jueves, 28 de octubre de 2021

Rutas anárquicas: el Tajo, de Azucaica a Aranjuez

Seguimos con un nuevo capítulo de la serie de rutas anárquicas, esta vez por la provincia de Toledo. Vamos a remontar el Tajo entre la ciudad de Toledo y Aranjuez sin incluir ambas, ya que nos interesa salir de lo trillado, explorar lugares carentes de todo turismo, tal vez descubrir el gracejo de lo anodino, el puntito de lo que aparentemente no despierta curiosidad alguna. Antes de nada: todas las fotos son propias salvo que indique lo contrario.

Cogemos la carretera CM-4001 a las afueras de Toledo y enfilamos a levante; a unos pocos kilómetros llegamos a Azucaica, dejando el vehículo en un parque bastante bien conseguido que separa el casco urbano de la misma carretera. Desciendo por la avenida principal admirando una sucesión de edificios default (como diría un aspirante de millenial como el que suscribe), hasta que encuentro una casa baja con fachada en ladrillo y piedra, aparejo típicamente toledano, poniéndome en situación de lo que puedo esperar en esta zona en el mejor de los casos.

Casa típica toledana

Llego a la plaza principal con su iglesia, como corresponde a todo pueblo español que se precie, y entro para pulsar el ambiente. Una enorme e iluminada Virgen de la Candelaria, de tamaño natural, preside en conjunto en la semipenumbra del interior, dándome ganas de espiritualidad. Pido al Jefe y a la Jefa que me inspiren en este recorrido, a ver si consigo ver más allá de lo evidente: falta me hace en un lugar como este.

Virgen de la Candelaria en la iglesia de Azucaica

Es pronto y hace fresco, aunque el día apunta soleado y templado. Bostezo y, alarmado, me deslizo hacia el bareto de la plaza, con su terracita ad hoc. Cual barista de barrio, le pido al camarero un caféconlechecortodecaféenvasoconlechefría, que para un servidor es la versión propia del Martini de James Bond. Me siento en la terraza con mi vaso de caña, que posee la temperatura de la lava del volcán de La Palma, todo un clásico español. Y es que, pidas lo que pidas, en el bar te van a dar su versión simplificada al absurdo, que no estamos para leches, nunca mejor dicho.

Ya recuperado y con la lengua rasposa, me dirijo al centro de la plaza, donde encuentro una fuente que se pone en funcionamiento cuando me acerco, por eso de ahorrar energía. Vamos bien.

Sigo por la calle principal hasta un parque con juegos infantiles, llamándome la atención una casa de estilo mozárabe, quizás propiedad del prohombre (o de la promujer, para que nadie se ofenda) del pueblo. Una delicia para paladares arquitectónicamente exigentes.

Con un par

Continúo por la calle Arenal hasta el final del pueblo, para tratar de observar la vega del Tajo en este punto. Lo más patente son una serie de invernaderos y pequeñas huertas, y al final el bosque de galería que sigue el cauce del río. Poco que ver, aparte de las ristras de chalets adosados que evidencian la cualidad de Azucaica como pueblo-dormitorio. Vuelvo al coche y me sorprende el consultorio médico, con unos lucernarios que me recuerdan a los del palacio de la Asamblea en Chandigarh, obra del maestro Le Corbusier. En Azucaica se sitúan a hombros de gigantes, sin duda.

Le Corbusier en Azucaica

Sigo por la CM-4001 en dirección noreste. Veo algo aplastado, con una banderita, que avanza en la carretera. Al acercarme compruebo que es un ciclista parapléjico, que pedalea con las manos mientras está tumbado en una especie de bicicleta. Le adelanto con cuidado, mientras me digo a mí mismo que eso es tener mérito y no otras cosas. Un par de kilómetros más adelante paro junto a un monolito que señala el caserío de Higares y su castillo medieval, tal y como marca el mapa topográfico que llevo en el móvil. Es una propiedad particular y, como tal, amenaza con toda suerte de males para el que ose avanzar ¡voto a Bríos!

 

Acceso al castillo de Higares
Prosigo hasta Mocejón, aparcando en la calle principal. Avanzo hasta la ermita de la Veracruz, del siglo XVI, cerrada como suelen estar multitud de edificios religiosos fuera de los horarios de misa ¿tanto les costará dejarlos abiertos, leñe?

En la plaza homónima encuentro una fuente con agua y esa deliciosa babilla verde que tanta vida suele albergar. Recojo una muestra, en un frasquito, para mirarla al microscopio, cosa que, como ya sabrá mi posible lector por entradas anteriores, me gusta más que a un tonto la política.

Ermita de la Veracuz, en Mocejón

Llego a la plaza del pueblo, donde unos mayores se asolean hablando de sus cosas frente al edificio del Ayuntamiento. Me llama la atención el balcón corrido con pilares y faroles de fundición: tiene su gracia. Driblo a la iglesia de San Esteban Protomártir, de gran tamaño, construida en ladrillo y mampostería como casi todo el patrimonio de la zona. No está mal para un pueblo dedicado a los servicios.

Cojo el coche y me dirijo al sureste, por la CM-4006 en dirección a Algodor, dejando a la derecha, a pocos kilómetros, el caserío de Velilla, donde se encontraron restos arqueológicos de la Edad del Bronce. Poco más adelante giro a la izquierda y cruzo el Tajo dejando una acequia elevada, ruinosa, a la izquierda: pura arqueología agraria, agroarqueología. Llego a la nave de viajeros de la abandonada estación de Algodor, de estilo neomudéjar, muy bonita.

Nave de viajeros de la estación de Algodor

Aparco para observar este interesante enclave de cerca. Una ventana se abre chirriando en el silencio reinante e indicándome que no estoy solo, lo que me produce cierto repelús y precaución, algo que no debe faltar en lugares de este tipo porque hay mucho pirado suelto. Accedo a la zona de andenes a través de una puerta entreabierta, dejándome frente a un paisaje digno de película distópica: de frente vagones descacharrados y pintados por los "artistas" de turno; a la derecha una ristra de viviendas bajas, algunas con aspecto de estar ocupadas; a la izquierda la marquesina de la estación, con su estructura metálica roblonada y su precioso reloj, que marca permanentemente las 6:23.

Marquesina de la estación de Algodor
Me acerco a la marquesina y me fijo en una canasta de baloncesto, lo que apoya que este lugar está habitado, aunque no vea a nadie por aquí. Consulto el Catastro Virtual para comprobar el uso de estas edificaciones: la nave de viajeros se construyó en 1879, y tiene uso industrial agrario (como estación de servicio); las viviendas de la derecha constituyen fincas independientes de uso residencial, las más pequeñas construidas en 1930 y las más alejadas -más grandes- edificadas en 1960.

Viviendas de una altura en la estación de Algodor, de 1930

Realmente un lugar extraño para vivir, de sabor steampunk. La verdad es que me gustaría saber qué mueve a la gente a vivir en lugares de este tipo ¿quizás el precio? Ni idea, pero lo que tengo claro es que no debe ser un lugar okupado, aunque lo parezca.

Regreso a Mocejón, no sin antes detenerme pasado el puente sobre la vía férrea, ya que, a la izquierda, aparece señalada una ermita en el mapa topográfico. Salto una valla caída y, entre los pinos, encuentro la ermita de Mocejón, con su acceso tapiado y lleno de basura. Su pequeña espadaña sin campanas me sobrecoge.

Ermita de Mocejón, con mal pronóstico

De vuelta al coche encuentro una curiosa chimenea con una ventana entreabierta. Me asomo, enciendo la linterna y encuentro un pozo con agua. Pozos y ermitas, interesante sinergia; algún día escribiré sobre ello.

Ya en Mocejón, tiro por la CM-4001 hasta alcanzar Villaseca de la Sagra. Mi primera impresión es francamente buena: este pueblo no se parece a los anteriores, las casas están encaladas y parece más manchego que toledano.

Ermita de la Virgen de los Peligros, Villaseca de la Sagra

Paso junto a la bonita ermita de la Virgen de los Peligros, con su agradable placita. Tras ella una biblioteca y una plaza de gran tamaño con una fuente seca, rodeada de casitas encaladas de una planta. Solo silencio, no hay nadie y se está muy bien.

Me dirijo a la plaza mayor del pueblo, donde encuentro un interesante ayuntamiento, en aparejo toledano. Al otro lado unas casas con balcones corridos de madera, muy rústicas y auténticas.

Balcones corridos en la plaza mayor de Villaseca de la Sagra

Ya, hacia la salida del pueblo, encuentro una glorieta con la imagen de un alfarero en bronce, con la inscripción que reza "El pueblo de Villaseca de la Sagra en homenaje a nuestros maestros alfareros. Ellos sin saberlo convirtieron su trabajo en arte para orgullo y gloria de todos nosotros y de nuestro pueblo".

De forma tan poética me alejo de este pueblo que tan buen sabor me ha dejado, enfilando la CM-4001 hacia el sureste. En la primera glorieta que encuentro, giro a la derecha, ya que una especie de torre ha captado mi atención.

El poblado de ACECA

Se trata de un poblado edificado en 1969 y ligado la central de ciclo combinado que se encuentra en sus inmediaciones: la térmica de ACECA, una enorme y ruidosa mole que obtiene electricidad a partir de la combustión de gas natural. Este poblado consta de hileras de chalets de una y dos alturas, a modo de pueblecillo con dotaciones como un parque y pistas deportivas, entre otros. La torre del acceso me recuerda vagamente al silo de Hortaleza, salvando las distancias.

Vuelvo a la CM-4001 y, nada más cruzar la vía férrea, tiro por una ancha y polvorienta pista a la derecha, junto a unos silos de cereal. Llego a un pequeño diseminado y giro 90 grados a la derecha por una pista mucho peor, con lo que me voy aproximando a la central, patente por su continuo zumbido.

La ermita junto a la central térmica
Tras cruzar la vía del tren, llego a la ermita de Nuestra Señora de Fátima, entre la valla de la central y el Tajo. Lugar poco idílico pero interesante porque ¿quién demonios vendrá a esta ermita apartada de todo, junto a un enorme edificio industrial?

Se trata de un edificio algo pastelón que quizás se relacione con el poblado anterior. Para salir de dudas consulto la primera edición del MTN50 y las minutas cartográficas, con lo que averiguo que, antes de la central, había aquí un cruce de caminos, un molino y una venta que se denominaba de Ateca. La ermita es posterior, lo que confirmaría mi diagnóstico.

Me dirijo hacia el norte por una carreterilla paralela a la verja de la central, y llego a la ruinosa estación de Vilaseca-Mocejón, de aspecto menos inquietante que la de Algodor. Ruina pura, sin humanos. Solo el arrullo de unas palomas mezclado con el zumbido de la central y el crepitar de los cables de alta tensión.

Nave en la estación de Villaseca-Mocejón

Entro en una nave pegada a las vías; la estructura de su caída techumbre arroja unas pintorescas sombras. Me place mogollón, oiga. Tampoco hay demasiado que ver aquí, salvo el rótulo de azulejos original con el nombre de la estación.

Regreso a la CM-4001 en dirección Añover del Tajo. Callejeo hasta llegar a la anodina plaza de España, sin mucho interés a excepción del campanario de la iglesia de Santa Ana.

Iglesia de Santa Ana en la poco agraciada plaza de España de Añover del Tajo

Me largo por la CM-4004 hasta el cruce con la CM-4001, donde el mapa me señala la ubicación de una ermita en ruinas y restos de búnkeres de la guerra civil. Creo localizarlos en lo alto de un cerro testigo, junto a la subestación eléctrica pero, al estar vallado, no puedo acceder.

Sigo por la CM-4001 con la intención de llegar a la A-4 y regresar al Foro pero, a la altura del kilómetro 34 me sorprenden, a la izquierda, unas instalaciones polvorientas en ese paisaje margoso, blanquecino, sin vida, de la cuenca de Aranjuez.

Encuentro, en una serie de corrales de buen aspecto, caballos de buen porte, lustrosos, como lavados con champú anticaspa. Extraño lugar, sin rótulos de ningún tipo, aunque está claro que es un criadero con espacio para fiestas camperas.

Ermita de Santa Julia, en el picadero

Salgo de dudas rápido al llegar a una ermita típicamente campera, en un paisaje que me recuerda, en cierto modo, a Arizona o Nuevo México, por lo secarral ¡qué cosas hay por ahí, fuera de los circuitos establecidos!

Ya va siendo hora de volver. Cojo la A-2 y para casa.

¿Se acuerda el lector de la muestra de agua que tomé en la fuente de Mocejón? Cojo un poco de la babilla y la coloco entre el porta y el cubreobjetos, mientras ajusto el condensador de contraste de fase. Me encuentro con los ubicuos rotíferos, esos organismos retráctiles dotados de un aparato rotatorio que les permite comer.


Hasta la próxima.

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