domingo, 15 de enero de 2023

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (I)

Seguimos con un personaje apasionante, de esos de vida vibrante y colorida, siempre animados por una pasión irracional e inextinguible que desafía convenciones, métodos y costumbres: el gran Norbert Casteret (1897-1987), uno de los pioneros de la espeleología tal y como hoy la conocemos.

El gran Norbert en el año de publicación del libro (1962), vestido de faena

Y qué mejor para ello que escrutar una de sus obras, quizás la que más retrata -por ser una autobiografía, al fin y al cabo- a nuestro héroe: Mi Vida Subterránea, publicada por la editorial Bruguera en 1962. También vamos a extraer algunas imágenes de Ten Years Under The Earth, otra obra del autor.

Los susodichos

Y es que lo que buscamos con esto no es simplemente contar una sucesión de hechos del personaje, sino seleccionar posibles buenas ideas para ser-en-el-mundo, como podría bien decir Martin Heidegger, teniendo en cuenta que -tal vez- lo que aprendemos de estos personajes acaba siendo interiorizado por nosotros de forma no poética, sino real, lo que algunos pensadores llaman intersubjetividad. Es decir, somos nosotros mismos y parte de los personajes que leemos, por lo que no está de más seleccionarlos con algo de cabeza, siempre en función de lo que uno quiera llegar a ser. Lo que uno se meta al espíritu al menos que sea de calidad: mierda buena, como decían los yonkis de los 80s.

Saint-Martory y el río Garona (occitaine)

Tras este receso de filosofía barata y algo gaseosa entramos en el tema. El amigo Norbert nació en Saint-Martory, un pueblecito situado al suroeste de Toulouse y a orillas del río Garona, muy cerca de los Pirineos franceses. Esta ubicación será clave en la vocación del pequeño, que muy pronto se vio atraído por lo que tenía a mano: el paisaje calizo, modelado por el agua, el frío y el viento, horadado por cientos de oscuros e irresistibles huecos e intersticios listos para explorar. No en vano su primera incursión fue a la edad de cinco años, en un picnic familiar por las pirenaicas gargantas de la Save, donde la familia entera visitó la cueva de Bacuran, que dejó una huella indeleble en Norbert:

"Sin embargo, la gruta de Bacurán me causó una impresión profunda y duradera. La novedad del lugar, la revelación de la existencia de un mundo que no había nunca imaginado: el mundo subterráneo; el alumbrado primitivo a base de antorchas me admiró y me cautivó. Las antorchas de paja que el campesino iba encendiendo de vez en cuando iluminaban furtivamente las bóvedas retorcidas y amenazadoras, enmascarándolas en seguida con un humo acre y espeso. Todo resultaba una decoración lo bastante extraña y solemne para que las conversaciones, las risas y exclamaciones a mi alrededor, no consiguieran despoetizar y destruir el sentimiento de admiración y respeto, de casi fervor, que nacía en mí."

Aquí nació la llamada del silencio y de las tinieblas eternas, como nos dice poéticamente, lo que empujó a Norbert -algo más tarde, a los ocho años de edad- a no conformarse con excursiones familiares de fin de semana, sino a buscar entretenimiento diario en los alrededores de su pueblo, más concretamente en un acantilado a escasos 300 metros de su casa: L'Escalère, un paredón horadado por multitud de covachas naturales:

"Aquel microcosmos subterráneo de pequeños tragaluces abiertos para servir de nido a milanos y búhos, de resquebrajaduras rocosas frecuentadas por garduñas y raposas, iba a convertirse en mi campo de acción y de exploración. Era allí donde tenía mi jardín secreto, un refugio inaccesible, como un lugar escondido y cómplice en el que nada me impedía seguir soñando con los ojos abiertos, lo cual constituía mi ocupación favorita en cuanto me hundía por aquellos pasillos solitarios."

De aventura en su pueblo
Al mismo tiempo se entrenaba en el río Garona, el otro polo de su actividad infantil, que tanto supuso para él de cara a tener la fuerza y motivación necesaria para sus exploraciones subterráneas:

"Sin los ejercicios de natación, de salto e inmersión, que yo aprendí y practiqué allí desde tan pequeño, no hubiera podido estar lo suficientemente preparado para la exploración de las corrientes subterráneas, ni para los descensos a las simas bajo las glaciales cascadas."
Norbert entrenando

Así pues nuestro amigo comenzó la exploración del acantilado solucionando dos problemas evidentes: la iluminación y la ropa y el calzado. La iluminación quedó resuelta llevando un cargamento ingente de velas que robaba de su casa, donde aún no había iluminación eléctrica (estamos en 1908):

"Estas sustracciones clandestinas, y el consumo de velas, tan rápido en las grutas a causa de las corrientes de aire, me causaban serios escrúpulos de conciencia; pero el dilema se me planteaba entre revelar mis ocupaciones tenebrosas, que indudablemente no habrían sido alentadas y aun ni siquiera autorizadas, o bien seguir quemando velas por los dos cabos, es decir, en casa y en las grutas de Escalère al mismo tiempo."
A la izquierda el acantilado de Escalère, sobre el río Garona

En cuanto a la vestimenta, el problema era que, al ser el terreno de las cuevas un barrillo arcilloso que dejaba perdido a cualquiera, éste podía delatarle de sus actividades clandestinas, su pasatiempo favorito. Para resolverlo empleó la siguiente técnica: entraba en las cuevas descalzo y con la ropa puesta del revés, y al salir se calzaba las alpargatas y se ponía la ropa del derecho, con lo que la suciedad se quedaba en la parte interior. Como no podía ser de otra forma sus padres le pillaron pero, según sus propias palabras, fueron muy comprensivos con su afición, ya que ellos mismos ya eran aficionados a los largos paseos montañeros. Eso sí que es suerte, digo yo.

Su equipación se completaba con una cuerda anudada, que ataba a los árboles que había cerca de los pozos de las cavidades. Nos cuenta el descenso de la que llamó la "sima del Enebro", no sin antes advertirnos con el disclaimer de turno, no sea que algún padre le denuncie por incitar al nene a hacer locuras:

"Antes de empezar a narrar mi descenso, me permitiré hacer una pequeña aclaración en relación con aquellos de mis lectores, jóvenes de dieciséis a diecisiete años, que saben ya lo que es espeleología y que han tenido quizá ocasión de participar en visitas o exploraciones de simas. Estos jóvenes podrán sonreírse ante lo que voy a relatar, quizá porque todo les parecerá poco sensacional y bastante pueril. A ellos les pido que no olviden que precisamente yo estaba en la edad pueril y que es un niño de once años el que aquí habla."

Pues bien, es en este descenso donde, según sus palabras, Casteret libró su primera y más decidida batalla contra el miedo, al bajar por la cuerda y verse sumergido en el abismo negro y, por primera vez, no poder divisar la claridad que indica la entrada de la caverna:

"La luz vacilante que ilumina aquel túnel en pendiente da súbitamente precio y valor a mi aventura. ¿Qué voy a descubrir? ¿Qué hay debajo de mí, en aquel vacío negro que me aterra y me atrae al mismo tiempo? A más de cincuenta años de distancia puedo decir que, en aquel pozo, el niño agarrado sin aliento a su cuerda sostuvo una lucha en la que todo su porvenir estaba en juego. Me sentí tentado violentamente de volver a subir, de salir de aquel agujero negro y recuperar el cielo, la luz, y el sol; pero pude finalmente, por fortuna, y no sin lucha, obedecer a una voz interior más noble y dar preferencia a la llamada del silencio, de la soledad y de las tinieblas que subían hacia mí."

Un miedo bastante lógico, ya que Norbert bajaba con una cuerda bastante precaria, sin casco, la vela entre los dientes y una caja de cerillas en el bolsillo. En esta misma sima, que comunicaba con otra abertura en la parte inferior del acantilado, encontró gran cantidad de bolas negras, flexibles, como de fieltro, y muy ligeras: unas egagrópilas de búho.

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Egagrópilas de lechuza (Centro El Campillo, Parque Regional del Sureste)

El chaval iba de sorpresa en sorpresa, el atractivo de la exploración: el asombro agradecido, como diría el enorme Chesterton. O exploración mística, como me gusta a mí, ya que este tipo de actividades tienen la paradójica propiedad de detener el tiempo para poder contemplarse a uno mismo en su alteridad, como también diría Valle-Inclán en La Lámpara Maravillosa.

Pronto el acantilado cercano se le quedó corto a nuestro amigo, con lo que decidió extender su radio de acción visitando el campo limítrofe, y preguntando a las gentes por la existencia de más cuevas, con bastante poco éxito:

"Mi voz insegura y mis preguntas mal formuladas y azoradas no producían otra reacción que la incomprensión o la sospecha. Sólo cosechaba fracasos, malas respuesta y frases reprobatorias. Los interrogados parecían juzgar insensato aquel deseo mío, incomprensible, de penetrar en lugares subterráneos inciertos y peligrosos."
Esto sigue pasando hoy en día: en algunos lugares de España se mira con sospecha al forastero solitario, al que está fuera de contexto, ya que se le presupone antes la delincuencia que la simple curiosidad.Y es muy normal, por cierto, aunque no del todo sano ya que a los cazadores -algunos verdaderos delincuentes- suelen pasar más desapercibidos.

Así pues Norbert se metía en cualquier fisura o hueco que se encontrara, sin hacer ascos a nada. En estos ámbitos depuró su técnica de reptación llamada "la lombriz", acribillado de pulgas (ya que muchas cuevas eran madrigueras) y de barro hasta las orejas:

"Lo hago adoptando la posición más acertada de los brazos: uno proyectado horizontalmente hacia adelante para sostener la vela y tantear el terreno, y el otro replegado, disimulado contra el pecho. El hombro que corresponde a este brazo replegado, igualmente hundido hacia atrás, con objeto de disminuir la anchura de espaldas. Es imposible reptar con los dos brazos tendidos hacia adelante, ya que ello no es anatómicamente posible y ensancha demasiado los hombros."
Tejón señalando su madriguera (20minutos)

En esta misma cueva, de sospechosas paredes onduladas y tras quince metros de reptación extrema bajo la luz de la vela, tuvo su primer encontronazo con un animal salvaje, que no hacía otra cosa que defender su casa del intruso. Así Norbert tuvo la mala suerte de toparse con un tejón, uno de los animales más fieros en cuanto a la defensa de su territorio se refiere:

"Me arrastraba con ardor con la cara contra el suelo, cuando de repente quedé como clavado en el sitio por un rugido fuerte, rabioso, aterrador. Levanté rápidamente la cabeza y vi a apenas dos metros delante de mí, acorralado en el fondo de la cueva y haciéndome frente, ¡a un animal con garras y dientes amenazadores! Me encontraba frente a un tejón al que acababa de sorprender; le había obligado a retroceder, hasta el momento en que, acorralado, estaba dispuesto a defenderse y a desgarrarme la cara con sus temibles garras. Como tenía los brazos en cuña, no pudiéndole oponer más que la débil defensa de la llama de mi bujía, y el animal ostentaba sobre mí el derecho de prioridad incontestable de quien está en su propia casa, no tuve más remedio que cederle el sitio y retirarme, apresuradamente. Aquel día tuve ocasión de practicar la reptación acelerada hacia atrás, batiéndome en retirada lo más de prisa posible."
La cascada de Planque, junto a la sima de Poudac Gran (lespyrenees)

Terminamos esta primera entrada sobre las pesquisas infantiles de Casteret con su primer descenso a una sima: Poudac Gran, muy cercana a Saint-Martory, su pueblo. Supo de la ubicación de ésta por un amigo de su padre, con la coincidencia de que Norbert ya había leído un libro de Édouard-Alfred Martel -el considerado padre de la espeleología como ciencia- sobre esa zona en concreto, y había calcado los planos de las cavernas. Ni corto ni perezoso cogió su bici y se plantó allí, en la sima de Planque, donde descendió con su peculiar técnica, usando cuerda lisa y vela:

"Apretando la cuerda con las piernas y los pies (secreto del empleo de la cuerda lisa) empezaba a deslizarme hacia abajo cuando se produjo un incidente grave. la vela que sostenía en la boca se me apagó al chocar con la roca. Tuve que continuar, pues, no sin viva inquietud, descendiendo a tientas en las tinieblas, hasta mi aterrizaje en el suelo, que se efectuó normalmente. Volví a encender la vela y la linterna, y pude comprobar con un respiro de alivio, y no sin orgullo, que estaba al borde del gran talud, lo que me permitiría sin dificultad alcanzar el fondo de la sima. Dejé pues mi cuerda y empecé a descender rápidamente la pendiente escarpada, llena de bloques de rocas y de troncos de árbol. La bóveda muy elevada da a la cavidad, en verdad imponente, las dimensiones y el aspecto de una catedral hundida, en cuyo seno me sentía bien poca cosa. Camino abajo, encontré entre las piedras el asta de un ciervo, y poco más abajo algunos esqueletos y un cráneo de oso muy bien conservado, Estos animales habían caído sin duda, resbalando en el pasillo tobogán, para rebotar luego desde lo alto del acantilado v destrozarse en las rocas subyacentes. Al llegar al final de la sima me maravilló encontrar un pequeño lago encantador, cuya contemplación me recompensó mucho la lucha interior que tuve que librar allí arriba antes de decidirme a descender. La vista del agua límpida y de la decoración maravillosa que le sirve de marco, me recompensó asimismo de los incidentes y emociones del descenso."

Tras tantas emociones, termina este capítulo -y esta entrada- con un profundo epílogo:

"Quien no haya conocido nunca la embriaguez de una victoria parecida creerá vana tal exaltación, y considerará quizá orgulloso a quien alardee de ella. Sin embargo, es a pesar de todo un orgullo bien legítimo, y representa un capítulo básico de la aventura, de todo lo que se realiza con valor y mérito."

Seguiremos repasando la vida subterránea de este gran personaje, descubridor de incontables cuevas, huesos, restos prehistóricos y otras apasionantes movidas.

CONTINUARÁ

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