domingo, 1 de febrero de 2026

Rutas vintage: 1926, la línea férrea Madrid-Sevilla VI (por el arroyo Culebro)

Continuamos nuestro recorrido hacia el lejano sur tras explorar a fondo la ciudad de Getafe, con una parada técnica -antes de explorar Pinto- en el arroyo Culebro, uno de los afluentes del río Manzanares, el cauce madrileño por excelencia. Continuamos, de esta manera, la ruta del ferrocarril Madrid-Sevilla, publicada para el XIV Congreso Geológico Internacional de 1926 en un pequeño cuaderno, cuya página dedicada a Getafe y Pinto reproducimos aquí.

Disclaimer importante: todo aquí -imágenes  y texto, salvo las imágenes del propio libro al que nos referimos- son propiedad y autoría del que escribe, y no hay IA, ni se la espera ni falta que hace.

Comienzo la ruta en la calle Río Almanzora, perteneciente a Getafe, frente a la nave de una conocida empresa de componentes de automoción; me encuentro en el Área Empresarial Andalucía, un enorme polígono industrial de más de un millón de metros cuadrados.

Desde la glorieta de fondo de saco, tomo una pista en dirección S, que lleva al bosque de galería del Culebro, denominado Parque Lineal. El aire se vuelve húmedo y sano, disipándose rápidamente el olor a humo y gasofa del polígono industrial.  Delante, unas naves de una altura emergen frente a la vegetación de ribera. Las bordeo por la izquierda, entre dos hileras de espigados árboles sin hojas.

Al Culebro
Unos perros se abalanzan ladrando -con poco convencimiento y menos vocación a juzgar por sus expresiones faciales- contra el vallado de una nave decorada con grafitis de animales felices: se trata del Centro de Protección Animal de Getafe, un excelente lugar para adoptar perros y gatos. Los dos de los ladridos se calman casi al instante, y se quedan mirándome con expresión de amor infinito: ya decía Plotino, en sus Enéadas, que tanto personas como animales -cada uno a su manera- aspiran a la contemplación del Uno, lo que nos une aún más a estas criaturas con las que compartimos casi todo. 
Amigos adoptables
Poco más adelante alcanzo una pasarela que cruza el estrecho cauce del Culebro, que llama la atención por su construcción con traviesas de vía de tren, un posible guiño a la vía férrea que pronto trataremos de atravesar. 

Puente ferroviario
Discurro, pues, con el arroyo a mano izquierda, aguas abajo. Una torreta eléctrica y unos lúgubres aunque saludables sauces llorones bordean el arroyo, mientras que la amplia pista se dirige en dirección O.

Pista
Más adelante, la pista se transforma en vereda al acercarse a la vía del tren; por aquí circulaba la antigua línea Madrid-Sevilla, que estamos siguiendo de la mano de nuestra guía de 1926. Huele ligeramente a suavizante de lavadora; a la izquierda discurre una estrecha línea de agua de un color verdoso algo sospechoso, quizás indicando que se trata de un emisario de aguas residuales ya tratadas.

Primera barrera: la vía férrea
Tras apartar unas zarzas que ocultan el estrecho sendero, llego al puente sostiene las vías salvando el arroyo. A la derecha, una maltrecha pasarela de listones de madera -handmade, como decimos los bilingües de banda estrecha- permite el paso al otro lado, con la precaución de pisar en el lugar correcto so pena de ir de cabeza a morder el barro, bastante asqueroso por cierto.

Puenserela
Al otro lado, un cartel pintado expone que la pasarela se denomina "puensarela", iniciativa de una pareja de motivados románticos allá por 2003. Como es de esperar, a ninguna autoridad municipal se le ha ocurrido gastar cuatro duros del erario público en permitir la continuidad del parque fluvial en este punto, habiéndose gastado una pasta en las otras pasarelas que pronto alcanzaremos. Imposible no quererles, sin duda. 

Cercanías

Un cercanías vuela en dirección Getafe haciendo vibrar el antiguo puente de ladrillo, de auténtico sabor vintage con su arco rebajado y su desconchado revoco color crema.

Encuentro el cruce entre el camino de ribera y el antiguo camino -según las minutas del Mapa Topográfico Nacional- que llevaba, vadeando el arroyo, a la fábrica de yeso Santa Paula, inserta en un potente afloramiento yesífero. En ese enclave, al norte de donde nos encontramos y pegado a la vía del tren, se encuentra en la actualidad la calle río Genil del polígono industrial. Como curiosidad, estas fábricas de yeso y muchas otras cosas interesantes más se pueden consultar en el plano de 1900 del comandante de la Guardia Civil don Facundo Cañada López.
Algo más adelante, encuentro una elegante y práctica pasarela que no tomo, al menos de momento.

No cruzamos
Asciendo hacia la calle río Odiel, habiendo comprobado la dificultad de pasar por debajo del puente que salva el Culebro, sin sendero y atestado de matorral. 

Segunda barrera: la calle río Odiel

Cruzo la calle y su mediana -se trata de un bulevar batallero- a saco, descendiendo otra vez al valle fluvial. 

Prosigo por una zona herbosa; a la izquierda, muy cerca del carrizal que bordea el arroyo, unos olmos de forma cónica contrastan con el depósito cilíndrico de una conocida fábrica de vidrios de lujo.

Olmos a la vera del sendero
Que recuerda, por cierto, al mítico tambor de Colón de los 70, hoy en día una innegable pieza de coleccionismo pop para cualquier moder-retro que se precie. 

Tambor
Un poco más adelante encuentro otra pasarela y, detrás, la tercera barrera: la calle Guadalhorce, que comunica el polígono del centro Comercial "Nassica" con el polígono "Las Arenas". Como no hay posibilidad de atravesar la calle por debajo en este lado, cruzo el puente y tiro por la pista que sí permite el avance, con el arroyo a la derecha. 

Tercera barrera: la calle río Guadalhorce
A la derecha, en un espacio cuadrado, se dispone un mariposario relleno de maleza seca. Aquí no hay ni Dios, no sé si porque es invierno o porque las mariposas prefieren espacios menos dedicados, por eso del pánico escénico. 

Mariposario triste
El ruido se hace patente al alcanzar la autovía A-4, un borde o barrera en toda regla, como diría Kevin Lynch. Camiones enormes pasan a toda leche, mientras oteo la parte baja del puente que salva el Culebro, hasta las trancas de carrizo y maleza a saco. Imposible el paso al otro lado de la autovía. No way, finito, chao. 

Cuarta barrera: la A-4, insalvable

Media vuelta por el sendero que deja el arroyo a la izquierda. Para consolarme, me fijo en las pequeñas aunque verticales cárcavas que bordean los meandros del Culebro. Consulto, por eso de dar contexto a todo, las litologías del IGME, que indican que se trata de depósitos aluviales de fondo de valle, compuestos de arcillas yesíferas y arenas. Chachi.

Meandro

Desando el camino y regreso al coche, dirigiéndome ipso facto al final de la calle de Rachel Carson, sincero homenaje getafense a la gran pionera de la biología marina y una de las impulsoras del ecologismo.

Aparco cerca de la rotonda final de la calle, con el arroyo Culebro a mi derecha, tras una cutre parcela llena de fregonetas y trastos varios. Ya a pie, discurro por el camino de Cunebles o Cuniebles, una amplia pista muy trabajada por las susodichas fregonetas y demás vehículos de mal vivir. A la derecha, tras un vallado, surge una amplia balsa de agua de la que no he encontrado información alguna, ni siquiera en el puto chatgpt. 

Charco chungo
Desciendo hasta el puente de Cuniebles, una pasarela que salva el arroyo Culebro enlazándolo con la Cañada Real Galiana, una vía pecuaria de origen medieval que enlazaba La Rioja con Ciudad Real, pasando por Madrid.

Puente de Cuniebles
Los márgenes del arroyo han sido recientemente desbrozados y limpiados, quedando el cauce desnudito, suave, como recién parido. 

Culebro imberbe
A la izquierda y arriba, en un pequeño cortado de margas y yesos, aparecen las cuevas de Cuniebles, unas oquedades poco profundas pero interesantes, como suelen serlo los bujeros oscuros y húmedos. 

Covacha
Tiro por la Cañada Real Galiana en dirección SO; a la derecha emergen, enormes, las naves logísticas de un no muy conocido supermercado valenciano cuyo nombre empieza por m y acaba por a.
 
Cañada
A la izquierda el páramo se va elevando en una ligera pendiente, cubierta por verde hierba y masa bajas y circulares de esparto y retama seca. Asciendo por un pequeño valle hasta encontrarme en el límite con un extenso sembrado de cereal. Por el suelo serpentean incisiones estrechas y profundas excavadas en las arenas yesíferas: se trata de una de las muchas redes de trincheras del ejército republicano relacionadas con el Frente de Madrid. Me hallo, pues, en el conjunto de fortificaciones de la Guerra Civil "Los Yesares", un espacio protegido y vagamente musealizado. 

Trinchera profunda
Prosigo junto al ecotono entre sembrado y la zona herbosa plagada de trincheras en zigzag y pozos de tirador al final de algunas trincheras. A la izquierda, inserto en una pequeña península de hierba rodeada de sembrado, encuentro un búnker de la posición "Vega Baja", usado por las tropas de la División 18 del ejército de la República

Primer búnker

Dentro, una raja horizontal apunta al sembrado, sin mucho más que atisbar. La construcción es bastante sólida y de forma cuadrada con ángulos redondeados, de hormigón armado del duro. Hecho para durar, sin duda.

Afuera, a lo lejos, se divisa el Cerro de los Ángeles, el ombligo -presunto punto más central, se entiende- de la Penínula Ibérica.

Cerro de los Ángeles
Sigo bordeando el sembrado, en dirección SE, siguiendo las profundas y ubicuas trincheras. Encuentro, en una zona desprovista de vegetación al encontrarse justo en el borde del sembrado, otro búnker en excelente estado de conservación.

Segundo búnker
Entro por el estrecho vano; dentro, la apertura horizontal de turno, por donde los soldados oteaban y disparaban sus armas. Hoy en día, un extenso y llano horizonte cerealista, sin moros en la costa

Rendija con vistas
Continúo rodeando el cerro en dirección O. Abajo, a la izquierda, la pista potente del camino de Valdecantos. En el suelo aparecen trozos de cerámica, correspondiente a ladrillos y tejas, lo que indica que por aquí había una construcción de tipo convencional, con tejado. 

Vaguada atrincherada
Un poco más adelante, a media ladera y rodeado de trozos cerámicos y basura moderna, encuentro un abrigo cubierto con una estructura de madera, de factura moderna. En su interior se aprecia la planitud del suelo y del talud: este debía ser el lugar de comida, descanso y esparcimiento, en momentos en los que la contienda estuviera más relajada. 

Abrigo
Sigo por el borde del talud, guiado por una profunda trinchera en las margas yesíferas; de frente ya se atisba la Cañada Real Galiana y las naves del polígono.  

Serpiente
Descubro otro búnker -el tercero- que apunta al sur. Llama la atención su buena factura y planta con forma de bala o supositorio, ya que entra mejor por detrás

Tercer búnker
Desciendo al pozo de entrada del búnker, en la intersección de dos trincheras, llamado mi atención el brillo sedoso de unos nódulos de yeso masivo, bien cristalizados. Dentro del búnker, lo mismo que en los demás: una raja horizontal.

Yesos masivos
Sigo bordeando el cerro en dirección N, siguiendo otra línea de trincheras algo menos profundas que las anteriores. 

De vuelta al Culebro
Alcanzo, por fin, el último -y cuarto- búnker de la posición "Vega Alta", exactamente igual que el anterior. Ya es mediodía y, aunque sea invierno, la temperatura al solecillo es casi perfecta.  

Cuarto búnker

Me siento sobre el hormigón en postura de meditación o contemplación, y me quedo un rato escuchando los sonidos del campo y la ciudad, ya que aquí llega casi todo. Al rato emprendo el regreso, sabiendo que la próxima aventura -siguiendo, como siempre, la línea férrea con nuestra guía geológica de 1926- será por la villa de Pinto, lo que probablemente asegure emociones fuertes. I can't wait, como diría Trump.

CONTINUARÁ 

viernes, 2 de enero de 2026

Micropaisajes VIII: el universo en una célula (orgánulos: entre núcleos y vacuolas)

Continuamos la anterior entrada -dedicada a la morfología celular- explorando las interioridades de la célula, sus orgánulos y todas esas cosas que flotan, cual bebé en la tripa de su madre, en los confines de la pared celular. Como siempre, estamos siguiendo el hilo argumental del magnífico y enciclopédico libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía


Disclaimer de turno: como siempre, todas las fotos son de un servidor a menos que se diga lo contrario, y en la redacción de esta entrada no hay IA ni se la espera. 

La primera experiencia explicada en el libro también es la más fácil e inmediata: rascarse el interior de la mejilla con el dedito (limpio y con las uñas cortadas, si puede ser) o con una cucharilla. Un servidor elige la segunda opción, por eso de recoger la mayor cantidad de epitelio bucal posible.

Coloco el espeso líquido en un porta y procedo a la tinción, de izquierda a derecha, con los colorantes rojo Congo, azul de metileno y solución de Lugol, para comparar observaciones. Por añadir rapidez, pongo el porta en el calientatazas para evaporar el agua, y después lo enjuago con agua limpia, para eliminar el exceso de colorante.

Epitelio bucal: preparación con rojo Congo, azul de metileno y Lugol
Primero observamos las células escuamiformes, laminares y arrugadas, del epitelio bucal, teñidas con Lugol. La solución de Lugol es un colorante que reacciona con las proteínas y el almidón volviéndolos marrones y azules, y es muy efectivo en células vegetales. En este caso tenemos una célula animal, por lo que el efecto de coloración es prácticamente nulo.

Al microscopio se observa una célula típicamente animal, rodeada de su membrana plasmática, muy delicada con multitud de arrugas y pliegues, y con un núcleo celular muy marcado. Parecen pequeños huevos fritos, por sacar la analogía chorra del día.

Epitelio bucal como huevos fritos, bajos aumentos, tinción de Lugol

Con azul de metileno la cosa cambia: las células se colorean pudiéndose apreciar mejor el núcleo, muy oscuro, y las formas recortadas y caprichosas de las células.

Epitelio bucal, bajos aumentos, tinción con Azul de Metileno  

Subiendo los aumentos se observa que, además del núcleo, también aparecen diferentes orgánulos. El azul de metileno tiñe especialmente los núcleos celulares y las bacterias, que circulan, a millones, por toda la preparación, como bastoncillos mucho más diminutos que las propias células epiteliales. 

La muestra teñida con rojo Congo es ligeramente diferente: el tinte muestra más afinidad por el citoplasma que por el núcleo, de forma contraria a la tinción con azul de metileno. 

Epitelio bucal, aumentos medios, tinción con rojo Congo

A mayores aumentos, encuentro una especie de cabeza de perro que me hace gracia: sus vivos ojillos me observan con curiosidad, aunque realmente se trate de dos núcleos celulares casi superpuestos.

Perro mirando a izquierda, altos aumentos, tinción con rojo Congo
Con iluminación de contraste de fase la membrana celular es mucho más patente, ya que se destaca contra el fondo, casi negro. En su interior los núcleos brillan como un sol, y alrededor se arremolinan cadenas de orgánulos, visualmente más oscuros.

Epitelio bucal, altos aumentos, iluminación de contraste de fase

Proseguimos con un clásico de la microscopía de células vegetales: la observación de la epidermis de la escama de cebolla. Encuentro, en mi colección personal, una preparación casera de cebolla, teñida con eosina, y otra de muda de reptil, una de esas interesantes guarrerías con las que uno se topa ya sea en el campo o en su propia keli. Además, estos dos tejidos poseen ciertas similitudes, aunque una esté compuesta de células vegetales y la otra de células animales.

Preparaciones caseras de mi colección personal
Las células de epidermis de cebolla semejan hexágonos aplastados; las membranas plasmáticas son extremadamente finas, conteniendo un líquido acuoso en el que flota el núcleo -que se aprecia como una mancha ovalada algo más oscura- además de otras pequeñas esferas móviles llamadas vacuolas. 

Epidermis de cebolla, bajos aumentos
Elevando aumentos se aprecia mejor el núcleo, de color rojizo, la membrana plasmática y las diminutas vacuolas, pequeños depósitos que contienen sustancias fundamentales para la vida del vegetal como sales, metabolitos y pigmentos. Además rellenan la célula otorgándola turgencia y estabilidad.

Epidermis de cebolla, altos aumentos

La muda de reptil -la exuvia o capa córnea- es una epidermis al igual que la de la cebolla, con las particularidades de la célula animal: la principal diferencia es su forma, más o menos redonda en lugar de hexagonal. En este caso son células escamosas, ya muertas, cuyas gruesas membranas está compuestas de queratina, una proteína fibrosa muy dura y resistente.

Muda de reptil, bajos aumentos

La mayoría de las escamas son planas, como corresponden a un pellejo, un recubrimiento. Sin embargo, también se distinguen escamas tridimensionales que parecen salientes, como pinchos: se trata de escamas carenadas o quilladas, típicas de las lagartijas y culebras de toda la vida. 

Escama carenada en muda de reptil, altos aumentos

Seguimos con las células animales. Nuestro manual indica que debemos coger una muestra de panceta fresca, pero un servidor es fit y no ingiere semejante bomba calórica salvo fiestas de guardar. Lo sustituyo por un trozo de saludable y magra carne de pavo, que corto transversalmente con el bisturí, coloco sobre el portaobjetos y observo bajo luz polarizada. Se aprecian las fibras musculares, longitudinales, así como los glomérulos de grasa que parecen recubrirlas.

Carne de pavo, bajos aumentos, luz polarizada con analizador sin cruzar
Girando el prisma analizador, las membranas celulares se tiñen ópticamente de un azul violáceo, dando la sensación de que estas células poseen una morfología tubular.

Carne de pavo, misma vista que la anterior, luz polarizada con analizador cruzado

Volvemos a las células vegetales, donde nuestro manual hace hincapié en la detección de vacuolas, utilizando para ello pulpa de baya de aligustre. Como no dispongo de este material, voy a utilizar una rica y sana compota de manzana además de unas bayas de Juniperus que birlé en un parque de mi ciudad.

Las células de la manzana asada, vistas al microscopio, aún se muestran lo suficientemente turgentes y definidas, y son vagamente esféricas u ovaladas. Los núcleos celulares no son patentes.

Compota de manzana, bajos aumentos
Subiendo aumentos, salta a la vista una bella célula poligonal que encierra un arrugado amiloplasto, una vacuola especializada que almacena gránulos de almidón.

Célula con amiloplasto, compota de manzana, altos aumentos
Pasamos a la pulpa del Juniperus communis, un arbusto ornamental también conocido como enebro. Sus pequeños frutos -o más técnicamente gálbulos- al ser machacados en un mortero, desprenden un olor muy característico, y se emplean para fabricar ginebra y como aderezo culinario

Juniperus communis de parque urbano
Tras machacar las bayas y degustar su aroma embriagador, coloco algo de la pulpa sobre el portaobjetos, iluminando con polarización. A bajos aumentos y analizador cruzado, se aprecian unas células rellenas de un fluido birrefringente, posiblemente los aceites esenciales que otorgan al fruto su olor tan característico. 

Pulpa de baya de Juniperus, bajos aumentos, polarización
A mayores aumentos se aprecia la diferencia de coloración óptica del interior de la célula, cuya vacuola ocupa la práctica totalidad de la misma.

Pulpa de baya de Juniperus, altos aumentos, polarización

Continuamos con las vacuolas con un producto rico y sano a más no poder: el pepinillo agridulce, un básico de cualquier nevera que se precie. 

Corto el pepinillo en sentido transversal, cerca de un extremo, y me como el resto del pepinillo pidiendo salud para el amable lector o la amabla lectora. De la puntita, con un bisturí corto una delgada capa y al microscopio. 

Pepinillo, bajos aumentos

Aparecen multitud de hermosas y abultadas células esféricas llenas de agua, que se apretujan unas contra otras en un denso tejido húmedo. Dentro de cada una encontramos un núcleo de gran tamaño -en el que se puede apreciar el pequeño nucleolo en su interior- así como su membrana plasmática, similar a un globo lleno de agua que se aplasta contra los que tiene a su alrededor.

Pepinillo, aumentos medios

Nuestra última experiencia por hoy corresponde a un objeto que ha pasado a los anales de la historia de la microscopía: el corcho, tal y como lo observó un de los padres de la microscopía: el insigne Robert Hooke en su obra magna, la Micrographia. Por cierto, Hooke fue el primero en utilizar la palabra célula (cell) al observar la sección del corcho con su rudimentario microscopio, comparando sus estructuras a las celdas de los panales de abejas, y a las habitaciones de los monjes en los monasterios.

Abro, pues, la observación XVIII de la Micrografía (edición en español del Círculo de Lectores): "De la estructura o textura del corcho y de las celdas o poros de algunos cuerpos esponjosos semejantes"

Corcho en la Micrographia
Nos dice Hooke;

Cogí un trozo bien claro de corcho y con un cortaplumas tan afilado como una navaja de afeitar, corté un trozo, dejando su superficie extraordinariamente lisa. Al examinarlo luego con mucha diligencia con un microscopio pensé que podía ver cómo aparecía un poco poroso, pero no era capaz de distinguir los poros con la suficiente claridad como para estar seguro de que lo eran, y mucho menos para estar seguro de cuál era su forma. Sin embargo, juzgando por la ligereza y blandura del corcho que sin duda su textura no podía ser tan delicada que, de recurrir a una mayor diligencia, no pudiera quizá hallar el modo de discernirla con un microscopio, con el mismo cortaplumas afilado separé de la anterior superficie lisa un trozo extraordinariamente delgado y, colocándolo en un portaobjetos negro, dado que se trataba de un cuerpo blanco, y proyectando sobre él luz con una gruesa lente plano-convexa, pude percibir con enorme claridad que estaba todo perforado y poroso, muy a la manera de un panal, aunque sus poros no eran regulares.

Con el bisturí, y cierta dificultad por la dureza del corcho, corto una fina sección longitudinal, que se desmenuza parcialmente. Al microscopio observo lo mismo que Hooke: multitud de celdillas con sus membranas plasmáticas lignificadas: al tratarse de un tejido muerto, no posee contenido celular alguno.

Corcho, sección longitudinal, bajos aumentos

De esta forma tan histórica finalizamos esta entrada sobre células y vacuolas. En las siguientes continuaremos repasando el manual de Kremer, para observar paredes celulares y demás apasionantes materias.

CONTINUARÁ 

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