martes, 23 de abril de 2024

Micropaisajes I: naturaleza inorgánica (vidrio artístico, burbujas y el amigo Brown)

Comenzamos aquí una serie de entradas relacionadas con una de mis temáticas favoritas de las que ya he escrito bastante, el paisaje microscópico, con la diferencia de que en esta ocasión vamos a seguir un orden: el del maravilloso libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía, de la también fabulosa editorial Omega. Se trata de un volumen enciclopédico, que abarca casi todo lo que se puede observar con un microscopio óptico y sus técnicas asociadas. El interés en seguir este libro es totalmente personal ya que uno tiene ganas de experimentar, de forma ordenada y metódica, todo lo que se puede observar con este instrumento que es emblema de la misma ciencia, de la curiosidad, de la inteligencia humana. Y si a alguien le ayuda a abrir los ojos a este mundo mágico y fascinante, pues qué más se puede pedir.

Manual de Microscopía, todo un must
De esta forma por aquí desfilarán naturalezas inorgánicas, bacterias, células animales y vegetales, tejidos histológicos, plancton, algas marinas y fluviales, diatomeas, protozoos, hongos, líquenes, plantas, animales inferiores y superiores, así como técnicas de tinción, montaje, inclusión, cultivo, observación e iluminación.

La metodología será la siguiente: por orden revisaré cada prefacio del libro, definición, axioma, lema, postulado, ley, proposición o escolio, como si fueran los Elementos de Euclides o la increíble Ética de Spinoza. Después efectuaré los experimentos o actividades que ahí se proponen pero tratando de innovar, tirando de imaginación si es que las musas tienen a bien aparecer; si no haré los experimentos sin más, en plan colegial con acedía y topping de hastío vital.

Utilizaré varios microscopios, todos vintage (años 1950-1960) y perfectamente usables: un Leitz Ortholux como instrumento principal y, como secundarios, un Zeiss Jena LuWd y un Zeiss Jena Nf, además de una lupa binocular de la marca polaca PZO.

Para sacar las fotos -todas mías salvo que diga lo contrario- utilizaré una sencilla cámara CMOS de microscopía, de esas que se compran por cuatro duros en la famosa tienda china online, visualizadas con guvcview bajo MX-Linux. Serán retocadas, modificadas, hackeadas o lo que se me ocurra con los programas digikam y krita y, si se tercia, utilizaré la IA, por ver si sale algo que merezca la pena.

Zeiss Jena LuWd y Leitz Ortholux

Así pues, el lema y resumen filosófico de estas entradas microscoperas será, como se dice en el capítulo 1.1 del libro:

Sólo mediante el conocimiento de lo pequeño es concebible lo grande

Comenzamos definiendo lo que es una preparación microscópica y sus tipos: preparaciones en seco, húmedas, en fresco y permanentes. Una preparación no es más que el cristal que se pone en el microscopio con lo que se quiere observar. Consta de portaobjetos, el cristal que se pone debajo, y cubreobjetos, el más pequeño que cubre la muestra. A veces el cubreobjetos no es necesario, como ahora veremos.

Las preparaciones en seco son las que no necesitan agua: observación de secciones minerales, tejidos, sellos y demás muestras inanimadas. Las preparaciones húmedas necesitan agua: animales microscópicos, histología animal y vegetal, líquidos fisiológicos y cristalización de productos químicos. Las preparaciones en fresco son las que la muestra está viva y puede evolucionar con el tiempo, por ejemplo agua de una charca con protozoos. Las preparaciones permanentes son las que el cubreobjetos se pega al portaobjetos, incluyendo la muestra para su etiquetado y guardado.

Vamos a comenzar con las preparaciones en seco, el apartado del libro zanjas en el vidrio.

Partitura en fa bemol

Cojo un  portaobjetos y un destornillador de pala y me lío a raspar la superficie con cierta saña, con el objeto de provocar fracturas concoideas en la superficie del vidrio. Coloco la preparación -sin cubreojetos- en la platina del microscopio y, para aumentar el contraste, cierro el diafragma del condensador, lo bajo un poco y lo descentro para obtener una iluminación oblicua con mucho contraste y profundidad de campo, cosa que mejora mucho la imagen en este caso. 

Peces voladores

Espina de pez

Observo el portaobjetos con pocos aumentos, 30x, para luego aumentarlo a 60x, 100x y 200x. Encuentro una preparación extremadamente rica: figuras que parecen ríos, cañones, animales extraños, letras raras y casi todo lo que la imaginación pueda suponer.

Incluso se puede jugar con las imágenes -ya conocemos la importancia de jugar, como dijo Pablo Neruda-, tirando de creatividad aunque nos parezca pueril o absurda. Encuentro una fractura que parece un ojo humano, y decido observarla con luz polarizada y de Rheinberg, dos técnicas de coloreo muy interesantes. Quedan imágenes muy chulas que, ecualizadas en digikam, me recuerdan a la Marilyn de Andy Warhol, por lo que le hago un improvisado homenaje en forma de collage, montado con krita.

El ojo de vidrio de Warhol (izquierda originales, derecha ecualizados en digikam)


Explorando la preparación encuentro una especie de pinza de cangrejo o cabeza de gusano, que observo con iluminación oblicua. Se me ocurre, como si de una calcografía o litografía se tratara, entintar la preparación. Me viene a la mente el Betadine, esa tintura yodada para las heridas sucesora de la famosa Mercromina.

Betadine seco
Así pues le aplico un chorro de Betadine, que dejo secar formándose una película insoluble en agua; al microscopio se aprecia un patrón de puntos que corresponde a la cristalización de la povidona yodada. Con un trapo a modo de tarlatana, mojado en alcohol, retiro suavemente la superficie del Betadine, dejando algo de producto en las fracturas del vidrio: queda bien, me ha salido un tríptico resultón.

Tríptico de la pinza del cangrejo (arriba sin nada, centro con película de Betadine, abajo con frotis)

El siguiente experimento del libro consiste en detectar y conocer el movimiento browniano, una especie de temblor microscópico que aparece en las partículas suspendidas en un medio fluido como el agua. Esta extraña vibración -que nada tiene que ver con algún elemento vivo- fue observada por primera ver por el botánico Robert Brown, que pensó que tenía relación con las mónadas de Platón, que luego fueron popularizadas por el increíble polímata Gottfried Leibniz.

Granos de harina de maíz (100x)
El libro me comenta que puedo intentar crear una preparación con una suspensión de harina en agua. Cojo una punta de cuchara de harina de maíz (Maizena) y la espolvoreo sobre una gota de agua en el portaobjetos. Le pongo encima el cubreobjetos, ya que mejora mucho la imagen al microscopio al disminuir la profundidad de campo. Observo un montón de cristales que parecen granos de arena; a 100x parece que vibran un poco, pero no lo suficiente. A partir de 200x el temblor es muy patente.

 
Movimiento browniano de suspensión de harina de maíz, acelerado 4x

Como no me satisface del todo elijo un nuevo método: hacer lo mismo con pigmento de acuarela amarillo, por lo que mojo la pastilla con el pincel y "pinto" sobre el portaobjetos, cubriéndolo posteriormente. A 200x aparecen miles de partículas vibrando y moviéndose de forma histérica hacia un lado. Por tanto presenta dos movimientos: uno vibratorio -el propio movimiento browniano- y otro lateral, tal vez el propio reflujo del líquido. Soplo ligeramente sobre la preparación y las partículas se mueven como las olas del mar, demostrando que también -como era de esperar- son influenciadas por causas exteriores. Hipnótico, como poco.

Movimiento browniano de suspensión de acuarela a 200x, sin acelerar

Otros elemento sencillos, ubicuos y bastante pintorescos son las burbujas de aire, casi siempre errores en la preparación pero ahora sujetos de observación. Estas microburbujas suelen quedar atrapadas y aplastadas, al poner de forma incorrecta el cubreobjetos sobre el portaobjetos.

Burbujas juguetonas
 
Cojo un tubo de ensayo con algo de agua y le dejo caer una espesa gota de detergente de lavavajillas. Agito y se llena de espuma, como era de esperar. Con una pipeta atrapo una espumosa gota, la pongo en el porta y la cubro con cuidado, apoyando primero un lado del cubreobjetos y dejándolo caer suavemente.
Burbujas aplastadas, en medio acuoso
Lo que se presenta en las imágenes no es propiamente el aire, sino la frontera de fase entre la inclusión de aire y el medio, en este caso agua con una sustancia viscosa a base de glicerina.

Este límite presenta un contorno ancho y negro. Si uno se fija bien, se pueden observar los anillos concéntricos causados por la reflexión de los rayos de luz que llegan al objetivo del microscopio, las llamadas orlas de difracción. Lo que ocurre es que el rayo de luz, al atravesar una superficie de diferente densidad e índice de refracción, cambia su dirección. A partir de un determinado ángulo de incidencia los rayos ya no atraviesan el medio, sino que son reflejados en la frontera de fase como si fuera un espejo, efecto que se conoce como reflexión interna total.
Burbujas aplastadas, entre fase húmeda (abajo) y fase seca (arriba); se aprecia la línea del agua y la diferencia en la reflexión. Imagen ecualizada en digikam.
Muevo, con los mandos de la platina, la preparación hasta que veo la línea del agua, que separa las burbujas sumergidas en agua de las burbujas "en seco". Veo que la difracción es diferente: la luz, al atravesar la pared de la burbuja, muestra un patrón más direccional, menos circular, al faltar el agua.
Burbujas en medio acuoso, iluminación oblicua
Otra prueba más: al mover lateralmente el condensador produciendo una iluminación lateral -es decir, oblicua- las orlas de difracción de las burbujas presentan puntitos de luz y pequeñas lunas en cuarto creciente.
Dejo secar la preparación, con lo que las burbujas acaban desapareciendo, al reventar bajo el peso del cubreobjetos. Observo lo que queda, y recorro el borde del cubreobjetos hasta las esquinas.

Bordes secos del cubreobjetos, como un cuadro de Antonio Tapies
Se aprecia, en estas esquinas, el residuo del agua con detergente, dejando un relieve que recuerda la foto aérea de un desierto tomada con un dispositivo LIDAR, o un cuadro de Antonio Tapies, a elegir.
Sea lo que sea finalizamos esta primera entrada de exploraciones sistemáticas al microscopio, guiados por el Manual de Microscopía. En la próxima entrada haremos una incursión en el inacabable mundo de los productos químicos.
 
CONTINUARÁ

lunes, 1 de abril de 2024

Incursiones cotidianas: Madrid, de Carabanchel Alto a la plaza Elíptica

Regresamos con otra entrega de la serie "incursiones cotidianas" dedicadas al Madrid menos comercial pero también el más desconocido y hasta misterioso, si uno se fija un poco. Y es que la exploración es, ante todo, la certeza de que no está todo el pescado vendido, que hay mucho más de lo que parece, que la realidad es, al final, un hecho perceptivo, y que la percepción puede ser modulada a gusto del consumidor, si es que uno se deja ¿para qué ir a la selva amazónica -o al Everest con toda la peña- si puedes tener una experiencia de descubrimiento justo tras el umbral de tu casa? Incluso, como decía el gran Henry Corbin, podrías detectar el mundus imaginalis, la mítica tierra intermedia de Hurqalya, escondida tras una farola de tu barrio. Merece la pena intentarlo, digo yo.

En esta exploración vamos a recorrer el ignoto trayecto entre las estaciones de metro de Carabanchel Alto y Plaza Elíptica, armados de cuaderno, cámara y todos los sentidos abiertos como platos. Como diría tu gurú o gurusa de turno, una breve meditación, centrada en la respiración, sensaciones físicas y sonidos podría ayudar a digerir tal despliegue de información.

Salgo de la estación del metro de Carabanchel Alto, a una plaza dura como la vida misma: ni un puto árbol, oiga, qué manía. Al menos hace sol, algo es algo. A la izquierda aparece el impermeable murallón del Instituto politécnico del Ejército de Tierra (1900), una de las enormes parcelas que jalonan este barrio, dificultando bastante la exploración.

Tiro por la avenida de Carabanchel Alto hacia el sur, fijándome en el palacete que alberga el Centro Municipal de Empleo de Carabanchel, con su ladrillo visto y recercados y esquinas en piedra blanca, lo que lo emparenta con la arquitectura toledana.

Centro Municipal de Empleo de Carabanchel

Giro por la travesía de la Guitarra hasta encontrar un pequeño parque, el de Mesonero Romanos, dedicado al cronista y bibliotecario perpetuo de la Villa y Corte. Al ser perpetuo igual estará por alguna biblioteca aunque no se le pueda ver, desgraciadamente.

Parque de Mesonero Romanos y Santo Ángel de la Guarda

Un parque situado en un espacio residual, anodino, de esos que hay que rellenar como sea. Y qué mejor manera de hacerlo que con los colorines de un parque infantil y, menos mal, una placa informativa de la vida del personaje, de esas que no se lee casi nadie. Tras el alegre arco iris, como contraste, aparece la mole del convento del Santo Ángel de la Guarda (1949), de estilo herreriano-escurialense fake.

Ensalada gratuita de cardo mariano

Cojo la calle de la Guitarra hacia el norte, fijándome en el descampado cerrado por una valla. Detrás crecen, como si no hubiera un mañana, vigorosos ejemplares de cardo mariano, Sylibum marianum. El gran Pío Font Quer dice que el tallo y las hojas de esta verdura silvestre sirven para descongestionar el hígado, y que fue muy consumida tras la Guerra Civil.

Llego a la calle Joaquín Turina, girando a la izquierda. Aparece la pastelona fachada de la iglesia del convento cuya trasera ya hemos observado y, junto a ella y de forma más interesante, un edificio de viviendas equipado con una celosía vertical de bloques prefabricados, encantadoramente setenteros.

Celosía y pastel de bodas

En la esquina de Joaquín Turina con la calle Polvoranca aparece un parquecillo llamado del Pentágono, con fuente y bancos. Detrás encuentro unos bloques cruciformes (1973) muy interesantes, de tres alturas, que parecen el decorado de una serie vintage.

Parque del Pentágono y bloques cruciformes
Me gustan, y mucho, por lo que me filtro, entre bloques y arizónicas, hacia la calle del Redentor, eje principal de este conjunto urbanístico que -al menos en planta- me recuerda a algunos proyectos de la Universidad Libre de Berlín, o de Candilis, Josic y Woods, salvando las distancias.

Palmera, por la calle del Redentor

Entre los bloques cruciformes, unidos unos a otros formando tramas, surgen espacios dedicados al aparcamiento, algo duros pero con cierto encanto de patio de pueblo, donde los vecinos se podrían conocer y hasta apreciar. Una palmera, bien hermosa, da un punto de color a la escena.

Al fondo de la calle aparece un edificio blanco nuclear con carpinterías azules, seguramente inspirado en la arquitectura vernácula del mar Egeo: el colegio María Inmaculada (2019).

Colegio azulón

Tiro a la derecha, por la calle María Celeste, entre los bloques cruciformes con jardincillos delanteros y el muro de ladrillo blanco del colegio, hasta rodearlo hacia la izquierda, internándome en un espacio "ajardinado" con un sendero. Unas señoras orean a sus perros que, con la alegría propia del acto, se alivian aquí y allá. Lugar, sin duda, para extremar las precauciones.

Zona de Esparcimiento Animal (ZEA)

A la izquierda surge el largo, escalonado e impenetrable murallón de la colonia Azcoitia, Grupo Loyola o Colonia del Hogar del Empleado (1962). Se trata de un hito en la vivienda pública española de los años 60, diseñado por Sáenz de Oíza entre otros.

Por la calle Azcoitia

Tiro por la calle Azcoitia, entre unos bloques de ladrillo rojo de cuatro alturas, monótonos a excepción del extraño alero de metacrilato que los corona. Da la sensación de espacio totalmente cerrado, como una especie de poblado carcelario, aislado del resto de la trama urbana. Y no un paraíso, por cierto; es un entorno más claustrofóbico que el de los bloques cruciformes anteriores.

Giro a la derecha, encontrándome con unos bloques pintados de colores con balcones corridos, unidos a los de ladrillo rojo, otorgando cierto movimiento a las fachadas.

Bloque coloreado

Llego a la plaza de la colonia, donde unos almendros en flor me llenan de buen rollito. Bastantes árboles, juegos infantiles, bancos, gente muy normal: ni tan mal, oiga.

Plaza de la colonia Azpeitia

Tiro a la derecha observando el colorido que aporta la ropa tendida, ventana indiscreta aunque consentida hacia la intimidad de las personas: podrían salir tesis doctorales de este hecho tan cotidiano.

Saliendo de la colonia
Llego a la calle de la Paraguaya, que recorro en dirección oeste. En la esquina con Consuelo Guzmán encuentro una reliquia: una casa blanca (1948) que quizás perteneció al antiguo pueblo de Carabanchel Alto.

Reliquia
Llego a un interesante oasis: el parque de las Cruces. A la derecha encuentro un bar con terraza, donde me meto un buen café observando a la la peña (mucha) que allí se congrega: señores mayores vivarachos, madres jóvenes con carritos y ojeras, obreros de la construcción con mono y algunos sujetos indeterminados como el que escribe. Es curioso que, contrariamente al supuesto devenir de las cosas, a uno cada vez le gusta más la humanidad, lo que demuestra ineludiblemente la falsedad del segundo principio de la termodinámica.

Regreso por la calle de la Paraguaya y tiro por la calle de Don Bosco en dirección sur, donde encuentro un edificio bajo, de líneas horizontales: el colegio de los Salesianos (1975). Más adelante su iglesia, roja como la sangre, de aspecto posmoderno a lo Aldo Rossi.

Iglesia de los Salesianos
Llego a la calle Joaquín Turina y tiro a la izquierda. Al poco encuentro una plaza delimitada por un moderno edificio de viviendas en ladrillo rojo (2007), con parasoles metálicos sobre sus ventanales alargados. Da gusto ver edificios modernos de ladrillo visto en lugar de los de los aplacados en fachada, tan de moda por baratitos de construir, que para el que observa se parecen más al primer y segundo caso del cuento de los Tres Cerditos.

Si soplas no se cae

Llego al interesante cruce con la avenida de Carabanchel Alto, llegando a una plaza triangular con bastante vida, que fue el centro del antiguo pueblo de Carabanchel de Suso: la plaza de la Emperatriz. Presenta, en sus inmediaciones, diversas edificaciones de aspecto antiguo, que se intercalan con otras más modernas de forma bastante caótica.

Centro de Carabanchel Alto

En el centro de la plaza surge un precioso edificio con torre central (1913), de estilo neomudéjar con relieves y ménsulas en ladrillo, además de azulejos de colores. Las bragas y toallas de colores que decoran la fachada le otorgan ese toque humano tan alegre: la efervescencia de la vida.

Al lado la anodina iglesia de San Pedro Apóstol (1981) y, emergiendo sobre ella, la torre de San Pedro Apóstol (1776), obra del gran arquitecto neoclásico Ventura Rodríguez, reconstruida tras la Guerra Civil Española.

Qué cosa más fea
Rodeo la iglesia hasta llegar a la marchita y desangelada plaza del Seis de Diciembre, donde observo la torre rodeada de un chungo edificio religioso, sin gracia alguna. Al menos espero que funcione bien a nivel asistencial y espiritual, que si no...

En el extremo opuesto de la plaza un solar lleno de maleza, con una casa triangular de tres plantas (1946), equipada con una extraña puerta en la esquina. Avanzo por un paseo que parece un parque chungo, rodeado de sucios solares y un potente edificio ruinoso a la derecha. En el cielo unos delicados cirros como costillas, cortados por una grúa-pluma.

Ruina carabanchelera

Avanzo por la simpática calle del Albaricoque, encontrándome de frente un interesante edificio de arquitectura moderna: la biblioteca pública Luis de Rosales (2010), con su fachada compuesta de paneles acanalados horizontales y verticales, creando interesantes texturas al sol de la mañana.

Biblioteca chula

Desciendo por la calle de Carabanchel Bajo hasta el parque Chirivita, en la trasera de la biblioteca. Al otro lado de la calle el muro del enorme colegio de Santa María de los Apóstoles (1930), con convento y casa de espiritualidad. Para desconectar, vamos.

Parque Chirivita

Respecto al parque, únicamente está equipado con una fuente octogonal y cuatro chorrillos; si te quieres sentar el suelo está mullidito, no hay otra.

Alcanzo la avenida de los Poblados cruzando el Anillo Verde Ciclista, uno de los elementos urbanos más civilizados que hay en esta ciudad; lástima que el cosido de esta vía con otras que, radialmente, vayan al centro de la ciudad, no está solucionado en la actualidad.

Rasgo de primer mundo: el Anillo Verde Ciclista

Cruzo la avenida de los Poblados y avanzo por la calle de Carabanchel Bajo, encontrando unas series de bloques alargados, paralelos entre sí y de diferentes épocas. Curiosamente el más moderno, de 1997, tiene un aspecto más opaco, más carcelario que el antiguo, de 1966.

Bloque de 1997 (al frente) y 1966 (detrás)

Tiro a la izquierda, por el paseo de los Castellanos, entre bloques sesenteros sin más interés.

Giro a la derecha por la calle Diario La Nación, internándome en la conocida colonia de la Prensa (1913), originalmente planteada para escritores y periodistas. Se componía de viviendas unifamiliares -hotelitos, como se llamaban en la época- con jardín. Encuentro un ejemplo algo tardío de arquitectura de la colonia, una casa pintada de azul (1955), con toques racionalistas.

Vivienda racionalista en Diario La Nación

Giro a la derecha por la calle Federico Grases hasta la glorieta de García Plaza, donde encuentro el Centro de Alimentación Federico Grases (1964), dotado de un bonito cartel de azulejos pintados. Dentro los típicos puestos de carne, pescado y vegetales, siempre pintorescos.

Mercado de la colonia

Llego a la calle de Occidente, y encuentro una vivienda de aspecto modernista-regionalista, con parasoles polilobulados sobre las ventanas, un toque oriental. En la planta baja, una corsetería. Negocio de toda la vida, qué alegría.

Casa con mercería
Sigo por la calle de Occidente hacia el norte. En el cruce con Rodríguez Lázaro encuentro un hotel amarillo de estilo regionalista (1950), con unas rejas y barandillas muy bonitas de clara inspiración andaluza. 

Chalet andaluz con rejas

Tiro por Rodríguez Lázaro a la izquierda y encuentro, a la izquierda, un chalet con mirador y ventanas con arcos recercados (1962), de estilo ecléctico, un poco de todo. Sobre la entrada de la cochera un cartel luminoso de "turismos", deliciosamente vintage.

Chalet con mirador
Frente a mí la preciosa puerta de la colonia (1952), de estilo modernista. Sus dos torres, con relieves y cubiertas partidas curvas, sujetan un puente que las une, cerrado por una intrincada barandilla de forja. Una maravilla.
Puerta de la colonia de la Prensa

Bajo la pasarela, entre dos ménsulas decoradas con los motivos vegetales propios del modernismo, un cartel en azulejo, con tipografía de línea de látigo.

Tipografía modernista

Vuevo a la calle Occidente y giro a la izquierda, hasta alcanzar la calle de la Época. Me reciben una resultona vivienda moderna cúbica (2016), en blanco con carpinterías grises -que no desmerece el entorno- y un chalet blanco (2016) de aspecto racionalista, con pequeñas ventanas pero con un chulísimo grafiti del mítico Seat 600.

Chalets modernos pero respetuosos, en calle de la Época

Sigo por la calle de la Época en dirección este. A la derecha un chalet de aspecto morisco (1940) con arcos de herradura, esgrafiados con ataurique y azulejos. Después encuentro un chalet de estilo clásico (1938) con torre y preciosas rejas.

Chalet con torre y morisco

En la esquina con la calle Diario La Nación me topo con un macizo palacete en esquina (1943), parecido a los que hay en el barrio de Salamanca o Chamberí.

Palacete en la esquina de Época con Diario La Nación

Siguiendo por Época, a la derecha, dos edificios espectaculares: un chalet con cubierta a dos aguas y ladrillo rojo (1930), con un aire a nave industrial antigua, y otro chalet morisco con pináculos y arcos de herradura (1945).

Qué maravilla

Acto seguido otra chulada -y van muchas en esta calle-, un chalet art-decó con dibujos de ladrillo sobre revoco crema (1970 según el Catastro).

Chalet art-decó

Tiro por la calle del Siglo Futuro en dirección sur. En la esquina con Rodríguez Lázaro se sitúa la parroquia del barrio: la amarilla iglesia de Nuestra Señora del Sagrario (1950), de un estilo neocolonial californiano -me lo estoy inventando- que me recuerda a algunas misiones españolas en San Francisco, CA. Realmente es un edificio racionalista, pero eso es lo de menos.

Iglesia de estilo neocolonial

Giro a la izquierda por la calle Federico Grases, abandonando la colonia de la Prensa e internándome en el más allá del barrio de Pan Bendito. Llego al parque de los Pinos, donde hay ídem y unos sencillos bloques de vivienda lineales (1961), con tubos de ventilación salientes como pinchos.

Parque de los Pinos y viviendas

Sigo por la calle del Atlético de Madrid observando una mezcla de bloques sesenteros, más claros, con otros noventeros, más oscuros. Zona tranquila, parece, a juzgar por los jubilados tomando el sol.

Naturaleza muerta para mitómanos

Llego a la calle de Almedina, discurriendo bajo los balcones de los bloques alargados de color claro, entre calles peatonales y jardincillos cerrados.

Por la calle de Almedina

Alcanzo un cruce de calles en forma de triángulo. A la izquierda unos bloques de ladrillo rojo de cinco alturas (1969), que dejan un estrecho pasillo peatonal al que accedo tras bajar una estrecha y retorcida escalera.

Pasillo, por ahí me meto

Desciendo a la calle Albares de la Ribera, desde la que tengo una vista privilegiada del saneado parque de Pan Bendito (2009), antes un descampado de mala muerte.

Parque de Pan Bendito

Ya en el parque, tomo un sendero que sale en diagonal, a la izquierda, hacia unos bloques de ocho alturas (1985) anchos, de aspecto sanote.

Por la vereda

Me voy acercando a una especie de parterre chungo: la rosaleda de Pan Bendito, en mi opinión el espacio más siniestro del barrio. Aquí no hay rosales ni flores ni nada parecido, nada más que un entramado de hierros oxidados y mucha basura en el suelo.

La "Rosaleda"
Lo cruzo en diagonal ojo avizor, rodeo la tapia de un colegio y llego a la plaza de Anocibar, un espacio bastante cutre rodeado de bloques en U (1985) con un elemento central de una altura -la asociación vecinal "Guernica"-, que con los grafitis parece un edificio abandonado cualquiera, da algo de yuyu.
Asociación vecinal Guernica

Llego a la calle de Besolla y me topo con la iglesia de San Benito Abad (1963), asociada a la Unidad Vecinal de Absorción de Pan Bendito, que se construyó al mismo tiempo para alojar las poblaciones gitanas que se dedicaban al chabolismo. Muy chulo el campanario exento, en medio de la nada.

Campanario de San Benito Abad

Llego a la avenida de Abrantes esquina Camino Viejo de Leganés, donde aparecen las primitivas viviendas (1960) de la UVA de Pan Bendito, de dos alturas. Una familia de la raza calé ha sacado sus sillas y mesa a la acera, como si fuera el salón de su casa. Qué arte, primo.


Vivienda de la UVA

Detrás encuentro unos bloques alargados de siete alturas (1958) paralelos entre sí, que dejan unos espacios de aparcamiento no especialmente agraciados: plazas de las Hilanderas, Meninas y Rendición de Breda.

Plaza de las Hilanderas

Avanzo dejando atrás un antiguo campo de fútbol, hoy un descampado. La otra acera de la avenida de Abrantes tiene mejor aspecto, con multitud de locales que siempre dan ambiente.

Avenida de Abrantes

Alcanzo un oasis de paz: la iglesia de Santa Luisa de Marillac (1986), unos cubos maclados de ladrillo rojo, muy sencillos. Accedo a un patio con muchas plantas y una Virgen impertérrita; dentro es oscura, atmosférica, vale la pena echarse una meditación allí.

Santa Luisa de Marillac

Sigo por Abrantes hasta alcanzar la calle del Faro, uno de los límites de la gran colonia de San Vicente de Paúl (1950-1959). Se trata de una colonia muy amplia de las llamadas de "vivienda experimental", edificada para alojar gran cantidad de población que venía a Madrid, en la posguerra, de otros lugares de España. Estaba planificada para que fuese autosuficiente, con mercado, zonas deportivas, colegio e iglesia, y posee mucha riqueza urbanística: bloques con patio interior en manzanas abiertas o cerradas, bloques lineales con espacios peatonales y chalets con patio.

Tiro por la calle de Cascais, observando la tipología de los austeros edificios: bloques lineales de doble crujía y tres alturas (1955), paralelos entre sí formando calles peatonales con espacios verdes, en plan bulevares.

Por la calle de Cascais

Llego al final de la calle y rodeo la tapia del macizo colegio Gonzalo de Berceo (1955), de dos plantas y buenos ventanales: buen diseño añejo, sin obsolescencia programada.

Llego a una zona ajardinada y, a la derecha, el pasaje de Coimbra, que pasa por debajo de los edificios de ocho alturas con balcones, bajo porticado y patios interiores (1955) de la colonia San Vicente de Paúl, de bastante mejor aspecto que los que hemos visto anteriormente: éstas deben ser las viviendas premium, sin duda. Al pasar el túnel me recibe un agradable grafiti con dos pintas de cerveza, qué gozada.

Pasaje de Coimbra
Llego a la muy agradable plaza de Coimbra, con su pórtico, buen pavimento, arbolado y bancos de granito, lo que reafirma la condición de viviendas "finas". Queda bordeada por la rotunda Vía Lusitana y, al otro lado, el enorme parque de la Emperatriz María de Austria, equipado con zonas deportivas y un montón de cosas más.

Llego al final de la plaza y me cuelo por otro pasaje, que me deja en la avenida de Abrantes. A la derecha el colegio San Ignacio de Loyola (1955), exactamente simétrico al colegio Gonzalo de Berceo. Este hecho me permite inferir que tal vez hubiera, en 1955, segregación de sexos: uno para chicos y otro para chicas. 

Sigo y me cuelo en una manzana con los consabidos bloques lineales de doble crujía y tres alturas (1955), en la calle de Viseu, perfectamente simétricos a los de la calle de Cascais. Como ya habrá notado el avispado lector, aquí todo suena portugués.

Lo mismo que antes, pero mola

Llego a la calle de Braganza, y me cuelo por un callejón entre unas viviendas de cuatro alturas, y un edificio institucional de ladrillo rojo con recercados blancos en ventanales (1955) extremadamente serio, sin sentido del humor: es la Agencia Social de la Vivienda de la Comunidad de Madrid. El aspecto le viene al pelo: los que lo visiten tampoco estarán para muchas risas, seguramente necesitan esas viviendas sociales y ven que no se construyen, y encima les inundan con esa burocracia infame tan de autoridades mediocres.

Llego a un triángulo entre la Vía Lusitana y la avenida de Oporto, otro solar residual transformado en zona verde con sus juegos infantiles, elemento que rellena muy bien este tipo de espacios.

Zona verde residual, con relleno por defecto
Desde aquí observo la plaza Elíptica, un hub lleno de coches, furgonetas, camiones y humo en general. A la derecha emerge la enorme masa del colegio San Viator (1950), uno de los hitos urbanos más característicos del sur de Madrid. Con su torre central y sus ventanales en hileras horizontales, tiene un look como de hospital: acojona un poco, yo le pondría unos colorines.

El San Viator, en la plaza Elíptica
Me introduzco en la estación de metro de plaza Elíptica, ya pensando en la próxima exploración por lo bien que me lo he pasado esta soleada mañana. Si el lector tiene a bien puede darse este paseo, u otro, por esta ciudad tan cercana y lejana a la vez. No se arrepentirá, hay mucha tela que cortar.

Entrada destacada

Incursiones cotidianas: arquitectura de una playa invernal

Una de las actividades más placenteras -al menos para el que suscribe- es un paseo invernal por una playa desierta. Y si es un playazo, mejo...