miércoles, 22 de junio de 2022

Unboxing literario: Maravillas y Progresos del siglo XIX

"Cada vez es más rico el hombre en sanos y poderosos conocimientos, cada vez más perseverante, más osado y más activo; cada vez más instruido, más avisado por la experiencia y por la de los que le precedieron, enseñoreándose cada vez más de la materia y sujetándola á su voluntad, va levantando, aunque pequeño y débil, el gigantesco monumento de sus adelantos, monumento que con su gratitud eleva al cielo, monumento imperecedero del que ni las edades ni los hombres venideros podrán destruir ni borrar los eternos caractéres que en él graba con profunda huella"

De esta forma tan lírica -como era costumbre en tiempos pretéritos- comienza una publicación que encontré tonteando en la magnífica Biblioteca Digital Hispánica: las Maravillas y Progresos del siglo XIX, publicación en 12 entregas datada en 1876, redactada por una sociedad literaria (no se especifica cual) y profusamente ilustrada con preciosos grabados, muy del gusto de la época.

Prestaron sus plumas los científicos, escritores y aventureros más famosos de la época: el astrónomo Camille Flammarion, el químico Louis Figuier, los escritores Wilfrid de Fonvielle, Julio Verne y Thomas Mayne-Reid, el divulgador Gastón Tissandier, el geógrafo Élisée Reclus, el médico y polímata Agustín Stahl, los exploradores David Livingstone (sí, el que se perdió), John Hanning Speke (descubridor del Lago Victoria). Richard Francis Burton (el que hablaba 29 lenguas), James Augustus Grant (recogió bichos por África ecuatorial) y Henry Morton Stanley (Livingstone, supongo), entre otros.

Por poner en contexto esta publicación, veamos algunos acontecimientos de interés que sucedieron en 1876: Alexander Graham Bell patenta el teléfono, la expedición Challenger -que sentó las bases de la oceanografía (temperatura, densidad, salinidad)- toca a su fin, Nicolaus Otto construye el primer motor de explosión de 4 tiempos, Williard Gibbs inventa la chunguísima termodinámica, se funda la gran universidad Johns Hopkins, en Filadelfia se presenta la primera feria mundial de las Artes y de las Ciencias, Oscar Hertwig describe la meiosis, Edison inventa la primera fotocopiadora, el mimeógrafo; en España se bota el insigne cañonero Cocodrilo, uno de los primeros barcos oceanográficos españoles, y el gran Francisco Giner de los Ríos funda la Institución Libre de Enseñanza.

Fue una época revolucionaria en casi todos los aspectos, y conformó que lo hoy es la cultura occidental, la de nosotros los europeos y de los pueblos que han tenido a bien adoptarla. Por ello vamos a ir leyendo esta publicación como el que se sumerge en esos años de asombro, de descubrimientos, de exploración en bruto, siempre desde la mirada del hoy, que -aunque a veces no lo parezca- es mucho mejor que aquel entonces.

Las fases de Venus, según Camille Flammarion (Las Tierras del Cielo)

Comenzamos con algo de astronomía, a cargo del interesantísimo astrónomo y polímata francés Camille Flammarion: unas efemérides programadas para 1876 relacionadas con los planetas Venus, Júpiter y Saturno. Me viene a la cabeza la obra del cachondísimo escritor don Diego de Torres Villarroel, que se dedicó a hacer almanaques astrológicos (que no se creía ni él pero acertaba) y venderlos como si no hubiera un mañana, dos siglos antes que Flammarion. Evidentemente Flammarion era astrónomo, no astrólogo, aunque se metió en camisa de once varas con el espiritismo y otras excentricidades magufas de la época, aunque sin muchas consecuencias para su persona, afortunadamente.

"El 7 de agosto podrá observarse un raro y curioso fenómeno: el planeta Saturno se acercará a la luna hasta el punto de tocarla, y pasando por detrás de ella sadrá por el otro lado. La inmersión ó contacto del anillo de Saturno con la luna se efectuará a las 5 y 22 minutos de la mañana; estará oculto cerca de una hora y saldrá a las 6 y 11 minutos. Muy interesante sería este espectáculo si ocurriera de noche, pero como el sol sale el 7 de agosto a la 4 y 43 minutos, ya será muy claro el día en el momento del fenómeno."

Seguimos con una gesta aventurera y deportiva, esta vez en globo aerostático: de París a Noruega con Paul Rolier, ingeniero francés cuya aventura inspiraría a Julio Verne en su obra La Isla Misteriosa.

Todo está perdido

En pleno Sitio de París por las tropas prusianas, a las 10 de la noche del 24 de noviembre de 1870, Rolier y otro militar, Leon Bezien, embarcaron en un globo aerostático para llevar unos importantes despachos (mensajes) fuera de París. Había poco viento, y los aeronautas, al poco de partir, ascendieron a los 800 metros de altitud, donde se quedaron atascados debiado a la densidad de la capa de aire. Para poder ascender más, soltaron lastre y llegaron hasta los 2.700 metros. A las tres y media de la madrugada oyeron un ruido, que Rolier pensó que era el de un tren de los que había en Bélgica pero, mosqueado, decidió descender y observó lo que parecía nieve a medio derretir. Más hacia tierra descubrió la realidad: eran los borreguillos de las olas del mar hacia las que iban derechos, por lo que pensó en los seres queridos que iba a dejar atrás:

"Los rayos de sol, que ya habían herido directamente al globo con su luz, hicieron se escapara de este cierta cantidad de gas, de modo que su parte superior, floja y plegada, sacudía el aerostato, aumentando la fuga de hidrógeno. Este nuevo incidente apresuraba su pérdida, y M. Rolier confiera que, al considerar su propia impotencia, sintió por un momento que su razón se extraviaba, hasta el punto que, dominado por la desesperación, cogió un fósforo con intención de pegar fuego al globo, que se hubiera hecho pedazos en la explosión consiguiente."

Y es que extraña pasión es el miedo, según nos dice Michel de Montaigne en su ensayo "Sobre el miedo": quizás nuestro protagonista se acordó de sus nefastas consecuencias, se recompuso y pudo salvar su vida. Si el lector quiere conocer el final, esta narración continúa en varios números de la revista, muy al estilo de las pretéritas colecciones por fascículos.

Otra sección es la de Crónicas Científicas, donde aparecen las últimas noticias y adelantos relacionados con la luz eléctrica, entre otros temas:

"En Berlín se ha efectuado otra série de ensayos para la aplicación del alumbrado eléctrico, destinado á las operaciones militares, que han tenido lugar en el techo de la fábrica de Siemens-Halske. Esta vez se trata de un nuevo aparato de alumbrado pyro-eléctrico, destinado á las operaciones militares. Asistían á los experimentos varios físicos y algunos jefes de ingenieros, de artillería y marina. Una locomotora hacía funcionar el aparato, que producía una luz tan intensa, que á la distancia de un kilómetro se podía vez se podía leer un manuscrito. Delante del aparato se colocó un espejo, inclinado de manera que se reflejase hacia el cielo los rayos de luz; y visto de lejos este centro luminoso, ofrecía el aspecto de un cometa, en cuyo luminoso surco se reproducían las señales que se hacían ante el espejo. Este curioso experimento, que duró cerca de dos horas, atrajo la multitud que invadió todas las calles vecinas."

El primer capítulo de Miguel Strogoff

Como buena revista generalista, también la ficción tenía su lugar. Y nada menos que publicaba -en tiempo real- el genio Julio Verne a través de su novela Miguel Strogoff, que trata del accidentado viaje del mensajero del zar cruzando Siberia, desde Moscú a Irkutsk. Lo mejor es, sin duda, una nota al pie que nos aclara las motivaciones del novelista:

"La mayor parte de nuestros lectores, sobre todo los más jóvenes, apénas pueden viajar si no es por medio de los libros. Para obviar este inconveniente, Julio Verne ha tomado á su cargo darles á conocer la tierra entera. Con este guía seguro, incansable y seductor, no quedará sin explorar el más pequeño rincón de nuestro globo. Bien sabidos son sus profundos conocimientos geográficos, pues por si sólo valen tanto como todos los tratados de geografía reunidos; nadie como él conoce el mundo en que habita. Esta cualidad tan rara, este don especial del saber, unido á su fecunda imaginación, da á sus ficciones tal grado de certidumbre, como no pueden ofrecernósle los narradores más autorizados ni aún los mismos viajeros. Después de haber conducido a sus lectores, en diferentes obras, al África, América y Oceanía, va ahora a llevarlos al centro de Asia con Miguel Strogoff, su última producción."

Pues amén. Y es que, en opinión del editor del blog, cualquiera que se considere a sí mismo civilizado debería haberse leído al menos una obra de Verne. Y también conminar amablemente al retoño (o retoña) a que haga lo mismo por el bien de la Humanidad y el de sí mismo, si es que eso le importa.

Montañas de Grecia

Otra sección interesante es La Naturaleza y el Hombre, donde el ingeniero Félix Foucou nos hace una introducción al estudio de las ciencias con especial énfasis en la geografía económica, tan en boga en aquellos tiempos debido a la Segunda Revolución Industrial, impulsada principalmente por el desarrollo de la tecnología eléctrica y los nuevos materiales como el acero, el aluminio o el cobre, precursores de la incipiente industria química.

Aquí el ingeniero Foucou nos recuerda la influencia que las montañas de Europa han ejercido en la sucesión de los movimientos históricos. Hablando de Grecia -ese país fascinante, cuna de nuestra cultura- nos dice con ese tufillo belicista tan propio de la época, que hay que entender antes de criticar:

"El genio federativo de la Grecia está marcado en esa variada naturaleza que ofrece á la vista tantas cadenas de montañas, valles, desfiladeros, golfos y estrechos en un espacio sumamente reducido. Y, por fortuna, ese espacio une la Europa con el Asia por medio de una sucesión de islas encantadoras, pobladas por millares de séres activos y pensadores, que entrando en la vida en plena luz, se dedican á la guerra y al comercio por la gloria de lo ideal más bien que por amor al lucro. Por esta razón merecen nuestro aprecio esos artistas inimitables, á pesar de los defectos que les ha dejado la vida rústica de que acababan de salir."

 
Un nenúfar enorme y bello

Continuamos con la sección naturalista de la publicación donde, de forma novelada, se dan cita los últimos hallazgos de flora y fauna. Con el heraclíteo título Contraste: atracción y repulsión, se refiere a las características de dos flores:

"Vamos a ocuparnos de dos existencias notables en el campo de las ciencias naturales, de dos fenómenos sorprendentes en el mundo de las flores, de dos productos singulares del suelo en donde el agua y el calor engendran maravillas, de un sér por demas atractivo y de otro no ménos repulsivo; el primero llamado hoy por los botánicos Victoria regia, y el segundo Rafflesia arnoldi, ambos dignos, por su forma, grandeza, hermosura el uno, y fealdad el otro, de especialísima mención."

Es curiosa -en una publicación de las consideradas más o menos "científicas" en esa época- la distinción entre algo tan subjetivo como lo bonito y lo feo relativo al medio natural. Sin embargo es parte de la evolución de las cosas, que se van destilando según avanza la Historia. Por tanto, las cosas pasadas bien pasadas están, y es obligación no volver atrás sino para coger fuerzas para avanzar, como hicieron estos grandes personajes.

La Victoria amazonica, o maíz de agua, es un nenúfar de gran porte originario del Amazonas. El explorador y botánico Robert Hermann Schomburgk, primer europeo en avistarlo, nos deja su testimonio:

"Era, dice sir Roberto Schomburg, el día 1º de enero de 1837, mientras luchábamos con las dificultades que nos oponía la naturaleza bajo diversas formas, para detener nuestra navegación por el rio Berbero, cuando llegamos á un lugar en donde la corriente forma un tranquilo y ancho estanque. Un objeto colocado en el extremo meridional de aquella especie de lago llamo mi atención. Animando á nuestros remeros con la esperanza de una recompensa, pronto llegamos junto al objeto que excitaba mi curiosidad y pude contemplar una verdadera maravilla. Era botánico, y al punto todos los sufrimientos que venia soportando desde muchos dias, quedaron olvidados. Flotantes y extendidas por la superficie del agua habia alli unas hojas gigantescas de cinco á seis piés de diámetro, de anchos bordes, de un verde brillante por encima y de un color carmesí vivo por debajo; luego, en relación con aquellas maravillosas hojas, vi unas soberbias flores, formada cada una de numerosos pétalos, pasando por gradaciones alternativas desde el blanco puro hasta el rojo y púrpura. El agua tranquila estaba cubierta de aquellas flores, y pasando de una á otra hallaba cada vez nuevas maravillas que admirar."

Qué cosa más fea, pardiez

Su némesis es la Rafflesia arnoldii, una planta parásita que hoy en día está en peligro de extinción, ergo mucho más valiosa que la Victoria, de forma bastante paradójica, como si quisiera decir que los últimos serán los primeros, o algo así.

Posee unas flores gigantescas, de más de un metro de diámetro, y que además huelen a carne podrida, quizás para mimetizarse y atraer insectos beneficiosos. Nos la describe el profesor y escritor naturalista Édouard Grimard, autor de l'Esprit des plantes:

"Nos hallamos en Java, no léjos de aquel siniestro Valle emponzoñado, especie de osario en el que continuas emanaciones de ácido carbónico amontonan los cadáveres, -el del tigre al lado de los del coleóptero y de la mariposa- y en donde se extienden sombrías enramadas de impenetrables bosques vírgenes.. Procuremos abrirnos pasos; evitemos esas palmeras cubiertas de aguijones, esos zarzales de hojas cortantes, esas grandes ortigas cuya picada envenenena, esas temibles hormigas negras cuya mordedura quema, esas nubes de insectos, en fin, que ciegan y devoran; apartémonos de esas espesuras de bambues cuya capa silicuosa resiste á los más formidables hachazos; inclinémonos para no tocar la corteza pringosa y empozoñada del Upas de los malayos; salvemos, en fin, todos los obstáculos, penetremos en ese hueco sombrío parecido a una madriguera...¿Veis allí en la oscuridad, sobre una capa de tierra negra, aquella forma extraña, aquella criatura equívoca, aquella corona color de carne, aquella flor, -al menos así lo parece- que enorme, densa y ancha de más de un metro, os presenta sus pétalos carnosos y nauseabundos? Sí, nauseabundos ¡Acercaos y oled! Este olor es el de una materia en putrefaccion: esta horrible flor huele á cadáver; ¡y las moscas, atraidas por tan repugnantes emanaciones, acuden en tropel y zumban en torno suyo como alrededor de una bestia muerta!"

Terminamos esta entrada con la seguridad de que seguiremos leyendo esta publicación, sumergiéndonos en la aventura del descubrimiento que tanto caracterizó el último cuarto del siglo XIX.

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miércoles, 8 de junio de 2022

Rutas anárquicas: el Tajo, de la colonia San Joaquín a Almoguera

Continuamos con nuestro periplo aguas arriba del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior, junto a la ermita de la colonia San Joaquín, longitud 3º02'23" Oeste, latitud 40º10'24" Norte. Hace un día soleado, radiante, el último de mayo, fresco ya que es muy de mañana. Me fijo en una pequeña pizarra, junto a la ermita, que lleva a una sombreada terraza y -ya que meterse varias tazas de café al día es lo mejor para el cuerpo y la mente- accedo al interior del bar "El Camino" apartando las tiras colgantes de plástico que cuelgan del dintel de la puerta, decidido cual Cyrus Smith en tierra desconocida.

Un café glamouroso en modo influencer

Dentro, tres sujetos acodados a la pequeña barra -dos tocados con sombreros de esparto- compadrean con el barman, que mira con curiosidad al forastero. Le pido el cafetito y observo el local, una mezcla de cantina de Nuevo México y corral manchego-cañí, muy de Almodóvar, con mobiliario vintage y una virgen de madera que convive de forma armónica con la protocolaria botella de Soberano, en pintoresca sinergia. Degusto el café afuera -que echa chispas, como es costumbre en nuestra piel de toro- observando los cachivaches desperdigados aquí y allá, pensando en el próximo movimiento.

Descenso a los cortados del Tajo

Me pongo en marcha por la GU-282 en dirección ESE hasta llegar a la frontera con la provincia de Cuenca, donde cojo una pista a la izquierda y, a unos 200 metros, un poste de señalización me envía a la derecha, en dirección Zorita de los Canes. La pista está en estado razonable, con sus roderas y su penacho central de tallos secos y cortados que roza los bajos de mi 4x2, con su grimoso sonido metálico. Avanzo un kilómetro hasta que me detengo en un camino a medio borrar a la izquierda, donde un extraño montículo llama mi atención. Camino hacia él en un paisaje de plantas silvestres muy crecidas, a medio secar, y traspaso un bosque de cardos enormes hasta alcanzar la base del montículo. Lo intento trepar, pero me hundo hasta el muslo en la arena de tipo playero, por lo que desisto: una duna en toda regla.

Esparto sobre el montículo arenoso

Rodeo la duna (realmente el resto de una explotación de áridos) y me fijo en la vegetación esteparia: hermosas matas de esparto y algunas aromáticas, mientras que en la base abundan las gramíneas (avena loca y cebadilla silvestre) y cardos gigantes, algo amenazadores. Está completamente agujereada ¿por qué?

La respuesta llega rauda: en un momento y coincidiendo con un ruido como de disparo, decenas de liebres corren de un lado a otro -algunas bajo mis pies, con sus largas orejas y potentes cuartos traseros- trepando ágilmente por la duna hasta meterse cada una en su madriguera.

El Monte de las Liebres

Regreso al carro y sigo en dirección norte hasta que llego a otra pista perpendicular, que tomo hasta volver, de nuevo, al norte, en dirección al paraje "La Hijosa". El paisaje es un mosaico de colores: regadíos en funcionamiento alternan con minifundios cerealistas, algunos bien crecidos y otros en barbecho, con algunos baldíos. A la altura de un caserío -equipado con el habitual perro insoportablemente ladrador- unos aspersores de riego han anegado la pista arcillosa impidiéndome toda progresión, con lo que reculo hasta el cruce anterior. Observo la pista que sale hacia el este pero deduzco que, en algún punto, también estará inundada, por lo que regreso a la carretera dejando a la derecha el Monte de las Liebres.

Cruce interesante

El cartel de la urbanización "Buena Tierra" me llama la atención, por lo que, en el cruce, sigo recto hasta encontrar, a la derecha, un hermoso abandono: la finca "Las Bridas". Se trata de una parcela con dos edificaciones, transformada en el icónico y habitual vertedero. A la izquierda encuentro los restos del bar "La Bolinga", con su barra de ladrillo y sus quintos de cerveza, apoyados como si hubieran sido consumidos ayer mismo.

Bar "La Bolinga"
Saltando restos de váteres, ladrillos y demás porquería, llego hasta la caseta de ventas de la urbanización, fósil del desarrollismo atroz de décadas pasadas.

Caseta de ventas
Dentro encuentro multitud de archivadores entreabiertos, con hojas mecanografiadas amarillentas. Cojo uno y lo leo, por eso de documentar los hallazgos: una legalización de 1991; qué tiempos aquellos.

Bajo al cruce y tomo la CM-221 al este; voy muy despacio porque no sé a dónde ir, ya que no encuentro pistas apropiadas para pegarme al Tajo. Un BMW X-5 (cómo no) me pide amablemente, con luces y pitidos, que me aparte de la desierta carretera, que tiene prisa la criatura. Que te den, musito mientras bajo la velocidad.

A la altura del pk 0,800 tiro por una pista, de muy buen aspecto, a la izquierda, que lleva a una gravera y a la cima del "Cerrillo Garbancero", simpático otero sobre la estepa circundante, con el pueblo de Leganiel de fondo. La tierra es de margas blancas, donde brillan apuntadas flechas de yeso color nácar.

Vista de Leganiel desde el Cerrillo Garbancero

Regreso a la carretera y, a unos pocos centenares de metros, giro a la izquierda por la GU-249 dejando a la derecha la EDAR de Illana. Voy en dirección oeste dispuesto a encontrarme con el Tajo, que observo acercarse a la izquierda, en un paisaje de cantiles yesíferos, margas y arenas micáceas, mientras el intermitente bosque de galería del Tajo se alterna con aspersores y parcelas de cereales ya amarillos. Prosigo unos kilómetros por la estrecha carretera desértica hasta que, a la izquierda y sobre una repisa de la loma, aparece la alargada silueta del castillo de Vállaga. Un poco más adelante aparco frente a una enorme piscifactoría y me dispongo a atacar el ¿castillo?

Está fácil esto del ataque

Debido a la proliferación -y tremendo porte- de los hierbajos secos, no atisbo ninguna senda que lleve a la ruina, por lo que asciendo por el barranco de la Canaleja hasta la pareja de cerros "Los Castillejos", que me recuerdan, en pequeñito, a la celebérrimas y pintorescas Tetas de Viana. Giro bruscamente hacia el este por una meseta recortada a media altura que, en unos minutos, me deja en el castillo.

Impracticable

Se trata de una estructura alargada, con restos de la bóveda de cañón primitiva y nichos laterales, usados presuntamente para almacenar vino: parece ser que primero fue fortaleza y después bodeguiya, quizás poco práctica por estar al sol en lugar de enterrada.

Vistaca desde el castillo

Las vistas son magníficas: abajo la piscifactoría, donde se observan, en las piscinas, sombras de enormes pescados; a la derecha el Tajo, que discurre tranquilo entre campos de labor.

Prosigo hasta que, pasada una caseta de servicio de la Confederación Hidrográfica del Tajo, el río se acerca a la carretera, donde paro. Se trata de un frondoso soto, con el suelo cubierto de una espesa pelusa blanca: se trata de las semillas del chopo o álamo blanco.

Río verde

El agua del río está verde debido a la proliferación de cianobacterias, crisofíceas, clorofíceas y otras algas, que también hacen que el agua huela a fresco, a mar, a sulfuro de dimetilo, de forma deliciosa. Un pequeño salto de agua forma blancos borreguillos, como decimos los marinos de agua dulce.

Canal del Tajo
Seguimos cruzando el canal del Tajo hasta divisar, a la izquierda, una nave abandonada y, detrás, la Casa del Ejido, que nos disponemos a explorar.

La Casa del Ejido

Se trata de una casona agrícola cuyo elemento más característico es un gran palomar castellano a modo de torre, en planta alta. Al acceder al vestíbulo de la propiedad observo, a través del techo hundido, el palomar, con sus nidales intactos. No amenaza ruina, analizo con el tumbao característico de los que hemos estudiado arquitectura, entre otras cosas.

Bonito palomar

Detrás de la casa aparece, desde un alto, la presa de Almoguera. Para verla desde más cerca, cruzo el Tajo y desciendo hacia la izquierda, situándome en uno de los estribos. Desde aquí contemplo las compuertas, contrafuertes y aliviaderos.

Presa de Almoguera

Sigo por la carretera, en dirección norte, hasta el pk 3,900, donde diviso una ermita subida a un cerro, a la izquierda. Tomo el desvío y, tras una curva pronunciada, aparco junto a la ermita, dentro de un olivar habilitado a tal efecto.

La ermita del Santo Cristo de las Injurias

Es una ermita moderna, con un fresco soportal perimetral y buena vista al Tajo. Bajo el soportal hay dos imágenes bastante poco agraciadas, aunque lo importante es que les gusten a los devotos. Si ellos están contentos yo también, válgame Dios.

Sigo por la misma carreterilla que me ha traído a la ermita, y me fijo en las cruces metálicas de un viacrucis que llega hasta el pueblo de Almoguera. A la entrada de la localidad giro a la izquierda para subir, por una urbanización de chalets adosados, hasta un mirador en la parte más alta del pueblo.

Vista de Almoguera

Desde aquí se observa el trazado urbano, centrado en el peñasco donde se asienta su castillo roquero, de factura árabe. Dentro está vacío, un secarral, pero el cinturón de torretas y muralla me parece bastante bien conservado, pintoresco.

Bajo a la plaza de España, donde aparco frente al "ayto". Subo por la rampa de la calle Amparo, donde hay un bonito rincón donde aparece un sector de la muralla y la torre de la iglesia de Santa Cecilia, con su reloj que, como suele ser habitual, no marca la hora correcta: se le habrán acabado las pilas.

Rincón de Almoguera

Tiro por la continuación de la calle, rodeando la iglesia por la izquierda, hasta encontrarme unas bodegas subterráneas y la silueta de la muralla, muy bien conservada. Subo trabajosamente hacia el acceso del recinto bajo un sol de justicia, solo para toparme con una verja metálica cerrada a cal y canto, sin horario de apertura. Podría ser que el señor alcalde, con toda la razón del mundo, se avergüence del tan lamentable estado interior, sobre todo cuando podría hacerse algo decente por cuatro duros. Pero bueno, si a sus vecinos les mola, pues envido.

Hacia el castillo

Desde la puerta cerrada pienso en lo que me ha aportado el recorrido de hoy. Ha habido de todo: agradable café, incidentes, descubrimientos por casualidad y calor, mucho calor.

Seguiremos en próximas entregas dando rienda suelta a la curiosidad que lleva nuestra aventura low cost. Como bien decía el maestro Thor Heyerdahl, no importa tanto adónde se vaya, sino cómo se vaya.

Rutas vintage: 1926, Sierra de Guadarrama (I) Hans Cloos in memoriam

Tras el éxito de crítica y público de nuestra anterior entrada sobre XIV Congreso Geológico Internacional , que se celebró en Madrid en 1926...