viernes, 4 de marzo de 2022

Rutas anárquicas: el Tajo, de Fuentidueña a la colonia San Joaquín

Seguimos nuestro viaje aguas arribas del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior: el castillo de Fuentidueña. Descendemos por la M-831 hasta alcanzar el puente sobre el Tajo en la antigua carretera Madrid-Valencia, diseñado por el ingeniero José de Echevarría y construido por la contrata colaboradora del famoso Eiffel. Hace bastante tiempo que no llueve: la pertinaz sequía probablemente me evite sustos relacionados con la escasa capacidad "todoterrénica" de mi sufrido compacto. Disclaimer: todas las fotos son mías salvo que indique lo contrario.

Puente de Fuentidueña, sobre el Tajo, en un día idílico para ser invierno

Sigo por la M-831 hasta pasar bajo la A-3, para coger una pista de tierra en buen estado en dirección noreste. El bosque de galería del Tajo se va aproximando, formado por robustos ejemplares, pelados por el invierno, de Populus alba. A la altura de la finca "Los Visos y las Dehesas" encuentro un ramal de la pista que se aproxima al río, en fondo de saco. A la izquierda un sendero me lleva a un molino abandonado, cuya denominación no aparece en ninguno de los mapas históricos que llevo en el móvil.

Molino ignoto

Accedo a través del sombreado pórtico y abro con cuidado el grueso portón de madera, que cruje ahuyentando a una bandada de pájaros que salen estruendosamente por un ventanuco.

Interior del molino, con el hueco para el rodezno

Me subo a un plinto elevado para observar el hueco para el alojo de la turbina, lleno de barro y porquería, y aderezado con trozos de metal oxidado que podrían ser originales, a juzgar por el roblonado de algunas piezas. Salgo y escucho el plácido rumor de las aguas que, unido al olorcillo característico de la hierba húmeda, forma un Shangri-La sensorial de lo más estimulante. Falta me va a hacer.

Regreso a la finca y sigo por la pista que, poco a poco, se va estrechando y empeorando su firme: según las minutas del IGN es el antiguo camino de Fuentidueña a la Casa de San Pedro

Cultivos que despiertan

A la derecha cultivos de cereal ya reverdecidos; a la izquierda, el río, unas naves industriales de una fábrica de productos químicos (muy ecológica, a la orilla del río), un vivero -por compensar lo anterior- y el cantil yesífero.

Fábrica superecológica, vivero, río y páramo

Alcanzo la granja "Los Arenales" sin pena ni gloria, ya que el paisaje es de lo más uniforme. A la altura del cruce de un pequeño regato seco, un almendro en flor me alegra la vida: su color blanco contrasta con el verde y el azul, una escena muy top y algo random, apta para daltónicos como el que suscribe.

Paisajito guapo

Avanzo hasta la casa de San Pedro, entre retamas aún carentes de sus características flores amarillas. Trato de otear la central eléctrica que se supone hay detrás, sin éxito alguno. Lo único interesante es el cañón yesífero formado por un pequeño arroyuelo, en el que se deslizan, hacia el río, pequeñas matas de esparto: un atochar. Según la base de datos de Lugares de Interés Geológico del IGME, nos encontramos en una zona de karst de carbonatos y evaporitas.

Atochar

Alcanzo la carretera M-241 y driblo a la izquierda para, al poco, tirar a la derecha de forma diagonal, con lo que me interno en una urbanización de aspecto sencillo, formada por parcelas de viviendas unifamiliares tuneadas a gusto del consumidor.

Me llama la atención el trasiego de grandes camiones, que contrasta con la placidez de unos señores mayores que, boina al sol, triscan la acera arriba y abajo mirando descaradamente -privilegios de la edad- mi vehículo, por eso de comprobar que no se cuela algún amenazador forastero.

Por aquí pasa el Camino de Uclés

Llego a una zona donde, a la derecha, surge de nuevo el valle del Tajo, con su paramera; unos carteles explican que por aquí discurre un ramal del Camino de Santiago: el Camino de Uclés, que enlaza la iglesia de Santiago (Madrid) con el monasterio de Uclés, cabeza de la Orden de Santiago en España.

Paraje "El Castro": un otero sobre el Tajo
Tomo una pista hacia el noreste, detrás de un enorme camión que llena de polvo el aire. Asciendo el borde del páramo y, arriba a la izquierda, diviso lo que parece una ruina con vistas. Ya en el páramo tomo un camino bien marcado que lleva a la base de una torre a juzgar por el espesor de los muros, quizás adscrita a la cercana casa de la Vega. Hacia el norte aparece la llamativa silueta de "El Castro", una horadada muela -de arenas y gravas cementadas según el mapa geológico- que mira al río y, junto al Tajo según el mapa topográfico, un paraje denominado "Cueva del Toril" ¿habemus bujero?

Bajamos al río: cuevas, soto y el salto de Valderrivas

Sigo por la pista asfaltada y me desvío a la izquierda, rumbo a una enorme explotación de áridos, de donde salen y entran multitud de camiones: verdaderamente impresionante. Nada más pasar el portón metálico la carretera se transforma en una pista sin asfaltar -ancha aunque con cantidad de piedras y baches- que gira hacia la izquierda para bajar por la pronunciada cuesta del páramo hacia el Salto de Valderrivas, con su central eléctrica de estilo historicista. A la derecha y a unos pocos kilómetros diviso un puñado de casas, al que trataré de dirigirme después.

La toponimia no miente: la cueva del Toril

Desciendo del coche para explorar el frondoso soto que forma el río a la altura del salto: se trata de un paisaje fresco e idílico, con el edificio de la central y el cortado presidiendo la escena. Me acerco a la orilla; el agua del río se remansa en unas pozas cuyas aguas, verde intenso, evidencian un crecimiento estacional masivo de crisofíceas. Una trocha asciende hacia el cortado, a media ladera, y a unos doscientos metros aparecen dos oquedades: la cueva del Toril, que hemos visto antes en el mapa. Se trata de unos abrigos poco profundos abiertos en el farallón de conglomerados, en cuyo techo se descuelgan decenas de pequeñas telas de araña, con sus trabajadoras dueñas que se agitan nerviosamente a mi paso.

Escena fluvial bajo la cueva del Toril

Henchido de autocomplacencia por haber llegado a este hermoso lugar, desciendo al coche y cojo el camino que discurre junto al río, aguas arriba y en dirección a la mencionada urbanización; unos pescadores parlotean, visiblemente entusiasmados con sus capturas.

El camino se va estrechando hasta que queda cercado por las matas de cañizo, mientras oigo como se deslizan por la carrocería del coche, causando el característico y grimoso sonido. Como llevo la ventanilla abierta, una rama me pega un sopapo en toda la cara, únicamente frenado por las gafas de sol.

No lo salto ni con pértiga

Maldigo mi puta calavera por no haberla visto venir y subo la ventanilla y, aunque la tentación de regresar al punto anterior con el rabo entre las piernas acecha, pienso que la calle asfaltada de la urba debe quedar a unos pocos minutos, con lo que avanzo trabajosamente unos doscientos metros entre el carrizo. Craso error: un gran resalto, imposible de traspasar con mi 4x2.

No queda otro remedio: vuelvo al soto de la central hidráulica e inspecciono el mapa. Parece que hay otro camino - más o menos paralelo al río pero alejado de la orilla- que podría llevar al mismo punto de la urbanización. Lo cojo; es bastante malo ya que el carrizo es sustituido por multitud de pedruscos que hacen patinar las ruedas, lo que provoca que algunos guijarros salgan volando y golpeen los bajos del coche, aunque todo sea por pisar asfalto cuanto antes. Llego a un punto donde el camino se junta con el que no he podido continuar antes y, unos metros después, alcanzo el ansiado asfalto.

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre

Frustración a la enésima potencia: una barrera corta el acceso a la urbanización, con lo que valoro la situación. No hay nada que hacer, así que desando todo el estrecho camino -con sus plantitas laterales, cuestecillas puñeteras y guijarros voladores- hasta llegar al cortado, luego a la arenera y después a la urbanización de los camionazos, donde cojo la M-241 hacia la localidad de Estremera.

Pasado el pueblo giro a la derecha, en dirección Illana y Leganiel. Continúo hasta que el Tajo -y la urbanización de marras- comienzan a aparecer. La carretera gira 90 grados para cruzar el Tajo e internarse en el poblado, pero decido seguir recto por una pista señalizada como "Camino Natural del Tajo". 

La central del Maquilón y, arriba a la izquierda, la casa de Cumbre Hermosa

La pista llega a otro inmensa cantera de áridos, lo que me permite inferir que muchos de los habitantes de la urbanización adyacente podrían ser trabajadores de estas explotaciones. Alcanzo, pasado un meandro, la central hidráulica del Maquilón, con su interesante aspecto de chalet decimonónico. Al otro lado, y sobre el zócalo de yesos, aparece la ruina de la casa de Cumbre Hermosa, una edificación con estancias alrededor de un patio central.

Casas del Maquilón

Un estruendo de pájaros corta el silencio reinante. Alzo la vista para observar unas cigüeñas en formación de V, que se dirigen hacia el sureste.

Avanzando, dos edificaciones abandonadas a la derecha. Las exploro: la primera consta de varias alcobas bastante rudimentarias, cada una con su chimenea: lo que parece una vieja casa de huéspedes.

Chimenea vintage

La otra es una sencilla casa con patio, sin florituras aunque con excelentes vistas. Avanzo un par de kilómetros por la pista, en buen estado, hasta que, en una ladera a la izquierda, observo la ermita de la Virgen de la Muela, de aspecto moderno y funcional, bastante anodino. Por cierto, sobre el montículo que se alza sobre de la ermita se supone que está la antigua Caraca, un asentamiento carpetano-romano.

Ermita de la Virgen de la Muela

Doy media vuelta y regreso por el camino, dejando atrás el Maquilón y llegando al puente sobre el Tajo.

Puente

Lo cruzo y llego a la urbanización "El Carraicejo". A unos cientos de metros llego a nuestro destino por hoy: la ermita de la colonia San Joaquín, de aspecto algo andaluz con su pozo frente a la puerta. Tras ella, el centro comunal de la colonia.

Ermita de la colonia San Joaquín

En definitiva un interesante recorrido, aunque me parece constatar que, a medida que viajo aguas arriba del Tajo, la progresión va a ser más difícil.

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