martes, 4 de julio de 2023

Rutas vintage: 1926, Sierra de Guadarrama IV (Torrelodones a Galapagar)

Continuamos nuestra ruta vintage en ascenso progresivo a la sierra de Guadarrama siguiendo, más o menos, la vía férrea, el medio de locomoción más ampliamente utilizado en 1926. En la anterior entrada estuvimos buscando la falla  que separa el bloque granítico de la Sierra de la depresión del Tajo en el curso del arroyo de las Trofas, y esta vez vamos a buscarla siguiendo el cauce del río Guadarrama, con la ayuda de nuestra guía geológica:

"Atravesando el pueblo de Torrelodones, residencia veraniega, a mano izquierda divisase la profunda hoz mediante la cual salva el río Guadarrama el escalón o falla que existe entre el bloque granítico de la Sierra de Guadarrama y la depresión sedimentaria del Tajo que quedó atrás, depresión que tiene los caracteres de una fosa tectónica."

Vamos pues a buscar esta falla aparcando al final de la calle Azulón, en la urbanización "Molino de la Hoz", perteneciente al término municipal de Las Rozas.

La urbanización"Molino de la Hoz" y la cárcava de arenisca

Observo la ristra de chalets adosados de una altura, interesantes y bien resueltos con su juego volumétrico de cubiertas recortadas, contraventanas en madera y pérgola con sombrajo, que puede servir tanto para hacer un alfresco dining -como dicen los hijos de la Gran Bretaña- o para que el coche no se deshidrate, a elegir. 

Al final de la calle sale un estrecho y pedregoso camino en dirección este, que asciende casi en la línea de máxima pendiente en un bosque mediterráneo de encinas, enebros, pinos y jaras -con sus preciosas flores blancas-, además de las clásicas aromáticas. El suelo está muy disgregado, arenoso, muy típico de las areniscas y las arcosas convenientemente meteorizadas.

Encuentro un camino bien definido que sigue la curva de nivel, que tomo en dirección norte, paralelo al río Guadarrama. A la izquierda, en lo alto de la ladera, me parece atisbar una reja y una edificación detrás. Tomo la directa y asciendo, campo a través, hasta encontrar una serie de edificaciones ruinosas: las casas de La Isabela.

Piscina cubierta en las casas de la Isabela, con vistas increíbles

No hay vallado ni muro, por lo que me interno en el complejo, que parece un pueblecito, una pequeña ciudad de vacaciones.

Observo una gran estructura metálica transparente, sobre la que se mantienen algunos trozos de vidrio: un invernadero, al que llego a través de la edificación anexa extremando las precauciones, como siempre en estos ámbitos. Bajo la estructura metálica encuentro una piscina, con preciosas vistas sobre la ciudad de Madrid. Observo las marchitas escaleras, pintadas en azul, e imagino la gozada que tendría que ser un baño aquí, quizás sólo apto para bolsillos pudientes.

Más casas, con curiosos tiros de chimenea

Al norte del invernadero encuentro una serie de casas macladas, de paredes revocadas y ventanas con rejas que parecen de los años 60 o 70 del siglo pasado. Unas chimeneas de piedra vista destacan, con sus formas de botella, sobre el geométrico conjunto. El interior es sencillo, y no se aprecia nada interesante entre los escombros salvo las vistas, además de la protocolaria basura contemporánea y las omnipresentes pintadas.

Piscina exterior

Al este del invernadero, como petrificada en el tiempo, una piscina con escalera de piedra que preside una terraza rectangular, pavimentada, quizás concebida para celebrar guateques de verano mientras se contemplaban, con el rabillo del ojo, las cercanas y titilantes luces de la ciudad.

Cochera, al fondo Siete Picos y la Maliciosa

Al norte encuentro una gran edificio central, diferente a los demás. Parece más antiguo, de carácter industrial, más o menos cuadrado y con un pequeño ábside en el lado norte. Entro: las estancias se reparten en torno a un patio central, y los muros perimetrales son muy gruesos, como si fuera un fortín. De frente, una cochera y, al fondo, nuestro destino final: las alturas entre el puerto de Navacerrada y el puerto de Cotos.

Cojo una senda en dirección norte, que serpentea descendiendo a una explanada que es también cruce de caminos: aquí confluyen el camino de la Isabela, el de la Cetrería y el del Gasco.

El cerro de la Isabela y la antigua línea eléctrica

Es en este punto -según el mapa geológico del IGME- donde se produce la transición geológica entre la arenisca sedimentaria y el ígneo granito. Aquí y allá aparecen sus formas de modelado: berruecos y cantos por doquier.

Un camino asciende en zigzag en dirección norte, siguiendo una serie de antiguos postes eléctricos de madera, flacos y solitarios, sin cable que los una, como una fallida cordada. Decido homenajearlos subiendo junto a ellos -a máxima pendiente- en lugar de usar la sinuosa pista, mucho más cómoda.

Hongo yesquero y aislador cerámico

No tarda en llegar la sorpresa: un poste caído revela un aislador cerámico y, al lado, una gruesa rama aloja un hongo yesquero que preside la escena sin ningún convencimiento, como queriendo que le dejen en paz, que ningún extraño le saque la puta foto de rigor.

Henchido de lirismo ante tan dramático bodegón, consulto el mapa geológico, que me informa de la presencia de varios filones de cuarzo en las inmediaciones, en dirección norte-sur.

Filón de cuarzo, a la izquierda del camino

Alcanzo la pista; el suelo es arenoso, de granito disgregado. A la izquierda, como un blanco sendero, aparece el filón, de un metro de ancho aproximadamente. Los cristales de cuarzo lechoso deslumbran al potente sol de la mañana.

Pista arenosa
Sigo por la pista, en continuo ascenso, bordeada por fragantes jaras con sus características flores. Es tan arenosa que los pies casi se hunden, como si fuera una duna o playa fluvial. Aquí y allá aparecen las típicas formas del modelado granítico, como berruecos diaclasados, piedras caballeras en precario equilibrio y afilados pedruscos, en los que se reconocen los componentes del granito: plagioclasa y cuarzo blancos, feldespato rosado y mica negruzca.
Casa de Monte Panarras

Llego a la cima del cerro Gurugú -con su topónimo de origen bereber- y, a la derecha, observo un palacete de aspecto centroeuropeo, como alemán, con una fachada con entramado de madera y tejado de gabletes, de tipo holandés. Tiene pinta de estar cerrado desde hace años y, según el catastro, fue edificado en 1925 y responde al nombre "Casa de Panarras". En esta zona hay multitud de interesantes edificios historicistas de principios del siglo XX, casi todos esperando que el tiempo -y la gravedad- hagan su infalible trabajo.

Depósito

Prosigo junto al muro de la propiedad; a la izquierda, en medio de una vaguada seca, diviso un triángulo de hormigón. Desciendo el arroyo de Berlanga y llego a una losa agujereada, que bien parece un depósito de agua relacionado con las casas de Panarras. Más abajo hay agua y mucha maleza, haciendo la bajada al río por este vallejo absolutamente impracticable. Regreso a la pista y vuelvo hacia La Isabela. A la altura del cerro del Gurugú, en una curva cerrada, sale una senda en dirección suroeste, que parece se dirige al río.

Oteando la ciudad

A los pocos metros un balcón al sureste, presidido por un enebro seco; una de sus retorcidas ramas parece querer tocar la ciudad de Madrid, o señalarla, para que el viajero no se extravíe.

Otro enebro seco, pero en nuestra guía geológica de 1926

Un poco más abajo la vista se abre al noroeste, a la sierra. De izquierda a derecha: cerro de la Cabeza, Abantos, La Salamanca, Cabeza Líjar, puerto de Guadarrama, la Peñota, peña del Águila, peña del Oso, Montón de Trigo, Siete Picos y el puerto de Navacerrada.

Al fondo la sierra de Guadarrama, de Abantos al puerto de Navacerrada

Observo de nuevo la guía geológica, por eso de ver de cerca Siete Picos, quizás la montaña más característica de la Sierra de Guadarrama: la cresta del dragón, como se conoce en el argot más montañero.

Zona de Siete Picos, la cresta del dragón, según la guía geológica

El camino desciende progresivamente hasta que encuentro, a la derecha y cortando el río en dos, un enorme paredón inclinado tapizado por una pelusa de vegetación: es la presa del Gasco, una de las obras de ingeniería más locas que se han realizado en nuestra Piel de Toro a lo largo de su dilatada -y a veces heterodoxa- historia. Se trataba de unir Madrid con Sevilla mediante un canal navegable, diseñado en 1785 por el malogrado ingeniero Carlos Lemaur y Burriel.

La presa del Gasco, aguas arriba

Sus 53 metros de altura impresionan, aunque su altura original era de 93 metros, la más alta del mundo en su época. La presa se derrumbó en 1799, y así hasta ahora. Un soberbio espectáculo en su frágil grandilocuencia: la memoria de la Ilustración española, cuando parecía que todo era posible, y lo imposible se hacía deseable.

Contrafuertes con grietas, piden ayuda a gritos

Accedo a la coronación de la presa y observo los gruesos y potentes contrafuertes del aliviadero, de sillares irregulares trabados con algo de mortero, muy disgregado. La parte superior de los mismos presenta las típicas grietas de colapso, que auguran derrumbes a menos que se consoliden mediante grapas u otros elementos mecánicos. Carpe diem.

Presa del Gasco, aguas abajo

Vuelvo al cruce de caminos y cojo la senda que sale a la derecha, paralelo al río aguas abajo y dejando las casas de la Isabela arriba a la derecha. En un rato llego al punto de inicio.

Con la intención de explorar más a fondo el río Guadarrama, antes de alcanzar Collado Villalba, me dirijo a la calle de las Minas, en Galapagar, y aparco en las inmediaciones del Puente Nuevo o puente de Herrera, junto a un parquecillo con área infantil.

Puente Nuevo o de Herrera
Cruzo el puente, construido en la segunda mitad del siglo XVI en un austero estilo herreriano, y me fijo en la pareja de mojones de piedra, que indican que estamos entrando en lo que era un coto privado real, allá por 1798.
Bedado de caza

Sigo por la calle observando las viviendas unifamiliares, bastante discretas a excepción de los enanitos y otros seres feéricos que custodian las puertas de las parcelas, evidenciando el gusto por lo mágico y sobrenatural del pueblo español.

Cerro del Estepar

Llego a la carretera, y tomo el camino de la Monja a la derecha, internándome en un bosque de encinas y berruecos graníticos, con la presencia, a la derecha y en la lejanía, del cerro del Estepar, sobre Hoyo de Manzanares. 

Filones de cuarzo en el suelo
El camino se interrumpe por algunos lanchares, donde se aprecian pequeños filones hidrotermales de cuarzo. Escucho un graznido metálico y rítmico, como si una puerta, por el viento, se abriera y cerrara pidiendo 3 en 1. El cielo está algo oscuro, como amenazando tormenta.

Molino y depósito

Al rato llego a un muro que bordea una finca, y descubro el origen del ruido: un molino que gira como un loco. Al lado un depósito elevado: el conjunto me recuerda a un rancho de Texas.

Tégulas firmadas

Más allá, a la derecha, en el paraje "vedado de las Monjas", encuentro una ruina que no aparece en ningún mapa. En el suelo hay trozos de tégulas firmadas, que me recuerdan a las encontradas en las minas de Hoyo de Manzanares ¿corral o mina?

Llegada a la urba

Algo más adelante, un mojón nos indica que llegamos a la urbanización "Nido del Águila". Avanzo por la calle de la derecha. que bordea la urbanización por el este.

Fresno con ventanuco

La calle se transforma en camino y, a la izquierda, aparecen una sucesión de grandes fresnos, que evidencian un pequeño curso de agua. A la derecha, la dehesa mediterránea.

La Navata y la sierra

El camino se transforma en una avenida, bordeada por chalets amplios y de buena factura: estamos en la calle de Ríomonte, urbanización "La Navata"

Mensaje para el dueño, no para el perro

Sigo por la misma calle y encuentro una interesante señal de prohibición, que evidencia el posible hartazgo de los pobladores ante los ñoños dueños de perros que no recogen sus mierdas, esos adalides de su propia y mal entendida libertad: la de los demás se la suda, como suelen demostrar.

Driblo a la derecha por una calle con el nombre del gran exponente del raciovitalismo español y, a la derecha, una propiedad llamada "Bomarzo", que me recuerda al increíble jardín renacentista plagado de monstruos y extrañas movidas.

Bomarzo, visita obligada

Llego al puente de la Navata, de origen bajomedieval. Lo cruzo y bajo hasta el río, en un entorno lleno de basura y zarzas. Observo sus tres arcos de rotundos sillares y su tablero de hormigón.

Puente de la Navata

Asciendo por el otro lado del puente para encontrar las ruinas de un molino, en el que encuentro, bajo la maleza, una hermosa piedra de moler.

Acequia y piedra de moler

Cruzo y tomo la senda en dirección este, paralelo al río. A la izquierda, a media altura, la vía del ferrocarril domina el paisaje, entre bolos de granito, enebros y encinas. Las casas desaparecen, solamente hay corredores y gente paseando al can.

Cañón del Guadarrama
Más adelante, sobre un lanchar decorado con pequeñas marmitas de gigante -valga la paradoja- observo el profundo y frondoso cañón, que casi oculta el discurrir del río. Una mariposa me pasa frente a los ojos, recordándome que no está todo el pescado vendido.

El camino se aleja del río. A la derecha, sobre una elevación, atisbo lo que parece una edificación en el bosque, con la seguridad que otorga la ventaja evolutiva del daltonismo y la hipermetropía.

¿torre vigía?
Subo a saco, campo a través, hasta el paraje "Navatornera". Encuentro la ruina: una torre desmochada, que bien pudiera estar dedicada a la vigilancia de los puentes de la zona. Como no hay referencias, cualquier cosa vale.

Marmitas y puente de la Alcanzorla

Desciendo a saco hasta el puente de la Alcanzorla, con su delicado arco de medio punto que se recorta entre peñascos, encinas y vegetación de ribera. Hay un silencio casi absoluto, y el nuboso cielo se refleja en el agua confinada en las marmitas de gigante, como si fueran maquetas de pequeñas lagunas.

No se ven las alturas de la Sierra pero se intuyen, a juzgar por el rocoso paisaje del piedemonte. Próximamente comenzaremos el ascenso, que nos llevará a las primeras cimas serranas.

CONTINUARÁ

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