viernes, 1 de octubre de 2021

10.000 pasos: Madrid, de Colonia Jardín a Lago

 Comienzo una nueva serie de entradas con el ánimo obcecado de mejorar -física, mental y ejpiritualmente- la salud de mis presuntos lectores. Y, si lo uno con la exploración que tanto me gusta pues tanto mejor, valga la redundancia. Está claro: no hay nada más saludable que andar, triscar los campos, hacer el flâneur sin ser gabacho, mirar lo cotidiano para profundizar la mirada y captar lo no tan aparente; eso es la exploración y, como diría el gran Lope, quien lo probó lo sabe. Y, dentro de la caminata, nada mejor que fijarse una meta, por ejemplo los 10.000 pasos de marras, por eso que nadie me llame relativista.

Vamos, pues, a dar unos paseos con los sentidos convenientemente afilados -una pequeña meditación previa podría ayudar- y nos lanzamos a la aventura de recorrer, en este caso, algunas zonas poco "comerciales" de una gran ciudad, aunque se podría hacer en cualquier ámbito, ya que siempre habrá cosas que merezcan la pena, o no. Los recorridos serán orientativos y, por eso de no ofender a mis fans, no publicaré el track; está claro que se defienden en el terreno tanto o mejor que un servidor. Una nota para leguleyos: todas las imágenes son de mi autoría a menos que exprese lo contrario.

Al lío: son las cinco de la tarde de un lunes 21 de septiembre y salgo, cual Phileas Fogg de barrio, de la estación de metro de Ciudad Jardín, situada al suroeste de la ciudad de Madrid. Vuelvo la vista y encuentro un edificio alicatado hasta el techo de azul, que me recuerda al vaso de una piscina municipal de otra época.

Boca de metro de Ciudad Jardín  

Aprovecho para sacar la cámara y el cuadernillo, y pongo el podómetro del móvil a cero. Levanto la mirada y me topo con un rótulo que me recuerda a mis años más mozos, y a mi banda favorita de entonces: los Iron Maiden. Esto promete, me digo mientras Prowler suena en mi cabeza; la letra me viene ni que pintada.

Homenaje a los Maiden, respetando los límites de velocidad

Tiro a la derecha, por la calle Sedano, rodeado de sencillos bloques exentos, y giro por la calle Villaviciosa, alcanzando una torreta eléctrica que parece anterior a los bloques de viviendas, cuando este barrio no era más que un puñado de casas aisladas.

Torreta vintage y bloque

Sigo hasta que me topo con un edificio que parece una cárcel, más feo que el demonio, y que hace esquina con la calle Cardaño, cuyos grandes plataneros me llaman la atención. Tiro por esta calle y me encuentro una parroquia circular, una columna con una pequeña Virgen y la trasera del mamotreto, entre agradables olivos.

Parroquia del Pilar de Campamento

Sigo por un parque infantil y una plaza dura, vacía de gente, mientras me aproximo a la barrera, frontera o borde -como diría el amigo Kevin Lynch- de la autovía A-5, o carretera de Extremadura. El sonido del tráfico se eleva sobre cualquier otro, y el terreno acusa la vibración de cada vehículo al pasar. 

Llego al borde y el ruido se hace más patente. Me dirijo hacia el noreste, entre la carretera y unas viviendas con una pequeña zona verde. Miro al cielo: nubes con aspecto de pequeños borreguillos me invitan a inmortalizar la escena.

El borde de la A-5

Llego a una placita triangular con un polvoriento y residual espacio de aparcamiento, y prosigo por el borde. Los edificios se pegan a la autovía; algunos muestran las placas del Instituto Nacional de la Vivienda. Debe ser duro vivir con este ruido y estas vistas, filosofo mientras agradezco mentalmente no verme en esa situación.

Edificios del Instituto Nacional de la Vivienda, que se van pegando a la autovía

Enseguida llegamos al punto donde la Casa de Campo se adhiere a la A-5, cruzando la carretera a Boadilla. Nos recibe una llamativa torre de comunicaciones sobre un alargado edificio del Canal de Isabel II. Lleva sorpresa: un enorme tubo con volantes y engranajes, a modo de escultura steampunk. Curioso.

Escultura extraña

Nos topamos de bruces con el Anillo Verde Ciclista, y un puente que cruza la A-5. Avanzo por la vía ciclista, con carril para peatones y otra gente de mal vivir. Hace una tarde preciosa: me llega un delicioso olor a pino y ni siquiera los asquerosos grafitis de los "artistas" urbanos me quitan la buena vibra. Y es que la tarde es caramelo, como diría mi amigo Vicente, aunque sin río ni sendero.

Torres de alta tensión y muro contra la A-5

  Paso junto a unas tremendas torres de alta tensión. El chisporroteo me da calambre en el cogote, mientras alcanzo una semioculta gasolinera y una zona de juegos. Frente a ellos una peculiar panadería-laboratorio, como reza su rótulo. ¿qué misterios encerrará este Silicon Valley de la levadura? El que no hace I+D es porque no quiere...

¿Qué esconderá este opaco local?

Cruzamos la calle San Manuel para entrar en la interesante colonia del Hogar del Empleado o de Nuestra Señora de Lourdes, diseñada en los años 50-60 por el arquitecto Saénz de Oíza y otros lumbreras. Avanzo entre bloques alargados, sencillos, y torres de mejor aspecto. Me doy contra el lateral de un colegio muy interesante, de esquinas curvadas y paños en hormigón y ladrillo visto, en cuyo lateral se abre una recoleta placita.

Colegio Lourdes, con mural intencional

Prosigo y me encuentro con un edificio de paredes circulares, que me recuerda a una estación depuradora de aguas.

¿Depuradora?

  Lo rodeo y nada más lejos: es un colegio de arquitectura muy pecular, de estilo organicista puro y duro, de ese que no te permite ni colgar un cuadro en la pared. Me permito hasta poner un plano, que me flipa este lugar.

Colegio diseñado por Saénz de Oíza en 1963 (IVIMA)

En el frente del cole se abre una plaza irregular, pequeña. En su lado norte unas escaleras ascienden hasta la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes y San Justino, templo principal de la Renovación Carismática Católica en España, una peculiar, algo mística y moderna -para los estándares del negocio- corriente de la Iglesia, en la que se prima el buen rollo: la adoración y alabanza al Jefe. En el frontispicio aparece la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés, con sus lenguas de fuego.

Sede de la RCCE en España, casi nada

Bajo a la plaza y me interno por unos módulos con pérgola, a modo de puestos de mercado, diseñados por el arquitecto Eduardo Mangada. Como telón de fondo, un larguísimo bloque exento hace de murallón separador con la A-5.

Módulos comerciales y bloque-muralla

Mientras avanzo, entre jardincillos, pienso en lo mucho que me está gustando esta colonia a nivel urbanístico, con sus irregulares plazas, desniveles, elementos sorpresivos; en resumen, su variedad. Habría que preguntar a sus habitantes, claro. 

Alcanzo la calle Villagarcía, de aspecto más convencional, y me fijo en la dura y fea plaza con un agujero que mira a la A-5. Como viene siendo habitual, un par de patinetes abandonados a su suerte.

Bodegón: patinete en plaza dura con agujero

Avanzo por la misma calle y llego a un fondo de saco, ya que la calle Villamanín pasa por debajo de la A-5, creando un desnivel insalvable. Vuelvo sobre mis pasos, pensando que descontarlos de los 10.000 previamente marcados para el recorrido. Pero -aunque es bien sabido que el que hace la ley hace la trampa- no lo voy a hacer, ya que el recorrido es como la vida, es lo que es, y engañarse a uno mismo al respecto es, como poco, poco práctico. Para volver a la calle Villamanín cojo una calle en forma de L, y me fijo en un edificio de viviendas -que hace esquina con la A-5- más moderno, puramente ochentero, de esos que pueblan la zona de Arturo Soria.

Avanzo hacia el noreste por la calle Villasandino, hasta detenerme en una plaza que alberga una curiosa parroquia: la del Rosario, de los franciscanos conventuales. Se trata de un edificio de los que poseen una piel rugosa, con textura y movimiento, contrariamente a otros de fachada más lisa y menos trabajada. Me gusta mucho el juego de luces y sombras que le provoca el atardecer.

La parroquia de Nuestra Señora del Rosario

En esta misma plaza se esconde un pequeño pilar con la foto de un cura, que supongo estaría ligado al barrio.

Sigo por esta calle, entre bloques de viviendas anodinos, medio kilómetro, hasta que me encuentro, a la derecha, con el Centro Cultural El Greco, de forma cúbica revestido de ladrillo visto, que deja un espacio a la calle con una agradable terraza de bar. Sigo por la calle de El Greco, donde encuentro unos puestos de mercado de una planta, y el colegio San Buenaventura, de gran tamaño. Prosigo y giro a la derecha por un callejón, entre un pequeño edificio blando y un gran bloque de viviendas de forma curva, con lo que llego a la calle de Santa Cecilia, donde encontramos otro enorme edificio curvo, a modo de murallón que separa el barrio de la Casa de Campo.

Viviendas curvas

Giro a la derecha y luego a la izquierda encontrando una de las puertas de la Casa de Campo, que traspaso, para adentrarme en la zona de "El Renegado", donde numerosos niños y padres disfrutan de la zona de juegos.

Tras el bloque curvo la tapia de la Casa de Campo

¡Qué gusto un poco de naturaleza al atardecer! Con este pensamiento camino hacia el norte, entre los pinos. Alcanzo el primer búnker de la posición Paquillo, del Frente de Madrid de la Guerra Civil. Y más adelante el segundo, ambos semienterrados, deteriorados y llenos de basura, como no podía ser menos. Me irrita un poco la falta de civismo, pero una cotorra me advierte, con su estruendoso graznido, que no tiene solución y que no me haga mala sangre. Le hago caso, sin duda.

Búnker de la GCE, sucio y semienterrado


 Entre el búnker y la vía férrea del Metro también aparecen trincheras y agujeros causados por caída de proyectiles. Vuelvo a la calle de Dante y rodeo el centro "Escuela de la Vid e Industrias Lácteas" y sus viñedos, donde se imparten cursos de formación profesional relacionados con la alimentación y la vitivinicultura. Encuentro la entrada a la Feria de la Casa de Campo, un tanto desangelada y con aspecto algo inhóspito, sensación acrecentada por la caída de la tarde. 

Este recinto, desde los años 50 a los 70 del siglo pasado, fue ocupado por la Feria del Campo, un evento donde cada provincia española, a través de sus pabellones, exhibía sus mejores productos agrícolas y ganaderos. Alcanzo un gran edificio de cubierta ondulada, el pabellón de Convenciones. En su entrada atisbo varias personas, alguna de ellas tirada en el suelo junto a sus presuntas pertenencias y otra sentada, con la mirada perdida. En la calle principal una familia con niños pasea hacia la salida del recinto. Rodeo el edificio, muy interesante por sus bóvedas flotantes de hormigón armado, construido en 1953 y diseñado por el gran arquitecto Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo.

Pabellón de Convenciones de la Feria del Campo

Sigo por la avenida principal, absolutamente desierta, y alcanzo otro pabellón, el del ICONA, el extinto Instituto para la Conservación de la Naturaleza. Se construyó en 1957 para la III Feria Internacional del Campo. Llama la atención su vestíbulo cilíndrico, con esa estructura metálica amarilla con escalera, que me recuerda a una torre de vigilancia forestal.

Pabellón del ICONA

Un poco más allá giro a la izquierda por la calle de los Hexágonos, con lo que llego al famoso pabellón de los Hexágonos, que lleva "en rehabilitación" toda la vida y nunca se acaba la obra. Me acerco a la ruinosa edificación, admirando el enjambre de módulos hexagonales sostenidos por un finos pilares metálicos en forma de paraguas. Una virguería firmada por Corrales y Molezún y construida en 1956, cosechando muy buenas críticas internacionales e incluso una medalla de oro. Si estuviera en Londres, París o Nueva York otro gallo le hubiera cantado...

El pabellón de los Hexágonos, una pena

Sigo por la misma calle y, de frente, aparece una especie de fuente abandonada, pintada, que supongo cerraría, por el oeste, el recinto de la Feria del Campo. Territorio inhóspito, crecientemente sombrío y sin atisbo de vida humana. Silencio solo interrumpido por el canto de algún pájaro.

Fuente al final de la calle

Vuelvo sobre mis pasos y, a la izquierda, el pabellón de la Vivienda, construido para la IV Feria Internacional del Campo, 1959. Consta de varios módulos cúbicos unidos en forma de dientes de sierra, con una fachada muy interesante: podría construirse hoy mismo y parecería arquitectura de vanguardia.

Asciendo por una escalinata a la izquierda, semienterrada por la hierba. Entre dos árboles, ropa tendida. Algo inquietante, ya que no se ve a nadie por aquí. Llego a una explanada donde, de frente, encuentro el teatro-auditorio y, a la derecha, el pabellón de Valencia

El teatro-auditorio

El primero me recuerda, con su torre central con dibujo y su planta semicircular, a una iglesia de alguna confesión rara, o incluso masónica: tiene un aire solemne que me recuerda -echándole imaginación- al constructivismo ruso.

Pabellón de Valencia, con un bonito azulejo

El pabellón de la derecha tiene una estética mucho más regionalista, con su bonito azulejo con banderas valencianas.

Sigo hacia el norte de la plaza, dejando a la izquierda el teatro. Un individuo, bastante azorado, se me acerca rápidamente por la izquierda. Me da un susto de muerte, y el pavo me pregunta, -en un acento indeterminado de Europa oriental- que dónde se puede denunciar un accidente de coche. Rápidamente muevo los ojos buscando a alguien, y encuentro, en la garita del aparcamiento, un vigilante. "Ese señor le podrá ayudar", le espeto mientras aprieto el paso hacia la izquierda temblándome las canillas. El hombre, satisfecho, me da las gracias y se va hacia la garita. Lo que hace la sugestión: quizás el mismo hecho a las 12 de la mañana no me hubiera dado ese susto. En fin.

Llego a la ronda de Lago, encerrada entre unos aparcamientos y la vía férrea del Metro. A unos minutos llego a la estación de Metro de Lago, con su acogedor porche semicircular.

Estación de Metro de Lago
 Esto ya es otra cosa: varios grupos de chavales conversan en sus aledaños, ya con los últimos rayos de sol. Entro y me coloco en el andén, fijándome en las ligeras bóvedas rebajadas.

Andén de Lago

Ya, totalmente relajado, miro los pasos, contando 10.178, y el reloj: son las 19:40. Con todo me ha encantado la ruta, muy peculiar y variada. Es lo que tienen los espacios intersticiales, las zonas de frontera: se rellenan con todo tipo de colonias, ferias, parques y todo lo que quepa a la imaginación.

Volveré por aquí; queda mucho que explorar.

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