domingo, 1 de marzo de 2026

Micropaisajes IX: el universo en una célula (vegetales: paredes celulares, plastidios y saquitos químicos)

Continuamos la anterior entrada -dedicada a los núcleos y vacuolas que flotan en el interior de la célula- con una aproximación a la célula vegetal, concretamente su pared celular y sus plastidios, unas vacuolas rellenas de los diferentes líquidos que son necesarios para la planta. Como siempre, estamos siguiendo el hilo argumental del magnífico y enciclopédico libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía, aunque, como de costumbre, adaptaremos las experiencias prácticas a los materiales de los que dispongamos, los que tengamos a mano, como diría el siempre incomprensible Heidegger.

Disclaimer de turno: como siempre, todas las fotos son de un servidor a menos que se diga lo contrario, y en la redacción de esta entrada no hay IA, ni se la espera por innecesaria.

Por aquí vamos
La primera experiencia que indica nuestro manual es la observación de las paredes celulares de la médula de la clemátide, un género de enredaderas ornamentales que produce unas flores muy llamativas. Como no dispongo de este material, no tengo más remedio que utilizar el tallo de un ejemplar de Aeonium arboreum, una planta suculenta de origen macaronésico -islas Canarias, para entendernos- que, milagrosamente, se ha hecho fuerte en una de mis jardineras. 

Aeonium arboreum bien nutrido

Corto un tallo de una de las ramas más pequeñas y menos saludables, y coloco un trozo en el microtomo de mano. Se supone que, para ser un científico fino, hay que incluir la muestra, previo al corte, en médula de saúco o parafina, pero uno no está para esnobismos dado que no publica en Nature. Aquí vale todo, aunque pueda parecer cutre: lo importante es resolver.

Efectúo un corte transversal con el bisturí -tan basto como el que corta un salchichón- y directo al portaobjetos, sin cubre, en fresco. 

Corte de tallo de Aeonium, con microtomo de mano

Al microscopio se aprecian, bien gorditas y rellenas, las células del tallo, que se aplastan las unas contra las otras de forma vagamente poligonal. En el centro de la muestra las células parecen algo más claras: se trata de la zona medular del tallo, que contrasta con el parénquima y los haces vasculares perimetrales, algo más oscuros.

Sección transversal de Aeonium arboreum, aumentos medios

Abro el frigo en busca de otra víctima a la que desmembrar impunemente, y la encuentro en el cajón de los vegetales: una zanahoria pequeña y chuchurría, perfecta para la ocasión. Al microtomo, que para luego es tarde.

Zanahoria al microtomo
Procedo a la sección transversal con dificultad; está dura la jodía. Al microscopio se aprecian las células de la zanahoria, menos esféricas que las del Aeonium. Éstas son más irregulares, y parecen poseer menos agua -y más caroteno, pigmento naranja que da el color a la zanahoria- en su interior.  

Células de zanahoria

Elijo otra víctima propiciatoria: el extremo de un calabacín. Al microscopio, sus células parenquimáticas parecen pequeños granos de arena, a juzgar por sus superficies casi pétreas. Entre las células aparecen unos espacios intercelulares, pero es necesario un corte mucho más fino para poder apreciarlos en su raquítico esplendor. Sin embargo, este corte tan basto (con b) permite apreciar la estratificación de las células, que se disponen como si fueran mantas en una cama en invierno, como dándose calor unas a otras. Estas capas se consolidan con lignina, u otro producto que otorgue cohesión al tejido vegetal.

Corte transversal de calabacín

Pasamos de experimentos personales a una preparación fabricada, como Dios manda, por profesionales, en este caso una sección transversal del peciolo de Marattia alata, una especie de helecho tropical. A bajos aumentos se aprecian las células, aplastadas de forma hexagonal, e incluso el espacio intercelular, tan difícil de ver si el corte no es lo suficientemente fino. A la derecha, de forma alargada, se observan los haces vasculares rodeados de células parenquimáticas.

Sección de Marattia alata, bajos aumentos

A mayores aumentos las paredes celulares se aprecian en detalle, dejando ver su tamaño y textura, en este caso de los haces vasculares (xilema y floema, transporte de agua y nutrientes), más oscuros y de paredes más gruesas. En el eje de las paredes celulares surge la llamada laminilla media, que marca la conexión entre los espacios intercelulares. 

Sección de Marattia alata, bajos aumentos

Y ya que estamos con los helechos, esas plantas tan primitivas, seguimos con un corte del tallo. En este caso se aprecian los huecos del xilema rodeados del floema y células de sostén. Las paredes de los huecos de zona conductora son más gruesas que las de las demás células con el objeto de no permitir su aplastamiento ni estrangulamiento, lo que haría que llegaran peor los nutrientes a otras zonas de la planta.

Paredes engrosadas del xilema/floema de helecho

En otra preparación comercial, esta vez un corte de raíz de soja, se pueden observar mejor las laminillas medias, que hacen de eje de las paredes celulares. También, si uno se fija bien, es posible atisbar los minúsculos plasmodesmos o punteaduras, canales que comunican las células entre sí.

Corte de raíz de soja, adivinando los plasmodesmos
El siguiente epígrafe del Manual de Microscopía trata sobre los plastidios, pequeños orgánulos -únicamente vegetales- que sirven para realizar la fotosíntesis y almacenar diferentes sustancias: clorofila, carotenos y xantofilas, taninos, aceites, almidón, albúmina o cristales, entre otras. Entramos, pues, en la histoquímica vegetal, de la mano del maravilloso Atlas de Microscopía de Bernís Mateu, una joya vintage: aquí aparecen algunas de las sustancias que ahora veremos. No hay que confundir los plastidios con las vacuolas, que almacenan otra clase de sustancias, son mucho más grandes y también aparecen en las células animales.

Comenzamos nuestro periplo por el apasionante mundo de los plastidios con los cloroplastos, orgánulos que efectúan la fotosíntesis gracias a sus granos de clorofila.

Para observarlos, nada mejor que tirar de las plantas que uno pueda tener en el interior de la casa, terraza o jardinera. Mi primera víctima es una flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima), con sus delicadas y llamativas hojas rojizas.

Flor de Pascua

Corto un pequeño trozo de la hoja y lo coloco, en fresco, al microscopio. Se observan unas células oblongas e hinchadas, en cuyo interior se distinguen unos granos verdosos, los cloroplastos. En algunos de ellos, si se observa bien, aparece la grana, unos diminutos sacos membranosos que contienen la clorofila en pequeños paquetes, los tilacoides.

Cloroplastos de flor de pascua, con su grana

Como quiero ver más cloroplastos -me he enganchado, lo reconozco- tiro de jardinera salvaje. Allí, entre otras malas hierbas, destaca una cerraja, Sonchus oleraceus para los amigos, o enemigos. Un hierbajo en toda regla, cuya hoja arranco sin pudor.

Con un bisturí pelo el haz de la hoja, colocándolo en el porta, en fresco. Al micro se observa una epidermis de células poligonales, bastante chulas.

Epidermis de cerraja

Corto un trozo de la hoja, sin la epidermis, y al microscopio. Aparece una malla de células más o menos hexagonales y poco enfocadas, con un tono verdoso y textura que recuerda un cuadro expresionista. En su interior, si uno se fija mucho, aparecen los pequeños plastidios que contienen los tilacoides de la clorofila, los cloroplastos.

Células de la hoja de la cerraja

El siguiente tipo de plastidio que puede aparecer en la célula vegetal son los cromoplastos, que son la evolución natural de los cloroplastos hacia la maduración, donde cambian de color debido a que los niveles de clorofila son sustituidos por otros pigmentos como los carotenoides y las xantofilas, de color amarillo, anaranjado o rojizo. 

En la siguiente preparación comercial se aprecia la saturación de color rojo causada por las sustancias químicas de los cromoplastos, cuyas células rellenan el espacio entre las nervaduras de una hoja

Cromoplastos en una hoja

Seguimos con los leucoplastos, plastidios no coloreados (de ahí el prefijo leuco, blanco), que a su vez se clasifican según su contenido interno. Pueden ser proteínas (proteinoplastos o aleuroplastos), grasas (oleoplastos) o amiloplastos (almidón), entre otros. Vamos a observar algunos de ellos, si es que se dejan.

Lo primero es tratar de reconocer los leucoplastos de la epidermis de un par de plantas que tengo a mano: la Sanseviera cylindrica y el Aloe vera. Corto, con un bisturí fino, un pequeño trozo de la epidermis de la Sanseviera, planta dura y resistente donde las haya.  

Sanseviera cylindrica

Al microscopio se observan las células de la epidermis, de forma hexagonal como un panal de abejas, y unos pequeños granos en su interior, que son los leucoplastos de la epidermis. Además, en la imagen y abajo a la derecha, se observa un estoma, orificio por donde la plata respira.

Leucoplastos de Sanseviera

No contento con ello, procedo a la remoción de un trocito de epidermis de Aloe vera, dejando salir ese jugo algo pegajoso se supone posee muchas propiedades beneficiosas.

Aloe vera

La imagen al microscopio es muy curiosa ya que las células semejan una extraña dentadura humana, debido a su forma más o menos cuadrada. Sin embargo, sus leucoplastos de epidermis son mucho más patentes que los de la Sanseviera, como pequeñas bolsas circulares -o sarro, ya que estamos con los dientes- en el interior de las células.

Leucoplastos de Aloe vera

Otro plastidio imteresante es el amiloplasto, relleno de almidón. Para ello cojo una preparación ya hecha, aunque siempre se puede coger una patata y tomar una muestra de su carne desmenuzada, rica en esta sustancia.

Al microscopio se aprecian los plastidios de almidón que, además, responden a la luz polarizada mediante birrefringencia. Llama la atención el parecido de estos granos con los dibujos del Atlas de Microscopía, cuya hoja de histoquímica vegetal expuse anteriormente. 

Amiloplastos de patata: gránulos de almidón

El último tipo de plastidio que vamos a observar es el oleoplasto, un plastidio que almacena aceites y grasas. Echo mano de otra preparación comercial, que al microscopio exhibe unas células bien repletas de unos plastidios amarillentos, como rellenos de aceite de oliva virgen extra. Chulo no, lo siguiente. 


Oleoplastos

Pasamos a las vacuolas de las células vegetales, orgánulo que pueden llegar a ocupar más de un 90% de la propia célula. Estas vacuolas también almacenan sustancias diversas, como la aleurona (gránulos proteicos de reserva), la albúmina (reserva de almidón), los taninos (sustancias de defensa contra herbívoros y patógenos), cristales de oxalato cálcico (sustancias de desecho) y el súber o suberina, una capa de protección externa.

Comenzamos con las células de aleurona, la capa que separa la cáscara de los cereales de la semilla. Al microscopio se aprecia esta capa (inferior de la imagen y con otro color) formada por células cúbicas cuya vacuola principal es rica en proteínas.

Aleurona
En cuanto al albumen o albúmina, se trata de gránulos de almidón rodeados de una matriz proteica líquida o gelatinosa. Al microscopio se observan unas células mucho más irregulares que las de la aleurona, y más transparentes. En su interior flotan las vacuolas de albúmina, algunas punteadas. 

Albumen

Otro producto que se puede encontrar en las vacuolas vegetales son los llamativos cristales de oxalato cálcico, productos de desecho del metabolismo celular que, como buen compuesto químico orgánico, posee estructura cristalina. Al microscopio  los cristales (que responden a la luz polarizada) saltan a la vista como pequeños diamantes insertos en el interior del tejido vegetal. 

Drusas de oxalato cálcico

Al subir aumentos se distinguen las diferentes facetas de los cristales, muy bonitos, que refulgen como si estuvieran a pleno sol. 

Drusas de oxalato, altos aumentos

Los taninos, sustancias de defensa de la planta, destacan por sus colores brillantes al microscopio: rojos, azules, ocres, beiges, dependiendo de su composición. Al microscopio estas células teñidas son muy pintorescas, simulando una pintura vanguardista: en una pared quedaría genial.

Taninos

La última sustancia de la vacuola celular vegetal que vamos a observar es el súber o suberina, un producto graso y ceroso que impermeabiliza y protege la epidermis de la planta. La células cuyas vacuolas contienen suberina son las más maduras, casi muertas, de la piel de la planta, y poseen esa reconocible textura arrugada.

Súber del corcho

Aquí terminamos esta entrada sobre paredes celulares, plastidios y vacuolas, y sus productos químicos. En próximas entradas de "micropaisajes" seguiremos explorando el mundo microscópico de la mejor forma posible para un simple aficionado, sin equipos ni materiales caros, sino simplemente con curiosidad, discernimiento e imaginación creadora, como diría el gran Ibn Arabi.

CONTINUARÁ 

domingo, 1 de febrero de 2026

Rutas vintage: 1926, la línea férrea Madrid-Sevilla VI (por el arroyo Culebro)

Continuamos nuestro recorrido hacia el lejano sur tras explorar a fondo la ciudad de Getafe, con una parada técnica -antes de explorar Pinto- en el arroyo Culebro, uno de los afluentes del río Manzanares, el cauce madrileño por excelencia. Continuamos, de esta manera, la ruta del ferrocarril Madrid-Sevilla, publicada para el XIV Congreso Geológico Internacional de 1926 en un pequeño cuaderno, cuya página dedicada a Getafe y Pinto reproducimos aquí.

Disclaimer importante: todo aquí -imágenes  y texto, salvo las imágenes del propio libro al que nos referimos- son propiedad y autoría del que escribe, y no hay IA, ni se la espera ni falta que hace.

Comienzo la ruta en la calle Río Almanzora, perteneciente a Getafe, frente a la nave de una conocida empresa de componentes de automoción; me encuentro en el Área Empresarial Andalucía, un enorme polígono industrial de más de un millón de metros cuadrados.

Desde la glorieta de fondo de saco, tomo una pista en dirección S, que lleva al bosque de galería del Culebro, denominado Parque Lineal. El aire se vuelve húmedo y sano, disipándose rápidamente el olor a humo y gasofa del polígono industrial.  Delante, unas naves de una altura emergen frente a la vegetación de ribera. Las bordeo por la izquierda, entre dos hileras de espigados árboles sin hojas.

Al Culebro
Unos perros se abalanzan ladrando -con poco convencimiento y menos vocación a juzgar por sus expresiones faciales- contra el vallado de una nave decorada con grafitis de animales felices: se trata del Centro de Protección Animal de Getafe, un excelente lugar para adoptar perros y gatos. Los dos de los ladridos se calman casi al instante, y se quedan mirándome con expresión de amor infinito: ya decía Plotino, en sus Enéadas, que tanto personas como animales -cada uno a su manera- aspiran a la contemplación del Uno, lo que nos une aún más a estas criaturas con las que compartimos casi todo. 
Amigos adoptables
Poco más adelante alcanzo una pasarela que cruza el estrecho cauce del Culebro, que llama la atención por su construcción con traviesas de vía de tren, un posible guiño a la vía férrea que pronto trataremos de atravesar. 

Puente ferroviario
Discurro, pues, con el arroyo a mano izquierda, aguas abajo. Una torreta eléctrica y unos lúgubres aunque saludables sauces llorones bordean el arroyo, mientras que la amplia pista se dirige en dirección O.

Pista
Más adelante, la pista se transforma en vereda al acercarse a la vía del tren; por aquí circulaba la antigua línea Madrid-Sevilla, que estamos siguiendo de la mano de nuestra guía de 1926. Huele ligeramente a suavizante de lavadora; a la izquierda discurre una estrecha línea de agua de un color verdoso algo sospechoso, quizás indicando que se trata de un emisario de aguas residuales ya tratadas.

Primera barrera: la vía férrea
Tras apartar unas zarzas que ocultan el estrecho sendero, llego al puente sostiene las vías salvando el arroyo. A la derecha, una maltrecha pasarela de listones de madera -handmade, como decimos los bilingües de banda estrecha- permite el paso al otro lado, con la precaución de pisar en el lugar correcto so pena de ir de cabeza a morder el barro, bastante asqueroso por cierto.

Puenserela
Al otro lado, un cartel pintado expone que la pasarela se denomina "puensarela", iniciativa de una pareja de motivados románticos allá por 2003. Como es de esperar, a ninguna autoridad municipal se le ha ocurrido gastar cuatro duros del erario público en permitir la continuidad del parque fluvial en este punto, habiéndose gastado una pasta en las otras pasarelas que pronto alcanzaremos. Imposible no quererles, sin duda. 

Cercanías

Un cercanías vuela en dirección Getafe haciendo vibrar el antiguo puente de ladrillo, de auténtico sabor vintage con su arco rebajado y su desconchado revoco color crema.

Encuentro el cruce entre el camino de ribera y el antiguo camino -según las minutas del Mapa Topográfico Nacional- que llevaba, vadeando el arroyo, a la fábrica de yeso Santa Paula, inserta en un potente afloramiento yesífero. En ese enclave, al norte de donde nos encontramos y pegado a la vía del tren, se encuentra en la actualidad la calle río Genil del polígono industrial. Como curiosidad, estas fábricas de yeso y muchas otras cosas interesantes más se pueden consultar en el plano de 1900 del comandante de la Guardia Civil don Facundo Cañada López.
Algo más adelante, encuentro una elegante y práctica pasarela que no tomo, al menos de momento.

No cruzamos
Asciendo hacia la calle río Odiel, habiendo comprobado la dificultad de pasar por debajo del puente que salva el Culebro, sin sendero y atestado de matorral. 

Segunda barrera: la calle río Odiel

Cruzo la calle y su mediana -se trata de un bulevar batallero- a saco, descendiendo otra vez al valle fluvial. 

Prosigo por una zona herbosa; a la izquierda, muy cerca del carrizal que bordea el arroyo, unos olmos de forma cónica contrastan con el depósito cilíndrico de una conocida fábrica de vidrios de lujo.

Olmos a la vera del sendero
Que recuerda, por cierto, al mítico tambor de Colón de los 70, hoy en día una innegable pieza de coleccionismo pop para cualquier moder-retro que se precie. 

Tambor
Un poco más adelante encuentro otra pasarela y, detrás, la tercera barrera: la calle Guadalhorce, que comunica el polígono del centro Comercial "Nassica" con el polígono "Las Arenas". Como no hay posibilidad de atravesar la calle por debajo en este lado, cruzo el puente y tiro por la pista que sí permite el avance, con el arroyo a la derecha. 

Tercera barrera: la calle río Guadalhorce
A la derecha, en un espacio cuadrado, se dispone un mariposario relleno de maleza seca. Aquí no hay ni Dios, no sé si porque es invierno o porque las mariposas prefieren espacios menos dedicados, por eso del pánico escénico. 

Mariposario triste
El ruido se hace patente al alcanzar la autovía A-4, un borde o barrera en toda regla, como diría Kevin Lynch. Camiones enormes pasan a toda leche, mientras oteo la parte baja del puente que salva el Culebro, hasta las trancas de carrizo y maleza a saco. Imposible el paso al otro lado de la autovía. No way, finito, chao. 

Cuarta barrera: la A-4, insalvable

Media vuelta por el sendero que deja el arroyo a la izquierda. Para consolarme, me fijo en las pequeñas aunque verticales cárcavas que bordean los meandros del Culebro. Consulto, por eso de dar contexto a todo, las litologías del IGME, que indican que se trata de depósitos aluviales de fondo de valle, compuestos de arcillas yesíferas y arenas. Chachi.

Meandro

Desando el camino y regreso al coche, dirigiéndome ipso facto al final de la calle de Rachel Carson, sincero homenaje getafense a la gran pionera de la biología marina y una de las impulsoras del ecologismo.

Aparco cerca de la rotonda final de la calle, con el arroyo Culebro a mi derecha, tras una cutre parcela llena de fregonetas y trastos varios. Ya a pie, discurro por el camino de Cunebles o Cuniebles, una amplia pista muy trabajada por las susodichas fregonetas y demás vehículos de mal vivir. A la derecha, tras un vallado, surge una amplia balsa de agua de la que no he encontrado información alguna, ni siquiera en el puto chatgpt. 

Charco chungo
Desciendo hasta el puente de Cuniebles, una pasarela que salva el arroyo Culebro enlazándolo con la Cañada Real Galiana, una vía pecuaria de origen medieval que enlazaba La Rioja con Ciudad Real, pasando por Madrid.

Puente de Cuniebles
Los márgenes del arroyo han sido recientemente desbrozados y limpiados, quedando el cauce desnudito, suave, como recién parido. 

Culebro imberbe
A la izquierda y arriba, en un pequeño cortado de margas y yesos, aparecen las cuevas de Cuniebles, unas oquedades poco profundas pero interesantes, como suelen serlo los bujeros oscuros y húmedos. 

Covacha
Tiro por la Cañada Real Galiana en dirección SO; a la derecha emergen, enormes, las naves logísticas de un no muy conocido supermercado valenciano cuyo nombre empieza por m y acaba por a.
 
Cañada
A la izquierda el páramo se va elevando en una ligera pendiente, cubierta por verde hierba y masa bajas y circulares de esparto y retama seca. Asciendo por un pequeño valle hasta encontrarme en el límite con un extenso sembrado de cereal. Por el suelo serpentean incisiones estrechas y profundas excavadas en las arenas yesíferas: se trata de una de las muchas redes de trincheras del ejército republicano relacionadas con el Frente de Madrid. Me hallo, pues, en el conjunto de fortificaciones de la Guerra Civil "Los Yesares", un espacio protegido y vagamente musealizado. 

Trinchera profunda
Prosigo junto al ecotono entre sembrado y la zona herbosa plagada de trincheras en zigzag y pozos de tirador al final de algunas trincheras. A la izquierda, inserto en una pequeña península de hierba rodeada de sembrado, encuentro un búnker de la posición "Vega Baja", usado por las tropas de la División 18 del ejército de la República

Primer búnker

Dentro, una raja horizontal apunta al sembrado, sin mucho más que atisbar. La construcción es bastante sólida y de forma cuadrada con ángulos redondeados, de hormigón armado del duro. Hecho para durar, sin duda.

Afuera, a lo lejos, se divisa el Cerro de los Ángeles, el ombligo -presunto punto más central, se entiende- de la Penínula Ibérica.

Cerro de los Ángeles
Sigo bordeando el sembrado, en dirección SE, siguiendo las profundas y ubicuas trincheras. Encuentro, en una zona desprovista de vegetación al encontrarse justo en el borde del sembrado, otro búnker en excelente estado de conservación.

Segundo búnker
Entro por el estrecho vano; dentro, la apertura horizontal de turno, por donde los soldados oteaban y disparaban sus armas. Hoy en día, un extenso y llano horizonte cerealista, sin moros en la costa

Rendija con vistas
Continúo rodeando el cerro en dirección O. Abajo, a la izquierda, la pista potente del camino de Valdecantos. En el suelo aparecen trozos de cerámica, correspondiente a ladrillos y tejas, lo que indica que por aquí había una construcción de tipo convencional, con tejado. 

Vaguada atrincherada
Un poco más adelante, a media ladera y rodeado de trozos cerámicos y basura moderna, encuentro un abrigo cubierto con una estructura de madera, de factura moderna. En su interior se aprecia la planitud del suelo y del talud: este debía ser el lugar de comida, descanso y esparcimiento, en momentos en los que la contienda estuviera más relajada. 

Abrigo
Sigo por el borde del talud, guiado por una profunda trinchera en las margas yesíferas; de frente ya se atisba la Cañada Real Galiana y las naves del polígono.  

Serpiente
Descubro otro búnker -el tercero- que apunta al sur. Llama la atención su buena factura y planta con forma de bala o supositorio, ya que entra mejor por detrás

Tercer búnker
Desciendo al pozo de entrada del búnker, en la intersección de dos trincheras, llamado mi atención el brillo sedoso de unos nódulos de yeso masivo, bien cristalizados. Dentro del búnker, lo mismo que en los demás: una raja horizontal.

Yesos masivos
Sigo bordeando el cerro en dirección N, siguiendo otra línea de trincheras algo menos profundas que las anteriores. 

De vuelta al Culebro
Alcanzo, por fin, el último -y cuarto- búnker de la posición "Vega Alta", exactamente igual que el anterior. Ya es mediodía y, aunque sea invierno, la temperatura al solecillo es casi perfecta.  

Cuarto búnker

Me siento sobre el hormigón en postura de meditación o contemplación, y me quedo un rato escuchando los sonidos del campo y la ciudad, ya que aquí llega casi todo. Al rato emprendo el regreso, sabiendo que la próxima aventura -siguiendo, como siempre, la línea férrea con nuestra guía geológica de 1926- será por la villa de Pinto, lo que probablemente asegure emociones fuertes. I can't wait, como diría Trump.

CONTINUARÁ 

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