Continuamos la anterior entrada, en la que observamos diversos elementos de la célula vegetal, para cambiar totalmente de tercio con algo mítico, simbólico, que siempre ha representado la microscopía en su más pura esencia: la gota de agua, sucia, se entiende, ya que la del grifo no debería contener restos biológicos so pena de revolcón intestinal.
Como siempre, estamos siguiendo el hilo argumental del magnífico y enciclopédico libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía, aunque lo adaptaremos a la posibilidad técnica del que suscribe, mucho menor que la del autor del libro. Disclaimer de marras: todas las fotos son de un servidor a menos que se diga lo contrario, y en la redacción de esta entrada no hay IA; mejor o peor pero original, es lo que hay.
Y es que, volviendo al tema, la observación de la gota de agua sucia es lo primero que efectuó el gran pionero Anton van Leeuwenhoek con su primitivo microscopio, empleando agua de los abundantes lagos, charcos de lluvia y estanques que tenía a mano en Delft, su ciudad natal. Por cierto, de él se dijo que "se puede ver cómo el buen Leeuwenhoek no se cansa de hurgar por todas partes hasta donde su microscopio alcanza, y si buena parte de otros mucho más sabios hubieran dedicado el mismo esfuerzo, el descubrimiento de cosas bellas iría mucho más lejos". Amén, hermano.
Revisemos, de la mano de su propia obra Arcana naturae ope exactissimorum microscopiorum detecta, algunos descubrimientos acuáticos de este tremendo polímata, que hasta auguró la capacidad de la Tierra para acoger personas: 13.385 millones de almas encarnadas, basándose en un cómputo de microorganismos en la leche: eso sí que es cruzar disciplinas y lo demás tonterías.
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| Capacidad de carga de la Tierra, de la Arcana Naturae de Leeuwenhoek |
En 1654 efectuó su primera observación de los animálculos, que es como denominó a los seres que pululaban por la gota de agua: se refería a bacterias y protozoos, también llamados protistas. En sus cartas aparecen, por orden cronológico, sus descubrimientos: bacterias de todo tipo, protistas como el Volvox, rotíferos, gusanos nematodos y algas.
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| Diatomeas y nematodos, de la Arcana Naturae de Leeuwenhoek |
Robert Hooke, el otro gran pionero de la microscopía, confirmó la existencia de estos animálculos, allá por 1677, en su publicación Lectures and Collections: microscopium. Desgraciadamente, no dejó dibujo alguno; quizás los animálculos se movían tan rápido que no le daba tiempo ni a agarrar la pluma. Como se comprobará, el movimiento rapidísimo es una constante en el mundo animal microscópico, por lo que el bueno de Hooke queda disculpado.
Tras esta intro histórica volvemos al libro de Kremer, y bajo sus instrucciones vamos a cocinar la también legendaria infusión de heno que, si es menester, permitirá observar infusorios, los animálculos de la infusión del heno. Además del Kremer voy a utilizar -por ser libros eminentemente prácticos y muy agradables de hojear- el ya conocido Atlas de Microscopía de Bernis Mateu, el Atlas de los Microorganismos de Agua Dulce de Heinz Streble y Dieter Krauter, y el maravilloso y vintage Freshwater Microscopy de W. Garnett.
Del Atlas de los Microorganismos de Agua Dulce aporto una clave de identificación extremadamente útil, que emplearé en esta entrada con profusión.Vamos a la práctica con esta infusión de heno, un delicioso té de paja seca que actúa como caldo de cultivo para toda clase de bichejos apasionantes. Así que, para empezar, me dirijo a una zona verde de mi ciudad, de esas dejadas de la mano de Dios, casi siempre espacios intersticiales junto a las grandes vías de comunicación, donde crecen, en primavera, grandes cantidades de gramíneas: avena loca y cebadilla ratonera, entre otras. Ya están secas, por lo que trinco un buen manojo. Además es necesaria agua sucia para inocular los animálculos, por lo que tomo una muestra de agua de una fuente ornamental cercana y para casa, con la satisfacción de una buena caza. Hiervo agua del grifo y la vierto en un tarro de boca ancha con el heno. Al enfriarse, inoculo el agua de la fuente y lo dejo infusionar, sin cerrar y a la sombra, un par de días, provocando la salida y disolución de un montón de nutrientes al agua que alimentarán a los seres que he inoculado con anterioridad.
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| Infusión (derecha) y agua para inocular (izquierda) |
A los dos días observo que en la superficie del agua aparece una telilla grisácea y viscosa, que huele a ligera descomposición.
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| Moco flotante |
Con la pipeta tomo una gota y la coloco en el portaobjetos excavado: aparecen miles de bacterias de todas las formas posibles, como pudimos observar en nuestra entrada monográfica sobre bacterias y otros seres de mal vivir.
A bajos aumentos e iluminación de contraste de fase, lo más llamativo son las largas y móviles cadenas de bacilos -denominados estreptobacilos- que forman la película viscosa. Quizás se trate de Bacillus subtilis, bacteria que se encarga de la fermentación ácida y de la descomposición de sustancias orgánicas. Además, según indican algunos estudios, esta bacteria tomada como probiótico podría mejorar los síntomas de la enfermedad de Parkinson.
Subiendo los aumentos (usando un objetivo de contraste de fase de 40x), se observan los estreptobacilos acompañados de otras bacterias: cocos redondos y muy pequeños, bacilos sueltos, bastante móviles, y algún espirilo juguetón, con su característico movimiento de sacacorchos.
Como un náufrago en el océano bacteriano, quieto como si va vida le fuera en ello, un globo con un par de flagelos móviles flota distraído. En su interior flotan otras esferas, vibrantes de vida.Echo mano de la clave del Atlas de los Microorganismos de Agua Dulce, como en todos lo casos: podría ser una Polytoma uvella, un alga clorofícea. En su interior posee unas vacuolas específicas para el almacenamiento de almidón (leucoplastos), y no posee cloroplastos para hacer la fotosíntesis. Un alga capada, vamos.
Seguimos observando: unos ciliados planos con forma de oreja o judía aplastada me deleitan con sus graciosos y espasmódicos movimientos, como si estuvieran a un paso del frenopático, con la ansiedad propia de un estoico que se tiene que recordar constantemente que es mortal.
Podría ser un ejemplar de Colpidium campylum, con su pico que utiliza para devorar algas verdes.
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| Colpidium y Coleps, de Freshwater microscopy |
Muy cerca, hacia la izquierda del ciliado, encuentro una bola luminosa de la que entran y salen montones de bacilos. Recuerda a un pequeño sol eyectando cantidades ingentes de plasma al Sistema Solar, por lo que lo llamaré Sol Invictus, en honor al dios romano.
Un poco más allá, otra esfera ciliada parecida a la anterior, pero algo más grande. Podría ser otra Polytoma o una Chlamydomonas variabilis, un alga verde que no hace la fotosíntesis y se rellena de gránulos de almidón.
Tras el bajón ponemos la iluminación de campo oscuro, para simular un cielo donde las estrellas no parecen tener muy claro que se tienen que quedar quietas: observamos bacterias, y unos cuantos ciliados devorándolas con ansia viva.
Vuelvo a la iluminación por contraste de fase. Ahí, entre tanta bacteria trémula, flota una Scenedesmus armatus, un alga clorofícea compuesta de cuatro células. Cada célula terminal posee un par de cuernos como cilios, algo curvados. Estas algas se utilizan, a escala industrial, para la producción de biodiésel y purificación de aguas residuales.
A los diez días vuelvo a tomar una muestra de la infusión, con el objeto de comprobar si los organismos aparecen y desaparecen por oleadas, como los diferentes insectos que colonizan los cadáveres para su degradación.
Lo primero que llama la atención es que hay más, muchos más animálculos. Los primeros que observo tienen forma cilíndrica y parecen rígidos, y poseen unas líneas transversales y longitudinales que semejan los paralelos y meridianos de la Tierra, además de multitud de cilios por todo el cuerpo: quizás se trate de unos Coleps nolandi, ciliados que se caracterizan por poseer un caparazón de placas de carbonato cálcico.
En otro lugar, abrumados y confundidos por tanto Coleps dándolo todo, se observan unos ciliados mucho más grandes que giran como los coches de choque en una feria, y cuyo interior está repleto de una sustancia móvil con orgánulos verdes. Quizás se trate de ejemplares de Nassula ornata, ciliados grandes que se alimentan de cianobacterias y algas microscópicas de todo tipo, y que en su interior exhiben una variada gama de colores: como una buena ensalada, vamos.Así pues, con la pipeta, tomo una gota de nigrosina al 0.5% y la vierto en el borde del cubreobjetos, con lo que el colorante se va difundiendo por toda la muestra.
Un gran ejemplar de Nassula ornata se recorta contra el agua grisácea, cortesía de la nigrosina. En su extremo izquierdo observo una corriente de agua en forma de remolino: quizás el animal esté haciendo de vientre, una constante en cualquier ser encarnado que se precie.
Un poco más allá encuentro un Coleps a la deriva para, después, rotar sobre sí mismo exhibiendo la imponente ingeniería bandeada de su caparazón. En un momento, una pequeña "oreja" le tienta por si fuera comestible; un bocado demasiado duro, quizás. Echando imaginación este Coleps recuerda, vagamente, a los Antiguos, unos horrendos seres con forma de barril de los libros de Lovecraft.
En otro punto, entre un detritus plagado de diatomeas y algas verdes, encuentro unas pelotas quietas cuyo contenido interno rota de un lado a otro, como un extraño motor cuántico. Quizás unas algas Trachelomonas vestidas con sus loricas o caparazones, pero no estoy seguro.
Dejo secar la preparación con la nigrosina, matando impunemente todos los organismos. Ya seca, la preparación resulta bonita aunque los ciliados quedan resecos como pasas, no muy fotogénicos. Eso sí, los Bacillus subtilis quedan guapísimos.
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| Preparación seca, teñida con nigrosina |
CONTINUARÁ











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