miércoles, 13 de junio de 2018

Otra visión del paisaje






Me dispongo a redactar mi primera entrada. Parece que tengo el síndrome de la pantalla en blanco, por lo que, como mandan los cánones, tiraré de estantería. Es una de las ventajas de tener biblioteca: cuando el río se convierte en rambla, siempre se puede volver a la fuente. Repaso con el dedo los lomos de mis libros, a ver si suena la flauta. Me detengo en uno, estrecho, blanco amarillento, casi imperceptible, que parece más un folleto que un volumen. Lo extraigo con ansia viva ¿me ayudará en mi cometido?

Se trata del discurso leído por el académico y polímata don Eduardo Hernández-Pacheco para la sesión inaugural del curso 1934-35, en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Cuadernillo que, por cierto, adquirí hace unos años en la Cuesta de Moyano, Madrid, lugar de culto como pocos.

No es mal comienzo: su título es "El paisaje en general y las características del paisaje hispano". Me inspira; vamos allá.

El cuadernillo en cuestión
El concepto de paisaje suscita todo tipo de definiciones; casi cualquier persona tiene la suya propia. En general, un servidor lo definiría como la combinación de un medio físico y un medio humano, antrópico, ambos interpretados por un observador. En las últimas palabras es donde está la clave: el espectador es el que interpreta el hecho a su manera, con sus condicionamientos aprendidos, ya sean culturales, educativos, identitarios o emotivos. Con su mochila mental, a veces ligera como una pluma y otras pesada como el plomo, pudiendo cambiar la una por la otra en cuestión de segundos, dependiendo del perfil de cada cual. Lo expresa magistralmente, aunque de forma algo determinista, propia de la época, Hernández-Pacheco:

"Así, por ejemplo, para una gran masa campesina no hay paisaje más ameno, bello y sugestivo que una extensión llana de terreno, sin un árbol ni un roquedo, pero ocupada totalmente por lozano y uniforme cultivo, mientras que a un espíritu libre del prejuicio y de la sugestión agrícola, un paisaje de boscaje en armónico concierto con el roquedo pintoresco, le produce la emoción estética que el otro observador no concibe".

 Volviendo a la parte material del paisaje, para un geólogo -esto no hay que olvidarlo, que toda cabra tira a su roquedo- como nuestro académico, el paisaje es la manifestación sintética de las circunstancias geológicas y fisiográficas que concurren en un país, obviando inicialmente cualquier relación entre el paisaje y su paisanaje, valga el juego de palabras, y diferenciando sus elementos, por orden de importancia, en componentes fundamentales (roquedo y vegetación), complementarios (los que le dan carácter: la nubosidad del cielo y la luminosidad, y las masas de agua), y componentes accesorios, donde incluye el mundo zoológico y el humano en su aspecto etnográfico. Por fin, incluye a los sufridos animales y al paisano de turno como elementos accesorios: son como los detalles del cuadro, que dan al paisaje animación y vida. Además, diferencia los componentes accesorios en otras cuatro categorías: los animales silvestres y ganados, el hombre mismo en su aspecto y carácter etnográfico, los cultivos típicos y característicos de una determinada comarca y las construcciones con carácter etnográfico.

Los elementos componentes del paisaje, según Eduardo Hernández-Pacheco.


Sin embargo, a pesar de considerar este autor a los animales como componentes accesorios del paisaje, Hernández-Pacheco les muestra su respeto sin ambages:

"Recuerdo también en los altos e inaccesibles tajos rocosos de la ruda y selvática hoz de Bembezar, en Sierra Morena; o en los peñones abruptos de las escarpadas sierras del campo de Gibraltar, inmediatas a la pantanosa depresión del Barbate, los grupos de numerosos buitres, tomando el sol, algunos en actitudes heráldicas; detalle zoológico que completaba de manera perfecta el hermoso y bravío cuadro de la Naturaleza [...]. Los herbosos campos del valle de Alcudia, pierden su principal belleza cuando los innumerables rebaños de merinas abandonan el país y llevan la nota alegre y plácida a las praderías estivales de las montañas del centro y del norte de España".


Respecto al ser humano, don Eduardo reconoce que armoniza en el paisaje geográfico y que, en cierto modo, lo complementa. Algunos sí y otros no tanto, piensa el que suscribe de forma maledicente; imagínese el lector a qué se puede referir. 

También refiere, como parte de los componentes accesorios, unos elementos a los que tengo especial aprecio, las construcciones con carácter etnográfico:

"Los chozos, de tipos diversos, construidos por los pastores extremeños, utilizando exclusivamente los vegetales que espontáneamente se dan en el país; resultando construcciones que, dentro de su rusticidad, no están desprovistas de arte; que son prácticas y confortables, como habrá podido apreciar quien las haya utilizado y que, con el mismo tipo y características, vienen construyéndose a través de los tiempos históricos, conservándose casi intacta la tradición de las remotas épocas neolíticas".

Como parte final de su discurso, Hernández-Pacheco exalta el carácter principal de nuestro paisaje:

"Hay que examinar, por lo tanto, las características fundamentales que presentan tales factores en el territorio hispano. Y caemos en una cuestión en la que he insistido hartas veces en mis estudios respecto al conjunto peninsular: en la gran diversidad y variedad de nuestro solar patrio; características concretadas en mi discurso de recepción en esta Academia, cuando decía que la Península Hispánica podía considerarse un pequeño continente. No hay país en Europa, salvo el nudo montañoso suizo, de altitud media tan elevada como la Península Ibérica; ni de tan variado relieve, a igualdad de extensión superficial".

Realmente, España es muy diversa: en paisajes, climas, costumbres. Quizás sea, la diversidad, nuestro deleite y nuestra condena, lo que nos une y lo que nos separa. Tal vez no viniera mal preguntarse, de vez en cuando, cual es nuestra relación con la diversidad, si es sana o no lo es, si el territorio puede modelar forzosamente el sentir de sus habitantes, privándoles de su libertad interior. Quizás algún día escriba sobre ello.

Tras un somero y lírico repaso a los diferentes paisajes españoles (para los interesados, no puedo dejar de recomendar el excelente y enorme libro Atlas de los Paisajes de España, coordinado por Rafael Mata Olmo), don Eduardo despide su discurso con un párrafo antológico:

"Considerando, en su conjunto, la Península Hispánica, sus paisajes se caracterizan por la variedad y la diversidad, y, en general, por el armónico conjunto que en ellos presentan el roquedo y la vegetación. Carácter también saliente de los paisajes hispánicos, es la luminosidad; el cielo limpio y luminoso; con luz en el roquedo, luz en la vegetación y luz en las alturas".

Pues amén.  Salgo a la terraza; hace una tarde espléndida. Tendrá razón el viejo geólogo: no hay más que luz en la tarde madrileña. Me prometo a mí mismo que pronto volveré a patear los campos, con otra visión del paisaje. Eso sí, trataré de ir sin mochila.








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