miércoles, 1 de abril de 2026

Rutas vintage: 1926, la línea férrea Madrid-Sevilla VII (por Pinto, la ciudad del chocolate)

Seguimos nuestro viaje hacia la lejana Sevilla tras explorar a el interesante arroyo Culebro, que bordea por el norte la localidad de Pinto. Continuamos, en cómodos fascículos encuadernables, la ruta del ferrocarril Madrid-Sevilla, publicada para el XIV Congreso Geológico Internacional de 1926, por este pueblo transformado en ciudad periférica de la capital.

Comenzamos el paseo, que promete intenso, en la bolsa de aparcamiento situada al final de la calle Ruperto Chapí, tras lo que enfilo hacia el S siguiendo el trazado de las vías del tren, por la calle Juana Francés. A la derecha, el trasiego de camiones y personal con casco y chaleco reflectante indica, sin lugar a dudas, una obra importante: el apeadero de Cercanías de La Tenería, nombre del barrio en el que me encuentro. 

Obra del apeadero de Tenerías
Unos metros más adelante, la chapa pintarrajeada que delimita la obra se abre, dejando ver las catenarias y un vasto espacio de aparcamiento ligado a las naves del polígono industrial Pinto Estación.

Rincón exquisito

Poco más al sur el sendero de tierra se convierte en una calle peatonal, que discurre entre una ristra de equipamientos (centro social, pistas deportivas, biblioteca) y las vías, tapadas con una opaca chapa metálica. 

Buen camino

Poco después, la vista a la derecha se abre para dejar una enorme nave (1980) horadada con multitud de huecos de carga y descarga, que aloja un famoso almacén de productos electrónicos e informáticos.

Nave brutal, que no brutalista

La callejuela serpentea subiendo y bajando pequeñas lomas, quizás encima del talud que aislaba las vías de la zona habitada. Está agradable, con su césped bien recortado que delimita pequeñas zonas verdes con sus ubicuos juegos infantiles: así es imposible aburrirse, oiga.

Agradable

A la derecha, en la esquina trasera de la biblioteca "Javier Lapeña" (2010), una portería bicolor se esconde bajo una escalera, tímida, mirando a la pared, como preguntándose qué coño hace en una biblioteca.

Portería castigada

Sigo el camino; a la derecha se observa, con mucha claridad, la catenaria, sostenida mediante pórtico metálico, además de los hilos de contacto con sus sustentadores, y sus hilos de retorno.

Catenaria guapa
Algo más abajo, a la derecha, surge un descampado triangular sumamente apto para ventilar las heces del peludo de turno, por lo que la atención es imperativa en este punto, so pena de fragante regalito. De frente, alta y espigada, la torreta de una estación eléctrica (2015), con sus líneas conductoras y sus aisladores negros.

Estación eléctrica

Paso por debajo del paseo de las Artes, que comunica Pinto con el polígono, salvando las vías. A la izquierda, en una pequeña zona verde de carácter residual, encuentro una original papelera/depósito de truños, con un cierto aire a parquímetro americano.

Papelera de diseño
Un poco más adelante, unas escaleras, a la derecha, abocan a un hermoso y metafísico túnel, cuya luz al final promete emociones de alto voltaje, nunca mejor dicho. 

Túnel patafísico

Al otro lado, el polígono industrial, con sus naves repletas de negocios prácticos: talleres mecánicos y demás. Tras las vías, mirando al pueblo, se aprecian unas viviendas bajas, que ya tienen un aspecto muy de ídem. Regreso al lado correcto de la Historia, frase hecha y sumamente chorra que no paro de escuchar últimamente.

Vista feísta

Sigo por la calle del Ferrocarril en dirección S. A la izquierda encuentro unas peculiares aunque austeras viviendas con frontones alternos (1989), dotadas de ese toque posmoderno tan noventero.

Noventerismo sencillo
Me cuelo a la izquierda, para observar los remates de esta promoción de tejados juguetones y fachada lisa, llegando a la plaza de las Monjas Capuchinas. La planta baja se engalana con unos soportales, que se enfrentan -metafóricamente hablando- al convento de las Capuchinas, un antiguo edificio del siglo XVI en aparejo toledano: paños alternos de ladrillo visto y mampostería.

Plaza sencilla
Regreso a las vías y accedo al recinto de la estación de Cercanías. Allí encuentro un pequeño y vetusto almacén ferroviario (1851) con puertas correderas metálicas, que destacan sobre un paño de mampostería hexagonal revestida y pintada, muy agradable a la vista por lo vintage.

Detalle ferroviario

Poco más allá se encuentra el precioso edificio de viajeros de la estación de Pinto (1851), de aspecto neomudéjar con su fachada a franjas horizontales y cornisa con ménsulas y arcos rebajados de ladrillo en los vanos, entre otros interesantes detalles.

Cosita chula

Más adelante, a la derecha, una especie de palafito suspendido o castillete minero, capta la atención: podría ser un torreón vigía del tráfico de las vías y en realidad lo es: se trata de una torre de guardagujas o de señales (1851).

¿torre vigía? pues sí
Tiro por la calle del Cristo en dirección E, hasta que me topo, tras unos raídos cipreses, con el alto y esbelto torreón de la princesa de Éboli (siglo XIV), símbolo de la ciudad. Llama mucho la atención por sus esquinas redondeadas, similares a las de una lata de hojalata antigua, valga la redundancia.

Torreón

Detrás, una chimenea de ladrillo evoca una fábrica que podría haberse situado en este punto, actualmente plaza de Jaime Méric.

Junto a ésta encuentro una agradable, coqueta y algo cuqui cafetería con terraza, en la que me aprieto una taza de gasofa mañanera con leche. Detrás, el busto (1899) del titular de la plaza: Jaime Méric Saisset, fundador de la Compañía Colonial (1854), primera empresa chocolatera de España. Atando cabos, la alta chimenea de ladrillo corresponde al último resto de su antigua fábrica de chocolate, edificada en 1866.

Busto y chimenea chocolatera

Vuelvo a las vías y tiro por la calle del Parque Éboli hacia el S. Al rato, unos bloques lineales de cinco alturas (1972), perpendiculares a la calle, recuerdan, por el look, que estamos en un barrio de una ciudad como otra cualquiera, con sus elementos por defecto.

Viviendas default

Poco más adelante cojo la calle Buenos Aires, que se va despegando de las vías con la inestimable ayuda del ubicuo supermercado valenciano. En una esquina, resistiendo ahora y siempre al invasor, encuentro un simpático chalé con porche (1940), vestigio de la vieja barriada de Buenos Aires. 

Chalé viejuno

Tiro por la calleja hasta alcanzar una moderna plaza bordeada por unos bloques con remates curvos (1991), de buen aspecto y catadura moral.

Bloques pijos
Cruzo la amplia calle Nicaragua alcanzando el parque triangular de Buenos Aires, con sus amplios espacios para jugar a la pelota, o a lo que haiga falta. 

Parque de Buenos Aires
Viro a la derecha, en dirección SEE, filtrándome entre unos bloques separados por un sinuoso corredor peatonal (1977), con paños verticales blancos y de ladrillo visto. Zona urbanísticamente interesante por su mezcolanza de épocas y diseños, y por su variedad de ambientes intersticiales.

Corredor
Sigo, con las vías a la derecha, en dirección S, hasta alcanzar una plaza dura con parterre incorporado, dotada de unos ochenteros bancos y macetas prefabricadas.

Bancos cómodos
Al final de la plaza encuentro un pequeño chalé que parece de juguete, que en realidad cubre la escalera del aparcamiento inferior. Es muy mono con sus tejadillos, para un uso tan prosaico.

Chaletillo de acceso
Tiro a la derecha; tras un colegio una rotonda cachonda, cortesía de las siempre imaginativas autoridades locales bien regadas de dinero público. Esta vez decorada con unos puentecillos haciendo un círculo alrededor de una farola. Me renta, bro.

Puentecitos

Cruzo la calle Sur, para coger una pista de tierra que sigue las vías. Un convoy con dos pisos de coches discurre lentamente, como si no quisiera derramar nada de su chatarrosa carga.

Cargo total
A la derecha, unas pistas deportivas y un polideportivo blanco, con planta de huevo (2006). Unos cientos de metros más adelante alcanzo la autovía M-506, obligando a la pista a doblarse en dirección E, junto a una hípica o picadero, como se prefiera.

Límite

Un poco más adelante, a la derecha, la colada del Hondo -una cañada ganadera- cruza la autovía y se dirige al S, hacia la localidad de Valdemoro.

Cañada

Alcanzo un hermoso olivar, lugar paseable de lo más, ya sea en solitario, en pareja o con tu peludo: me hallo en el extremo sur del enorme parque Juan Carlos I, oasis ontológico de la vida pinteña. 

Olivar

Más adelante, en un moderno edificio abierto de hormigón y madera, aparece Arqueopinto, un espacio divulgativo de arqueología claramente orientado a la chavalería. Junto al edificio, la cubierta a dos aguas de una choza indígena (quizás un fake de la cultura ibérica), sobresale del tupido vallado.

Arqueopinto

A lo lejos, una escultura de chapa con forma de pilón egipcio -la Puerta de la Paz- da la bienvenida al gran estanque, un piscinón ahora vacío, en reforma. En este lugar se notan los cuartos de los que goza el municipio, sin duda.

Puerta de la Paz

Bordeo el estanque por el E, observando lo bien ejecutados arroyos artificiales que desembocan en el mismo.

Arroyo de parné

Alcanzo una agradable terraza; el estanque, vacío y de una profundidad apta para el baño. se encuentra muy bien impermeabilizado. Como piscina municipal no tendría precio, se forrarían aún más.

Vota pisci municipal

Tiro por el paseo que marca el eje del parque. A la derecha, un pequeño edificio de una altura con tres arcos (1995), de estilo regionalista andaluz, con sus dos palmeras laterales.

Rincón sureño

Llego al canal central que comunica el estanque con el acceso principal del parque, que sigo hasta llegar a la calle de Pablo Picasso.

Selfie acuático

Al otro lado, haciendo esquina con un corredor peatonal, encuentro un bloque a franjas horizontales y balcones (2007), de aspecto algo playero con sus toldos a rayas marineras.

Bloque playero

Alcanzo la plaza 8 de Marzo, un espacio rectangular presidido por el monumento a la Mujer, una especie de broca de taladro con alitas: es patente que, en esta ciudad, atan a los perros con longanizas.

Monumento a la "mujer"

Alcanzo la avenida de España, vía que circunda el casco histórico de Pinto, el pueblo primitivo. La cruzo y tiro por la calle del Arroyo, entre sencillas viviendas de tres alturas (1980). La calle se curva, y aparecen fondos de saco, lo que viene siendo un trazado urbanístico tradicional.

Calle del pueblo

Al llegar a la calle de la Concepción, encuentro un antiguo corral o almacén (1900), enjalbegado como corresponde a su época. A ver lo que dura...

Corral muy vintage

Viro al N por la calle Amadeo I; en una esquina aparece un buen casoplón con ventanal a medio punto partido (1994), que parece antiguo pero no lo es.

Casa clavada

Sigo por la calle Ecuador hasta llegar al centro neurálgico del antiguo pueblo de Pinto: la plaza de la Constitución, un espacio de aparcamiento que pide a gritos peatonalización. Es curioso que, en un municipio tan aparentemente potente, no se haya efectuado aún. Misterios del erario público.

Ayto

En la esquina NE, un vestigio de cómo se configuraban las plazas mayores manchegas: soportales y balconadas de madera, en un precioso edificio vernáculo aún habitado.

Larga vida a sus habitantes

Continúo hacia el N por la calle Real, la principal del antiguo pueblo, delimitada por agradables viviendas de dos alturas pintadas de blanco.

Calle Real

Algunas parcelas se ocupan por pequeños negocios modernos, como el wellness o la integración cuerpo-mente en busca de la no-dualidad.

Rincón ejpiritual

Alcanzo el cruce con la calle Maestra María del Rosario donde, a la izquierda, emerge el masivo torreón de Pinto, ya va observamos anteriormente.

Otra vez el torreón
Sigo por la calle en dirección E, para toparme con una visión kitsch: un delicioso -literalmente- edificio de nata con chocolate negro (1997), heredero y faro de la nueva tradición chocolatera pinteña. Un must para golosos empedernidos, aunque se trate de un sencillo hostal.

Willy Wonka pinteño

Llego al parque del Egido, el centro neurálgico de la actividad comercial pinteña. Tras el monumento a la Fraternidad -una escultura de chapa a lo Eduardo Chillida- emerge la potente iglesia de Santo Domingo de Silos, un templo del siglo XVII parcialmente reconstruido en el siglo XX. En su bonito interior, de estilo gótico, se pueden observar bastantes elementos originales.

Parque del Egido con monumento

Bordeo el parque, en dirección N, por la calle Egido de la Fuente, hasta alcanzar una pequeña fuente circular. Detrás aparece un edificio largo, de dos alturas y lleno de ventanas (1958), en cuyo interior de encuentra una asociación de ayuda a la discapacidad.

Edificio terapéutico

Viro en dirección NE, para encontrar un hermoso templete o quiosco de música, con su esbelta estructura de fundición tan propia del ¿feliz? siglo XIX.

Templete

Un poco más adelante encuentro una ludoteca con quijotesco mural, que nos recuerda que el Quijote no es, en realidad, un peñazo.

Diversión asegurada

Tiro por la calle Alfaro hasta toparme con una figura alegórica del toreo: el Maletilla, un practicante amateur del algo demodé arte de Cúchares.

Maletilla

Viro a la izquierda hasta alcanzar la calle Castilla; allí aparecen, entre arboladas zonas intersticiales, unos bloques lineales con terrazas corridas (1974).

Bloques setenteros

Al otro lado de la calle, encuentro una marchita galería de alimentación (1981), equipada con un noblérrimo escudo en su fachada.

"Salones Castilla"

Alcanzo el parque Norte, zona verde equipada con lo de siempre pero en bien.

Parque Norte

Ya en el paseo de las Artes, unas macetas a lo bestia engalanan la avenida, vía de acceso principal de la ciudad: por decoración urbana que no quede. Me encuentro, de nuevo, en el barrio de la Tenería.

Macetas XXL

Cruzo la calle Cataluña, para crestear por el parque de Las Verdes, dotado con todo tipo de equipamientos deportivos, ejemplo patente de la "potencia" de este municipio.

Cresteando

Al otro lado de la avenida surgen unas interesantes viviendas de diseño (2008).

Diseñito

Llego a una gran glorieta con fuente; en su esquina, el cementerio de Pinto, equipamiento que espero algún día se cierre por innecesario. Por cierto, bonita capilla, mientras tanto.

Cortijo de los callaos

Bordeo el cementerio por la derecha, al otro lado unas viviendas-botellero (2008), típicas del desmadre urbanístico más recalcitrante.

Botellero

Tiro por la avenida de Antonio López en dirección N. A la derecha encuentro la parroquia de San Francisco Javier (2012), un templo arquitectónicamente soso -muy propio de los 2000- especializado en belenes, por lo que parece. 

Parro de bajo voltaje

En la esquina con la calle Francisco Bores, a la derecha, emerge la Escuela Municipal de Música (2007), un cubo liso con el correspondiente aplacado dosmilero, que seguimos disfrutando a día de hoy por resultón y barato.

Cubito sinfónico

Justo enfrente aparece la Escuela Oficial de Idiomas (2006) -¿hay algo que esta ciudad no tenga?-, con su fachada de hormigón de añoranza brutalista con escuálidas ventanas rasgadas.

Homenaje al Corbu

Giro a la izquierda por la calle de Ruperto Chapí, donde encuentro una mezcolanza de bloques de viviendas recientes, de buen aspecto en general.

Recién sacados del horno

De esta forma alcanzo el lugar desde donde inicié la exploración: el aparcamiento del apeadero de La Tenería, junto a la obra homónima.

Con el inesperado regusto a pasta a espuertas que exhibe esta ciudad pinteña, despedimos esta entrada. En la próxima seguiremos nuestro periplo junto a la vía del tren, esa que nos llevará a Sevilla en un futuro no muy lejano.

CONTINUARÁ 

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