Continuamos nuestro recorrido hacia el lejano sur tras explorar a fondo la ciudad de Getafe, con una parada técnica -antes de explorar Pinto- en el arroyo Culebro, uno de los afluentes del río Manzanares, el cauce madrileño por excelencia. Continuamos, de esta manera, la ruta del ferrocarril Madrid-Sevilla, publicada para el XIV Congreso Geológico Internacional de 1926 en un pequeño cuaderno, cuya página dedicada a Getafe y Pinto reproducimos aquí.
Disclaimer importante: todo aquí -imágenes y texto, salvo las imágenes del propio libro al que nos referimos- son
propiedad y autoría del que escribe, y no hay IA, ni se la espera ni
falta que hace.
Comienzo la ruta en la calle Río Almanzora, perteneciente a Getafe, frente a la nave de una conocida empresa de componentes de automoción; me encuentro en el Área Empresarial Andalucía, un enorme polígono industrial de más de un millón de metros cuadrados.
Desde la glorieta de fondo de saco, tomo una pista en dirección S, que lleva al bosque de galería del Culebro, denominado Parque Lineal. El aire se vuelve húmedo y sano, disipándose rápidamente el olor a humo y gasofa del polígono industrial. Delante, unas naves de una altura emergen frente a la vegetación de ribera. Las bordeo por la izquierda, entre dos hileras de espigados árboles sin hojas.
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| Al Culebro |
Unos perros se abalanzan ladrando -con poco convencimiento y menos vocación a juzgar por sus expresiones faciales- contra el vallado de una nave decorada con grafitis de animales felices: se trata del
Centro de Protección Animal de Getafe, un excelente lugar para adoptar perros y gatos. Los dos de los ladridos se calman casi al instante, y se quedan mirándome con expresión de amor infinito: ya decía Plotino, en sus
Enéadas, que tanto personas como animales -cada uno a su manera- aspiran a la contemplación del Uno, lo que nos une aún más a estas criaturas con las que compartimos casi todo.
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| Amigos adoptables |
Poco más adelante alcanzo una
pasarela que cruza el estrecho cauce del Culebro, que llama la atención por su construcción con traviesas de vía de tren, un posible guiño a la vía férrea que pronto trataremos de atravesar.
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| Puente ferroviario |
Discurro, pues, con el arroyo a mano izquierda, aguas abajo. Una torreta eléctrica y unos lúgubres aunque saludables sauces llorones bordean el arroyo, mientras que la amplia pista se dirige en dirección O.
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| Pista |
Más adelante, la pista se transforma en vereda al acercarse a la vía del tren; por aquí circulaba la
antigua línea Madrid-Sevilla, que estamos siguiendo de la mano de nuestra guía de 1926. Huele ligeramente a suavizante de lavadora; a la izquierda discurre una estrecha línea de agua de un color verdoso algo sospechoso, quizás indicando que se trata de un emisario de aguas residuales ya tratadas.
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| Primera barrera: la vía férrea |
Tras apartar unas zarzas que ocultan el estrecho sendero, llego al
puente sostiene las vías salvando el arroyo. A la derecha, una
maltrecha pasarela de listones de madera -
handmade, como decimos los bilingües de banda estrecha- permite el paso al otro lado, con la precaución de pisar en el lugar correcto so pena de ir de cabeza a morder el barro, bastante asqueroso por cierto.
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| Puenserela |
Al otro lado, un cartel pintado expone que la pasarela se denomina
"puensarela", iniciativa de una pareja de motivados románticos allá por 2003. Como es de esperar, a ninguna autoridad municipal se le ha ocurrido gastar cuatro duros del erario público en permitir la continuidad del parque fluvial en este punto, habiéndose gastado una pasta en las otras pasarelas que pronto alcanzaremos. Imposible no quererles, sin duda.
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| Cercanías |
Un cercanías vuela en dirección Getafe haciendo vibrar el antiguo puente de ladrillo, de auténtico sabor vintage con su arco rebajado y su desconchado revoco color crema.
Encuentro el cruce entre el camino de ribera y el antiguo camino -según las minutas del Mapa Topográfico Nacional- que llevaba, vadeando el arroyo, a la fábrica de yeso Santa Paula, inserta en un potente afloramiento yesífero. En ese enclave, al norte de donde nos encontramos y pegado a la vía del tren, se encuentra en la actualidad la calle río Genil del polígono industrial. Como curiosidad, estas fábricas de yeso y muchas otras cosas interesantes más se pueden consultar en el plano de 1900 del comandante de la Guardia Civil don Facundo Cañada López.
Algo más adelante, encuentro una elegante y práctica pasarela que no tomo, al menos de momento.
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| No cruzamos |
Asciendo hacia
la calle río Odiel, habiendo comprobado la dificultad de pasar por debajo del puente que salva el Culebro, sin sendero y atestado de matorral.
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| Segunda barrera: la calle río Odiel |
Cruzo la calle y su mediana -se trata de un bulevar batallero- a saco, descendiendo otra vez al valle fluvial.
Prosigo por una zona herbosa; a la izquierda, muy cerca del carrizal que
bordea el arroyo, unos olmos de forma cónica contrastan con el depósito cilíndrico de una conocida fábrica de vidrios de lujo.
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| Olmos a la vera del sendero |
Que recuerda, por cierto, al
mítico tambor de Colón de los 70, hoy en día una innegable pieza de coleccionismo pop para cualquier
moder-retro que se precie.
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| Tambor |
Un poco más adelante encuentro otra pasarela y, detrás, la tercera barrera:
la calle Guadalhorce, que comunica el polígono del centro Comercial "Nassica" con el polígono "Las Arenas". Como no hay posibilidad de atravesar la calle por debajo en este lado, cruzo el puente y tiro por la pista que sí permite el avance, con el arroyo a la derecha.
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| Tercera barrera: la calle río Guadalhorce |
A la derecha, en un espacio cuadrado, se dispone
un mariposario relleno de maleza seca. Aquí no hay ni Dios, no sé si porque es invierno o porque las mariposas prefieren espacios menos dedicados, por eso del pánico escénico.
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| Mariposario triste |
El ruido se hace patente al alcanzar la autovía A-4, un borde o barrera en toda regla,
como diría Kevin Lynch. Camiones enormes pasan a toda leche, mientras oteo la parte baja del puente que salva el Culebro, hasta las trancas de carrizo y maleza a saco. Imposible el paso al otro lado de la autovía.
No way, finito, chao.
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| Cuarta barrera: la A-4, insalvable |
Media vuelta por el sendero que deja el arroyo a la izquierda. Para consolarme, me fijo en las pequeñas aunque verticales cárcavas que bordean los meandros del Culebro. Consulto, por eso de dar contexto a todo, las litologías del IGME, que indican que se trata de depósitos aluviales de fondo de valle, compuestos de arcillas yesíferas y arenas. Chachi.
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| Meandro |
Desando el camino y regreso al coche, dirigiéndome ipso facto al final de la calle de Rachel Carson, sincero homenaje getafense a la gran pionera de la biología marina y una de las impulsoras del ecologismo.
Aparco cerca de la rotonda final de la calle, con el arroyo Culebro a mi derecha, tras una cutre parcela llena de fregonetas y trastos varios. Ya a pie, discurro por el camino de Cunebles o Cuniebles, una amplia pista muy trabajada por las susodichas fregonetas y demás vehículos de mal vivir. A la derecha, tras un vallado, surge una amplia balsa de agua de la que no he encontrado información alguna, ni siquiera en el puto chatgpt.
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| Charco chungo |
Desciendo hasta el
puente de Cuniebles, una pasarela que salva el arroyo Culebro enlazándolo con la
Cañada Real Galiana, una vía pecuaria de origen medieval que enlazaba La Rioja con Ciudad Real, pasando por Madrid.
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| Puente de Cuniebles |
Los márgenes del arroyo han sido recientemente desbrozados y limpiados, quedando el cauce desnudito, suave, como recién parido.
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| Culebro imberbe |
A la izquierda y arriba, en un pequeño cortado de margas y yesos, aparecen
las cuevas de Cuniebles, unas oquedades poco profundas pero interesantes, como suelen serlo los
bujeros oscuros y húmedos.
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| Covacha |
Tiro por la
Cañada Real Galiana en dirección SO; a la derecha emergen, enormes, las naves logísticas de un no muy conocido supermercado valenciano cuyo nombre empieza por m y acaba por a.
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| Cañada |
A la izquierda el páramo se va elevando en una ligera pendiente, cubierta por verde hierba y masa bajas y circulares de esparto y retama seca. Asciendo por un pequeño valle hasta encontrarme en el límite con un extenso sembrado de cereal. Por el suelo serpentean incisiones estrechas y profundas excavadas en las arenas yesíferas: se trata de
una de las muchas redes de trincheras del ejército republicano relacionadas con el Frente de Madrid. Me hallo, pues, en el
conjunto de fortificaciones de la Guerra Civil "Los Yesares", un espacio protegido y vagamente musealizado.
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| Trinchera profunda |
Prosigo junto al
ecotono entre sembrado y la zona herbosa plagada de trincheras en zigzag y pozos de tirador al final de algunas trincheras. A la izquierda, inserto en una pequeña península de hierba rodeada de sembrado, encuentro
un búnker de la posición "Vega Baja", usado por las tropas de la
División 18 del ejército de la República.
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| Primer búnker |
Dentro, una raja horizontal apunta al sembrado, sin mucho más que atisbar. La construcción es bastante sólida y de forma cuadrada con ángulos redondeados, de hormigón armado del duro. Hecho para durar, sin duda.
Afuera, a lo lejos, se divisa el Cerro de los Ángeles, el ombligo -presunto punto más central, se entiende- de la Penínula Ibérica.
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| Cerro de los Ángeles |
Sigo bordeando el sembrado, en dirección SE, siguiendo las profundas y ubicuas trincheras. Encuentro, en una zona desprovista de vegetación al encontrarse justo en el borde del sembrado,
otro búnker en excelente estado de conservación.
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| Segundo búnker |
Entro por el estrecho vano; dentro, la apertura horizontal de turno, por donde los soldados oteaban y disparaban sus armas. Hoy en día, un extenso y llano horizonte cerealista, sin
moros en la costa.
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| Rendija con vistas |
Continúo rodeando el cerro en dirección O. Abajo, a la izquierda, la pista potente del
camino de Valdecantos. En el suelo aparecen trozos de cerámica, correspondiente a ladrillos y tejas, lo que indica que por aquí había una construcción de tipo convencional, con tejado.
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| Vaguada atrincherada |
Un poco más adelante, a media ladera y rodeado de trozos cerámicos y basura moderna, encuentro
un abrigo cubierto con una estructura de madera, de factura moderna. En su interior se aprecia la planitud del suelo y del talud: este debía ser el lugar de comida, descanso y esparcimiento, en momentos en los que la contienda estuviera más relajada.
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| Abrigo |
Sigo por el
borde del talud, guiado por una profunda trinchera en las margas yesíferas; de frente ya se atisba la Cañada Real Galiana y las naves del polígono.
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| Serpiente |
Descubro
otro búnker -el tercero- que apunta al sur. Llama la atención su buena factura y planta con forma de bala o supositorio, ya que
entra mejor por detrás.
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| Tercer búnker |
Desciendo al pozo de entrada del búnker, en la intersección de dos trincheras, llamado mi atención el brillo sedoso de
unos nódulos de yeso masivo, bien cristalizados. Dentro del búnker, lo mismo que en los demás: una raja horizontal.
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| Yesos masivos |
Sigo bordeando el cerro en dirección N, siguiendo otra línea de trincheras algo menos profundas que las anteriores.
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| De vuelta al Culebro |
Alcanzo, por fin,
el último -y cuarto- búnker de la posición "Vega Alta", exactamente igual que el anterior. Ya es mediodía y, aunque sea invierno, la temperatura al solecillo es casi perfecta.
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| Cuarto búnker |
Me siento sobre el hormigón en postura de meditación o contemplación, y me quedo un rato escuchando los sonidos del campo y la ciudad, ya que aquí llega casi todo. Al rato emprendo el regreso, sabiendo que la próxima aventura -siguiendo, como siempre, la línea férrea con nuestra guía geológica de 1926- será por la villa de Pinto, lo que probablemente asegure emociones fuertes. I can't wait, como diría Trump.
CONTINUARÁ
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