Continuamos viaje al sur -tras visitar la localidad chocolatera de Pinto, un interesante híbrido entre pueblo y ciudad, aunque con más de la segunda que del primero- con una visita exploratoria por la ciudad de Valdemoro. Nos apoyamos, como siempre, en la ruta de la primitiva vía férrea Madrid-Sevilla, publicada para el XIV Congreso Geológico Internacional de 1926, cuyo objeto principal, al que atenderemos más pronto que tarde, era la descripción de los pormenores geológicos a lo largo de dicho trazado ferroviario.
Así pues me encuentro junto al recinto de la estación de Valdemoro; a la izquierda, emergiendo como una maqueta vintage, la torre del guardagujas o caseta de enclavamentos. Tras uno de sus rotos ventanales se atisban las palancas verticales, que servían para mover los raíles y así desviar los trenes de una vía a otra.
| Guardagujas |
Atravieso el parking hasta alcanzar la glorieta final del paseo de la Estación, adentrándome en la calle Lanzarote, con su ristra de chalets adosados en ladrillo rojo y carpinterías blancas (2004). Aquí se encontraba -hasta su cierre en 1999- la fábrica de asfaltos y refinados Río Gulf, bien equipada con unos enormes depósitos cilíndricos y apartadero ferroviario propio.
Viro, por un hueco entre los chalets, a la izquierda, hasta un parquecillo junto a las vías: una de esas tierras de nadie, donde un descampado asqueroso puede mutar en una verde pradera como si fuera el gato de Schrodinger, cortesía de la autoridad municipal de turno. Como testigo de ésta última, una mesa de ajedrez, para jugar al arrullo del paso del tren.
| Muro y mesa |
Alcanzo la calle Isla Graciosa, bordeada de viviendas dosmileras cuya mayor gracia son la grandes lámparas que adornan las entradas de los chalets.
| Lámparas |
Llego al paseo del Prado, un espacio periurbano pseudocampestre equipado con unos anárquicos bancos prefabricados.
| Banco confortable |
Alcanzo un puente bajo las vías. Allí, vandalizado por los ubicuos borderlines de spray en ristre, sobrevive un cartel informativo de la ruta de las canteras de yeso, que debe partir de aquí.
| Tag infumable |
El puente, como casi todos los de esta línea férrea, parece original, de principios del siglo XX: arqueología ferroviaria de la buena.
| Puente preconstitucional |
Un gran espacio dedicado a pistas deportivas informa que estoy en el polideportivo municipal de Valdemoro. Tiro a la derecha, entre las pistas y las vías, hasta alcanzar una verja metálica enmarcada en unos blancos muretes de estilo manchego: el acceso principal del parque de las Bolitas del Airón.
| Parque natural |
Dentro, lo de siempre: aparcamiento y merendero con área infantil. Un inesperado vagón antiguo -quizás testigo de la antigua línea Madrid-Sevilla que estamos siguiendo- preside este espacio natural de simpático nombre y aire a descampado, determinado por su poco favorecedor suelo de yeso. Al fondo, tras el estacional cauce del arroyo de la Covatilla, surgen unos blanquecinos escarpes de sulfato de calcio hidratado, salpicados de ralas matas de esparto.
| Vagón de las Bolitas |
Regreso al cartel, junto al puente bajo las vías, donde tomo una camino paralelo a éstas, en dirección SE. Al poco, cojo un senderillo a la derecha, que asciende serpenteando hacia una aislada mancha de pinos, que bordeo por su izquierda.
| Subiendo al pinar |
Continúo entre el pinar y el espacio vallado de un olivar. A la derecha, en un pequeño talud, se aprecia la geología del lugar: microbrechas, arenas micáceas amarillentas y yesos detríticos, según el mapa MAGNA del IGME. De frente, una torreta de comunicaciones marca el camino de regreso a la civilización.
| No muy idílico |
El sendero desciende hacia el no tan idílico paseo del Prado, con sus bancos en medio de la nada, como caídos, de cualquier manera, de una dimensión alternativa vintage.
| De vuelta |
Sigo por el paseo hacia el O, junto a otra línea de adosados dosmileros, que podrían estar en cualquier sitio.
| Más de lo habitual |
Giro a la izquierda por la cuesta de Valderramata, una carretera irónicamente sin apenas desnivel, bordeada por naves industriales de tamaño medio y una gasolinera low-cost de esas que proliferan como setas, y con mucha razón.
| Gasofa barata |
Algo más adelante, junto a una curva a la derecha y tras los consabidos cipreses, el tanatorio municipal (1970) permanece vacío, como si la muerte hubiera dado una tregua, un inesperado alto el fuego.
| Tanatorio off |
Enfrente, incrustado en el polígono, un bar bien considerado aunque de nombre ambiguo, multifuncional.
| Mariposa |
Prosigo por la carretera, dejando unos edificios educativos a la izquierda. A la derecha, tras un gran solar, sin sombrajo alguno, en el que un jubilado se asolea el cartoncillo, la autovía A-4 enfila a la ciudad de Madrid.
| Solar chungo con jubilado |
Atravieso la A-4 por un túnel, metafísico como todos los túneles. Una sombra afilada parte en dos la última letra de un tag grafitero, evidenciando el áspero dualismo entre luz y oscuridad, arte urbano y una mierda.
| Sombra y tag |
Alcanzo una glorieta con fuente, al lado de unos noventeros bloques de ladrillo de ocho alturas (1997).
| Rotonda seca |
Llego al agradable y bien cuidado parque Enrique Tierno Galván -pulmón verde de la zona sur de Valdemoro- y asciendo, por una escalinata, al paseo superior, eje de la zona verde. Unos bancos prefabricados, similares a los del paseo del Prado, se cubren con unas pérgolas metálicas que no arrojan sombra alguna: en verano se derriten los bombones.
| Ay qué caló |
En su extremo aparece una escultura de chapa cortén: el monumento a las víctimas del 11-M, obra del gran artista toledano Rafael Canogar, uno de los maestros de la vanguardia escultórica española.
| Cabeza rara |
Desciendo por otra escalinata a la derecha, hasta alcanzar un estanque repleto de tranquilos patos e intimidantes gansos del Nilo. Unos chorros verticales adornan el verdoso charco, bordeado por un elenco de pinos piñoneros y sauces llorones.
| Estanque guapo |
Salgo del parque para encontrar una rotonda; en la esquina aparece el campus Juncarejo del colegio Marqués de Vallejo, originalmente ligado a la Guardia Civil. En la garita de acceso una placa recuerda al susodicho Diego Fernández de Vallejo, diputado y filántropo de la segunda mitad del siglo XIX.
| Placa |
Tiro al N por la calle párroco don Lorenzo, entre viviendas unifamiliares de aire serrano. Ya huele a pueblo, parecen gritar con sus tejados a dos aguas y aplacados de piedra irregular.
| Lookazo a pueblo |
Al final de la calle, a la izquierda, surge un hermoso edificio de aspecto industrial antiguo (1940): el aula municipal de Danza, antiguo lavadero del primitivo pueblo de Valdemoro.
| Reguetón-free space |
Presidiendo el lavadero se materializa la fuente de la Villa, original de 1605 pero renovada recientemente, a juzgar por su piedra blanca nuclear ya vandalizada.
| Fuente de la Villa |
Justo enfrente una tremenda escalinata, de nombre cuesta de la Villa, asciende a la calle Luis Planelles. Llegamos al pueblo, pueblo.
| Stairway to heaven |
Arriba, como si fuera el mismo cielo, me recibe un bonito edificio de dos alturas de inspiración neomudéjar (1986), ocupado en la actualidad por agradable hostal según sus reseñas profundas, deep reviews para los políglotas de azada en mano.
| Hostel dedicado al más grande |
| Pedazo parroquia |
Más adelante la calle se curva a la derecha; tras unas viviendas encaladas (1972), de aspecto tradicional, se elevan, como telón de fondo, otras de ladrillo visto, más modernas.
| Contraste |
Alcanzo un pequeño triángulo ajardinado entre dos calles: la plaza del duque de Ahumada. En su interior, un jardín algo árabe y recoleto -apto para la contemplación de la insoportable levedad del ser- consistente en unos setos geométricos y pequeños estanques.
| Chulo jardincillo |
Sigo por la calle Martistegui, para acceder, por el lateral, al parque Duque de Ahumada, una potente explanada donde unas señoras se desfogan bailando latinajos como posesas, con las caderas dislocadas de tanto flow; literal, bro.
Unas escaleras laterales descienden a un nivel inferior, donde unos chorros dejan ver el derrière de un señor con tricornio: el monumento a la Guardia Civil.
| Chorros y tricornios |
Salgo del parque hacia la plaza de Cánovas del Castillo, para enfilar la calle del Cristo de la Salud en dirección N, entre un mix de edificios de aspecto muy urbano; esto ya no huele a pueblo, sino a ciudad.
Calle de ciudad |
| Más contrastes |
Un poco más adelante, a la izquierda, un patio arbolado me da la bienvenida a la ermita del Cristo de la Salud (siglo XVIII), con su serena fachada con ventanitas rematadas en arcos de medio punto.
| Ermita cofrade |
Aprovecho para cerrar los ojos en su luminoso y barroco interior, pidiendo al Cristo de la Salud eso mismo para todo el planeta; a ver si me hace caso de una puñetera vez y se carga unas cuantas enfermedades de las gordas, leche.
| Salus Nostra |
Salgo renovado, en olor de santidad, hacia el parque de enfrente, donde un quiosco de música quizás espera, sentado, a la banda municipal del pueblo.
| Quiosco solitario |
Me lanzo, como un mihura, por la calle San Vicente de Paúl. Inserta, cual inesperado quiste en una manzana semiabierta de viviendas (1997), aparece la plaza del Hermano Ramón Quiroga, donde una gran garita con pinchos -lo más punk de todo Valdemoro- recuerda a la corona del Sol Invictus; seguramente se hayan inspirado en el culto solar para esta magna obra.
| Osti tú |
Al salir del alucinógeno lugar encuentro un interesante edificio con paños de piedra y ladrillo, con aspecto de colegio, convento o residencia, a elegir.
| No sé |
Alcanzo el cruce con la calle Doctor Fleming. En la esquina del solar, una vetusta nave (1940) esconde un negocio útil, de los que por aquí proliferan. La tipografía está cuidada, con esa importancia que se le concedía en las décadas centrales del pasado siglo.
| Útil no, lo siguiente |
Llego a la rotonda que hace de acceso de la ciudad desde la A-4, en la avenida de Andalucía. Se trata de una ventana parecida a las de los camerinos, con bombillas para iluminar bien el careto. Y es que Valdemoro se pone guapa, y se tiene que admirar a sí misma.
| Ventana valdemoreña |
Tiro en dirección S por la avenida. A la derecha, tras una valla, un enorme solar muestra una interesante ruina con arcos de piedra, lo que hace pensar que aquí se encontraba un casoplón de parné. Hoy parece esperar la demolición completa, tras lo que, a buen seguro, se edificarán unas viviendas baratas de construcción y caras de venta.
| Ruinas esperando piqueta |
Giro a la izquierda por la calle Estrella de Elola, en dirección O. Allí me saluda un precioso chalé de estilo racionalista (1940), blanco y reluciente.
| Qué mono |
Frente a él aparece la plaza de la Piña, un espacio muy animado rodeado de viviendas setenteras de buen pelaje. Y unas cuantas terrazas, lo que hace pensar que este es el mejor lugar de esparcimiento de esta ciudad.
| Plaza animada |
Tiro por la calle del Carmen, vía estrecha que huele a casco histórico, a leña quemada. Al poco, con la torre del Reloj -edificada por Cristóbal Rodríguez de Jarama en 1872- como telón de fondo, una casa ruinosa espera su sanmartín, golpe certero que la reducirá a un informe amasijo de madera y cascotes.
| Ruina y Reloj |
De esta forma tan lírica llego a la plaza de la Constitución, plaza Mayor de antaño. Bonita, muy manchega con sus casas blancas encaladas y soportales de madera, pero convertida en un hosco lugar de aparcamiento. Pide a gritos reforma, como la de Pinto: hermanadas en lo malo.
| Plaza parking |
Me filtro por la esquina SO, por una calleja en recodo. En la esquina de la plaza del Esparto encuentro una vivienda estilo antiguo con escudo nobiliario (2004), muy adecuada para gentilhombres de ayer, de hoy, de siempre.
| Casa noblota |
Llego a la plaza de Autos, con la ya vista iglesia de la Asunción al fondo. Un precioso palacete de piedra y ladrillo (1900 según el catastro) enmarca el vetusto espacio, de aire medieval.
| Palacete guapo |
Llego a la calle de Luis Planelles, frente a la escalinata que subimos hace un rato, Esta vez me dirijo a la izquierda, hasta toparme, de frente, con el convento de la Encarnación, fundado por el duque de Lerma en 1616. Aquí las monjas clarisas se dedican al noble arte del dulce; por cierto, nunca he entendido la razón por la que las religiosas no elaboran saladitos o comida preparada, igual va en contra de la doctrina.
| Convento dulce |
Llego a la plaza de las Monjas; de frente una bonita imagen: una casa con ligero balcón de forja y escudo comparte protagonismo con las señales de tráfico, todos arrojando una consistente y evocadora sombra.
| Bodegón |
Tiro por la calle Bretón de los Herreros en dirección NE. Una ristra de casas castellanas de dos alturas (1940) nos dice que aún seguimos en el primitivo pueblo.
Encuentro una zona verde donde la calle se bifurca en dos, absorbiendo un fuerte desnivel lateral. Una extrañas columnas, tocadas con orbes y trompetas, decoran este extraño espacio.
| Decoración raruna |
Desciendo por la escalera hasta la calle del Estribo. En la esquina con la avenida de Andalucía y frente a una gasolinera encuentro una pared decorada con faroles y ventanas ciegas con azulejos de guirnaldas y flores estilo principios del siglo XX, que hace de planta baja de un edificio convencional de viviendas (1996). A la vuelta, ya en la avenida de Andalucía, más cerámicas y un cartel de "Salones Lisboa". Pintoresco cuanto menos.
| Azulejos |
Sigo por la avenida de Andalucía en dirección N. En la esquina con la calle Marquesa de Villa Antonia aparece un gran palacete ruinoso, con detalles de cerámica bajo las grandes ventanas apuntaladas con cruces de San Andrés. Se trata de la casa de la Marquesa de Valdemoro (siglo XIX), que antes fue posada para los carruajes que iban y venían entre Madrid y Andalucía. Una pena con difícil arreglo, como tantas cosas relacionadas con el patrimonio.
| Casona en horas bajas |
Sigo por la calle Marquesa de Villa Antonia hasta encontrar la pasarela peatonal que me llevará, de nuevo, al barrio de la Estación.
| Salvando la A-4 |
Nada más pisar asfalto, sigo al N para girar a a derecha, en dirección E, por una zona peatonal: el pasaje del Prado, paso angosto, claustrofóbico, flanqueado por viviendas noventeras de seis alturas.
| Estrecho del Prado |
Alcanzo la calle Delfín, y tiro al N cruzando el paseo del Prado. Sigo por la calle del Rosario hacia el NO, internándome en la colonia Hermanos Miralles (1945), una antigua urbanización veraniega ligada a la estación de ferrocarril.
Se trata de viviendas blancas de una altura con pequeño patio trasero, algunas de ellas dotadas de un segundo piso en forma de torre, sobre las puertas de las casas. Deliciosas, gentrificables a tope: para artistas, escritores y surferos en dique seco.
| Colonia veraniega con encanto |
Un gato, como todos los de su casta, me observa relajado, despreocupado, como viviendo en una tierra sin tiempo. Su color blanco va perfectamente con la pared encalada, y no puedo resistirme a inmortalizarlo, aunque él ya sepa que es inmortal.
| Gato a juego |
Alcanzo el paseo de la Estación, un amplio bulevar que termina en la ídem. Al otro lado de la calle emerge la parroquia de Santiago Apóstol (2015), de arquitectura extraña con su brazo de ladrillo blanco que se monta en el cuerpo de ladrillo rojo con cruz incorporada; igual es una metáfora de algo que se nos escapa.
| Parro rara |
Rodeo la parro por detrás y tomo un camino que asciende al parque forestal Cerro del Castillo, zona verde muy apta para ventilar los instintos más primarios, sacar a tu peludo y a tu perro, y dejar sus truños de recuerdo en el olivar o en los caminos peatonales, da lo mismo.
| Al parque |
Casi arriba y a la derecha, como una llaga en el talud, aparece un delicioso estrato de arenas micáceas, margas blancas y yesos laminares.
| Estrato |
Ya en lo alto, me fijo en la verde explanada de geométricos olivos y algunos pinos piñoneros. Al fondo, unas buenas viviendas con balcones en esquina (2018).
| Parque ¿forestal? |
Desciendo el parque junto a un bloque lineal de viviendas tipo "cebra" (2023), con sus inconfundibles líneas horizontales de aplacados blancos y negros. Como se puede apreciar, cada década tiene su estilo arquitectónico propio.
| Cebra |
Abajo, en una rotonda, una pequeña locomotora de chapa, a lo chiquitrén. Quizás quiera decir que nos aproximamos a la estación, no sé.
| Chiquitrén |
Llego a las vías; de frente, la subestación eléctrica (1949), un edificio encalado de estilo típico posguerra.
| Trafo |
Por fin alcanzo el edificio de viajeros de la estación de Valdemoro (1926), con su aparejo toledano en ladrillo y piedra, muy parecido al de Pinto y un clásico de la arquitectura ferroviaria.
| Estación |
Un poco más adelante, tras la cantina, encuentro el muelle de carga (1919), con sus grúas que recuerdan las estructuras metálicas de Eiffel.
| Muelle de carga |
Aquí, donde hemos comenzado, finalizamos esta entrega dedicada a la exploración de la ciudad de Valdemoro, localidad híbrida entre el campo, al sur, y la ciudad, al norte, con elementos de ambos. Sin embargo un grafiti llama mi atención, justo a la derecha del muelle de carga: una pintura reivindicativa por la pervivencia del servicio ferroviario, que suele sufrir la tragedia de los comunes, de lo público: la falta de financiación adecuada y la desidia de las autoridades.
| Manifiesto |
En la próxima entrega seguiremos al sur, hacia Ciempozuelos, recorriendo la antigua vía Madrid-Sevilla.
CONTINUARÁ
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