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lunes, 3 de agosto de 2026

Rutas anárquicas: el Tajo, de Entrepeñas a Trillo

Continuamos el viaje aguas arriba del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior, en el poblado de Entrepeñas. Disclaimer de turno: como de costumbre, las fotos son del que escribe a menos que se diga lo contrario, y en la redacción de esta entrada no hay IA ni nada parecido. Espero que se note, por la cuenta que me trae. 

Desde el acceso al poblado tomo la carretera N- 320 en dirección O, hasta alcanzar una curva muy pronunciada a la derecha. Tras cruzar la vaguada, un camino forestal sale a la derecha, ascendiendo suavemente por un frondoso y aromático pinar. Hace unas revueltas, empeorando ostensiblemente, hasta alcanzar una pista en mejores condiciones que discurre por el cordal, entre matorrales y poca sombra.

Por el cordal

En este punto las vistas son magníficas: el embalse de Entrepeñas casi al completo. 

Sacedón y Entrepeñas

Continúo por la pista, esta vez a media ladera, por la falda E del monte de la Veguilla.

Monte Veguilla

Tomo otra pista bien marcada a la derecha, que asciende a un repetidor de TV y su caseta asociada: estamos en el pico Tejero, a 996 metros de altitud, una pasada.

Tejero

La pista -denominada camino del llano Tejero- gira a la derecha, esta vez por la falda O del monte de la Veguilla. En seguida llego a un desvío a la derecha, donde atisbo unas edificaciones: efectivamente, una torre de vigilancia metálica, en amarillo, sin "bicho", y una pequeña construcción, más antigua, que parece un pequeño faro con su torreta acristalada: una vieja caseta forestal.

Torre y torreta

Desde aquí las vistas son abiertas hacia el N, donde se divisan, soltando vapor de agua, las torres de refrigeración de la central nuclear de Trillo, que espero alcanzar en esta etapa del viaje.

Entrepeñas y vapor

La pista desciende suavemente hasta alcanzar la GU-999, que tomo en dirección Alocén. A la altura del PK 5,600, a la izquierda, tras los pinos se vislumbra una construcción cúbica, en piedra. Desmonto el 4x2 y subo por la vereda hasta alcanzar la opaca ermita de San Juan, austera y forestal como ella sola. Sin embargo, el paisaje es tranquilo y silencioso, como para meditar en la insoportable levedad del ser.

Ermita de San Juan

Al poco encuentro un desvío, que tomo a la izquierda por la GU-998, dejándome en el pueblo de Alocén. En el cruce de la carretera con la calle Fuente de Arriba descubro varios delicatessen: para empezar, la portada de la estación de ferrocarril de Alocén, únicamente un dintel con el nombre del pueblo grabado. Pero bonito y evocador, oiga, ojalá otros municipios hicieran lo mismo. La estación original fue parte del ferrocarril del Tajuña, que pretendía unir Madrid con Aragón, y hoy en día duerme sumergida, bajo las aguas del embalse de Entrepeñas, since 1945.

Portada de la estación de Alocén

De frente un bien conservado lavadero, con una gran pila que parece un verdoso espejo.

Lavadero

A la izquierda del lavadero está la Fuente de Arriba, con su crucifijo y esas bolas laterales que, en el mejor simbolismo arquitectónico, dan a entender la presencia de agua.

Fuente

A la izquierda de la fuente, frente a unos bancos de picnic, encuentro un rollo o una picota, que no son lo mismo aunque lo parezcan.

Picota

Tiro por la calle Mayor, bastante estrecha, internándome en el pueblo, hasta alcanzar la plaza Mayor, con su masiva iglesia, ayuntamiento porticado y grandes vistas del embalse. Al atardecer en verano debe ser muy agradable, con una caña de cerveza en ristre en su terraza idílica.

Plaza con vistacas

Desciendo por el interior del pueblo hasta llegar a la GU-999, que cojo en dirección NE. Recorro varios kilómetros con multitud de fincas a los lados; las de la derecha parecen despeñarse en el embalse. De pronto, como sin quererlo, llego al cruce con la N-204, que tomo a la derecha unos metros. Dejo el coche a la derecha, frente al viaducto de Entrepeñas. Cruzo, con extremo cuidado, la carretera, descendiendo a unas calas fluviales.

Viaducto

El agua, transparente como en el Caribe, está en un nivel alto, remojando algunos árboles hasta las rodillas. Huele fenomenal y, en el suelo, algo de mierda, evidenciando el uso de baño del lugar.

Caribe mix

Doy la vuelta, en dirección Trillo. A la izquierda emerge un curioso paredón en piedra con unas tinajas empotradas, que me recuerda a algunas construcciones autóctonas de Mallorca. Allá que vamos.

Tinajas colgantes

El paredón no es más que el talud de una gasolinera abandonada, que ya visitamos en la entrada dedicada a circunvalar Entrepeñas. Ahora está más deteriorada, ya que han pasado unos años aunque parezca que fue ayer, lo que demuestra que el tiempo no existe, tal y como defendía el gran Henri Bergson.

Gasolinera vintage

De la taberna del Viaducto sólo quedan la barra, las vistas y los posibles recuerdos.

Taberna en horas bajas

Recorro unos kilómetros hasta llegar al pueblo de Durón, con unas curiosas formaciones rocosas -unas crestas de dragón compuestas de calizas dolomíticas, según el mapa del IGME- como telón de fondo.

Durón y crestas

En el cruce de la carretera con el acceso al pueblo encuentro, a la derecha, la ermita de santa Bárbara, otro sencillo cubo de piedra con un pórtico de entrada.

Santa Bárbara
Decido tirar por la calle de la ermita, en dirección SE. Nada más que una sucesión de chalets veraniegos, bastante agradables. El camino está rodeado, por cierto, de encinas de gran porte, dando mucha sombra a los achicharrados matorrales.

Camino con encinas

Regreso a la N-204 en dirección Trillo, ya que aquí hay poco que ver. A un par de kilómetros, tras una curva pronunciada a la izquierda, cojo un camino en un ángulo muy agudo a la derecha. Al poco, alcanzo la explanada donde se asienta la enorme ermita de la Virgen de la Esperanza (siglo XVII). Se trata de un esbelto edificio de líneas renacentistas, que fue rescatado del fondo del valle del Tajo en 1956, y movido a su emplazamiento actual para que no acabara bajo las aguas del embalse.

Virgen de la Esperanza

Este punto es un mirador con grandes vistas de las pequeñas calas del embalse de Entrepeñas, que parecen sacadas de cualquier isla mediterránea, al menos desde lejos.

¿embalse o Ibiza?

A los pies de la ermita y tras una escalinata doble, emerge un edificio que parece un palomar con dos alas laterales rematadas por balcones semicirculares (1957).

Edificio extraño

Rodeo el edificio, con su aspecto de posguerra a mas no poder. Podría haber sido un bar o más bien un albergue de tipo religioso, dada la piadosa época.

Balcón con vistas

Sigo por la N-204 en dirección NE unos kilómetros, hasta el desvío al pueblo de Gualda. Tras en viaducto que salva uno de los brazos del embalse, aparco en una explanada a la derecha, con vistas al viaducto.

Viaducto

El agua, en este punto, forma unas tranquilas lagunas donde varios pescadores se afanan bajo el solazo primaveral.

Lagunas y pozas

Sigo por la nacional varios kilómetros, hasta alcanzar, a la derecha, el acceso principal a la central nuclear de Trillo (1988). A unos doscientos metros tomo una pista a la derecha; desde aquí se observan dos pares de estructuras casi gemelas: las famosas Tetas de Viana -dos cerros testigo gemelos, de piedra caliza- y las dos torres de refrigeración de la central nuclear, soltando cantidades ingentes de vapor de agua.

Duelo de tetas y torres

Sigo por la pista hasta llegar a una bifurcación a la derecha, que se dirige al perímetro de la central nuclear.

Con un par
La pista llega a la triple alambrada de espino, donde se aprecia la cúpula semiesférica que alberga el reactor nuclear. Quizás por las connotaciones poco afortunadas sobre la energía nuclear y su seguridad -aunque realmente sean muy seguras, por supuesto-, este lugar produce cosquillas en el estómago, da algo de canguelo: Chernobyl y las bombas atómicas no ayudan demasiado.

Alambrada, ni Fort Knox

Prosigo por el perímetro de la centra, con el tremendo vallado a la derecha y sin salirme de la pista, por si me pegan un tiro. A poco tomo un camino a la izquierda, que me deja en una explanada muy chula, con muchos pinos y sombra abundante. Detrás una vista impresionante: las dos enormes torres de refrigeración, con un icónica forma de hiperboloide de una hoja. La sombra del vapor de agua sobre la superficie, unido al tamaño de las torres, es hipnótica, deja anonadado.

Acojona un poco

Detrás, como una pequeña pulga sin importancia, se encuentra la ermita de la virgen del Campo, con un merendero con fuente que recuerda algunos momentos de Los Simpson.

Ermita con vacío existencial

Cojo la pista que sale de la ermita en dirección E, alejándome de la central. A los pocos kilómetros me adentro en el pueblo de Trillo, por la calle de la Ermita, que bordea el pueblo por el N.

Al final de la calle giro a la izquierda por la calle de la Amargura, hasta llegar a una rotonda en el cruce con la CM-2115. Aquí se encuentra una magnífica glorieta de diseño -la rotonda de los Peces Felices, por ejemplo-, un cardumen de redondeados y sonrientes peces ensartados en pinchos de metal: acertada metáfora de una ración de boquerones, cortesía de las cachondas autoridades municipales.

Peces felices

Giro a la derecha; a un par de kilómetros hago la raqueta reglamentaria para girar a la izquierda. Desde aquí se tiene una buena vista del pueblo, acurrucado en un meandro del Tajo.

Trillo

Sigo por la calle del Instituto Leprológico, que llevaba a la famosa leprosería, clausurada a finales del siglo pasado por falta de clientela. Me adentro en el centro de turismo rural El Colvillo, dotado de apartamentos, restaurante y actividades de naturaleza como kayak, tirolina y demás.

El vial termina en un puente peatonal, que salva las aguas del Tajo, por lo que dejo el vínculo junto al agradable restaurante, en un entorno muy relajante.

Restorán con terracita

El puente-pasarela es moderno, tiene su diseño aunque no pega mucho con el entorno.

Puente calatravesco

Hacia el N, el Tajo forma unos cortados calizos nada desdeñables, pintorescos.

Cortados del Tajo

Al otro lado del puente, tras la vegetación de ribera, emerge el Real Balneario Carlos III. El balneario original data de 1778, y se hacían hasta obras de teatro en sus cuidados jardines. 

Balneario

De esta época pretérita quedan únicamente unos restos arqueológicos junto al edificio principal: únicamente trazas de patios y habitaciones, pozos y evocadoras bañeras redondeadas. 

Me recuerda, por alusiones, un párrafo de El Hombre y lo Divino (1955), de la gran María Zambrano:

"En la contemplación de las ruinas, el argumento se reduce al mínimo y deja visible en toda su amplitud el horizonte, el tránsito de las cosas de la vida; es el raro privilegio de que gozan y que es causa de su fascinación. También las cosas gastadas muestran el paso del tiempo y en el caso de un objeto usado por el hombre algo más: la huella, siempre misteriosa de una vida humana grabada en su materia. Un cepillo usado, un zapato viejo, un traje raído, casi llegan a alcanzar la categoría de ruina. Porque ruina es solamente la traza de algo humano vencido y luego vencedor del paso del tiempo."

Ruinas y bañeras

De esta forma finalizamos esta etapa de nuestro recorrido aguas arriba del Tajo, entre la presa de Entrepeñas y Trillo, donde hemos degustado suculentos rincones naturales, arquitectónicos, etnográficos y hasta nucleares. En próxima entregas seguiremos ascendiendo, sin prisa pero sin pausa, nuestro gran río ibérico.

CONTINUARÁ

lunes, 1 de junio de 2026

Rutas anárquicas: el Tajo, de Malpica de Tajo a Talavera de la Reina

Continuamos con nuestro periplo aguas abajo del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior, en la localidad de Malpica de Tajo, hogar de un imponente castillo y de un aún más interesante puente metálico, que salva las aguas del río que estamos siguiendo con inusitada fruición y autocomplacencia. Huelga decir que las fotos -mejores o peores- son de mi propiedad a menos que se diga lo contrario, y que aquí no hay rastro de IA ni de otras fruslerías tecnológicas.

Desde el puente metálico sobre el Tajo avanzo hacia el N, superando la CM-4000 en dirección a Erustes. A unos pocos cientos de metros, a la izquierda, se divisa una gran ruina, el castillo de Villalba o de Bolobras, una imponente fortaleza islámica del siglo XIII. Dejo el coche, pues, en una pista abierta en el precioso olivar, y tiro hacia la fortaleza por una pista bien marcada, en pendiente hacia un orgulloso altozano, de esos que pirraban a los aún más orgullosos musulmanes medievales.

Castillaco

Rodeo el castillo de forma levógira observando su gruesa muralla, en ladrillo y piedra, y sus potentes torres que amenazan ruina, como especifican los de Hispania Nostra. Una pasada de lugar, evocador a más no poder; en el lado noroeste, tras una puerta con arco, el interior se tapiza con los ubicuos y floridos matojos primaverales, quizás ocultando el peine de oro de la mora, que todavía no ha sido encontrado por mucho que las leyendas insistan en su realidad

Ruina y barranco

En el lado suroeste del otero, grandes vistas de Malpica y del Tajo hasta Talavera de la Reina, a donde nos dirigimos. El lienzo de muralla en este punto es más extenso, parcialmente derruido: un espectáculo en vías de extinción.

Lienzo SO

Regreso a Malpica de Tajo. Tras el puente metálico tiro a la derecha, cogiendo la TO-1151 en dirección a Bernuy. Al final del pueblo, junto a una rotonda que da acceso a unas naves, aparece una báscula municipal, elemento favorito del que escribe junto con los prácticamente desaparecidos fielatos. Quizás por la cercanía a un bosquete de pinos piñoneros, una tranquila perdiz roja estira su cuello al final de la rampa de pesaje; báscula y perdiz, patrimonio y símbolo del agro español.

Báscula y perdiz al fondo

Sigo por la TO-1151 en dirección NO. Tras el puente sobre el río Pusa -afluente del Tajo- cojo una pista a la derecha, entre el cauce del arroyo y una plantación infinita. Al fondo, recortada contra el horizonte, la sierra de Gredos.

Por la pista

La pista gira abruptamente a la izquierda; desmonto mi metálico corcel y tiro por la vereda que circula a la izquierda del río, cuya vegetación aledaña se va espesando progresivamente mediante eucaliptos, carrizal y demás vegetación de ribera. Huele a flores y agua, y mogollón de aves se agolpan en las ramas más elevadas, compitiendo por el sonido más fino o el más estruendoso, a elegir.

Sendero idílico

La senda se desvanece a la altura de una pequeña playa fluvial, junto a la desembocadura del río Pusa en el Tajo. 

Encuentro Pusa-Tajo

Regreso al coche, para continuar por la pista en dirección O. Junto al camino encuentro una nave ventilada por celosías de ladrillo.

Nave bien ventilada

Echo un vistazo al interior: particiones de ladrillo alterno con huecos, que no llegan hasta el techo: un secadero de tabaco en toda regla, posiblemente sin uso a estas alturas. Estos secaderos, al menos en la zona de Talavera, se consideran patrimonio agrícola, y entidades como la Real Academia de Toledo los tienen catalogados como patrimonio cultural en peligro.

Interior del secadero

Prosigo por el camino de San Martín de Pusa a Cebolla, hacia el O. A la izquierda el terreno comienza a elevarse, y a la derecha surgen unos puentes y tirolinas en un paisaje de fresca vega fluvial. 

Para romperse la crisma

La pista gira abruptamente a la izquierda, en ascenso hacia el poblado de Bernúy, destruido completamente durante la Guerra Civil y reconstruido posteriormente (1944) por el Instituto Nacional de Colonización, aprovechando su potencial agrario al encontrarse en la vega del Tajo.

Aparco en la calle Cruz, junto a su campo de deportes con palomar incorporado, que no molesta sino embellece. Una lugareña me mira con curiosidad, como todas las lugareñas, lugareños y lugareñes. 

Campo de deportes con palomar

Encuentro una cruz en la calle de la Cruz; tras ella unas viviendas de estética particular, muy toledanas con su aparejo consistente en paños encalados en blanco y fábrica de ladrillo visto.

Me filtro por un tunelillo que me lleva a una amplia plaza porticada: la plaza de la Libertad, con su reloj, fuente con bola e iglesia, todo con la misma estética de poblado de colonización. Qué bonito, oiga, si parece un decorado de película de Almodóvar.

Bola e iglesia

Rodeo la iglesia; en el torreón trasero encuentro un cartel cerámico, que ilustra que doña Emilia fue la primera en nacer en el pueblo, allá por 1948.

En una esquina se encuentra la campana conmemorativa de la construcción de la iglesia, fundida en Carabanchel Bajo en 1947; por cierto, esto me recuerda la exploración que hicimos de este interesante distrito madrileño

Esquinazo nostálgico

Regreso al coche y circunvalo Bernúy por la evocadora calle Transformador, hasta coger la TO-1151 a la derecha. Cojo el primer cruce a la derecha, por el camino de servicio de la margen izquierda del canal de Castrejón, también llamado calle Pueblanueva.

Camino del canal

El camino avanza en dirección O por un paisaje de monte bajo, con amarillas retamas, encinas y matorral. De vez en cuando aparecen pequeñas esclusas y desvíos del canal hacia las fincas colindantes.

Esclusa

Sigo hasta encontrar, de frente, una señal de fondo de saco. A los lados hay sendas salidas; tomo la de la derecha hasta divisar, tras un olivar, la finca Cotanillo, perteneciente a la almazara Valderrama, productora de AOVE de alta calidad.

Almazara

Por la pista de la izquierda vuelvo a encontrarme con la TO-1151, que sigo por unos 800 metros hasta girar de nuevo a la izquierda, por el camino del ya conocido canal de Castrejón.

Al poco, un transformador vintage ejerce de centinela de una finca con balsa de agua, canto de ranas y parque solar. 

Finca equipada

Un poco más adelante, tras cruzar la TO-1151 y a la derecha, una gran balsa de agua de forma semicircular, que refleja un cielo nuboso, algo dramático.

Balsa

Alcanzo una rotonda y sigo recto en dirección NO, en un paisaje de extenso regadío. Al poco me interno en Las Vegas de San Antonio, otro poblado del Instituto de Colonización no tan peculiar, en su arquitectura, como Bernúy, pero sí decorado con arbustos, flores, parterres y fuentes, haciéndolo muy fresco y sombrío.

La carretera, que marca su final aquí, lleva a la plaza Mayor, donde se encuentra la torre del reloj, la tienda multiusos y la iglesia y colegio, todo encalado en blanco con toques de ladrillo visto: una estética de pueblo de toda la vida.

Reloj de Las Vegas

La iglesia de San Isidro Labrador (1955) posee el diseño clásico del Instituto Nacional de Colonización, con detalles regionalistas como el pequeño campanario exento y sus múltiples carteles cerámicos, unos piadosos y otros que dan la bienvenida a Las Vegas, recordando la gran ciudad de las tragaperras en versión low-cost.

Diseño retro

Enfilo la avenida de Las Vegas en dirección N, entre blancas casas de una y dos alturas. Dejo una bonita fuente de piedra -hay varias en el pueblo- para internarme en una zona verde parcialmente ajardinada, sombría. La pista gira abruptamente al O, entre extensos regadíos.

Una pequeña señal llama la atención: el mausoleo paleocristiano de Las Vegas, un enorme edificio octogonal, no visitable ya que se encuentra en una finca privada, vallada como era de esperar.

Aquí no hay nada que ver

Consulto el mapa, que me dice que no hay una forma sencilla de llegar a Talavera de la Reina por esta margen del Tajo, por lo que doy la vuelta cogiendo la TO-1263 al E. Antes de la glorieta, a la derecha, aparco en el pequeño caserío de San Antonio.

Un engalanado pozo preside la plaza principal, en cuyo extremo un arco con campana marca su calle principal, de las dos que tiene.

Plaza del pozo

En el extremo del pueblo encuentro una escultura metálica triangular, lo que indica que me encuentro frente a la Escuela de Herreros Ramón Recuero, una escuela de forjadores con alojamiento incluido y pinta de experiencia única, de esas que no se olvidan. Y la casa y finca es preciosa, al menos por fuera, con celosías y demás detalles de forja, en plan moderno.

Escuela de Herreros

Alcanzo la glorieta y cojo la TO-1262 en dirección N, con el objeto de pasar a la otra margen del Tajo y continuar el periplo hacia Talavera.

Llego al puente sobre el río, y giro a la derecho por una pista de tierra, que en realidad es el Camino Natural del Tajo. Desmonto y tomo una vereda que baja hacia el puente. Aquí el río es ancho y baja tranquilo, como un espejo, bordeado de una espesa vegetación de ribera.

Tajo amplio

En la siguiente rotonda, tiro por la N-Va en dirección O, con el Tajo y sus cultivos herbáceos a la izquierda. Tras unos pocos kilómetros me adentro en el polígono industrial Soto de Cazalegas, tan poco interesante como la mayoría de sus congéneres. 

A la altura del PK 110 la carretera cruza el río Alberche, muy próximo a su desembocadura en el Tajo. La exploración se impone por lo que giro a la derecha por el camino de los Veratos, para luego coger la pista que sale a la derecha, donde desembarco.  

Allí mismo, junto a la carretera y entre la maleza, emerge una construcción en hormigón, de aspecto militar: un búnker de la Guerra Civil testigo de la Toma de Talavera, donde el ejército sublevado se hizo con uno de los pocos bastiones que quedaban al ejército republicano de camino a Madrid, allá por 1936.

Bunker

Por dentro estremece, en su gloriosa y algo creepy decrepitud.

Mola todo

Alcanzo el puente sobre la amplia cuenca, reseca en este punto, del Alberche. Tras éste surgen los arranques del puente Viejo, sobre un terreno aluvial de arenas y cantos rodados, acompañados de abundantes restos de ladrillos y demás basura.

Puente antiguo

En algunas pilas del puente Viejo se pueden apreciar el arranque de los arcos, en piedra; mientras que las mismas están construidas en ladrillo macizo. Mucho paseante y ciclista por aquí, debe ser una ruta clásica de la zona.

Restos del puente Viejo

Sigo por la N-Va hacia Talavera, con el objetivo de no meterme en la ciudad que, aunque frecuentemente pasada de largo, posee abundantes rutas turísticas que la cubren.

Justo en la glorieta de entrada a la ciudad cojo la calle Fundidores hacia el S, hasta alcanzar el puente de Castilla-La Mancha.  Se trata del puente atirantado más alto de España y el segundo más alto de Europa, con 192 metros de altura. Muy espectacular pero poco uso, me parece a juzgar por su tráfico casi nulo.

Puente decorativo

Lo cruzo y, en la primera glorieta, tomo la primera salida hacia la calle Mira el Río, una amplia cañada -el cordel de las Merinas- que lleva al parque de los Sifones, un amplio espacio verde a la verita del río.

A la derecha, un depósito de agua da la bienvenida al aparcamiento del parque. 

Depósito de bienvenida al 0% TAE

Tomo una vereda que gira en dirección NO bajo la carretera N-502a, con un brazo del Tajo a la derecha. A la izquierda aparece un parque con palmeras, en plan fino con su pulcro césped cortado y una construcción de piedra que parece un palacete.

Sitio fisno

Algo más adelante, entre la espesa vegetación de ribera, aparece el Puente Romano o Viejo, que seguramente sea más viejo que romano. Se trata de una construcción medieval sobre supuestos cimientos romanos, destruido a menudo por las crecidas del Tajo. Muy vintage, probablemente el highlight talaverano.

Puente Viejo y brazo sur
El río aquí es muy ancho, y forma diversos brazos e islas. Cruzo uno de ellos para encontrar un vetusto edificio en obras: la antigua central hidroeléctrica Virgen del Pilar. Se trata de una central de finales del siglo XIX edificada sobre molinos medievales, en la actualidad en rehabilitación.
Hidroeléctrica y andamios

En este punto el puente, en ladrillo y de aspecto árabe, se aprecia en su esplendor.

Puente de ladrillo

Regreso al río, que discurre tranquilo en dirección SO. Ha sido un recorrido exploratorio no muy largo, desde Malpica de Tajo, pero intenso, especialmente en sus peculiares caseríos Bernuy, Las Vegas y San Antonio, entre otras delicias paisajísticas y patrimoniales.

En próximas entregas seguiremos el curso de nuestro gran río ibérico aguas abajo, hasta donde la mirada -y la posibilidad- alcancen.

CONTINUARÁ 

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