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lunes, 3 de agosto de 2026

Rutas anárquicas: el Tajo, de Entrepeñas a Trillo

Continuamos el viaje aguas arriba del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior, en el poblado de Entrepeñas. Disclaimer de turno: como de costumbre, las fotos son del que escribe a menos que se diga lo contrario, y en la redacción de esta entrada no hay IA ni nada parecido. Espero que se note, por la cuenta que me trae. 

Desde el acceso al poblado tomo la carretera N- 320 en dirección O, hasta alcanzar una curva muy pronunciada a la derecha. Tras cruzar la vaguada, un camino forestal sale a la derecha, ascendiendo suavemente por un frondoso y aromático pinar. Hace unas revueltas, empeorando ostensiblemente, hasta alcanzar una pista en mejores condiciones que discurre por el cordal, entre matorrales y poca sombra.

Por el cordal

En este punto las vistas son magníficas: el embalse de Entrepeñas casi al completo. 

Sacedón y Entrepeñas

Continúo por la pista, esta vez a media ladera, por la falda E del monte de la Veguilla.

Monte Veguilla

Tomo otra pista bien marcada a la derecha, que asciende a un repetidor de TV y su caseta asociada: estamos en el pico Tejero, a 996 metros de altitud, una pasada.

Tejero

La pista -denominada camino del llano Tejero- gira a la derecha, esta vez por la falda O del monte de la Veguilla. En seguida llego a un desvío a la derecha, donde atisbo unas edificaciones: efectivamente, una torre de vigilancia metálica, en amarillo, sin "bicho", y una pequeña construcción, más antigua, que parece un pequeño faro con su torreta acristalada: una vieja caseta forestal.

Torre y torreta

Desde aquí las vistas son abiertas hacia el N, donde se divisan, soltando vapor de agua, las torres de refrigeración de la central nuclear de Trillo, que espero alcanzar en esta etapa del viaje.

Entrepeñas y vapor

La pista desciende suavemente hasta alcanzar la GU-999, que tomo en dirección Alocén. A la altura del PK 5,600, a la izquierda, tras los pinos se vislumbra una construcción cúbica, en piedra. Desmonto el 4x2 y subo por la vereda hasta alcanzar la opaca ermita de San Juan, austera y forestal como ella sola. Sin embargo, el paisaje es tranquilo y silencioso, como para meditar en la insoportable levedad del ser.

Ermita de San Juan

Al poco encuentro un desvío, que tomo a la izquierda por la GU-998, dejándome en el pueblo de Alocén. En el cruce de la carretera con la calle Fuente de Arriba descubro varios delicatessen: para empezar, la portada de la estación de ferrocarril de Alocén, únicamente un dintel con el nombre del pueblo grabado. Pero bonito y evocador, oiga, ojalá otros municipios hicieran lo mismo. La estación original fue parte del ferrocarril del Tajuña, que pretendía unir Madrid con Aragón, y hoy en día duerme sumergida, bajo las aguas del embalse de Entrepeñas, since 1945.

Portada de la estación de Alocén

De frente un bien conservado lavadero, con una gran pila que parece un verdoso espejo.

Lavadero

A la izquierda del lavadero está la Fuente de Arriba, con su crucifijo y esas bolas laterales que, en el mejor simbolismo arquitectónico, dan a entender la presencia de agua.

Fuente

A la izquierda de la fuente, frente a unos bancos de picnic, encuentro un rollo o una picota, que no son lo mismo aunque lo parezcan.

Picota

Tiro por la calle Mayor, bastante estrecha, internándome en el pueblo, hasta alcanzar la plaza Mayor, con su masiva iglesia, ayuntamiento porticado y grandes vistas del embalse. Al atardecer en verano debe ser muy agradable, con una caña de cerveza en ristre en su terraza idílica.

Plaza con vistacas

Desciendo por el interior del pueblo hasta llegar a la GU-999, que cojo en dirección NE. Recorro varios kilómetros con multitud de fincas a los lados; las de la derecha parecen despeñarse en el embalse. De pronto, como sin quererlo, llego al cruce con la N-204, que tomo a la derecha unos metros. Dejo el coche a la derecha, frente al viaducto de Entrepeñas. Cruzo, con extremo cuidado, la carretera, descendiendo a unas calas fluviales.

Viaducto

El agua, transparente como en el Caribe, está en un nivel alto, remojando algunos árboles hasta las rodillas. Huele fenomenal y, en el suelo, algo de mierda, evidenciando el uso de baño del lugar.

Caribe mix

Doy la vuelta, en dirección Trillo. A la izquierda emerge un curioso paredón en piedra con unas tinajas empotradas, que me recuerda a algunas construcciones autóctonas de Mallorca. Allá que vamos.

Tinajas colgantes

El paredón no es más que el talud de una gasolinera abandonada, que ya visitamos en la entrada dedicada a circunvalar Entrepeñas. Ahora está más deteriorada, ya que han pasado unos años aunque parezca que fue ayer, lo que demuestra que el tiempo no existe, tal y como defendía el gran Henri Bergson.

Gasolinera vintage

De la taberna del Viaducto sólo quedan la barra, las vistas y los posibles recuerdos.

Taberna en horas bajas

Recorro unos kilómetros hasta llegar al pueblo de Durón, con unas curiosas formaciones rocosas -unas crestas de dragón compuestas de calizas dolomíticas, según el mapa del IGME- como telón de fondo.

Durón y crestas

En el cruce de la carretera con el acceso al pueblo encuentro, a la derecha, la ermita de santa Bárbara, otro sencillo cubo de piedra con un pórtico de entrada.

Santa Bárbara
Decido tirar por la calle de la ermita, en dirección SE. Nada más que una sucesión de chalets veraniegos, bastante agradables. El camino está rodeado, por cierto, de encinas de gran porte, dando mucha sombra a los achicharrados matorrales.

Camino con encinas

Regreso a la N-204 en dirección Trillo, ya que aquí hay poco que ver. A un par de kilómetros, tras una curva pronunciada a la izquierda, cojo un camino en un ángulo muy agudo a la derecha. Al poco, alcanzo la explanada donde se asienta la enorme ermita de la Virgen de la Esperanza (siglo XVII). Se trata de un esbelto edificio de líneas renacentistas, que fue rescatado del fondo del valle del Tajo en 1956, y movido a su emplazamiento actual para que no acabara bajo las aguas del embalse.

Virgen de la Esperanza

Este punto es un mirador con grandes vistas de las pequeñas calas del embalse de Entrepeñas, que parecen sacadas de cualquier isla mediterránea, al menos desde lejos.

¿embalse o Ibiza?

A los pies de la ermita y tras una escalinata doble, emerge un edificio que parece un palomar con dos alas laterales rematadas por balcones semicirculares (1957).

Edificio extraño

Rodeo el edificio, con su aspecto de posguerra a mas no poder. Podría haber sido un bar o más bien un albergue de tipo religioso, dada la piadosa época.

Balcón con vistas

Sigo por la N-204 en dirección NE unos kilómetros, hasta el desvío al pueblo de Gualda. Tras en viaducto que salva uno de los brazos del embalse, aparco en una explanada a la derecha, con vistas al viaducto.

Viaducto

El agua, en este punto, forma unas tranquilas lagunas donde varios pescadores se afanan bajo el solazo primaveral.

Lagunas y pozas

Sigo por la nacional varios kilómetros, hasta alcanzar, a la derecha, el acceso principal a la central nuclear de Trillo (1988). A unos doscientos metros tomo una pista a la derecha; desde aquí se observan dos pares de estructuras casi gemelas: las famosas Tetas de Viana -dos cerros testigo gemelos, de piedra caliza- y las dos torres de refrigeración de la central nuclear, soltando cantidades ingentes de vapor de agua.

Duelo de tetas y torres

Sigo por la pista hasta llegar a una bifurcación a la derecha, que se dirige al perímetro de la central nuclear.

Con un par
La pista llega a la triple alambrada de espino, donde se aprecia la cúpula semiesférica que alberga el reactor nuclear. Quizás por las connotaciones poco afortunadas sobre la energía nuclear y su seguridad -aunque realmente sean muy seguras, por supuesto-, este lugar produce cosquillas en el estómago, da algo de canguelo: Chernobyl y las bombas atómicas no ayudan demasiado.

Alambrada, ni Fort Knox

Prosigo por el perímetro de la centra, con el tremendo vallado a la derecha y sin salirme de la pista, por si me pegan un tiro. A poco tomo un camino a la izquierda, que me deja en una explanada muy chula, con muchos pinos y sombra abundante. Detrás una vista impresionante: las dos enormes torres de refrigeración, con un icónica forma de hiperboloide de una hoja. La sombra del vapor de agua sobre la superficie, unido al tamaño de las torres, es hipnótica, deja anonadado.

Acojona un poco

Detrás, como una pequeña pulga sin importancia, se encuentra la ermita de la virgen del Campo, con un merendero con fuente que recuerda algunos momentos de Los Simpson.

Ermita con vacío existencial

Cojo la pista que sale de la ermita en dirección E, alejándome de la central. A los pocos kilómetros me adentro en el pueblo de Trillo, por la calle de la Ermita, que bordea el pueblo por el N.

Al final de la calle giro a la izquierda por la calle de la Amargura, hasta llegar a una rotonda en el cruce con la CM-2115. Aquí se encuentra una magnífica glorieta de diseño -la rotonda de los Peces Felices, por ejemplo-, un cardumen de redondeados y sonrientes peces ensartados en pinchos de metal: acertada metáfora de una ración de boquerones, cortesía de las cachondas autoridades municipales.

Peces felices

Giro a la derecha; a un par de kilómetros hago la raqueta reglamentaria para girar a la izquierda. Desde aquí se tiene una buena vista del pueblo, acurrucado en un meandro del Tajo.

Trillo

Sigo por la calle del Instituto Leprológico, que llevaba a la famosa leprosería, clausurada a finales del siglo pasado por falta de clientela. Me adentro en el centro de turismo rural El Colvillo, dotado de apartamentos, restaurante y actividades de naturaleza como kayak, tirolina y demás.

El vial termina en un puente peatonal, que salva las aguas del Tajo, por lo que dejo el vínculo junto al agradable restaurante, en un entorno muy relajante.

Restorán con terracita

El puente-pasarela es moderno, tiene su diseño aunque no pega mucho con el entorno.

Puente calatravesco

Hacia el N, el Tajo forma unos cortados calizos nada desdeñables, pintorescos.

Cortados del Tajo

Al otro lado del puente, tras la vegetación de ribera, emerge el Real Balneario Carlos III. El balneario original data de 1778, y se hacían hasta obras de teatro en sus cuidados jardines. 

Balneario

De esta época pretérita quedan únicamente unos restos arqueológicos junto al edificio principal: únicamente trazas de patios y habitaciones, pozos y evocadoras bañeras redondeadas. 

Me recuerda, por alusiones, un párrafo de El Hombre y lo Divino (1955), de la gran María Zambrano:

"En la contemplación de las ruinas, el argumento se reduce al mínimo y deja visible en toda su amplitud el horizonte, el tránsito de las cosas de la vida; es el raro privilegio de que gozan y que es causa de su fascinación. También las cosas gastadas muestran el paso del tiempo y en el caso de un objeto usado por el hombre algo más: la huella, siempre misteriosa de una vida humana grabada en su materia. Un cepillo usado, un zapato viejo, un traje raído, casi llegan a alcanzar la categoría de ruina. Porque ruina es solamente la traza de algo humano vencido y luego vencedor del paso del tiempo."

Ruinas y bañeras

De esta forma finalizamos esta etapa de nuestro recorrido aguas arriba del Tajo, entre la presa de Entrepeñas y Trillo, donde hemos degustado suculentos rincones naturales, arquitectónicos, etnográficos y hasta nucleares. En próxima entregas seguiremos ascendiendo, sin prisa pero sin pausa, nuestro gran río ibérico.

CONTINUARÁ

miércoles, 1 de julio de 2026

Micropaisajes X: la mítica gota de agua y sus secretos ocultos (Ia legendaria infusión de heno)

Continuamos la anterior entrada, en la que observamos diversos elementos de la célula vegetal, para cambiar totalmente de tercio con algo mítico, simbólico, que siempre ha representado la microscopía en su más pura esencia: la gota de agua, sucia, se entiende, ya que la del grifo no debería contener restos biológicos so pena de revolcón intestinal. 

Como siempre, estamos siguiendo el hilo argumental del magnífico y enciclopédico libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía, aunque lo adaptaremos a la posibilidad técnica del que suscribe, mucho menor que la del autor del libro. Disclaimer de marras: todas las fotos son de un servidor a menos que se diga lo contrario, y en la redacción de esta entrada no hay IA; mejor o peor pero original, es lo que hay.

Y es que, volviendo al tema, la observación de la gota de agua sucia es lo primero que efectuó el gran pionero Anton van Leeuwenhoek con su primitivo microscopio, empleando agua de los abundantes lagos, charcos de lluvia y estanques que tenía a mano en Delft, su ciudad natal. Por cierto, de él se dijo que "se puede ver cómo el buen Leeuwenhoek no se cansa de hurgar por todas partes hasta donde su microscopio alcanza, y si buena parte de otros mucho más sabios hubieran dedicado el mismo esfuerzo, el descubrimiento de cosas bellas iría mucho más lejos". Amén, hermano.

Revisemos, de la mano de su propia obra Arcana naturae ope exactissimorum microscopiorum detecta, algunos descubrimientos acuáticos de este tremendo polímata, que hasta auguró la capacidad de la Tierra para acoger personas: 13.385 millones de almas encarnadas, basándose en un cómputo de microorganismos en la leche: eso sí que es cruzar disciplinas y lo demás tonterías.

Capacidad de carga de la Tierra, de la Arcana Naturae de Leeuwenhoek

En 1654 efectuó su primera observación de los animálculos, que es como denominó a los seres que pululaban por la gota de agua: se refería a bacterias y protozoos, también llamados protistas. En sus cartas aparecen, por orden cronológico, sus descubrimientos: bacterias de todo tipo, protistas como el Volvox, rotíferos, gusanos nematodos y algas. 

Diatomeas y nematodos, de la Arcana Naturae de Leeuwenhoek

Robert Hooke, el otro gran pionero de la microscopía, confirmó la existencia de estos animálculos, allá por 1677, en su publicación Lectures and Collections: microscopium. Desgraciadamente, no dejó dibujo alguno; quizás los animálculos se movían tan rápido que no le daba tiempo ni a agarrar la pluma. Como se comprobará, el movimiento rapidísimo es una constante en el mundo animal microscópico, por lo que el bueno de Hooke queda disculpado.

Tras esta intro histórica volvemos al libro de Kremer, y bajo sus instrucciones vamos a cocinar la también legendaria infusión de heno que, si es menester, permitirá observar infusorios, los animálculos de la infusión del heno. Además del Kremer voy a utilizar -por ser libros eminentemente prácticos y muy agradables de hojear- el ya conocido Atlas de Microscopía de Bernis Mateu, el Atlas de los Microorganismos de Agua Dulce de Heinz Streble y Dieter Krauter, y el maravilloso y vintage Freshwater Microscopy de W. Garnett. 

Del Atlas de los Microorganismos de Agua Dulce aporto una clave de identificación extremadamente útil, que emplearé en esta entrada con profusión.

 

  

Vamos a la práctica con esta infusión de heno, un delicioso té de paja seca que actúa como caldo de cultivo para toda clase de bichejos apasionantes. Así que, para empezar, me dirijo a una zona verde de mi ciudad, de esas dejadas de la mano de Dios, casi siempre espacios intersticiales junto a las grandes vías de comunicación, donde crecen, en primavera, grandes cantidades de gramíneas: avena loca y cebadilla ratonera, entre otras. Ya están secas, por lo que trinco un buen manojo. Además es necesaria agua sucia para inocular los animálculos, por lo que tomo una muestra de agua de una fuente ornamental cercana y para casa, con la satisfacción de una buena caza. Hiervo agua del grifo y la vierto en un tarro de boca ancha con el heno. Al enfriarse, inoculo el agua de la fuente y lo dejo infusionar, sin cerrar y a la sombra, un par de días, provocando la salida y disolución de un montón de nutrientes al agua que alimentarán a los seres que he inoculado con anterioridad.

Infusión (derecha) y agua para inocular (izquierda)

A los dos días observo que en la superficie del agua aparece una telilla grisácea y viscosa, que huele a ligera descomposición.

Moco flotante

Con la pipeta tomo una gota y la coloco en el portaobjetos excavado: aparecen miles de bacterias de todas las formas posibles, como pudimos observar en nuestra entrada monográfica sobre bacterias y otros seres de mal vivir.

A bajos aumentos e iluminación de contraste de fase, lo más llamativo son las largas y móviles cadenas de bacilos -denominados estreptobacilos- que forman la película viscosa. Quizás se trate de Bacillus subtilis, bacteria que se encarga de la fermentación ácida y de la descomposición de sustancias orgánicas. Además, según indican algunos estudios, esta bacteria tomada como probiótico podría mejorar los síntomas de la enfermedad de Parkinson.

Subiendo los aumentos (usando un objetivo de contraste de fase de 40x), se observan los estreptobacilos acompañados de otras bacterias: cocos redondos y muy pequeños, bacilos sueltos, bastante móviles, y algún espirilo juguetón, con su característico movimiento de sacacorchos. 


Como un náufrago en el océano bacteriano, quieto como si va vida le fuera en ello, un globo con un par de flagelos móviles flota distraído. En su interior flotan otras esferas, vibrantes de vida.

Echo mano de la clave del Atlas de los Microorganismos de Agua Dulce, como en todos lo casos: podría ser una Polytoma uvella, un alga clorofícea. En su interior posee unas vacuolas específicas para el almacenamiento de almidón (leucoplastos), y no posee cloroplastos para hacer la fotosíntesis. Un alga capada, vamos.

Seguimos observando: unos ciliados planos con forma de oreja o judía aplastada me deleitan con sus graciosos y espasmódicos movimientos, como si estuvieran a un paso del frenopático, con la ansiedad propia de un estoico que se tiene que recordar constantemente que es mortal.

Podría ser un ejemplar de Colpidium campylum, con su pico que utiliza para devorar algas verdes.

Colpidium y Coleps, de Freshwater microscopy

Muy cerca, hacia la izquierda del ciliado, encuentro una bola luminosa de la que entran y salen montones de bacilos. Recuerda a un pequeño sol eyectando cantidades ingentes de plasma al Sistema Solar, por lo que lo llamaré Sol Invictus, en honor al dios romano.

Un poco más allá, otra esfera ciliada parecida a la anterior, pero algo más grande. Podría ser otra Polytoma o una Chlamydomonas variabilis, un alga verde que no hace la fotosíntesis y se rellena de gránulos de almidón.


Muy cerca encuentro un ejemplar con forma de huevo, más grande que las algas biflageladas, y que parece rodearse de cilios. Un núcleo muy grande y un embudo superior que hace de boca saltan a la vista, con lo que podría tratarse de una Holophyra teres, aunque existen unas cuantas especies de ciliados que poseen una configuración similar, por lo que esta identificación no es más que un brindis al sol o wishful thinking, como decimos los políglotas de salón.

No muy lejos encuentro un ciliado muy grande con el cuerpo en forma de campana, sin duda una Vorticella campanula que se ha soltado del pedúnculo, que suele anclar estos animales a las plantas u otras superficies. También es muy característico su macronúcleo alargado con forma de salchicha. Con sus cilios orales parece estar saludando o diciendo adiós a la vida: da penilla, la pobre.

Tras el bajón ponemos la iluminación de campo oscuro, para simular un cielo donde las estrellas no parecen tener muy claro que se tienen que quedar quietas: observamos bacterias, y unos cuantos ciliados devorándolas con ansia viva. 

Vuelvo a la iluminación por contraste de fase. Ahí, entre tanta bacteria trémula, flota una Scenedesmus armatus, un alga clorofícea compuesta de cuatro células. Cada célula terminal posee un par de cuernos como cilios, algo curvados. Estas algas se utilizan, a escala industrial, para la producción de biodiésel y purificación de aguas residuales.

A los diez días vuelvo a tomar una muestra de la infusión, con el objeto de comprobar si los organismos aparecen y desaparecen por oleadas, como los diferentes insectos que colonizan los cadáveres para su degradación.

Lo primero que llama la atención es que hay más, muchos más animálculos. Los primeros que observo tienen forma cilíndrica y parecen rígidos, y poseen unas líneas transversales y longitudinales que semejan los paralelos y meridianos de la Tierra, además de multitud de cilios por todo el cuerpo: quizás se trate de unos Coleps nolandi, ciliados que se caracterizan por poseer un caparazón de placas de carbonato cálcico.

En otro lugar, abrumados y confundidos por tanto Coleps dándolo todo, se observan unos ciliados mucho más grandes que giran como los coches de choque en una feria, y cuyo interior está repleto de una sustancia móvil con orgánulos verdes. Quizás se trate de ejemplares de Nassula ornata, ciliados grandes que se alimentan de cianobacterias y algas microscópicas de todo tipo, y que en su interior exhiben una variada gama de colores: como una buena ensalada, vamos.


Echando mano del Atlas de Microscopía, en su sección dedicada a los infusorios, se recomienda el uso de la nigrosina para mejorar el contraste de estos protozoos, que suelen ser bastante transparentes. En las dos figuras de abajo a la derecha se puede apreciar el efecto de negativo que esta tinción procura.

Así pues, con la pipeta, tomo una gota de nigrosina al 0.5% y la vierto en el borde del cubreobjetos, con lo que el colorante se va difundiendo por toda la muestra.

Un gran ejemplar de Nassula ornata se recorta contra el agua grisácea, cortesía de la nigrosina. En su extremo izquierdo observo una corriente de agua en forma de remolino: quizás el animal esté haciendo de vientre, una constante en cualquier ser encarnado que se precie.

Un poco más allá encuentro un Coleps a la deriva para, después, rotar sobre sí mismo exhibiendo la imponente ingeniería bandeada de su caparazón. En un momento, una pequeña "oreja" le tienta por si fuera comestible; un bocado demasiado duro, quizás. Echando imaginación este Coleps recuerda, vagamente, a los Antiguos, unos horrendos seres con forma de barril de los libros de Lovecraft.

En otro punto, entre un detritus plagado de diatomeas y algas verdes, encuentro unas  pelotas quietas cuyo contenido interno rota de un lado a otro, como un extraño motor cuántico. Quizás unas algas Trachelomonas vestidas con sus loricas o caparazones, pero no estoy seguro.

Dejo secar la preparación con la nigrosina, matando impunemente todos los organismos. Ya seca, la preparación resulta bonita aunque los ciliados quedan resecos como pasas, no muy fotogénicos. Eso sí, los Bacillus subtilis quedan guapísimos.

Preparación seca, teñida con nigrosina
Aquí finalizamos esta primera entrega sobre la gota de agua, ese micromundo tal vez poblado de seres conscientes, como algunos sesudos estudios indican. En próximas entradas seguiremos observando estos animálculos extraños, divertidos, olvidados, ubicuos, que tantas alegrías pueden dar a las mentes suficientemente curiosas y despiertas.

CONTINUARÁ

viernes, 1 de mayo de 2026

Rutas vintage: 1926, la línea férrea Madrid-Sevilla VIII (por Valdemoro)

Continuamos viaje al sur -tras visitar la localidad chocolatera de Pinto, un interesante híbrido entre pueblo y ciudad, aunque con más de la segunda que del primero- con una visita exploratoria por la ciudad de Valdemoro. Nos apoyamos, como siempre, en la ruta de la primitiva vía férrea Madrid-Sevilla, publicada para el XIV Congreso Geológico Internacional de 1926, cuyo objeto principal, al que atenderemos más pronto que tarde, era la descripción de los pormenores geológicos a lo largo de dicho trazado ferroviario.

Así pues me encuentro junto al recinto de la estación de Valdemoro; a la izquierda, emergiendo como una maqueta vintage, la torre del guardagujas o caseta de enclavamentos. Tras uno de sus rotos ventanales se atisban las palancas verticales, que servían para mover los raíles y así desviar los trenes de una vía a otra.

Guardagujas

Atravieso el parking hasta alcanzar la glorieta final del paseo de la Estación, adentrándome en la calle Lanzarote, con su ristra de chalets adosados en ladrillo rojo y carpinterías blancas (2004). Aquí se encontraba -hasta su cierre en 1999- la fábrica de asfaltos y refinados Río Gulf, bien equipada con unos enormes depósitos cilíndricos y apartadero ferroviario propio.

Viro, por un hueco entre los chalets, a la izquierda, hasta un parquecillo junto a las vías: una de esas tierras de nadie, donde un descampado asqueroso puede mutar en una verde pradera como si fuera el gato de Schrodinger, cortesía de la autoridad municipal de turno. Como testigo de ésta última, una mesa de ajedrez, para jugar al arrullo del paso del tren. 

Muro y mesa

Alcanzo la calle Isla Graciosa, bordeada de viviendas dosmileras cuya mayor gracia son la grandes lámparas que adornan las entradas de los chalets.

Lámparas

Llego al paseo del Prado, un espacio periurbano pseudocampestre equipado con unos anárquicos bancos prefabricados. 

Banco confortable

Alcanzo un puente bajo las vías. Allí, vandalizado por los ubicuos borderlines de spray en ristre, sobrevive un cartel informativo de la ruta de las canteras de yeso, que debe partir de aquí.

Tag infumable

El puente, como casi todos los de esta línea férrea, parece original, de principios del siglo XX: arqueología ferroviaria de la buena.

Puente preconstitucional

Un gran espacio dedicado a pistas deportivas informa que estoy en el polideportivo municipal de Valdemoro. Tiro a la derecha, entre las pistas y las vías, hasta alcanzar una verja metálica enmarcada en unos blancos muretes de estilo manchego: el acceso principal del parque de las Bolitas del Airón.

Parque natural

Dentro, lo de siempre: aparcamiento y merendero con área infantil. Un inesperado vagón antiguo -quizás testigo de la antigua línea Madrid-Sevilla que estamos siguiendo- preside este espacio natural de simpático nombre y aire a descampado, determinado por su poco favorecedor suelo de yeso. Al fondo, tras el estacional cauce del arroyo de la Covatilla, surgen unos blanquecinos escarpes de sulfato de calcio hidratado, salpicados de ralas matas de esparto.

Vagón de las Bolitas

Regreso al cartel, junto al puente bajo las vías, donde tomo una camino paralelo a éstas, en dirección SE. Al poco, cojo un senderillo a la derecha, que asciende serpenteando hacia una aislada mancha de pinos, que bordeo por su izquierda.

Subiendo al pinar

Continúo entre el pinar y el espacio vallado de un olivar. A la derecha, en un pequeño talud, se aprecia la geología del lugar: microbrechas, arenas micáceas amarillentas y yesos detríticos, según el mapa MAGNA del IGME. De frente, una torreta de comunicaciones marca el camino de regreso a la civilización.

No muy idílico

El sendero desciende hacia el no tan idílico paseo del Prado, con sus bancos en medio de la nada, como caídos, de cualquier manera, de una dimensión alternativa vintage.

De vuelta

Sigo por el paseo hacia el O, junto a otra línea de adosados dosmileros, que podrían estar en cualquier sitio.

Más de lo habitual

Giro a la izquierda por la cuesta de Valderramata, una carretera irónicamente sin apenas desnivel, bordeada por naves industriales de tamaño medio y una gasolinera low-cost de esas que proliferan como setas, y con mucha razón.

Gasofa barata

Algo más adelante, junto a una curva a la derecha y tras los consabidos cipreses, el tanatorio municipal (1970) permanece vacío, como si la muerte hubiera dado una tregua, un inesperado alto el fuego.

Tanatorio off

Enfrente, incrustado en el polígono, un bar bien considerado aunque de nombre ambiguo, multifuncional.

Mariposa

Prosigo por la carretera, dejando unos edificios educativos a la izquierda. A la derecha, tras un gran solar, sin sombrajo alguno, en el que un jubilado se asolea el cartoncillo, la autovía A-4 enfila a la ciudad de Madrid. 

Solar chungo con jubilado

Atravieso la A-4 por un túnel, metafísico como todos los túneles. Una sombra afilada parte en dos la última letra de un tag grafitero, evidenciando el áspero dualismo entre luz y oscuridad, arte urbano y una mierda.

Sombra y tag

Alcanzo una glorieta con fuente, al lado de unos noventeros bloques de ladrillo de ocho alturas (1997).

Rotonda seca

Llego al agradable y bien cuidado parque Enrique Tierno Galván -pulmón verde de la zona sur de Valdemoro- y asciendo, por una escalinata, al paseo superior, eje de la zona verde. Unos bancos prefabricados, similares a los del paseo del Prado, se cubren con unas pérgolas metálicas que no arrojan sombra alguna: en verano se derriten los bombones.

Ay qué caló

En su extremo aparece una escultura de chapa cortén: el monumento a las víctimas del 11-M, obra del gran artista toledano Rafael Canogar, uno de los maestros de la vanguardia escultórica española.

Cabeza rara

Desciendo por otra escalinata a la derecha, hasta alcanzar un estanque repleto de tranquilos patos e intimidantes gansos del Nilo. Unos chorros verticales adornan el verdoso charco, bordeado por un elenco de pinos piñoneros y sauces llorones.

Estanque guapo

Salgo del parque para encontrar una rotonda; en la esquina aparece el campus Juncarejo del colegio Marqués de Vallejo, originalmente ligado a la Guardia Civil. En la garita de acceso una placa recuerda al susodicho Diego Fernández de Vallejo, diputado y filántropo de la segunda mitad del siglo XIX.

Placa

Tiro al N por la calle párroco don Lorenzo, entre viviendas unifamiliares de aire serrano. Ya huele a pueblo, parecen gritar con sus tejados a dos aguas y aplacados de piedra irregular.

Lookazo a pueblo

Al final de la calle, a la izquierda, surge un hermoso edificio de aspecto industrial antiguo (1940): el aula municipal de Danza, antiguo lavadero del primitivo pueblo de Valdemoro.

Reguetón-free space

Presidiendo el lavadero se materializa la fuente de la Villa, original de 1605 pero renovada recientemente, a juzgar por su piedra blanca nuclear ya vandalizada.

Fuente de la Villa

Justo enfrente una tremenda escalinata, de nombre cuesta de la Villa, asciende a la calle Luis Planelles. Llegamos al pueblo, pueblo.

Stairway to heaven

Arriba, como si fuera el mismo cielo, me recibe un bonito edificio de dos alturas de inspiración neomudéjar (1986), ocupado en la actualidad por agradable hostal según sus reseñas profundas, deep reviews para los políglotas de azada en mano.

Hostel dedicado al más grande

Tiro a la izquierda, donde emerge la enorme mole de la iglesia barroca de Nuestra Señora de la Asunción (1764), dotada de unos masivos volúmenes de piedra y ladrillo sólo interrumpidos por su esbelta torre, que se abre a una plaza por la que luego deambularemos.

Pedazo parroquia

Más adelante la calle se curva a la derecha; tras unas viviendas encaladas (1972), de aspecto tradicional, se elevan, como telón de fondo, otras de ladrillo visto, más modernas.

Contraste

Alcanzo un pequeño triángulo ajardinado entre dos calles: la plaza del duque de Ahumada. En su interior, un jardín algo árabe y recoleto -apto para la contemplación de la insoportable levedad del ser- consistente en unos setos geométricos y pequeños estanques.

Chulo jardincillo

Sigo por la calle Martistegui, para acceder, por el lateral, al parque Duque de Ahumada, una potente explanada donde unas señoras se desfogan bailando latinajos como posesas, con las caderas dislocadas de tanto flow; literal, bro.

Unas escaleras laterales descienden a un nivel inferior, donde unos chorros dejan ver el derrière de un señor con tricornio: el monumento a la Guardia Civil.

Chorros y tricornios

Salgo del parque hacia la plaza de Cánovas del Castillo, para enfilar la calle del Cristo de la Salud en dirección N, entre un mix de edificios de aspecto muy urbano; esto ya no huele a pueblo, sino a ciudad.

Calle de ciudad 

En la esquina con la calle Negritas me llama la atención un edificio de ladrillo con balcones colgones (1998), que contrasta con el que tiene enfrente, blanco, casi palaciego. 
 
Más contrastes

Un poco más adelante, a la izquierda, un patio arbolado me da la bienvenida a la ermita del Cristo de la Salud (siglo XVIII), con su serena fachada con ventanitas rematadas en arcos de medio punto.

Ermita cofrade

Aprovecho para cerrar los ojos en su luminoso y barroco interior, pidiendo al Cristo de la Salud eso mismo para todo el planeta; a ver si me hace caso de una puñetera vez y se carga unas cuantas enfermedades de las gordas, leche.

Salus Nostra

Salgo renovado, en olor de santidad, hacia el parque de enfrente, donde un quiosco de música quizás espera, sentado, a la banda municipal del pueblo.

Quiosco solitario

Me lanzo, como un mihura, por la calle San Vicente de Paúl. Inserta, cual inesperado quiste en una manzana semiabierta de viviendas (1997), aparece la plaza del Hermano Ramón Quiroga, donde una gran garita con pinchos -lo más punk de todo Valdemoro- recuerda a la corona del Sol Invictus; seguramente se hayan inspirado en el culto solar para esta magna obra. 

Osti tú

Al salir del alucinógeno lugar encuentro un interesante edificio con paños de piedra y ladrillo, con aspecto de colegio, convento o residencia, a elegir.

No sé

Alcanzo el cruce con la calle Doctor Fleming. En la esquina del solar, una vetusta nave (1940) esconde un negocio útil, de los que por aquí proliferan. La tipografía está cuidada, con esa importancia que se le concedía en las décadas centrales del pasado siglo.

Útil no, lo siguiente

Llego a la rotonda que hace de acceso de la ciudad desde la A-4, en la avenida de Andalucía. Se trata de una ventana parecida a las de los camerinos, con bombillas para iluminar bien el careto. Y es que Valdemoro se pone guapa, y se tiene que admirar a sí misma.

Ventana valdemoreña

Tiro en dirección S por la avenida. A la derecha, tras una valla, un enorme solar muestra una interesante ruina con arcos de piedra, lo que hace pensar que aquí se encontraba un casoplón de parné. Hoy parece esperar la demolición completa, tras lo que, a buen seguro, se edificarán unas viviendas baratas de construcción y caras de venta.

Ruinas esperando piqueta

Giro a la izquierda por la calle Estrella de Elola, en dirección O. Allí me saluda un precioso chalé de estilo racionalista (1940), blanco y reluciente.

Qué mono

Frente a él aparece la plaza de la Piña, un espacio muy animado rodeado de viviendas setenteras de buen pelaje. Y unas cuantas terrazas, lo que hace pensar que este es el mejor lugar de esparcimiento de esta ciudad.

Plaza animada

Tiro por la calle del Carmen, vía estrecha que huele a casco histórico, a leña quemada. Al poco, con la torre del Reloj -edificada por Cristóbal Rodríguez de Jarama en 1872- como telón de fondo, una casa ruinosa espera su sanmartín, golpe certero que la reducirá a un informe amasijo de madera y cascotes.

Ruina y Reloj

De esta forma tan lírica llego a la plaza de la Constitución, plaza Mayor de antaño. Bonita, muy manchega con sus casas blancas encaladas y soportales de madera, pero convertida en un hosco lugar de aparcamiento. Pide a gritos reforma, como la de Pinto: hermanadas en lo malo.

Plaza parking

Me filtro por la esquina SO, por una calleja en recodo. En la esquina de la plaza del Esparto encuentro una vivienda estilo antiguo con escudo nobiliario (2004), muy adecuada para gentilhombres de ayer, de hoy, de siempre.

Casa noblota

Llego a la plaza de Autos, con la ya vista iglesia de la Asunción al fondo. Un precioso palacete de piedra y ladrillo (1900 según el catastro) enmarca el vetusto espacio, de aire medieval.

Palacete guapo

Llego a la calle de Luis Planelles, frente a la escalinata que subimos hace un rato, Esta vez me dirijo a la izquierda, hasta toparme, de frente, con el convento de la Encarnación, fundado por el duque de Lerma en 1616. Aquí las monjas clarisas se dedican al noble arte del dulce; por cierto, nunca he entendido la razón por la que las religiosas no elaboran saladitos o comida preparada, igual va en contra de la doctrina.

Convento dulce

Llego a la plaza de las Monjas; de frente una bonita imagen: una casa con ligero balcón de forja y escudo comparte protagonismo con las señales de tráfico, todos arrojando una consistente y evocadora sombra.

Bodegón

Tiro por la calle Bretón de los Herreros en dirección NE. Una ristra de casas castellanas de dos alturas (1940) nos dice que aún seguimos en el primitivo pueblo.

Encuentro una zona verde donde la calle se bifurca en dos, absorbiendo un fuerte desnivel lateral. Una extrañas columnas, tocadas con orbes y trompetas, decoran este extraño espacio.

Decoración raruna

Desciendo por la escalera hasta la calle del Estribo. En la esquina con la avenida de Andalucía y frente a una gasolinera encuentro una pared decorada con faroles y ventanas ciegas con azulejos de guirnaldas y flores estilo principios del siglo XX, que hace de planta baja de un edificio convencional de viviendas (1996). A la vuelta, ya en la avenida de Andalucía, más cerámicas y un cartel de "Salones Lisboa". Pintoresco cuanto menos.

Azulejos

Sigo por la avenida de Andalucía en dirección N. En la esquina con la calle Marquesa de Villa Antonia aparece un gran palacete ruinoso, con detalles de cerámica bajo las grandes ventanas apuntaladas con cruces de San Andrés. Se trata de la casa de la Marquesa de Valdemoro (siglo XIX), que antes fue posada para los carruajes que iban y venían entre Madrid y Andalucía. Una pena con difícil arreglo, como tantas cosas relacionadas con el patrimonio.

Casona en horas bajas

Sigo por la calle Marquesa de Villa Antonia hasta encontrar la pasarela peatonal que me llevará, de nuevo, al barrio de la Estación.

Salvando la A-4

Nada más pisar asfalto, sigo al N para girar a a derecha, en dirección E, por una zona peatonal: el pasaje del Prado, paso angosto, claustrofóbico, flanqueado por viviendas noventeras de seis alturas.

Estrecho del Prado

Alcanzo la calle Delfín, y tiro al N cruzando el paseo del Prado. Sigo por la calle del Rosario hacia el NO, internándome en la colonia Hermanos Miralles (1945), una antigua urbanización veraniega ligada a la estación de ferrocarril.

Se trata de viviendas blancas de una altura con pequeño patio trasero, algunas de ellas dotadas de un segundo piso en forma de torre, sobre las puertas de las casas. Deliciosas, gentrificables a tope: para artistas, escritores y surferos en dique seco.

Colonia veraniega con encanto

Un gato, como todos los de su casta, me observa relajado, despreocupado, como viviendo en una tierra sin tiempo. Su color blanco va perfectamente con la pared encalada, y no puedo resistirme a inmortalizarlo, aunque él ya sepa que es inmortal.

Gato a juego

Alcanzo el paseo de la Estación, un amplio bulevar que termina en la ídem. Al otro lado de la calle emerge la parroquia de Santiago Apóstol (2015), de arquitectura extraña con su brazo de ladrillo blanco que se monta en el cuerpo de ladrillo rojo con cruz incorporada; igual es una metáfora de algo que se nos escapa.

Parro rara

Rodeo la parro por detrás y tomo un camino que asciende al parque forestal Cerro del Castillo, zona verde muy apta para ventilar los instintos más primarios, sacar a tu peludo y a tu perro, y dejar sus truños de recuerdo en el olivar o en los caminos peatonales, da lo mismo.

Al parque

Casi arriba y a la derecha, como una llaga en el talud, aparece un delicioso estrato de arenas micáceas, margas blancas y yesos laminares.

Estrato

Ya en lo alto, me fijo en la verde explanada de geométricos olivos y algunos pinos piñoneros. Al fondo, unas buenas viviendas con balcones en esquina (2018).

Parque ¿forestal?

Desciendo el parque junto a un bloque lineal de viviendas tipo "cebra" (2023), con sus inconfundibles líneas horizontales de aplacados blancos y negros. Como se puede apreciar, cada década tiene su estilo arquitectónico propio.

Cebra

Abajo, en una rotonda, una pequeña locomotora de chapa, a lo chiquitrén. Quizás quiera decir que nos aproximamos a la estación, no sé.

Chiquitrén

Llego a las vías; de frente, la subestación eléctrica (1949), un edificio encalado de estilo típico posguerra.

Trafo

Por fin alcanzo el edificio de viajeros de la estación de Valdemoro (1926), con su aparejo toledano en ladrillo y piedra, muy parecido al de Pinto y un clásico de la arquitectura ferroviaria.

Estación

Un poco más adelante, tras la cantina, encuentro el muelle de carga (1919), con sus grúas que recuerdan las estructuras metálicas de Eiffel.

Muelle de carga

Aquí, donde hemos comenzado, finalizamos esta entrega dedicada a la exploración de la ciudad de Valdemoro, localidad híbrida entre el campo, al sur, y la ciudad, al norte, con elementos de ambos. Sin embargo un grafiti llama mi atención, justo a la derecha del muelle de carga: una pintura reivindicativa por la pervivencia del servicio ferroviario, que suele sufrir la tragedia de los comunes, de lo público: la falta de financiación adecuada y la desidia de las autoridades.

Manifiesto

En la próxima entrega seguiremos al sur, hacia Ciempozuelos, recorriendo la antigua vía Madrid-Sevilla.

CONTINUARÁ  

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