domingo, 15 de enero de 2023

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (I)

Seguimos con un personaje apasionante, de esos de vida vibrante y colorida, siempre animados por una pasión irracional e inextinguible que desafía convenciones, métodos y costumbres: el gran Norbert Casteret (1897-1987), uno de los pioneros de la espeleología tal y como hoy la conocemos.

El gran Norbert en el año de publicación del libro (1962), vestido de faena

Y qué mejor para ello que escrutar una de sus obras, quizás la que más retrata -por ser una autobiografía, al fin y al cabo- a nuestro héroe: Mi Vida Subterránea, publicada por la editorial Bruguera en 1962. También vamos a extraer algunas imágenes de Ten Years Under The Earth, otra obra del autor.

Los susodichos

Y es que lo que buscamos con esto no es simplemente contar una sucesión de hechos del personaje, sino seleccionar posibles buenas ideas para ser-en-el-mundo, como podría bien decir Martin Heidegger, teniendo en cuenta que -tal vez- lo que aprendemos de estos personajes acaba siendo interiorizado por nosotros de forma no poética, sino real, lo que algunos pensadores llaman intersubjetividad. Es decir, somos nosotros mismos y parte de los personajes que leemos, por lo que no está de más seleccionarlos con algo de cabeza, siempre en función de lo que uno quiera llegar a ser. Lo que uno se meta al espíritu al menos que sea de calidad: mierda buena, como decían los yonkis de los 80s.

Saint-Martory y el río Garona (occitaine)

Tras este receso de filosofía barata y algo gaseosa entramos en el tema. El amigo Norbert nació en Saint-Martory, un pueblecito situado al suroeste de Toulouse y a orillas del río Garona, muy cerca de los Pirineos franceses. Esta ubicación será clave en la vocación del pequeño, que muy pronto se vio atraído por lo que tenía a mano: el paisaje calizo, modelado por el agua, el frío y el viento, horadado por cientos de oscuros e irresistibles huecos e intersticios listos para explorar. No en vano su primera incursión fue a la edad de cinco años, en un picnic familiar por las pirenaicas gargantas de la Save, donde la familia entera visitó la cueva de Bacuran, que dejó una huella indeleble en Norbert:

"Sin embargo, la gruta de Bacurán me causó una impresión profunda y duradera. La novedad del lugar, la revelación de la existencia de un mundo que no había nunca imaginado: el mundo subterráneo; el alumbrado primitivo a base de antorchas me admiró y me cautivó. Las antorchas de paja que el campesino iba encendiendo de vez en cuando iluminaban furtivamente las bóvedas retorcidas y amenazadoras, enmascarándolas en seguida con un humo acre y espeso. Todo resultaba una decoración lo bastante extraña y solemne para que las conversaciones, las risas y exclamaciones a mi alrededor, no consiguieran despoetizar y destruir el sentimiento de admiración y respeto, de casi fervor, que nacía en mí."

Aquí nació la llamada del silencio y de las tinieblas eternas, como nos dice poéticamente, lo que empujó a Norbert -algo más tarde, a los ocho años de edad- a no conformarse con excursiones familiares de fin de semana, sino a buscar entretenimiento diario en los alrededores de su pueblo, más concretamente en un acantilado a escasos 300 metros de su casa: L'Escalère, un paredón horadado por multitud de covachas naturales:

"Aquel microcosmos subterráneo de pequeños tragaluces abiertos para servir de nido a milanos y búhos, de resquebrajaduras rocosas frecuentadas por garduñas y raposas, iba a convertirse en mi campo de acción y de exploración. Era allí donde tenía mi jardín secreto, un refugio inaccesible, como un lugar escondido y cómplice en el que nada me impedía seguir soñando con los ojos abiertos, lo cual constituía mi ocupación favorita en cuanto me hundía por aquellos pasillos solitarios."

De aventura en su pueblo
Al mismo tiempo se entrenaba en el río Garona, el otro polo de su actividad infantil, que tanto supuso para él de cara a tener la fuerza y motivación necesaria para sus exploraciones subterráneas:

"Sin los ejercicios de natación, de salto e inmersión, que yo aprendí y practiqué allí desde tan pequeño, no hubiera podido estar lo suficientemente preparado para la exploración de las corrientes subterráneas, ni para los descensos a las simas bajo las glaciales cascadas."
Norbert entrenando

Así pues nuestro amigo comenzó la exploración del acantilado solucionando dos problemas evidentes: la iluminación y la ropa y el calzado. La iluminación quedó resuelta llevando un cargamento ingente de velas que robaba de su casa, donde aún no había iluminación eléctrica (estamos en 1908):

"Estas sustracciones clandestinas, y el consumo de velas, tan rápido en las grutas a causa de las corrientes de aire, me causaban serios escrúpulos de conciencia; pero el dilema se me planteaba entre revelar mis ocupaciones tenebrosas, que indudablemente no habrían sido alentadas y aun ni siquiera autorizadas, o bien seguir quemando velas por los dos cabos, es decir, en casa y en las grutas de Escalère al mismo tiempo."
A la izquierda el acantilado de Escalère, sobre el río Garona

En cuanto a la vestimenta, el problema era que, al ser el terreno de las cuevas un barrillo arcilloso que dejaba perdido a cualquiera, éste podía delatarle de sus actividades clandestinas, su pasatiempo favorito. Para resolverlo empleó la siguiente técnica: entraba en las cuevas descalzo y con la ropa puesta del revés, y al salir se calzaba las alpargatas y se ponía la ropa del derecho, con lo que la suciedad se quedaba en la parte interior. Como no podía ser de otra forma sus padres le pillaron pero, según sus propias palabras, fueron muy comprensivos con su afición, ya que ellos mismos ya eran aficionados a los largos paseos montañeros. Eso sí que es suerte, digo yo.

Su equipación se completaba con una cuerda anudada, que ataba a los árboles que había cerca de los pozos de las cavidades. Nos cuenta el descenso de la que llamó la "sima del Enebro", no sin antes advertirnos con el disclaimer de turno, no sea que algún padre le denuncie por incitar al nene a hacer locuras:

"Antes de empezar a narrar mi descenso, me permitiré hacer una pequeña aclaración en relación con aquellos de mis lectores, jóvenes de dieciséis a diecisiete años, que saben ya lo que es espeleología y que han tenido quizá ocasión de participar en visitas o exploraciones de simas. Estos jóvenes podrán sonreírse ante lo que voy a relatar, quizá porque todo les parecerá poco sensacional y bastante pueril. A ellos les pido que no olviden que precisamente yo estaba en la edad pueril y que es un niño de once años el que aquí habla."

Pues bien, es en este descenso donde, según sus palabras, Casteret libró su primera y más decidida batalla contra el miedo, al bajar por la cuerda y verse sumergido en el abismo negro y, por primera vez, no poder divisar la claridad que indica la entrada de la caverna:

"La luz vacilante que ilumina aquel túnel en pendiente da súbitamente precio y valor a mi aventura. ¿Qué voy a descubrir? ¿Qué hay debajo de mí, en aquel vacío negro que me aterra y me atrae al mismo tiempo? A más de cincuenta años de distancia puedo decir que, en aquel pozo, el niño agarrado sin aliento a su cuerda sostuvo una lucha en la que todo su porvenir estaba en juego. Me sentí tentado violentamente de volver a subir, de salir de aquel agujero negro y recuperar el cielo, la luz, y el sol; pero pude finalmente, por fortuna, y no sin lucha, obedecer a una voz interior más noble y dar preferencia a la llamada del silencio, de la soledad y de las tinieblas que subían hacia mí."

Un miedo bastante lógico, ya que Norbert bajaba con una cuerda bastante precaria, sin casco, la vela entre los dientes y una caja de cerillas en el bolsillo. En esta misma sima, que comunicaba con otra abertura en la parte inferior del acantilado, encontró gran cantidad de bolas negras, flexibles, como de fieltro, y muy ligeras: unas egagrópilas de búho.

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Egagrópilas de lechuza (Centro El Campillo, Parque Regional del Sureste)

El chaval iba de sorpresa en sorpresa, el atractivo de la exploración: el asombro agradecido, como diría el enorme Chesterton. O exploración mística, como me gusta a mí, ya que este tipo de actividades tienen la paradójica propiedad de detener el tiempo para poder contemplarse a uno mismo en su alteridad, como también diría Valle-Inclán en La Lámpara Maravillosa.

Pronto el acantilado cercano se le quedó corto a nuestro amigo, con lo que decidió extender su radio de acción visitando el campo limítrofe, y preguntando a las gentes por la existencia de más cuevas, con bastante poco éxito:

"Mi voz insegura y mis preguntas mal formuladas y azoradas no producían otra reacción que la incomprensión o la sospecha. Sólo cosechaba fracasos, malas respuesta y frases reprobatorias. Los interrogados parecían juzgar insensato aquel deseo mío, incomprensible, de penetrar en lugares subterráneos inciertos y peligrosos."
Esto sigue pasando hoy en día: en algunos lugares de España se mira con sospecha al forastero solitario, al que está fuera de contexto, ya que se le presupone antes la delincuencia que la simple curiosidad.Y es muy normal, por cierto, aunque no del todo sano ya que a los cazadores -algunos verdaderos delincuentes- suelen pasar más desapercibidos.

Así pues Norbert se metía en cualquier fisura o hueco que se encontrara, sin hacer ascos a nada. En estos ámbitos depuró su técnica de reptación llamada "la lombriz", acribillado de pulgas (ya que muchas cuevas eran madrigueras) y de barro hasta las orejas:

"Lo hago adoptando la posición más acertada de los brazos: uno proyectado horizontalmente hacia adelante para sostener la vela y tantear el terreno, y el otro replegado, disimulado contra el pecho. El hombro que corresponde a este brazo replegado, igualmente hundido hacia atrás, con objeto de disminuir la anchura de espaldas. Es imposible reptar con los dos brazos tendidos hacia adelante, ya que ello no es anatómicamente posible y ensancha demasiado los hombros."
Tejón señalando su madriguera (20minutos)

En esta misma cueva, de sospechosas paredes onduladas y tras quince metros de reptación extrema bajo la luz de la vela, tuvo su primer encontronazo con un animal salvaje, que no hacía otra cosa que defender su casa del intruso. Así Norbert tuvo la mala suerte de toparse con un tejón, uno de los animales más fieros en cuanto a la defensa de su territorio se refiere:

"Me arrastraba con ardor con la cara contra el suelo, cuando de repente quedé como clavado en el sitio por un rugido fuerte, rabioso, aterrador. Levanté rápidamente la cabeza y vi a apenas dos metros delante de mí, acorralado en el fondo de la cueva y haciéndome frente, ¡a un animal con garras y dientes amenazadores! Me encontraba frente a un tejón al que acababa de sorprender; le había obligado a retroceder, hasta el momento en que, acorralado, estaba dispuesto a defenderse y a desgarrarme la cara con sus temibles garras. Como tenía los brazos en cuña, no pudiéndole oponer más que la débil defensa de la llama de mi bujía, y el animal ostentaba sobre mí el derecho de prioridad incontestable de quien está en su propia casa, no tuve más remedio que cederle el sitio y retirarme, apresuradamente. Aquel día tuve ocasión de practicar la reptación acelerada hacia atrás, batiéndome en retirada lo más de prisa posible."
La cascada de Planque, junto a la sima de Poudac Gran (lespyrenees)

Terminamos esta primera entrada sobre las pesquisas infantiles de Casteret con su primer descenso a una sima: Poudac Gran, muy cercana a Saint-Martory, su pueblo. Supo de la ubicación de ésta por un amigo de su padre, con la coincidencia de que Norbert ya había leído un libro de Édouard-Alfred Martel -el considerado padre de la espeleología como ciencia- sobre esa zona en concreto, y había calcado los planos de las cavernas. Ni corto ni perezoso cogió su bici y se plantó allí, en la sima de Planque, donde descendió con su peculiar técnica, usando cuerda lisa y vela:

"Apretando la cuerda con las piernas y los pies (secreto del empleo de la cuerda lisa) empezaba a deslizarme hacia abajo cuando se produjo un incidente grave. la vela que sostenía en la boca se me apagó al chocar con la roca. Tuve que continuar, pues, no sin viva inquietud, descendiendo a tientas en las tinieblas, hasta mi aterrizaje en el suelo, que se efectuó normalmente. Volví a encender la vela y la linterna, y pude comprobar con un respiro de alivio, y no sin orgullo, que estaba al borde del gran talud, lo que me permitiría sin dificultad alcanzar el fondo de la sima. Dejé pues mi cuerda y empecé a descender rápidamente la pendiente escarpada, llena de bloques de rocas y de troncos de árbol. La bóveda muy elevada da a la cavidad, en verdad imponente, las dimensiones y el aspecto de una catedral hundida, en cuyo seno me sentía bien poca cosa. Camino abajo, encontré entre las piedras el asta de un ciervo, y poco más abajo algunos esqueletos y un cráneo de oso muy bien conservado, Estos animales habían caído sin duda, resbalando en el pasillo tobogán, para rebotar luego desde lo alto del acantilado v destrozarse en las rocas subyacentes. Al llegar al final de la sima me maravilló encontrar un pequeño lago encantador, cuya contemplación me recompensó mucho la lucha interior que tuve que librar allí arriba antes de decidirme a descender. La vista del agua límpida y de la decoración maravillosa que le sirve de marco, me recompensó asimismo de los incidentes y emociones del descenso."

Tras tantas emociones, termina este capítulo -y esta entrada- con un profundo epílogo:

"Quien no haya conocido nunca la embriaguez de una victoria parecida creerá vana tal exaltación, y considerará quizá orgulloso a quien alardee de ella. Sin embargo, es a pesar de todo un orgullo bien legítimo, y representa un capítulo básico de la aventura, de todo lo que se realiza con valor y mérito."

Seguiremos repasando la vida subterránea de este gran personaje, descubridor de incontables cuevas, huesos, restos prehistóricos y otras apasionantes movidas.

CONTINUARÁ

lunes, 19 de diciembre de 2022

Rutas vintage: 1926, Sierra de Guadarrama II (explorando El Plantío)

Continuamos el periplo siguiendo las huellas de nuestra guía geológica de 1926 con destino la famosa Sierra de Guadarrama, que separa Madrid y Castilla y León compartiendo territorio. Como seguro nos acordamos, dejamos la anterior entrada en el puente de San Fernando.

Página de la guía
A partir de ese punto nuestra guía, que sigue en sus primeros kilómetros la vía de ferrocarril Madrid-Irún, avanza entre las cuencas sedimentarias de los ríos Guadarrama y Manzanares hasta alcanzar la colonia del Viejo Plantío, antaño un poblado de filosofía higienista (apoyado en los frondosos bosques de pinos del Monte del Pilar y el cazadero de El Pardo) y hoy un estrecho reducto encajonado entre la vía del tren y la autovía A-6. Por cierto nuestra guía explica, muy acertadamente, que los bosques cercanos semejan los de Extremadura, Salamanca o la Bética.

En 1926 la colonia estaba en su máximo apogeo, y duró así hasta la infausta y muy añorada por algunos Guerra Civil Española, que destruyó multitud de los "hotelitos" que servían de segundas residencias a pequeños burgueses y profesionales de la capital española.
Antes de comenzar a recorrer este peculiar enclave tenemos que explicar su morfología: se trata de una urbanización estrecha y larga entre la A-6 y la avenida de la Victoria (antigua N-VI), con una o dos calles paralelas a esta ultima y multitud de calles transversales que configuran manzanas más o menos cuadradas. La construcción del apeadero, en 1920, fomentó que la mayor densidad del poblado se diera alrededor del mismo, como luego veremos.
Reja original en C/ Pilar Andrade
Pues bien, comenzamos en el cruce de la avenida de la Victoria con la calle de Pilar Andrade. Avanzamos por ésta última y encontramos, a nuestra izquierda, una vieja y oxidada puerta de reja que nos permite imaginar el aspecto del barrio hace cien años, cuando todavía no se habían descubierto las bondades de las ristras de impersonales y anodinos chalets adosados. Detrás de la reja, un sencillo cubito.
Vivienda popular en peligro de extinción, en la C/ Pilar Andrade

Tras pasar la calle Rafael Villa encontramos, a la izquierda, una casita blanca de una altura construida en 1946, que me recuerda a las viviendas de Regiones Devastadas. Trato de grabarla en mi retina ya que no creo que dure mucho: si en una parcela puedes construir dos o tres alturas ¿por qué conformarnos con una?

Volvemos a la calle Rafael Villa y la cogemos en dirección noroeste. A la derecha, un grupo de viviendas unifamiliares de estética muy noventera, con una falsa fachada de ladrillo que quizás pretenda camuflar el funcional conjunto. En la esquina con la calle de Gerda Taro (legendaria fotógrafa que murió en la GCE aplastada por un tanque) encontramos un solar cerrado con otra reja antigua, quizás esperando chaletazo. A la derecha, unos interesantes chalets adosados de los años 60, con buenos ventanales y juegos de volúmenes. Más allá, a la izquierda, una casa blanca de dos alturas construida en 1950, que podría estar en cualquier pueblecito; tiene un emparrado muy chulo, por cierto. 

Casa neovernácula de 1960, en C/ Sáinz de la Calleja
Seguimos hasta la calle de Sáinz de la Calleja, que cogemos a la derecha hasta encontrar un interesante chalet que parece, con su entramado separando paños de ladrillo, una construcción vernácula salmantina o un caserío vasco, a elegir.

Volvemos a la calle de Rafael Villa, donde avanzamos entre casas sencillas, encaladas, de arquitectura popular, y chalets más modernos, algunos cúbicos pero sin estridencias: ibicencos, porqué no.

Pseudocaserío fake en José Lombana Iglesias esquina Faustino Garijo
Cruzamos la calle de Walman y avanzamos entre verdes muros de hiedra que esconden viviendas de varias épocas y estilos similares a los ya vistos. Giramos la izquierda en Carlos Dubois para coger, a la derecha, la calle de José Lombana Iglesias. En el cruce con Faustino Garijo encontramos otro sucedáneo de caserío, con entramado visto en la parte superior del hastial y alero volado; interesantes las caóticas rejas blancas.

Trasera de la villa "El Capricho", luego veremos la delantera
Cruzamos Montero Calvo y, en la esquina, encontramos un edificio casi totalmente tapado con una verde enredadera, lo que me hace recordar el famoso dicho de Frank Lloyd Wright "un médico puede enterrar sus errores pero un arquitecto apenas puede aconsejar a sus clientes que planten enredaderas". Un servidor lo ha sugerido en alguna obra suya y funciona, oiga.

Un poco más adelante, a la izquierda, encontramos la trasera de la villa más llamativa de El Plantío: "El Capricho", con su elegante torre que mezcla el estilo art decó con un regionalismo que recuerda a las casonas de indianos asturianas. A la vuelta del recorrido la visitaremos por su frente aunque observamos el par de copas que flanquean la entrada, símbolos de la abundancia de unos antiguos propietarios fetén

Vivienda de Antonio Palacios, arquitecto

Justo en la esquina con la calle de Cimarra descubrimos un precioso muro de ladrillo con una original rejería, de estilo art decó. Pertenece a la casa del gran arquitecto Antonio Palacios Ramilo, edificada en 1943 y en la que el propio Palacios murió en 1945. Se trata de una vivienda bastante discreta, de estilo regionalista que nada tiene que ver con los bizarros edificios pétreos diseñados por el arquitecto, como el Palacio de Telecomunicaciones (actual ayuntamiento de Madrid) o el Círculo de Bellas Artes.

Continuamos dejando atrás tres parcelas vacías -a ver lo que duran- y unos adosaditos hasta llegar a la calle de Ginés y Navarro, que nos fuerza a girar a la izquierda, llegando a la calle principal de El Plantío, la Avenida de la Victoria.

La parroquia de El Plantío, de 1940

Cruzamos la calle y, a la derecha, encontramos la iglesia del poblado, Nuestra Señora del Carmen, construida en 1940 en un estilo regionalista manchego. El blanco patio porticado, con columnas soportadas por pequeños contrafuertes, es verdaderamente agradable.

Frondoso arroyuelo

Avanzamos en dirección noroeste -junto a un murallón de interesantes adosados blancos y prismáticos- para toparnos con un frondoso regato con sauces llorones (que luego recorreremos de vuelta) y lo cruzamos por un puentecillo, enfilando la calle de Álvaro Caballero.

Casona en C/ Álvaro Caballero esquina C/ Federico Agustí
En la esquina con la calle de Federico Agustí encontramos una reluciente villa de 1942 que parece asturiana, con elementos pintados en esquinas y vanos.

Cogemos esta calle, a la izquierda, hasta desembocar en la calle de Cuevas del Valle, limitada por la vía del tren. Un cercanías pasa raudo y veloz, cortando el murmullo incesante de la autovía A-6.

Tejado y toldos en calle Federico Agustí esquina Cuevas del Valle

En esta esquina encontramos un chalet equipado de larguísimo tejado y toldos a rayas muy vintage, evidenciando que se construyó en 1960.

Un "hotelito" de 1940, en C/ Cuevas del Valle
Seguimos Cuevas del Valle en dirección noroeste, con el talud de las vías a la izquierda. A la derecha aparece un pequeño chalet color crema construido en 1940, infiriendo que estamos alcanzando el núcleo más primitivo de El Plantío, que se configura en torno al antiguo apeadero ferroviario.

¿Rem Koolhaas en El Plantío?

En la esquina con la calle de Burgohondo encontramos un hotel de tres estrellas; extraña ubicación, pardiez ¿será un picadero?. Más adelante una extraña visión: un edificio blanco de picudos salientes, esquinas desmochadas y ventanales imposibles de limpiar, que inmediatamente me trae a la memoria la Casa da Música en Oporto, obra del vanguardista arquitecto Rem Koolhaas. Me parece un pegote de campeonato, pero lo que importa es que le guste al dueño, faltaría más.

Caserío de gran porte en C/ Domingo Álvarez
Llegamos a la calle de Domingo Álvarez y miramos en lontananza: a lo lejos otro pseudocaserío vasco, de gran porte. Mucho historicismo del norte de España por estos lares, por cierto. 

Tremendo mirador

En la esquina de Cuevas del Valle con Federico Oriol encontramos otro hito de la arquitectura moderna, un edificio de oficinas dotado de un impresionante mirador de 180º. Me presta más que el Koolhaas, sin duda.

Proseguimos hasta el final de la calle, donde encontramos un agradable restaurante en el antiguo edificio del apeadero de El Plantío, sustituido por la moderna estación de Majadahonda, algo más adelante. Luego inspeccionaremos el edificio en un mejor lugar.

Casa de 1929

Tiramos por la avenida de la Estación y luego a la izquierda, por la calle del Ferrocarril, bordeando un enorme colegio franqueado de multitud de modernos adosados. En la esquina con Virgen de Icíar se yergue una casa de estilo andaluz datada en 1929, la más antigua que hemos visto hasta ahora, y probablemente de lo poco que queda del Viejo Plantío en esta zona.

Racionalismo, para variar
Frente a la casa cogemos un paso peatonal, que nos lleva a la misma calle Virgen de Icíar. Casi al final de la calle encontramos, como último resto del Viejo Plantío, una blanca vivienda cúbica de 1950, de aspecto racionalista.

Salimos de nuevo a la avenida de la Victoria, esta vez metamorfoseada en un feo carril de incorporación a la A-6 con carril BusVAO, que seguimos a la izquierda. Al poco encontramos la entrada de una urbanización de bloques aislados en H que funcionan de forma autosuficiente, con bares y tiendas. Me cuelo por ahí pero no encuentro salida a la vía del tren, que es lo que intento lograr. Por tanto sigo por el carril anterior hasta alcanzar el enorme aparcamiento de la estación de Majadahonda, que bordeo por la izquierda por un sucio barrizal. Llego a una puerta abierta que me lleva al andén de la estación.

Andén de la estación de Majadahonda

Hay que cruzar al otro lado por eso de llegar al bosque del monte del Pilar, por donde volveremos. Para ello uso el subterráneo ad hoc, que me lleva al pequeño vestíbulo de la estación, por donde salgo a un destartalado aparcamiento.

Estación de Majadahonda

Frente a mí algo inesperado: un enorme edificio abandonado, con un entramado metálico de vigas inclinadas que esconde muros cortina de vidrio y paramentos ciegos pintarrajeados por los ubicuos Banksys de pacotilla. Me acerco y lo observo, a través de su vallado de obra. Dentro, un sujeto se mueve de un lado a otro como buscando algo. Me mira y agacha la mirada, como si no quisiera verse escrutado.

Monumento al despilfarro

Se trata del edificio de la London School of Economics, el típico proyecto faraónico de político megalómano y trincón apoyado por un banco o institución privada aún más oportunista, aderezado con el visto bueno por una población local que se pirra por tan fardón e identitario edificio. Un clásico a la altura de la Ciudad de la Justicia y tantas otras: regalar suelo público a instituciones privadas a cambio de no se sabe qué exactamente. Propongo un nuevo uso acorde con los tiempos: un botellódromo con distintos ambientes según renta per cápita, que en Majadahonda hay de todo y no se suelen juntar.

La London School of Economics
Tiro hacia el sureste adentrándome en el pinar, y subo por el camino que bordea el enorme mamotreto: la de pasta que se han dejado aquí. Encuentro una caseta semienterrada que exploro, encontrando un posible ramal abandonado de la conducción del Canal de Isabel II, cuyo depósito enterrado se encuentra unos cientos de metros al sur de donde me encuentro.

Ruina fontaneril

Desde este punto camino por el pinar siempre paralelo a la vía del tren, en dirección sureste. El suelo está húmedo y mullido por las últimas lluvias y los pinos piñoneros son de gran porte, con amplias copas en forma de paraguas. Miro hacia la Sierra, nuestro destino final, apreciando la conocida silueta del monte Abantos, tras El Escorial.

Nuestro destino final: el monte Abantos y la Sierra de Guadarrama

El mapa geológico me informa de que estoy pisando un suelo de arcosas gruesas y lutitas ocres, es decir, areniscas y sedimentos oscuros y compactados, pertenecientes a las cuencas fluviales de los ríos Manzanares y Guadarrama.

Setitas en el pinar, Collybia

En el suelo hay multitud de agrupaciones de setas, algunas muy pequeñas que parecen del género Collybia

Un cuesco de lobo, no pisar

También encuentro algunos ejemplares sueltos de Lycoperdon perlatum, conocido como pedo de lobo porque al pisarlo revienta soltando aire con esporas.

Por el amable pinar

Sigo por el pinar -paralelo a la vía- hasta que veo el edificio del antiguo apeadero, reconvertido en restorán. Sobre el balcón central unos azulejos rezan "El Plantío-Majadahonda (APTRO)", evidenciando que no fue solo apeadero sino también apartadero: un lugar donde los trenes podían desviarse y aparcar, además de coger y dejar pasajeros.

Sendero ferroviario
Seguimos pegados a la verja de las vías hasta que no podemos más: una valla nos impide toda progresión; menos mal que un buen samaritano hizo un boquete por el que se puede acceder al recinto ferroviario, por lo que avanzo a unos metros de la vía del tren sin elementos de separación, por un sendero bien marcado. Un padre y su niña recogen ramas y restos de troncos, supongo que para alimentar la chimenea y, de paso, joder al autócrata ruso.

Arroyo de Valhondillo

Llegamos al arroyuelo de antes (el de los sauces llorones): ocasión inmejorable para regresar a El Plantío cruzando el tremendo borde (como bien diría Kevin Lynch) que es una vía férrea. Avanzo por el túnel, sorteando cantos rodados y enormes charcos, hasta llegar a la calle de Cuevas del Valle y, siguiendo el regato, a la avenida de la Victoria. 

Puerta con anagrama en Avenida de la Victoria
Prosigo en dirección sureste hasta alcanzar el Colegio Japonés de Madrid y, al lado, una casona abandonada de curiosa puerta con anagrama, de estilo art decó (1940).

"El Capricho" por delante

Unos doscientos metros más adelante encontramos el frente de "El Capricho", una villa de 1950 de espectacular torre flanqueada por pináculos.

Acceso al monte del Pilar

Un poco más adelante y a la derecha, una elegante rampa de época -las bolas lo delatan- lleva a cruzar la vía y acceder al monte del Pilar, verdadera razón de ser del Viejo Plantío, asueto y asoleo de los antiguos pobladores.

Terminamos con un extinto y antiguo vivero

Más allá, a la izquierda, observamos un abandonado vivero que comenzó sus andadas en 1955 y las finalizó recientemente. Una parcela de suelo industrial (así lo expresa el Catastro) que veremos en qué se transforma ¡hagan juego, señores!.

Pues finalizamos nuestro periplo de hoy donde lo comenzamos, y bien que ha merecido la pena. Hemos seguido nuestra vieja guía geológica descubriendo este enclave tan peculiar, plagado de preexistencias y sabor añejo que nos han retrotraído casi un siglo atrás, descubriéndonos otros matices que quizás no nos esperábamos.

Sin embargo todavía quedan varias entradas para alcanzar nuestro objetivo: la Sierra de Guadarrama, que los maestros Hugo Obermaier y Juan Carandell tienen mucho que ofrecernos.


CONTINUARÁ

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Rutas vintage: 1926, Sierra de Guadarrama I (Madrid-puente de San Fernando)

Tras el éxito de crítica y público de nuestra anterior entrada sobre XIV Congreso Geológico Internacional, que se celebró en Madrid en 1926, volvemos a la carga con otra ruta de esas de las que hacen época, nunca mejor dicho: la excursión B-2 desde Madrid capital a la Sierra de Guadarrama.

Libro y cuadernillo

Además, hay de detrás de esto una historia muy curiosa, de esas serendipias que pasan de vez en cuando e inspiran otros temas, que salen tangenciales sin que uno se lo proponga. Resulta que, al recibir el libro desde una librería de Alemania (compré el libro por Abeboks, y en francés por equivocación), me percaté de que estaba firmado por el anterior propietario: H. Cloos. Coño, me dije, si tengo un libro de un tal Hans Cloos en la estantería, llamado Diálogo con la Tierra.

Esto es para nota
Y, efectivamente, el libro me ha venido directamente de la biblioteca de Hans Cloos, uno de los geólogos alemanes más prominentes, que hizo estudios pioneros en las fallas tectónicas, además de ser un viajero y explorador avezado. Como no podía ser menos y dada la extraña casualidad, tengo el honor de dedicarle estas entradas. Espero que no se me queje el amigo Hans, desde el otro barrio.

La guía de la excursión está escrita por Hugo Obermaier y Juan Carandell Pericay: el primero prehistoriador, paleontólogo y cofundador de la arqueología española; el segundo geólogo y catedrático, sabio de todo un poco. Un par de buenos ejemplares a la altura de otros eruditos-exploradores que triscaban los campos en aquella época, como Henri Breuil, Juan Cabré, Teilhard de Chardin o Norbert Casteret.

Vista de la Sierra desde un aeroplano: justo debajo la Casa de Campo, al fondo las cumbres dibujadas en el gráfico de arriba

Partimos de la Estación del Norte o de Príncipe Pío, donde partía la línea ferroviaria Madrid-Irún que, más o menos, vamos a tratar de seguir hasta alcanzar la Sierra de Guadarrama. Nos situamos frente a la entrada sur de la estación, de aspecto afrancesado y edificado sobre las terrazas aluviales cuaternarias ligadas al río Manzanares, que tenemos a nuestra espalda. A lo Phileas Fogg comprobamos la hora en el reloj que corona la fachada, ya que es bien sabido que a los viajeros vintage nos va tal costumbre, por eso de tratar de revivir -aunque sea un ratito- un pasado ya pasado, valga la redundancia: son las 9:28 de un 31 de octubre de 2022.

Iniciamos la ruta

Sin más dilación cogemos la denominada Senda Real o GR-124, un presunto camino que serviría para salir de Madrid de forma peatonal, esquivando la maraña de autovías, líneas férreas, muros pintarrajeados, vallados insalvables u otros elementos de mal agüero que, con toda probabilidad, saldrán a nuestro paso ¿o no?

Lugar divertido

Cogemos el paseo de la Florida en dirección NO, por la orilla derecha, hasta llegar a un edificio de dos alturas que parece una muralla, con su pared inclinada: se trata de Casa Mingo, una antigua pollería situada en los antiguos almacenes de la Estación del Norte. Sin duda es uno de los comedores más costumbristas de Madrid: lugar cachondo donde los haya para culminar -si se hace a la inversa- la ruta que nos ocupa.

Rodeo las ermitas gemelas de San Antonio de la Florida y, por detrás, asciendo a una plataforma junto a las vías del tren. Me encuentro con lo esperable: un espacio de transición rodeado de los inevitables muros "decorados", un espacio multifuncional en el más amplio de los sentidos, incluso como punto limpio. Urbanpunk, me viene, y me acabo de inventar un término a mayor gloria del Imperio Británico.

Urbanpunk

Estamos en el parque de la Bombilla. Hacia el noroeste una pasarela salta las vías hacia el cementerio de la Florida, lugar ignoto e interesante donde los haya. No cruzamos, nos quedamos a la izquierda de las vías, recorriendo un camino bordeado de parterres tapizados de truños de perro: un lugar ideal para aliviarse, seguro que habilitado a tal efecto. Ante la invitación procedo frente a un olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.

Kiosko algo sucio

Pasa el cercanías, un grupo de niños los contemplan alborotados. De frente, un kiosko con cartones y enseres variados, junto a unas pistas deportivas. Sigo por la Senda del Rey, entre buenos ejemplares arbóreos, y asciendo a la derecha por un bulevar hasta encontrar una marchita pérgola, con una somera lámina de agua detrás.

Parterre suburbano

Observo lo más interesante del conjunto: una Wisteria sinensis o glicina, de vainas parecidas a algarrobas que albergan judías tóxicas.

Edificio del complejo deportivo "La Bombilla"

Avanzamos cruzando una llamativa plaza, algo dura, hasta un interesante edificio perteneciente al complejo deportivo del parque de la Bombilla. Bajo una fina lámina de hormigón se articulan muros de ladrillo y ventanales, con interesantes patios de luz y un pinpón vandalizado, seguramente transformado en mesa de botellones. Una castaña se me cae encima, como el que no quiere la cosa.

Bernardo O'Higgins

Las vías del tren viran hacia el suroeste, por lo que no tenemos más remedio que cruzarlas por debajo. Llegamos a una estatua situada en un lugar que parece no pertenecerle, presidiendo una maraña de carreteras y puentes. Se trata de Bernardo O'Higgins, un general chileno considerado padre de su patria.

Los dos puentes de los Franceses, el viejo y el nuevo

Cruzo la avenida de Séneca por debajo del puente nuevo de los Franceses, sostenido en su vano ventral por unos pilares de hormigón en V bajo la M-500; al fondo el puente de los Franceses original, de 1862, con sus cinco arcos de medio punto que salvan el Manzanares.

Sendero de incorporación


Prosigo a la derecha del carril de incorporación a la M-30, donde encuentro un sendero -bastante agradable, quién lo diría- entre el recinto de la UNED y la propia carretera. Al otro lado un recinto que pone "Escuadrón de la Policía", o algo así.

Un conejo, raudo como el rayo, se introduce en su madriguera. Le he cortado el rollo, qué le vamos a hacer: rewilding a tope. A mi izquierda encuentro una sucesión de edificios interesantes cortesía de la UNED, la universidad más grande de España. Un servidor la ha probado, y es un buen sitio siempre y cuando uno tenga estómago. Queda dicho.

Observamos el cubo de la biblioteca de la UNED, un presunto hito de la arquitectura madrileña que me parece soso y carcelario a morir, cuestión de gustos. 

Brutalismo on fire

La cosa mejora al alcanzar la Facultad de Humanidades, antes Colegio Mayor Siao-Sin, destinado originalmente a alumnos chinos (!). Se trata de un templo al brutalismo más burro, con su toque Le Corbusier y sus enormes jácenas en U, de claro influjo metabolista. Arquitectura para paladares exigentes.

Chopo y bujero

Llegamos a un edificio con planta en peine, lo que aumenta la superficie acristalada, y una cubierta con óculos que da luz a los patios: se trata de la Facultad de Económicas y Empresariales, un interesante edificio especialmente en su parte trasera, que es la que estamos observando.

La Senda Real se ensancha

Más allá el campus universitario da paso a una zona de huertas y cultivos, con lo que la zona de la Senda -bordeada por poderosos chopos y fresnos que evidencian un bosque de galería- se ensancha dejando a la derecha el Palacio de la Moncloa, donde mora el apolíneo y vacuo presidente del Gobierno de España. Me fijo en su muro perimetral y en el propio palacio, edificado en 1949 sobre los terrenos del Real Sitio de la Moncloa, una finca agrícola perteneciente a la aristocracia allá por el siglo XVII.

Muro de la Moncloa

Un estruendo de disparo seco corta el viento, dándome un susto de muerte. Infiero que viene de la Moncloa ¿qué estarán haciendo? Visualizamos el mapa geológico: estamos en un terreno formado por cantos y gravas sobre terraza de arenas, arcillas y limos.

Llegamos al cruce con la calle que lleva a la entrada del palacio, la cruzamos y seguimos por la Senda Real. A la izquierda nos encontramos un cartel de interpretación, de esos que casi nadie mira.

Cartel

Nos informa que la Senda Real que estamos transitando data de la época de Enrique III de Castilla, cuando a éste se le ocurrió construir un pabellón de caza en el cercano monte de El Pardo. Aquí se encuentra el Centro de Experimentación de la Escuela de Ingenieros Agrónomos, una lugar dedicado a cultivos, laboratorios agronómicos y naves ganaderas, todo ello dedicado a la investigación.

Pasado este complejo aparece in austero edificio de ladrillo rojo, perteneciente al complejo de Veterinaria de la Complutense: se trata del Hospital Clínico Veterinario, seguramente lo mejor de Madrid en cuidados veterinarios. 

Me han alegrado el día

En un lateral un vallado y una tolva con paja. Me acerco y, al otro lado de la verja, unas ovejas se acercan, quizás esperando su ración de pienso, luego existo. Sus bocas esbozan una ligera sonrisa y su mirada, fija en mí, brilla con la fina inteligencia que solo puede otorgar el herbivorismo gregario.

Sigo hasta que llego a una pasarela que cruza la M-30. Huele bastante mal, y me da por pasar al otro lado. La razón es que aquí se encuentra la EDAR "Viveros de la Villa", una estación depuradora de gran plasticidad visual.

Con razón olía mal

Se trata de una obra del arquitecto Javier Feduchi Benlliure, finalizada en 1985. La repetición de sus piscinas, algunas cubiertas y otras no, unidas al olor a alcantarilla, crean un efecto lisérgico, hipnótico. Como telón de fondo los pinares del Club de Campo, un selecto club solo apto para prohombres y promujeres.

Regreso por la pasarela y cruzo por debajo de un ramal de la M-30, para encontrarme con la Granja Docente de la Complutense, que ocupa el espacio intersticial entre la M-30 y la A-6, junto a un nudo de comunicaciones en toda regla. Unas vacas blancas con manchas pastan ajenas a todo el tinglado.

Granja

Cruzamos la A-6 por debajo, alcanzando un punto limpio. Después volvemos a pasar por debajo de un ramal de autovía; vaya lío, aunque sin pérdida. A nuestra izquierda, un pinar de pino piñonero. Encontramos otra pasarela, que esta vez cruza la carretera de la Dehesa de la Villa. Al otro lado encontramos otro bosquecillo.

Bosquecillo

Sigo por la Senda Real pegado al carril de incorporación a la M-30, en una vorágine mareante de asfalto: carriles, autovías, carreteras y coches, muchos coches. A la izquierda se halla la pequeña y elegante Puerta de Hierro, en un espacio de acceso prácticamente imposible. Construida en 1751 como puerta de acceso al monte de El Pardo en estilo barroco francés, resiste empequeñecida al desarrollismo rampante aunque necesario en una ciudad de este tamaño, no nos pongamos tremendos.

La Puerta de Hierro, de acceso imposible

Seguimos por la Senda hasta alcanzar otra pasarela peatonal, ya en pleno Anillo Verde Ciclista, por lo que extremo las precauciones y cruzo al otro lado hasta llegar al histórico puente de San Fernando, construido en 1749, donde finaliza la primera etapa de la ruta.

Sobre el puente de San Fernando

Observo las dos estatuas que flanquean los pretiles: se trata de San Fernando y Santa Bárbara, es decir, el rey Fernando VI y su señora Bárbara de Braganza. Un pelotón de ciclistas senior me pide que les haga una foto de grupo: les echo más de 70 tacos de vellón, y parecen gozar de una lozanía y una alegría envidiables. Así da gusto, oiga.

El Manzanares

Observo el río: una bandada de ánades reales nada sin preocupación. Me pregunto cómo será la siguiente etapa de nuestro camino a la Sierra de Guadarrama, guiados por una antigua guía geológica. Supongo que, al salir de Madrid, el paisaje y sus características se irán haciendo más naturales, aunque no más interesantes. Porque lo más importante, como nos gusta recordar, no es lo que miras, sino cómo lo miras.

Y en eso estamos...

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