martes, 10 de julio de 2018

Colores del berrocal

Hace calor, mucho y pegajoso, aunque haya amanecido hace apenas una hora. El sol apunta maneras, así que más vale que me dé prisa en el ataque a un conocido cerro de agujas punzantes, que bien podría ser cualquiera de los que coronan las zonas graníticas de la Península Ibérica. Nada más comenzar la marcha, que se presenta algo empinada, por un tortuoso sendero de firme arenoso que más bien parece un torrente seco, me sorprende el inconfundible y evocador aroma de la jara pringosa. Miro a mi alrededor; entre los bolos y berruecos surgen multitud de ellas, la mayoría engalanadas por sus grandes flores blancas.

Más arriba, en una zona llana, amesetada, aparece un bosquecillo de punzantes enebros y, entre ellos, una multitud de florecillas de mil y un colores y formas. Hacía tiempo que no veía tantas: las últimas primaveras han sido bastante secas y la de este año ha batido récords de lluvia, cortesía de las fluctuaciones del vórtice polar por el calentamiento y deshielo de los polos de la Tierra.

Sigo ascendiendo. La temperatura se eleva apreciablemente, comienzo a sudar y, en mis brazos, el agüilla se mezcla con la crema solar, formando una sustancia blanquecina que atrae nubes de pequeños insectos ávidos de chapuzón, lo que convierte el agradable paseo en una somera tortura. A duras penas llego a un collado, de nombre Alfrecho por si a alguien le interesa. Me recibe una alfombra azulada, o morada, o violeta, de cantuesos. No especifico color porque el que escribe es un asertivo daltónico, de esos que piensa que, bajo su incómoda condición, quizás se esconda alguna ventaja evolutiva. O, al menos, lleva el nombre de uno de los padres de la química, algo es algo. El que no se consuela es porque no quiere. Por tanto, si en algún momento bailo algún color, ruego la disculpa del amable lector. También la del experto, si no se atina con alguna especie.

Alfombra de cantuesos en el collado.
Corono el cerro de marras para que no se resienta el ego y, durante la bajada, me dispongo a tomar unas notas de campo y a inmortalizar con mi modesta cámara compacta tan lindas florecillas, con el ánimo de intentar identificarlas. Como recompensa al esfuerzo y ya casi alcanzando el punto inicial de la ruta, me encuentro con una hermosa lagartija colilarga (Psammodromus manuelae), endémica de la Península Ibérica. Mientras le hago la foto se queda quieta, de forma quizás ingenua, como una estatua de sal.

Lagartija colilarga, posando como una modelo.

Ya en el taller y como viene siendo habitual, tiro de estantería, que para eso está. Encuentro la excelente Guía de Campo del Sistema Central y el clásico "Plantas Medicinales, el Dioscórides renovado", del insigne Pío Font Quer, aunque cualquier guía de identificación de plantas silvestres podría servir.

Empecemos por el cantueso (Lavandula stoechas), muy reconocible por su olor a lavanda y por el largo penacho, que le otorga un aspecto de pequeña piña rodeada por pequeñas carreritas de flores en sus lados. Dice Font -que para eso es experto en hierbas medicinales- que el cantueso, en infusión, sirve para lavar las heridas, como antiséptico. Según el griego Dioscórides, el origen de esta planta se remonta a unas islas cercanas a Marsella llamadas Stichades, aunque vaya usted a saber.

Jara "de las cinco llagas"
En cuanto a la ubicua jara pringosa (Cistus ladanifer), es fácilmente reconocible por su olor, lo pringoso de sus coriáceas hojas y sus grandes flores blancas. He visto dos tipos de flores: las que son completamente blancas y las que poseen cinco manchas oscuras hacia el centro de la flor. Estas últimas se denominan popularmente jaras de las cinco llagas. Don Pío dice que de esta planta se extraía el ládano, una resina con multitud de usos.

En color blanco tenemos la Chamaemelum fuscatum, la manzanilla fina, bello nombre que recuerda al delicioso elixir de Sanlúcar de Barrameda.

Manzanilla fina, ni de Sanlúcar ni de Jerez.

También muy blanco es el bonito Sedum hirsutum, con sus llamativos estambres. Se comercializa como flor ornamental.

Sedum hirsutum.

Muy aromático es el Thymus mastichina, la mejorana española, con sus blancas flores globosas. Como todos los tomillos, en infusión es digestiva y en polvo una rústica especia.

Mejorana española.

Con aspecto de blanco monje encapuchado, la flor de la Antirrhinum grosii es realmente curiosa. A la prima hermana Antirrhinum majus, muy parecida, se la llama popularmente boca de dragón porque si se comprime lateralmente la flor, el pétalo de arriba se abre semejando una profunda boca. Hasta en el campo se puede jugar, sin pasarse, claro.

Antirrhinum grosii.

Ya en el amarillo, mucho más evidente es la Genista florida, flexible arbusto de la familia de las retamas dotado de racimos de flores amarillas y de judías aplanadas vellosas. Font dice que la infusión de sus flores es diurética o laxante según la cantidad; ya sabe el lector que los experimentos, con gaseosa.

Genista florida.

Aquí presentamos a la muy frecuente Pilosella castellana, denominada popularmente vellosilla o hierba de la salud. Sus flores son muy peculiares porque los bordes de los pétalos son rectos y presentan pequeños dientecillos. Font nos explica que posee propiedades antibióticas y astringentes.

Pilosella castellana.
También amarilla es la bella Hispidella hispanica, que también es endémica de la Península ¿Acaso no es un lujo vivir en un país con tantos endemismos?

Hispidella hispanica, qué bonita flor.

Terminamos con el amarillo con la botonera o abrótano, alias Santolina rosmarinifolia. Sus cabezuelas, que parecen botones, son digestivas en infusión, aunque siempre en número impar porque en par produce retortijones, nos dice Font aludiendo a un tal Palau, autor de un libro sobre flora balear. El botánico también nos explica que la santolina es muy apreciada en las Islas Baleares, y más concretamente en Mahón, Menorca.

Santolina.

Ahora le toca al color azul, representado por el botón azul (Jasione montana), de nombre científico vagamente vasco.

Jasione montana, el botón azul.
Hay un grupo de flores que me parecen especialmente bonitas y curiosas: las campanillas. La Digitalis thapsi, endemismo de la Península Ibérica, también llamada dedalera, forma ramilletes de flores púrpura. Posee, en su composición, sustancias químicas muy activas, de las cuales se han obtenido medicamentos indicados en diversos problemas cardíacos, por lo que es una planta muy significativa.

Dedalera.
Las plantas del género Centaurium son difíciles de identificar, por lo que dejaré estas pequeñas flores azules de cinco pétalos apuntados sin apellido, no sea que algún experto me corra a collejas.

Centaurium.
Terminamos aquí esta entrada fresca y veraniega, demostrando que, si afilamos nuestros sentidos, podemos observar ciertas características del paisaje tan familiares que jamás hemos prestado atención. Para ver plantas silvestres no hace falta ni salir al campo: las tenemos en las cunetas de las carreteras y caminos, sencillas, coloridas, muchas de ellas medicinales y otras hasta comestibles, esperando que algún sagaz humano les de la importancia que, sin duda, merecen.

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