior hicieron que el ejército francés colaborara ellos, lanzándoles material desde dos aviones Dakota.

Como desecaba observar con detalle la arquitectura del pozo fatal, accidentado de cornisas, de grietas abarrotadas de piedras, de bloques inestables, y queriendo estudiar el delicado problema de la ascensión del cuerpo de Marcel Loubens, descendí el primero en la impresionante vertical de trescientos cuarenta y seis metros, suspendido de un cable nuevo, movido por un nuevo torno y manejado por el ingeniero Queffelec. Tuve así el triste y doloroso privilegio de arrodillarme el primero en la soledad de las tinieblas de la sima, ante la tumba de nuestro amigo.

El equipo efectuó un trayecto de más de tres kilómetros a través de un gran caos de piedras, atravesando salas enormes y alcanzando los setecientos metros de profundidad, lo que constituía, en 1953, la sima más profunda del mundo. 

Izado del cuerpo de Marcel Loubens

El cadáver de Loubens no pudo ser izado en esta ocasión por problemas técnicos:

A priori acaso no pueda comprenderse qué era lo que podía impedir izar un ataúd en un pozo vertical, aunque tuviera ciento cuarenta y seis metros de profundidad. Sin embargo, el problema no era tan sencillo y la vertical de la sima no dejaba de estar erizada de canales naturales, de hendiduras y de pasajes en espiral donde algunos de nuestros hombres se encontraron con dificultades, no teniendo bastante con sus brazos y piernas para salirse de ellos, separarse de las grietas, de los balcones en los que quedaban arrinconados para liberar el cable que se introducía por surcos. Con razón temíamos que una carga inerte de más de ochenta kilos no pudiera franquear todos estos obstáculos. Y ello fue en definitiva lo que nos determinó a abandonar por segunda vez a nuestro pobre amigo en su tumba, al fondo de aquella sima inhumana.

Periódico de la época narrando el izado del cuerpo de Marcel Loubens (delcampe.net)

 Planearon volver a la sima el año siguiente, en 1954. Lepineux, acompañado de Norbert, concibió un equipamiento novedoso para izar, de una vez por todas, el cuerpo de Loubens: un ataúd de aluminio con forma de obús, o de supositorio, según se mire. En la primera izada dicho ataúd quedó atascado en un saliente a mitad del pozo, por lo que un miembro del equipo tuvo que descender, suspendido de un cable de acero, para desatascar el ataúd, escoltándolo en el resto del ascenso, con dos cojones. El operario, Bidegam, nos narra la subida:

Mientras descendía sólo tenía una preocupación: la de ver el cable que sostenía la caja cruzarse con el hilo, más delgado, de mi auto-elevador, arrinconarlo contra una roca y cortarlo en seco. Sin remisión: aquello sería la caída fatal en el vacío. Me venían a la memoria las palabras de Casteret a la salida de la sima, hirientes como un estilete: “El izamiento del ataúd será extraordinariamente peligroso, y estoy midiendo mis palabras”. A pesar de todo, mi descenso se efectúa sin accidente alguno y llego al nivel del ataúd metálico aprisionado bajo el maldito saliente. Una serie de cortos descensos y ascensos que ordeno en el laringófono acaban por colocar el ataúd en la posición justa que he escogido para poder sacarlo del cepo. Todo a punto: “Izad”. Con la espalda en la pared, empujando el pesado ataúd con las manos y los pies, lo saco de aquel rincón y empieza a subir; aplastándome, pero sube, De cincuenta en cincuenta centímetros vamos subiendo los dos al mismo tiempo.

Norbert y sus compañeros, en todas las campañas que efectuaron en la Piedra de San Martín, descubrieron montones de cosas interesantes: nuevas características geológicas, ríos y torrentes subterráneos, fenómenos climáticos y meteorológicos y, quizás lo más importante, vida. Ocho especies de troglobios semiacuáticos y un coleóptero denominado Aphaenops loubensi, en memoria del malogrado Loubens. 

Un globo sobrevuela la sala de la Verna, en la Piedra de San Martín (Red Ibérica de Espacios Geomineros)

En sucesivas exploraciones Norbert y su equipo avanzaron hasta encontrar la tremenda sala de la Verna, la sala subterránea visitable más grande del mundo. Pero llegó 1960, y Norbert ya contaba con 63 años y no le parecía atractiva la idea de pasarse días enteros bajo tierra avanzando penosamente entre un caos de bloques y torrentes subterráneos, por lo que se dedicó a planificar las expediciones siguientes.

El jefe del equipo de espeleólogos fue el belga Félix Ruiz de Arcaute, que tenía mucha experiencia explorando las cavidades del macizo Larra-Belagua. Se le encargó topografiar el conjunto de la Piedra de San Martín con el objeto de aprovechar el torrente subterráneo para la generación de electricidad, idea original de Casteret. En esta prospección Arcaute descubrió montones de nuevas simas en el lado francés, más perforado que un queso de Gruyère. En 1971 Arcaute terminó sus días de forma parecida a Marcel Loubens: colgado bajo una cascada de agua helada, al no poder liberarse de la cuerda ni ser ayudado por sus compañeros.

Norbert de picnic, en 1970

Aquí finaliza la serie de entradas sobre el libro de Norbert Casteret "Mi Vida Subterránea", publicado en 1960. Sin embargo, él siguió explorando cuevas hasta 1964. A partir de ese momento se dedicó a escribir libros (algunos traducidos al español), dar conferencias e incluso dibujar viñetas humorísticas, muchas de ellas accesibles en esta excelente página.

Tras una vida plena, Norbert falleció en 1987, a los 89 años de edad. Seguramente esté por alguna dimensión de esas que se supone que hay, con su querida Elisabeth, metido en alguna cueva, sima, agujero o lugar oscuro y húmedo que se precie, medio y fin de su vida de curioso, de explorador incansable, de humano inteligente y noble.

Te echamos de menos, amigo Norbert.

PD: Como se trata de una serie de cuatro entradas, dejo aquí los enlaces de las tres anteriores, por eso de la comodidad del lector.

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (I - Primeras exploraciones)

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (II - Montespan y la Gruta Helada)

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (III, de Labastide a Esparros)

 

martes, 23 de abril de 2024

Micropaisajes I: naturaleza inorgánica (vidrio artístico, burbujas y el amigo Brown)

Comenzamos aquí una serie de entradas relacionadas con una de mis temáticas favoritas de las que ya he escrito bastante, el paisaje microscópico, con la diferencia de que en esta ocasión vamos a seguir un orden: el del maravilloso libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía, de la también fabulosa editorial Omega. Se trata de un volumen enciclopédico, que abarca casi todo lo que se puede observar con un microscopio óptico y sus técnicas asociadas. El interés en seguir este libro es totalmente personal ya que uno tiene ganas de experimentar, de forma ordenada y metódica, todo lo que se puede observar con este instrumento que es emblema de la misma ciencia, de la curiosidad, de la inteligencia humana. Y si a alguien le ayuda a abrir los ojos a este mundo mágico y fascinante, pues qué más se puede pedir.

Manual de Microscopía, todo un must
De esta forma por aquí desfilarán naturalezas inorgánicas, bacterias, células animales y vegetales, tejidos histológicos, plancton, algas marinas y fluviales, diatomeas, protozoos, hongos, líquenes, plantas, animales inferiores y superiores, así como técnicas de tinción, montaje, inclusión, cultivo, observación e iluminación.

La metodología será la siguiente: por orden revisaré cada prefacio del libro, definición, axioma, lema, postulado, ley, proposición o escolio, como si fueran los Elementos de Euclides o la increíble Ética de Spinoza. Después efectuaré los experimentos o actividades que ahí se proponen pero tratando de innovar, tirando de imaginación si es que las musas tienen a bien aparecer; si no haré los experimentos sin más, en plan colegial con acedía y topping de hastío vital.

Utilizaré varios microscopios, todos vintage (años 1950-1960) y perfectamente usables: un Leitz Ortholux como instrumento principal y, como secundarios, un Zeiss Jena LuWd y un Zeiss Jena Nf, además de una lupa binocular de la marca polaca PZO.

Para sacar las fotos -todas mías salvo que diga lo contrario- utilizaré una sencilla cámara CMOS de microscopía, de esas que se compran por cuatro duros en la famosa tienda china online, visualizadas con guvcview bajo MX-Linux. Serán retocadas, modificadas, hackeadas o lo que se me ocurra con los programas digikam y krita y, si se tercia, utilizaré la IA, por ver si sale algo que merezca la pena.

Zeiss Jena LuWd y Leitz Ortholux

Así pues, el lema y resumen filosófico de estas entradas microscoperas será, como se dice en el capítulo 1.1 del libro:

Sólo mediante el conocimiento de lo pequeño es concebible lo grande

Comenzamos definiendo lo que es una preparación microscópica y sus tipos: preparaciones en seco, húmedas, en fresco y permanentes. Una preparación no es más que el cristal que se pone en el microscopio con lo que se quiere observar. Consta de portaobjetos, el cristal que se pone debajo, y cubreobjetos, el más pequeño que cubre la muestra. A veces el cubreobjetos no es necesario, como ahora veremos.

Las preparaciones en seco son las que no necesitan agua: observación de secciones minerales, tejidos, sellos y demás muestras inanimadas. Las preparaciones húmedas necesitan agua: animales microscópicos, histología animal y vegetal, líquidos fisiológicos y cristalización de productos químicos. Las preparaciones en fresco son las que la muestra está viva y puede evolucionar con el tiempo, por ejemplo agua de una charca con protozoos. Las preparaciones permanentes son las que el cubreobjetos se pega al portaobjetos, incluyendo la muestra para su etiquetado y guardado.

Vamos a comenzar con las preparaciones en seco, el apartado del libro zanjas en el vidrio.

Partitura en fa bemol

Cojo un  portaobjetos y un destornillador de pala y me lío a raspar la superficie con cierta saña, con el objeto de provocar fracturas concoideas en la superficie del vidrio. Coloco la preparación -sin cubreojetos- en la platina del microscopio y, para aumentar el contraste, cierro el diafragma del condensador, lo bajo un poco y lo descentro para obtener una iluminación oblicua con mucho contraste y profundidad de campo, cosa que mejora mucho la imagen en este caso. 

Peces voladores

Espina de pez

Observo el portaobjetos con pocos aumentos, 30x, para luego aumentarlo a 60x, 100x y 200x. Encuentro una preparación extremadamente rica: figuras que parecen ríos, cañones, animales extraños, letras raras y casi todo lo que la imaginación pueda suponer.

Incluso se puede jugar con las imágenes -ya conocemos la importancia de jugar, como dijo Pablo Neruda-, tirando de creatividad aunque nos parezca pueril o absurda. Encuentro una fractura que parece un ojo humano, y decido observarla con luz polarizada y de Rheinberg, dos técnicas de coloreo muy interesantes. Quedan imágenes muy chulas que, ecualizadas en digikam, me recuerdan a la Marilyn de Andy Warhol, por lo que le hago un improvisado homenaje en forma de collage, montado con krita.

El ojo de vidrio de Warhol (izquierda originales, derecha ecualizados en digikam)


Explorando la preparación encuentro una especie de pinza de cangrejo o cabeza de gusano, que observo con iluminación oblicua. Se me ocurre, como si de una calcografía o litografía se tratara, entintar la preparación. Me viene a la mente el Betadine, esa tintura yodada para las heridas sucesora de la famosa Mercromina.

Betadine seco
Así pues le aplico un chorro de Betadine, que dejo secar formándose una película insoluble en agua; al microscopio se aprecia un patrón de puntos que corresponde a la cristalización de la povidona yodada. Con un trapo a modo de tarlatana, mojado en alcohol, retiro suavemente la superficie del Betadine, dejando algo de producto en las fracturas del vidrio: queda bien, me ha salido un tríptico resultón.

Tríptico de la pinza del cangrejo (arriba sin nada, centro con película de Betadine, abajo con frotis)

El siguiente experimento del libro consiste en detectar y conocer el movimiento browniano, una especie de temblor microscópico que aparece en las partículas suspendidas en un medio fluido como el agua. Esta extraña vibración -que nada tiene que ver con algún elemento vivo- fue observada por primera ver por el botánico Robert Brown, que pensó que tenía relación con las mónadas de Platón, que luego fueron popularizadas por el increíble polímata Gottfried Leibniz.

Granos de harina de maíz (100x)
El libro me comenta que puedo intentar crear una preparación con una suspensión de harina en agua. Cojo una punta de cuchara de harina de maíz (Maizena) y la espolvoreo sobre una gota de agua en el portaobjetos. Le pongo encima el cubreobjetos, ya que mejora mucho la imagen al microscopio al disminuir la profundidad de campo. Observo un montón de cristales que parecen granos de arena; a 100x parece que vibran un poco, pero no lo suficiente. A partir de 200x el temblor es muy patente.

 
Movimiento browniano de suspensión de harina de maíz, acelerado 4x

Como no me satisface del todo elijo un nuevo método: hacer lo mismo con pigmento de acuarela amarillo, por lo que mojo la pastilla con el pincel y "pinto" sobre el portaobjetos, cubriéndolo posteriormente. A 200x aparecen miles de partículas vibrando y moviéndose de forma histérica hacia un lado. Por tanto presenta dos movimientos: uno vibratorio -el propio movimiento browniano- y otro lateral, tal vez el propio reflujo del líquido. Soplo ligeramente sobre la preparación y las partículas se mueven como las olas del mar, demostrando que también -como era de esperar- son influenciadas por causas exteriores. Hipnótico, como poco.

Movimiento browniano de suspensión de acuarela a 200x, sin acelerar

Otros elemento sencillos, ubicuos y bastante pintorescos son las burbujas de aire, casi siempre errores en la preparación pero ahora sujetos de observación. Estas microburbujas suelen quedar atrapadas y aplastadas, al poner de forma incorrecta el cubreobjetos sobre el portaobjetos.

Burbujas juguetonas
 
Cojo un tubo de ensayo con algo de agua y le dejo caer una espesa gota de detergente de lavavajillas. Agito y se llena de espuma, como era de esperar. Con una pipeta atrapo una espumosa gota, la pongo en el porta y la cubro con cuidado, apoyando primero un lado del cubreobjetos y dejándolo caer suavemente.
Burbujas aplastadas, en medio acuoso
Lo que se presenta en las imágenes no es propiamente el aire, sino la frontera de fase entre la inclusión de aire y el medio, en este caso agua con una sustancia viscosa a base de glicerina.

Este límite presenta un contorno ancho y negro. Si uno se fija bien, se pueden observar los anillos concéntricos causados por la reflexión de los rayos de luz que llegan al objetivo del microscopio, las llamadas orlas de difracción. Lo que ocurre es que el rayo de luz, al atravesar una superficie de diferente densidad e índice de refracción, cambia su dirección. A partir de un determinado ángulo de incidencia los rayos ya no atraviesan el medio, sino que son reflejados en la frontera de fase como si fuera un espejo, efecto que se conoce como reflexión interna total.
Burbujas aplastadas, entre fase húmeda (abajo) y fase seca (arriba); se aprecia la línea del agua y la diferencia en la reflexión. Imagen ecualizada en digikam.
Muevo, con los mandos de la platina, la preparación hasta que veo la línea del agua, que separa las burbujas sumergidas en agua de las burbujas "en seco". Veo que la difracción es diferente: la luz, al atravesar la pared de la burbuja, muestra un patrón más direccional, menos circular, al faltar el agua.
Burbujas en medio acuoso, iluminación oblicua
Otra prueba más: al mover lateralmente el condensador produciendo una iluminación lateral -es decir, oblicua- las orlas de difracción de las burbujas presentan puntitos de luz y pequeñas lunas en cuarto creciente.
Dejo secar la preparación, con lo que las burbujas acaban desapareciendo, al reventar bajo el peso del cubreobjetos. Observo lo que queda, y recorro el borde del cubreobjetos hasta las esquinas.

Bordes secos del cubreobjetos, como un cuadro de Antonio Tapies
Se aprecia, en estas esquinas, el residuo del agua con detergente, dejando un relieve que recuerda la foto aérea de un desierto tomada con un dispositivo LIDAR, o un cuadro de Antonio Tapies, a elegir.
Sea lo que sea finalizamos esta primera entrada de exploraciones sistemáticas al microscopio, guiados por el Manual de Microscopía. En la próxima entrada haremos una incursión en el inacabable mundo de los productos químicos.
 
CONTINUARÁ

lunes, 1 de abril de 2024

Incursiones cotidianas: Madrid, de Carabanchel Alto a la plaza Elíptica

Regresamos con otra entrega de la serie "incursiones cotidianas" dedicadas al Madrid menos comercial pero también el más desconocido y hasta misterioso, si uno se fija un poco. Y es que la exploración es, ante todo, la certeza de que no está todo el pescado vendido, que hay mucho más de lo que parece, que la realidad es, al final, un hecho perceptivo, y que la percepción puede ser modulada a gusto del consumidor, si es que uno se deja ¿para qué ir a la selva amazónica -o al Everest con toda la peña- si puedes tener una experiencia de descubrimiento justo tras el umbral de tu casa? Incluso, como decía el gran Henry Corbin, podrías detectar el mundus imaginalis, la mítica tierra intermedia de Hurqalya, escondida tras una farola de tu barrio. Merece la pena intentarlo, digo yo.

En esta exploración vamos a recorrer el ignoto trayecto entre las estaciones de metro de Carabanchel Alto y Plaza Elíptica, armados de cuaderno, cámara y todos los sentidos abiertos como platos. Como diría tu gurú o gurusa de turno, una breve meditación, centrada en la respiración, sensaciones físicas y sonidos podría ayudar a digerir tal despliegue de información.

Salgo de la estación del metro de Carabanchel Alto, a una plaza dura como la vida misma: ni un puto árbol, oiga, qué manía. Al menos hace sol, algo es algo. A la izquierda aparece el impermeable murallón del Instituto politécnico del Ejército de Tierra (1900), una de las enormes parcelas que jalonan este barrio, dificultando bastante la exploración.

Tiro por la avenida de Carabanchel Alto hacia el sur, fijándome en el palacete que alberga el Centro Municipal de Empleo de Carabanchel, con su ladrillo visto y recercados y esquinas en piedra blanca, lo que lo emparenta con la arquitectura toledana.

Centro Municipal de Empleo de Carabanchel

Giro por la travesía de la Guitarra hasta encontrar un pequeño parque, el de Mesonero Romanos, dedicado al cronista y bibliotecario perpetuo de la Villa y Corte. Al ser perpetuo igual estará por alguna biblioteca aunque no se le pueda ver, desgraciadamente.

Parque de Mesonero Romanos y Santo Ángel de la Guarda

Un parque situado en un espacio residual, anodino, de esos que hay que rellenar como sea. Y qué mejor manera de hacerlo que con los colorines de un parque infantil y, menos mal, una placa informativa de la vida del personaje, de esas que no se lee casi nadie. Tras el alegre arco iris, como contraste, aparece la mole del convento del Santo Ángel de la Guarda (1949), de estilo herreriano-escurialense fake.

Ensalada gratuita de cardo mariano

Cojo la calle de la Guitarra hacia el norte, fijándome en el descampado cerrado por una valla. Detrás crecen, como si no hubiera un mañana, vigorosos ejemplares de cardo mariano, Sylibum marianum. El gran Pío Font Quer dice que el tallo y las hojas de esta verdura silvestre sirven para descongestionar el hígado, y que fue muy consumida tras la Guerra Civil.

Llego a la calle Joaquín Turina, girando a la izquierda. Aparece la pastelona fachada de la iglesia del convento cuya trasera ya hemos observado y, junto a ella y de forma más interesante, un edificio de viviendas equipado con una celosía vertical de bloques prefabricados, encantadoramente setenteros.

Celosía y pastel de bodas

En la esquina de Joaquín Turina con la calle Polvoranca aparece un parquecillo llamado del Pentágono, con fuente y bancos. Detrás encuentro unos bloques cruciformes (1973) muy interesantes, de tres alturas, que parecen el decorado de una serie vintage.

Parque del Pentágono y bloques cruciformes
Me gustan, y mucho, por lo que me filtro, entre bloques y arizónicas, hacia la calle del Redentor, eje principal de este conjunto urbanístico que -al menos en planta- me recuerda a algunos proyectos de la Universidad Libre de Berlín, o de Candilis, Josic y Woods, salvando las distancias.

Palmera, por la calle del Redentor

Entre los bloques cruciformes, unidos unos a otros formando tramas, surgen espacios dedicados al aparcamiento, algo duros pero con cierto encanto de patio de pueblo, donde los vecinos se podrían conocer y hasta apreciar. Una palmera, bien hermosa, da un punto de color a la escena.

Al fondo de la calle aparece un edificio blanco nuclear con carpinterías azules, seguramente inspirado en la arquitectura vernácula del mar Egeo: el colegio María Inmaculada (2019).

Colegio azulón

Tiro a la derecha, por la calle María Celeste, entre los bloques cruciformes con jardincillos delanteros y el muro de ladrillo blanco del colegio, hasta rodearlo hacia la izquierda, internándome en un espacio "ajardinado" con un sendero. Unas señoras orean a sus perros que, con la alegría propia del acto, se alivian aquí y allá. Lugar, sin duda, para extremar las precauciones.

Zona de Esparcimiento Animal (ZEA)

A la izquierda surge el largo, escalonado e impenetrable murallón de la colonia Azcoitia, Grupo Loyola o Colonia del Hogar del Empleado (1962). Se trata de un hito en la vivienda pública española de los años 60, diseñado por Sáenz de Oíza entre otros.

Por la calle Azcoitia

Tiro por la calle Azcoitia, entre unos bloques de ladrillo rojo de cuatro alturas, monótonos a excepción del extraño alero de metacrilato que los corona. Da la sensación de espacio totalmente cerrado, como una especie de poblado carcelario, aislado del resto de la trama urbana. Y no un paraíso, por cierto; es un entorno más claustrofóbico que el de los bloques cruciformes anteriores.

Giro a la derecha, encontrándome con unos bloques pintados de colores con balcones corridos, unidos a los de ladrillo rojo, otorgando cierto movimiento a las fachadas.

Bloque coloreado

Llego a la plaza de la colonia, donde unos almendros en flor me llenan de buen rollito. Bastantes árboles, juegos infantiles, bancos, gente muy normal: ni tan mal, oiga.

Plaza de la colonia Azpeitia

Tiro a la derecha observando el colorido que aporta la ropa tendida, ventana indiscreta aunque consentida hacia la intimidad de las personas: podrían salir tesis doctorales de este hecho tan cotidiano.

Saliendo de la colonia
Llego a la calle de la Paraguaya, que recorro en dirección oeste. En la esquina con Consuelo Guzmán encuentro una reliquia: una casa blanca (1948) que quizás perteneció al antiguo pueblo de Carabanchel Alto.

Reliquia
Llego a un interesante oasis: el parque de las Cruces. A la derecha encuentro un bar con terraza, donde me meto un buen café observando a la la peña (mucha) que allí se congrega: señores mayores vivarachos, madres jóvenes con carritos y ojeras, obreros de la construcción con mono y algunos sujetos indeterminados como el que escribe. Es curioso que, contrariamente al supuesto devenir de las cosas, a uno cada vez le gusta más la humanidad, lo que demuestra ineludiblemente la falsedad del segundo principio de la termodinámica.

Regreso por la calle de la Paraguaya y tiro por la calle de Don Bosco en dirección sur, donde encuentro un edificio bajo, de líneas horizontales: el colegio de los Salesianos (1975). Más adelante su iglesia, roja como la sangre, de aspecto posmoderno a lo Aldo Rossi.

Iglesia de los Salesianos
Llego a la calle Joaquín Turina y tiro a la izquierda. Al poco encuentro una plaza delimitada por un moderno edificio de viviendas en ladrillo rojo (2007), con parasoles metálicos sobre sus ventanales alargados. Da gusto ver edificios modernos de ladrillo visto en lugar de los de los aplacados en fachada, tan de moda por baratitos de construir, que para el que observa se parecen más al primer y segundo caso del cuento de los Tres Cerditos.

Si soplas no se cae

Llego al interesante cruce con la avenida de Carabanchel Alto, llegando a una plaza triangular con bastante vida, que fue el centro del antiguo pueblo de Carabanchel de Suso: la plaza de la Emperatriz. Presenta, en sus inmediaciones, diversas edificaciones de aspecto antiguo, que se intercalan con otras más modernas de forma bastante caótica.

Centro de Carabanchel Alto

En el centro de la plaza surge un precioso edificio con torre central (1913), de estilo neomudéjar con relieves y ménsulas en ladrillo, además de azulejos de colores. Las bragas y toallas de colores que decoran la fachada le otorgan ese toque humano tan alegre: la efervescencia de la vida.

Al lado la anodina iglesia de San Pedro Apóstol (1981) y, emergiendo sobre ella, la torre de San Pedro Apóstol (1776), obra del gran arquitecto neoclásico Ventura Rodríguez, reconstruida tras la Guerra Civil Española.

Qué cosa más fea
Rodeo la iglesia hasta llegar a la marchita y desangelada plaza del Seis de Diciembre, donde observo la torre rodeada de un chungo edificio religioso, sin gracia alguna. Al menos espero que funcione bien a nivel asistencial y espiritual, que si no...

En el extremo opuesto de la plaza un solar lleno de maleza, con una casa triangular de tres plantas (1946), equipada con una extraña puerta en la esquina. Avanzo por un paseo que parece un parque chungo, rodeado de sucios solares y un potente edificio ruinoso a la derecha. En el cielo unos delicados cirros como costillas, cortados por una grúa-pluma.

Ruina carabanchelera

Avanzo por la simpática calle del Albaricoque, encontrándome de frente un interesante edificio de arquitectura moderna: la biblioteca pública Luis de Rosales (2010), con su fachada compuesta de paneles acanalados horizontales y verticales, creando interesantes texturas al sol de la mañana.

Biblioteca chula

Desciendo por la calle de Carabanchel Bajo hasta el parque Chirivita, en la trasera de la biblioteca. Al otro lado de la calle el muro del enorme colegio de Santa María de los Apóstoles (1930), con convento y casa de espiritualidad. Para desconectar, vamos.

Parque Chirivita

Respecto al parque, únicamente está equipado con una fuente octogonal y cuatro chorrillos; si te quieres sentar el suelo está mullidito, no hay otra.

Alcanzo la avenida de los Poblados cruzando el Anillo Verde Ciclista, uno de los elementos urbanos más civilizados que hay en esta ciudad; lástima que el cosido de esta vía con otras que, radialmente, vayan al centro de la ciudad, no está solucionado en la actualidad.

Rasgo de primer mundo: el Anillo Verde Ciclista

Cruzo la avenida de los Poblados y avanzo por la calle de Carabanchel Bajo, encontrando unas series de bloques alargados, paralelos entre sí y de diferentes épocas. Curiosamente el más moderno, de 1997, tiene un aspecto más opaco, más carcelario que el antiguo, de 1966.

Bloque de 1997 (al frente) y 1966 (detrás)

Tiro a la izquierda, por el paseo de los Castellanos, entre bloques sesenteros sin más interés.

Giro a la derecha por la calle Diario La Nación, internándome en la conocida colonia de la Prensa (1913), originalmente planteada para escritores y periodistas. Se componía de viviendas unifamiliares -hotelitos, como se llamaban en la época- con jardín. Encuentro un ejemplo algo tardío de arquitectura de la colonia, una casa pintada de azul (1955), con toques racionalistas.

Vivienda racionalista en Diario La Nación

Giro a la derecha por la calle Federico Grases hasta la glorieta de García Plaza, donde encuentro el Centro de Alimentación Federico Grases (1964), dotado de un bonito cartel de azulejos pintados. Dentro los típicos puestos de carne, pescado y vegetales, siempre pintorescos.

Mercado de la colonia

Llego a la calle de Occidente, y encuentro una vivienda de aspecto modernista-regionalista, con parasoles polilobulados sobre las ventanas, un toque oriental. En la planta baja, una corsetería. Negocio de toda la vida, qué alegría.

Casa con mercería
Sigo por la calle de Occidente hacia el norte. En el cruce con Rodríguez Lázaro encuentro un hotel amarillo de estilo regionalista (1950), con unas rejas y barandillas muy bonitas de clara inspiración andaluza. 

Chalet andaluz con rejas

Tiro por Rodríguez Lázaro a la izquierda y encuentro, a la izquierda, un chalet con mirador y ventanas con arcos recercados (1962), de estilo ecléctico, un poco de todo. Sobre la entrada de la cochera un cartel luminoso de "turismos", deliciosamente vintage.

Chalet con mirador
Frente a mí la preciosa puerta de la colonia (1952), de estilo modernista. Sus dos torres, con relieves y cubiertas partidas curvas, sujetan un puente que las une, cerrado por una intrincada barandilla de forja. Una maravilla.
Puerta de la colonia de la Prensa

Bajo la pasarela, entre dos ménsulas decoradas con los motivos vegetales propios del modernismo, un cartel en azulejo, con tipografía de línea de látigo.

Tipografía modernista

Vuevo a la calle Occidente y giro a la izquierda, hasta alcanzar la calle de la Época. Me reciben una resultona vivienda moderna cúbica (2016), en blanco con carpinterías grises -que no desmerece el entorno- y un chalet blanco (2016) de aspecto racionalista, con pequeñas ventanas pero con un chulísimo grafiti del mítico Seat 600.

Chalets modernos pero respetuosos, en calle de la Época

Sigo por la calle de la Época en dirección este. A la derecha un chalet de aspecto morisco (1940) con arcos de herradura, esgrafiados con ataurique y azulejos. Después encuentro un chalet de estilo clásico (1938) con torre y preciosas rejas.

Chalet con torre y morisco

En la esquina con la calle Diario La Nación me topo con un macizo palacete en esquina (1943), parecido a los que hay en el barrio de Salamanca o Chamberí.

Palacete en la esquina de Época con Diario La Nación

Siguiendo por Época, a la derecha, dos edificios espectaculares: un chalet con cubierta a dos aguas y ladrillo rojo (1930), con un aire a nave industrial antigua, y otro chalet morisco con pináculos y arcos de herradura (1945).

Qué maravilla

Acto seguido otra chulada -y van muchas en esta calle-, un chalet art-decó con dibujos de ladrillo sobre revoco crema (1970 según el Catastro).

Chalet art-decó

Tiro por la calle del Siglo Futuro en dirección sur. En la esquina con Rodríguez Lázaro se sitúa la parroquia del barrio: la amarilla iglesia de Nuestra Señora del Sagrario (1950), de un estilo neocolonial californiano -me lo estoy inventando- que me recuerda a algunas misiones españolas en San Francisco, CA. Realmente es un edificio racionalista, pero eso es lo de menos.

Iglesia de estilo neocolonial

Giro a la izquierda por la calle Federico Grases, abandonando la colonia de la Prensa e internándome en el más allá del barrio de Pan Bendito. Llego al parque de los Pinos, donde hay ídem y unos sencillos bloques de vivienda lineales (1961), con tubos de ventilación salientes como pinchos.

Parque de los Pinos y viviendas

Sigo por la calle del Atlético de Madrid observando una mezcla de bloques sesenteros, más claros, con otros noventeros, más oscuros. Zona tranquila, parece, a juzgar por los jubilados tomando el sol.

Naturaleza muerta para mitómanos

Llego a la calle de Almedina, discurriendo bajo los balcones de los bloques alargados de color claro, entre calles peatonales y jardincillos cerrados.

Por la calle de Almedina

Alcanzo un cruce de calles en forma de triángulo. A la izquierda unos bloques de ladrillo rojo de cinco alturas (1969), que dejan un estrecho pasillo peatonal al que accedo tras bajar una estrecha y retorcida escalera.

Pasillo, por ahí me meto

Desciendo a la calle Albares de la Ribera, desde la que tengo una vista privilegiada del saneado parque de Pan Bendito (2009), antes un descampado de mala muerte.

Parque de Pan Bendito

Ya en el parque, tomo un sendero que sale en diagonal, a la izquierda, hacia unos bloques de ocho alturas (1985) anchos, de aspecto sanote.

Por la vereda

Me voy acercando a una especie de parterre chungo: la rosaleda de Pan Bendito, en mi opinión el espacio más siniestro del barrio. Aquí no hay rosales ni flores ni nada parecido, nada más que un entramado de hierros oxidados y mucha basura en el suelo.

La "Rosaleda"
Lo cruzo en diagonal ojo avizor, rodeo la tapia de un colegio y llego a la plaza de Anocibar, un espacio bastante cutre rodeado de bloques en U (1985) con un elemento central de una altura -la asociación vecinal "Guernica"-, que con los grafitis parece un edificio abandonado cualquiera, da algo de yuyu.
Asociación vecinal Guernica

Llego a la calle de Besolla y me topo con la iglesia de San Benito Abad (1963), asociada a la Unidad Vecinal de Absorción de Pan Bendito, que se construyó al mismo tiempo para alojar las poblaciones gitanas que se dedicaban al chabolismo. Muy chulo el campanario exento, en medio de la nada.

Campanario de San Benito Abad

Llego a la avenida de Abrantes esquina Camino Viejo de Leganés, donde aparecen las primitivas viviendas (1960) de la UVA de Pan Bendito, de dos alturas. Una familia de la raza calé ha sacado sus sillas y mesa a la acera, como si fuera el salón de su casa. Qué arte, primo.


Vivienda de la UVA

Detrás encuentro unos bloques alargados de siete alturas (1958) paralelos entre sí, que dejan unos espacios de aparcamiento no especialmente agraciados: plazas de las Hilanderas, Meninas y Rendición de Breda.

Plaza de las Hilanderas

Avanzo dejando atrás un antiguo campo de fútbol, hoy un descampado. La otra acera de la avenida de Abrantes tiene mejor aspecto, con multitud de locales que siempre dan ambiente.

Avenida de Abrantes

Alcanzo un oasis de paz: la iglesia de Santa Luisa de Marillac (1986), unos cubos maclados de ladrillo rojo, muy sencillos. Accedo a un patio con muchas plantas y una Virgen impertérrita; dentro es oscura, atmosférica, vale la pena echarse una meditación allí.

Santa Luisa de Marillac

Sigo por Abrantes hasta alcanzar la calle del Faro, uno de los límites de la gran colonia de San Vicente de Paúl (1950-1959). Se trata de una colonia muy amplia de las llamadas de "vivienda experimental", edificada para alojar gran cantidad de población que venía a Madrid, en la posguerra, de otros lugares de España. Estaba planificada para que fuese autosuficiente, con mercado, zonas deportivas, colegio e iglesia, y posee mucha riqueza urbanística: bloques con patio interior en manzanas abiertas o cerradas, bloques lineales con espacios peatonales y chalets con patio.

Tiro por la calle de Cascais, observando la tipología de los austeros edificios: bloques lineales de doble crujía y tres alturas (1955), paralelos entre sí formando calles peatonales con espacios verdes, en plan bulevares.

Por la calle de Cascais

Llego al final de la calle y rodeo la tapia del macizo colegio Gonzalo de Berceo (1955), de dos plantas y buenos ventanales: buen diseño añejo, sin obsolescencia programada.

Llego a una zona ajardinada y, a la derecha, el pasaje de Coimbra, que pasa por debajo de los edificios de ocho alturas con balcones, bajo porticado y patios interiores (1955) de la colonia San Vicente de Paúl, de bastante mejor aspecto que los que hemos visto anteriormente: éstas deben ser las viviendas premium, sin duda. Al pasar el túnel me recibe un agradable grafiti con dos pintas de cerveza, qué gozada.

Pasaje de Coimbra
Llego a la muy agradable plaza de Coimbra, con su pórtico, buen pavimento, arbolado y bancos de granito, lo que reafirma la condición de viviendas "finas". Queda bordeada por la rotunda Vía Lusitana y, al otro lado, el enorme parque de la Emperatriz María de Austria, equipado con zonas deportivas y un montón de cosas más.

Llego al final de la plaza y me cuelo por otro pasaje, que me deja en la avenida de Abrantes. A la derecha el colegio San Ignacio de Loyola (1955), exactamente simétrico al colegio Gonzalo de Berceo. Este hecho me permite inferir que tal vez hubiera, en 1955, segregación de sexos: uno para chicos y otro para chicas. 

Sigo y me cuelo en una manzana con los consabidos bloques lineales de doble crujía y tres alturas (1955), en la calle de Viseu, perfectamente simétricos a los de la calle de Cascais. Como ya habrá notado el avispado lector, aquí todo suena portugués.

Lo mismo que antes, pero mola

Llego a la calle de Braganza, y me cuelo por un callejón entre unas viviendas de cuatro alturas, y un edificio institucional de ladrillo rojo con recercados blancos en ventanales (1955) extremadamente serio, sin sentido del humor: es la Agencia Social de la Vivienda de la Comunidad de Madrid. El aspecto le viene al pelo: los que lo visiten tampoco estarán para muchas risas, seguramente necesitan esas viviendas sociales y ven que no se construyen, y encima les inundan con esa burocracia infame tan de autoridades mediocres.

Llego a un triángulo entre la Vía Lusitana y la avenida de Oporto, otro solar residual transformado en zona verde con sus juegos infantiles, elemento que rellena muy bien este tipo de espacios.

Zona verde residual, con relleno por defecto
Desde aquí observo la plaza Elíptica, un hub lleno de coches, furgonetas, camiones y humo en general. A la derecha emerge la enorme masa del colegio San Viator (1950), uno de los hitos urbanos más característicos del sur de Madrid. Con su torre central y sus ventanales en hileras horizontales, tiene un look como de hospital: acojona un poco, yo le pondría unos colorines.

El San Viator, en la plaza Elíptica
Me introduzco en la estación de metro de plaza Elíptica, ya pensando en la próxima exploración por lo bien que me lo he pasado esta soleada mañana. Si el lector tiene a bien puede darse este paseo, u otro, por esta ciudad tan cercana y lejana a la vez. No se arrepentirá, hay mucha tela que cortar.

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