lunes, 4 de marzo de 2019

Territorios filatélicos (I)

Cuando el que escribe hizo la Primera Comunión, costumbre prácticamente inevitable en los años 80 del siglo pasado, un peculiar familiar, conocedor de la originalidad del muchacho y, probablemente, de él mismo, le hizo un regalo que nunca olvidó. Un regalo de persona mayor, nada de un reloj Casio (excelentes, por cierto) o una cámara Polaroid (igualmente), sino un álbum de sellos. Además, relleno de bastantes de ellos, valga la redundancia.

Sellos de personajes históricos, motivos religiosos, conmemoraciones de descubrimientos, animales, trajes regionales, jefes de estado y paisajes españoles y extranjeros. Hoy nos detendremos en algunos paisajes o monumentos -la mayoría muy conocidos- que aparecen en estos sellos, todos emitidos en los años 60 del pasado siglo.

Comenzamos con algunos sellos de la Serie Turística de los años 60. El primero me encanta: se trata de un sello de 5 Ptas. de 1967 de la Ciudad Encantada de Cuenca, esa maravilla de paisaje geológico. El sello representa una de las formas más representativas del parque: el Tormo Alto, una figura en precario equilibrio; probablemente en algunos cientos de años, o menos, colapse. Mientras, no hay que perdérselo.

Sello de 5 Ptas. de la Ciudad encantada de Cuenca (La Gaceta de Gea)
Como uno es daltónico, no va a entrar en sutilezas cromáticas. Me admira el color de los pinos del fondo, y cómo contrastan con las líneas de sombra de la formación geológica. Hasta las difuminada línea del matasellos le queda bastante armónica.

El siguiente, de 70 céntimos y emitido en 1964 y a dos colores. Representa una vista de la Costa Brava, en la provincia de Gerona. Me da la sensación de que se trata de una vista panorámica de Tossa de Mar y su costa, según he podido inferir de esta foto.

Sello de 70 Cts. representando un paisaje de la Costa Brava, en Gerona (La Gaceta de Gea)
Me gusta mucho la perspectiva, lograda a partir del empleo de las dos tintas, oscura la de delante y más clara la de detrás. La forma de representar los árboles y los roquedos, así como los reflejos de los elementos sobre el agua y las casitas del pueblo, me parecen de una gran delicadeza.

El siguiente sello data de 1966: una vista del Monasterio de Guadalupe, una joya arquitectónica que, en su interior, aloja innumerables tesoros, especialmente de pintura y escultura.

Sello de 1,50 Ptas. del Monastrio de Guadalupe, en Cáceres (La Gaceta de Gea)
Se trata de la fachada principal del edificio, que preside una pequeña plaza mayor con soportales, una fuente y algunos locales turísticos. En un lateral del conjunto se encuentra el Parador de Turismo, dotado de un interesante claustro donde se sitúan las habitaciones. Lo que más me atrae de este sello, además de la precisión con la que se ha representado, es el matasellos, muy curioso por mantener dos palabras enteras.

De la cosecha de 1968 nos llega este sello, que representa la monumental ciudad universitaria de Salamanca, sin duda una de las que más patrimonio posee de toda España, y vida estudiantil, todo hay que decirlo.

Sello de 1,20 Ptas. con vista de Salamanca (La Gaceta de Gea)

Me gusta mucho el empleo de la tinta del Puente Romano en contraposición con la de las dos catedrales que posee la ciudad. El reflejo de los arcos sobre las aguas del Tormes focaliza la perspectiva de la escena.


El Teide, en las islas Canarias (La Gaceta de Gea)


El siguiente sello es más paisajístico, entra más en la categoría de flora y fauna. Se trata de una bonita vista del Teide, el pico más alto de España con 3.718 metros, un volcán que, en sus laderas, presenta una vegetación riquísima en endemismos, como el tajinaste rojo, pintoresco arbusto que parece un cactus o la delicada violeta del Teide, descrita por el gran Alexander von Humboldt. La palmera, en primer término, enmarca el nevado pico, y algunos edificios singulares -el de la derecha de abajo podría ser obra de César Manrique- completan la escena.

De aspecto similar al sello de Salamanca tenemos éste de 1,50 Ptas. de la monumental ciudad de Gerona.

Vista de Gerona (La Gaceta de Gea)
La vista es desde el río Oñar, que atraviesa la ciudad antes de unirse al río Ter, a la altura del Parque de la Dehesa, presuntamente el parque urbano más grande de la región de Cataluña y cuya máxima atracción natural son sus enormes plataneros (Platanus hispanica) de más de 55 metros de altura. Las casas colgantes del Oñar, lo más pintoresco y probablemente fotografiado de la ciudad -incluyendo la conocida Casa Masó-, se asoman al cauce teniendo como telón de fondo la catedral de Santa María de Gerona, muy original por poseer una sola nave (planta de salón), por lo que recuerda más un edificio civil, tipo lonja, que una catedral ad hoc. Al fondo, la iglesia de San Félix, con su recortado remate y, presidiendo el río, el puente de Eiffel (no se parece mucho al actual; que alguien me lo explique).

Los 80 Cts. de la Torre del Oro, en la adorable Sevilla, configuran una estampa muy típica de la ciudad.

80 Cts. con la Torre del Oro (La Gaceta de Gea)
Se trata de una vista del monumento desde el Canal de Alfonso XIII, una dársena del río Guadalquivir que atraviesa el Puerto de Sevilla y llega hasta la Isla de la Cartuja, donde se celebró la exposición universal "la Expo" de 1992. Por cierto, el lugar, en la actualidad aloja un Parque Científico y Tecnológico; excelente iniciativa, deberían existir muchos más centros de I+D en España. Otro gallo nos cantaría, desde luego.

Detrás de la torre albarrana, cuyo cuerpo hexagonal data del siglo XIII, surge el alminar islámico español por excelencia, la Giralda, cuyo cuerpo superior renacentista -en mi opinión bastante conseguido- fue construido tres siglos más tarde.

Finalizamos esta primera entrega en 1968, con este sello del Palacio Benavente, en la encantadora localidad de Baeza, también llamado Palacio de Jabalquinto.


50 Cts. del Palacio de Jabalquinto, en Baeza, Jaén (La Gaceta de Gea)

En la actualidad se aprovecha -eso está muy bien, es necesario reciclar patrimonio- como una de las sedes de la Universidad Internacional de Andalucía. La fachada, del siglo XV, es exuberante, de estilo gótico isabelino, decorada con motivos escultóricos variados: heráldica, puntas de diamante y flores de piñas, entre otros.

Continuaremos en una próxima entrada, admirando estos sencillos aunque preciosos sellos que nos permiten admirar, a pequeña escala, algunos de los paisajes y monumentos más conocidos de España aunque tantos hay, tan interesantes y algunos tan descuidados, que habría que sacar muchos más sellos para que la gente tomara conciencia de lo que significa cuidar el patrimonio: un espejo de nosotros mismos.

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lunes, 18 de febrero de 2019

Rutas anárquicas: circunvalando Entrepeñas

Inauguramos con esta entrada una nueva sección: las rutas anárquicas. El término no necesita mucha explicación: según la RAE anarquía tiene varias afecciones, pero a mí la que más me gusta es la de desconcierto, incoherencia, barullo. Así pues, son rutas bastante exploratorias, fuera de los caminos más trillados. Si vemos algún elemento que llama poderosamente nuestra atención -como dicen los más modernos- nos detendremos a investigar el lugar convenientemente.

Comenzamos nuestra primera ruta por el embalse de Entrepeñas pasado el interesante pueblo de Auñón, compuesto mayoritariamente por viviendas vernáculas bastante bien conservadas y auténticas, propias de estos ambientes del peculiar y muy personal paisaje Alcarreño de Guadalajara. Cogemos el desvío a Sayatón, localidad anexa al embalse de Bolarque, construido sobre el Tajo en 1910, en un precioso entorno de pinos dentro de la Sierra de Altomira.

Justo antes de llegar a un paraje denominado, de forma algo mística - Peña de Horeb, un centro de retiros espirituales, sale una carretera abandonada a la izquierda, muy curiosa, llena de baches. Se trata de la antigua carretera nacional que llevaba a la presa de Entrepeñas, antes de que se ejecutara la nueva variante por el otro margen del Tajo, que lleva directamente a la misma.

La estación abandonada de Auñón, hecha una pena (La Gaceta de Gea)
Lo primero que llama nuestra atención es una ruina que aparece a la derecha, entre la maleza: se trata de la antigua estación ferroviaria de Auñón y Sayatón, construida en 1910 (bien alejada de ambas localidades, por cierto), junto a la que se pueden apreciar restos de depósitos de agua, grúas hidráulicas, grandes cocheras, la propia red electrificada y los restos del puente por donde el tren circulaba a la otra orilla. Como en todos estos lugares, la basura y los grafitis escasamente artísticos mandan.

Esta estación de ferrocarril formó parte del proyecto de unión ferroviaria de Madrid con el siempre olvidado Teruel, lo que se denominó el Tren de Arganda, del que decían que pita más que anda. Dentro, pueden aún apreciarse la sala de espera, un pequeño despacho para el jefe de estación así como su vivienda y la del guarda-agujas.

Hito kilométrico antiguo sobre el "Puente Romano" (La Gaceta de Gea)
Un poco más adelante se encuentra el denominado Puente Romano, lo que me recuerda que, en España, casi todos los puentes son romanos, por eso de darles una cierta pátina histórica de la que suelen carecer. Para mí que éste es más bien medieval o incluso del siglo XV o XVI. Por cierto, en uno de los muretes laterales del puente se encuentra empotrado uno de los hitos kilométricos del denominado Plan Peña, la Instrucción de Carreteras de de 1939. Es un buen sitio para observar aves como el cormorán grande (Phalacrocorax carbo), el porrón moñudo (Aythya fuligula) y el aguilucho lagunero (Circus aeruginosus).


Curiosísimo paisaje, ciudado con los desprendimientos (La Gaceta de Gea)
Lo atravesamos, con cuidado ya que es algo estrecho. Al otro lado aparecen varias señales antiguas y una de ellas señala a la antigua villa de Carrascosilla, probablemente destruida por la enorme y blanca cantera. A partir de aquí se remonta el Tajo hasta la presa de Entrepeñas, que cierra el pantano homónimo, el más grande de España. A la derecha, un amenazante farallón calizo promete algún tipo de desprendimiento; hay que tener mucho cuidado en esta zona. Al otro lado del río y entre la maleza, surge la antigua Central Eléctrica de Guadalajara, convertida en un centro de piragüismo. Siempre me gusta ver cómo se reciclan edificios antiguos, me parecen muy sanas iniciativas.

La Central Eléctrica de Guadalajara (La Gaceta de Gea)
Se llega a un curioso lugar ajardinado con un parterre y vistas sobre la bonita presa, denominado el Castillejo, dotado de unas curiosas farolas años 60. Desde aquí cogemos la N-320 y atravesamos la cabecera de la presa hasta llegar al poblado de Entrepeñas y el mirador sobre el Tajo. En lo alto, una serie de edificios ruinosos descienden hacia la propia presa, formando una especie de canales, entre los pinos dispersos y las calizas.


La presa de Entrepeñas y la carretera a Alocén (La Gaceta de Gea)
Tras admirar esta agradable paisaje retro cogemos la pequeña carretera GU-999 hacia Alocén. En sus primeros kilómetros discurre junto al embalse, por lo que se puede apreciar el bajo nivel de sus aguas. Más adelante se va internando en un precioso pinar de Pinus nigra, a los lados de la no muy remendada carretera. A la izquierda, arriba, se divisa el Santuario de la Virgen del Madroñal, una ermita del siglo XVII con unas vistas estupendas del embalse.

Vista del embalse de Entrepeñas, con su acostumbrado nivel bajo.
Llegamos al desvío a Alocén, a la izquierda, aunque seguimos en dirección norte, donde el pino negral comienza a ser sustituido por la encina. Llegamos al cruce, desde donde se puede ir a Zaragoza o a Cuenca. Cogemos a la izquierda, por saber si hay algún mirador que merezca la pena. Encontramos algo mejor: una pintoresca gasolinera abandonada; habrá que explorarla.

Arqueología industrial moderna (La Gaceta de Gea)
Únicamente queda la marquesina metálica y la caseta, cuyo suelo está lleno de escombros. Entramos en la caseta con sumo cuidado y nos damos cuenta de que estamos en la antigua Taberna el Viaducto y que servían un ligero y embriagador aguardiente de orujo, según rezan sendos platos en la pared.

Dentro de la Taberna del Viaducto (La Gaceta de Gea)
Tras la caseta hay una balconcillo lleno de porquería, como mandan los cánones, pero las vistas sobre el viaducto no merecen demasiado la pena.

Volvemos sobre nuestros pasos y cruzamos el viaducto de hormigón armado, con sus dos grandes ojos y sus arquillos, en dirección a la localidad de Pareja.

A unos pocos kilómetros hay un desvío a la derecha, donde un ancla tipo Almirantazgo, con cepo, de buen tamaño, nos saluda erguido sobre unas piedras de granito. A lo grande: habrá que explorar tan nobiliario y náutico paraje.

Accedemos por aquí a la urbanización "Las Anclas"; a lo lejos se distinguen unos bloques de viviendas que no desmerecerían en cualquier desarrollo turístico de la costa mediterránea. Llegamos a la rotonda de acceso al complejo, donde encontramos, con cierto aspecto setentero, una rotonda con varios equipamientos algo deslucidos: una ermita, unas canchas y lo que queda de un ruinoso bar. Está claro que este enclave debió gozar de momentos mucho mejores.

Ruinoso bar en la urbanización "Las Anclas"
Callejeamos por la urbanización: calle Bitácora, Goleta, Sotavento; llegamos a divisar unos veleros grácilmente posados sobre el escaso nivel de agua del embalse. Siempre es interesante adentrarse en estos lugares tan poco conocidos; con ojo atento, se pueden descubrir nuevas perspectivas.

Barquitos sobre Entrepeñas, en la urbanización "Las Anclas" (La Gaceta de Gea)

Salimos de la urba para dirigirnos a Pareja. Justo antes del pueblo encontramos el Azud, una pequeña presa de uso recreativo bordeada por un camino peatonal y ciclista, con mirador, zona de baño, rampa para embarcaciones así como un aparcamiento, todo en excelente estado. En otro de sus extremos linda con el embalse de Entrepeñas, aunque está más seco que la mojama.

Isla artificial en el Azud. Al fondo, Pareja (La Gaceta de Gea)
El lugar es delicioso para practicar cualquier deporte o bañarse, con el añadido de poseer una importante comunidad ornitológica (halcón peregrino, alimoche, águila culebrera, buitre leonado y zampullín chico, entre otros).

Tras bordear el idílico paraje, volvemos por la carretera N-204 hacia el cruce de Sacedón. Sin embargo, sabemos que existe un lugar que merece la pena no muy lejos de allí: el medieval y a la vez musealizado Monasterio de Monsalud, en la pedanía de Córcoles.

El Monasterio de Monsalud, en planta (Gogle Earth)

Dejamos el coche junto al Monasterio y entramos por una pista bordeada de árboles. Observamos la Portería, con su puerta de medio punto, su hornacina vacía y un simpático y barbudo Pantocrátor con un orbe en la mano, bendiciendo al visitante. Dentro, una mesa de picnic. En la modesta opinión del que suscribe, éste sería el lugar idóneo para el Centro de Visitantes, y no donde está ahora. Al fin y al cabo era la Portería ¿no?

La Portería de Monsalud (La Gaceta de Gea)
Penetramos en el claustro a través del vestíbulo: una maravilla cisterciense cuya sobriedad arquitectónica contrasta con la riqueza de las nervaduras de sus bóvedas, rematadas en cul-de-lampe, detalle típico del Císter. El jardín, algo salvaje, evoca que estamos ante una ruina cuya restauración no ha sido intensa pero sí eficaz, ya que sigue manteniendo su autenticidad. Desde aquí accedemos a la sala capitular, la antigua sacristía y, por fin, la iglesia de tres naves, rematada por sendos ábsides, más grande el central. Las bóvedas son de crucería, muy sencillas pero rotundas.

En el de la derecha se ubica una imagen, no original, de la Virgen de Monsalud, a la que se atribuían poderes sanadores. Aunque no seamos especialmente píos, siempre es bueno pedir por la salud física, mental y espiritual de uno mismo y de todos los demás seres sintientes. Hacemos esa intención y nos retiramos de la luminosa iglesia hasta salir del verde entorno.

Ábsides de Mosalud (La Gaceta de Gea)
Volvemos a Sacedón, con la intención de picar algo. Encontramos un lugar ad hoc que no está nada mal, aunque como no nos gusta demasiado hacer publicidad, diré que posee un nombre algo tropical.

Cerramos, de esta forma tan selvática, nuestra primera ruta anárquica por una zona alcarreña tan peculiar como interesante.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Trogloditas por el mundo (y II)

Retomamos y rematamos la anterior entrada de Trogloditas por el Mundo, repasando la económica a la par que sostenible costumbre de habitar en cuevas, cálidamente resguardados por Gaia, Gea, la Pacha Mama, la Madre Tierra o como se quiera llamar, aspecto que siempre ha otorgado cierta seguridad psicológica al ser humano. Siempre que la cueva no esté ocupada por otros compañeretes de farra de más de dos patas, claro.

Continuamos nuestro viaje en América del Norte, continente tremendamente escénico, de paisajes abiertos, enormes, magníficos, solitarios, especialmente a lo largo y alrededor de las Montañas Rocosas. Allí, al sudoeste del estado de Colorado, se encuentra el Parque Nacional de Mesa Verde, de visita imprescindible por la soledad del entorno (exceptuando las hordas de turistas), la calidad paisajística, el interés arqueológico y, sobre todo, por lo bien organizado que está, con sus simpáticos rangers que contribuyen decisivamente a la preservación de tan singular paraje.

Mesa Verde con sus grupos de turistas, entre los que se incluye el autor. En la cornisa se aprecian las manchas negruzcas causadas por la proliferación de cianobacterias (La Gaceta de Gea)
Bajo una enorme ceja de piedra caliza salpicada de manchas negruzcas -churretones de cianobacterias fotosintéticas también llamados trazos de tinta- aparece un entramado de viviendas, con sus muros y ventanas, acompañadas de kivas, cámaras redondas excavadas y cubiertas por cúpulas semicirculares, de uso ceremonial por los ancestrales indios Pueblo, aunque también sirvieron como improvisada vivienda en caso de necesidad. Comenzó a habitarse nada más y nada menos que en el milenio octavo antes de Cristo, abandonándose en el siglo XIII dC.

Planta del Palacio del Acantilado de Mesa Verde. Las kivas redondas y las viviendas entre ellas me recuerdan -aunque no tienen nada que ver- algunos castros gallegos y asturianos, como el de Coaña (nps.gov)
No muy lejos de Mesa Verde, en el estado de Arizona, se localiza el interesante aunque menos llamativo Monumento Nacional del Castillo de Montezuma, cuyo nombre hace sincero homenaje al famoso gobernante azteca, ya que sus descubridores creyeron que había sido construido por él mismo aunque, realmente, fue implantado por los indios Sinagua, habitándose entre los siglos XI y XV dC.

El Castillo de Montezuma (National Parks)
En una gran oquedad del acantilado calizo (casi todas las cuevas, naturales o artificiales, se encuentran en terrenos calizos, por algo será) aparece este hábitat compuesto por cinco pisos accesibles mediante escaleras portátiles, de forma que solo pudieran acceder sus propios habitantes. Además de por motivos defensivos, los Sinagua construyeron el hábitat 30 metros por encima del cauce del río Beaver -un afluente del río Verde- para evitar las previsibles crecidas, que podrían haberse llevado por delante, de forma inmediata, el poblado. Gente inteligente a diferencia de otros, en España, que se empeñan tozudamente en construir sus viviendas junto a ramblas y cauces secos que, cuando llueve torrencialmente, se convierten en trampas mortales que se cobran alguna que otra vida, entre grandes destrozos materiales. Hay gente que no tiene remedio, ni lo quiere tener.

Vámonos a África, concretamente a Ghana. En el norte del país y muy cercano al río Volta tenemos la villa de Seripe. Debo confesar que no he encontrado información de este hábitat en internet, únicamente en el libro Earth-Sheltered Habitat, de Gideon S. Golany. He escaneado la zona con Google Earth y tampoco he encontrado el asentamiento troglodítico, por lo que sospecho que ya no existe.

Dibujo del hábitat de Seripe, Ghana (Earth-Sheltered Habitat)
Se trata de un poblado de forma más o menos circular, sin calles ni accesos visibles. Las viviendas se adhieren entre ellas como si fueran células vegetales, y cada una de ellas consta de un patio central rodeado de habitaciones. De esta forma, el hábitat presenta un perímetro totalmente opaco, lo que contribuye a su defensa. El acceso desde el exterior sería por medio de una escalera portátil. Su forma, extremadamente compacta, permite maximizar el terreno utilizado para la agricultura, base de la subsistencia de sus habitantes.

De forma similar, el acceso a las viviendas se produce por una escalera portátil de madera que baja hacia los patios. Los techos planos de las habitaciones se usan para las reuniones comunales, como tendedero de ropa y secadero de alimentos, así como zona de juegos infantiles. El material de construcción de los muros es una mezcla de serrín, barro y excrementos de vaca.

Aunque, realmente, no sea éste un hábitat puramente troglodítico, comparte con ellos las mismas características bioclimáticas, ya que las pérdidas y ganacias de calor son mínimas, obteniéndose un clima similar.

Hábitat troglodítico de Bandiagara, Mali (World Monuments Fund)
Nos acercamos al cercano Mali, concretamente a Bandiagara, donde se localizan sus conocidos acantilados, en pleno País Dogón. Excavados en piedra arenisca, estos acantilados han sido habitados desde hace más de 2000 años, aunque el pueblo dogón -exótico y extraño a partes iguales- se implantó en estas tierras a partir del siglo XV dC.

Bajo el enorme escarpe se agolpan multitud de construcciones de adobe: viviendas, graneros, altares, santuarios y los Togu Na, unos curiosos espacios comunales (solo para hombres, como era previsible) abiertos por sus extremos y cubiertos por un entramado de ramas, a baja altura, sostenido por pilares de madera tallados con esculturas pro-fertilidad y demás tótems. Hay que entrar agachado, y dentro se discuten asuntos administrativos, los mozos se echan la siesta o fabrican utensilios de artesanía. Las mujeres con el período pasan el trance, aisladas, en una construcción circular, por si fuera contagioso. Las calles son simplemente los espacios intersticiales entre las construcciones, no hay planificación urbana alguna.

Casas-cueva de Guadix, España (Andalucia.org)
Finalizamos en el sur de España, en Andalucía, más concretamente en la provincia de Granada. En la localidad de Guadix aparece el singular Barrio de las Cuevas donde, en el siglo XVI dC, se implantó un hábitat troglodítico de unas 2000 cuevas. En la actualidad viven allí unas 3000 personas, lo que lo convierte, presumiblente, en el hábitat troglodítico habitado más grande de Europa.

Las casas-cueva son bastante peculiares, ya que suelen disponer de una fachada blanquísima, enjalbegada al estilo andaluz, a la que se adosan elementos como poyos, jardineras, hornacinas o tejadillos, además de presentarse la entrada a la cueva y ventanas de todos los tamaños, que iluminan levemente las estancias. En el exterior aparecen unas curiosas chimeneas de ventilación. Dentro de la cueva, las estancias poseen techos abovedados, hornacinas que hacen de armarios y todas las comodidades disponibles en el siglo XXI. Porque una cosa es ser troglodita -con todas sus ventajas bioclimáticas- y otra, muy distinta, es vivir en la Edad de Piedra.

Apetecible aunque troglodítico interior de la casa-cueva "La Tala", en Guadix (Casa La Tala)
Hoy en día es posible alojarse en las casas-cueva convertidas en hoteles, toda una experiencia ecosubterránea que no hay que perderse.

Terminamos las dos entradas de Trogloditas por el Mundo señalando que existen muchos asentamientos troglodíticos diseminados por el planeta, algunos habitados en la actualidad y otros esperando tiempos mejores. Quizás lleguen: con el calentamiento global previsto no sería mala idea volver a la cueva o, al menos, imitar su comportamiento climático en los edificios actuales, cosa no tan sencilla.

Tiempo al tiempo.

lunes, 21 de enero de 2019

Incursiones cotidianas: arquitectura de una playa invernal

Una de las actividades más placenteras -al menos para el que suscribe- es un paseo invernal por una playa desierta. Y si es un playazo, mejor. Y si hace sol y buena temperatura, ni le cuento. Todo esto -cual conjunción zodiacal-planetaria, como diría cualquier astrólogo que se precie- he tenido la suerte de experimentar en Asturias, esa región en la que se comenta con sano orgullo "España ye Asturies y lo demás es tierra conquistada".

Acceso a la playa de La Franca (La Gaceta de Gea)
Me encuentro en el cruce de la carretera N-634 con el acceso rodado a la playa de La Franca, pueblo incluido en la parroquia de Colombres, que, a su vez, pertenece al concejo de Rivadedeva; peculiaridades de la agrupación territorial del poblamiento diseminado asturiano. A unos diez kilómetros al este se encuentra la acuática frontera con Cantabria que forma la ría de Tina Mayor, la desembocadura del río Deva, en Unquera, la patria chica de las deliciosas corbatas.

Para situarnos convenientemente: La Franca y su playa, en el Mapa Topográfico Nacional
Desciendo por la serpenteante carreterilla; a mi derecha aparece una especie de garita en desuso que parece esperar tiempos mejores, si es que éstos tienen a bien presentarse. Paso bajo el viaducto que sostiene la N-634, decorado con múltiples emplastos de cemento que, a modo de ingenieril apósito, cubren las armaduras del hormigón armado previemente expuestas a la humedad y viento reinante. Menos mal.

A la derecha se escucha el rumor de las someras aguas del río Cabra, que corta la arena por la parte derecha de la playa, mezclándose sus aguas con las del Cantábrico junto a unos peñascos desprendidos del escarpe colindante. Este hecho permite la formación de una zona marina dotada de gran cantidad de nutrientes, trasportados por el río Cabra desde su nacimiento en el cercano poblado de La Borbolla. A la izquierda, un camping de calidad cerrado; en agosto se pone de bote en bote, garantizado.

Ascendemos por la vía y divisamos, desde arriba, la fantástica ensenada, más apreciable si la marea está baja. Y es el caso, está bajando, condición necesaria para acceder a los puntos de interés inundables, que son unos cuantos. A la derecha se sitúa un agradable hotel donde estuvo el decimonónico Balneario de La Franca, lo que demuestra la tradición turística del enclave.

Arribazones de ocalito (La Gaceta de Gea)

Bajamos, por una cuidada rampa con pasamanos de madera, a la arena. Sigo la línea de pleamar, el nivel más alto de la marea marcado en la arena, hacia el acantilado de la derecha. Por el camino me tropiezo con unos arribazones compuestos de ramas y hojas de eucalipto, en asturiano ocalito, árbol ubicuo en la zona con el escaso mérito de acidificar el suelo. En otoño, la playa se llena de arribazones de ocle o caloca, algas rojas, o rodofíceas, que algunos locales recogen para utilizarlos como abono o venderlos para la fabricación de agar-agar, una gelatina utilizada en alta cocina y en microbiología.

Alcanzo la roca oscura de la zona intermareal. Por eso de no dudar en su catalogación, recurro al excelente Mapa Geológico de España, que me dice que se trata de una mezcla de cuarzoarenitas, areniscas blancas y pizarras del Cámbrico Superior, la época de los famosos trilobites.

Un alga parda o feofícea: Fucus spiralis, según identificación de Boreos, Twitter @ButNotForgiven (La Gaceta de Gea)
Sobre la roca aparecen multitud de feofíceas -algas pardas- de la especie Fucus spiralis (Identificación de @ButNotForgiven ¡Muchas gracias, amigo!). Lo toco: es un alga que forma unas cintas duras, coriáceas y resbaladizas, con un nervio muy marcado que me recuerda a las acelgas, aunque puede que éstas estén más ricas, ya que son comestibles y con propiedades anticoagulantes.

Más adelante se hace muy patente la erosión de la roca, que se descascarilla por capas como si fuera una cebolla, lo que indica que existen zonas de roca más débiles entre dichas capas, aunque podría ser causada por abundancia de pizarras. Sobre ella, en toda la zona inundable, aparece una negruzca biopelícula de cianobacterias fotosintéticas, de tacto algo "mocoso".

Roca erosionada por capas (La Gaceta de Gea)
Doblo el promontorio, internándome en otra ensenada rodeada del acantilado y salpicada de rocas redondeadas que emergen de la arena, además de otras más pequeñas procedentes de desprendimientos. Un riachuelo de agua rojiza llama mi atención: quizás se trate de la lixiviación de una vena de óxidos de hierro incrustada en la roca. Llamativo, es.

¿Presencia de óxidos de hierro en la roca? (La Gaceta de Gea)
A la izquierda surgen varias fisuras que responden al patrón de erosión por capas, dos de ellas conducen a la denominada cueva del Oso, grieta vertical y alargada que comunica la playa de La Franca con la colindante playa del Oso, únicamente accesible en bajamar. Me introduzco en la estrecha fisura de muros bastante planos, linterna en mano, internándome en la grieta hasta que una bañera de agua fría me impide seguir, aunque veo la luz al final del túnel, nunca mejor dicho. Salgo por donde entré.

Aventura frustrada en la cueva del Oso, inundada a trozos (La Gaceta de Gea)
Doblo el paredón hacia la izquierda, donde se aprecia la roca arrugada por multitud de diaclasas, pequeñas y grandes, lo que recuerda la piel de los elefantes. La diferencia estriba en que en las fisuras pétreas se acomodan hileras agolpadas de pequeños mejillones (Mytilidae), seguramente buscando cobijo ante la fuerza de las mareas, y miles de pequeñas bellotas de mar (Balanus), organismos filtradores considerados los parientes pobres de los apreciados percebes.

"Piel de elefante", diaclasas tapizadas de bellotas de mar y mejillones (La Gaceta de Gea)
Hacia el oeste, siguiendo la línea costera, se alcanza la playa del Oso, calita idílica únicamente accesible en bajamar mediante un paso que deja, a la derecha, una fotogénica grieta, y, a la izquierda, la formación rocosa conocida como la Cabeza del Gorila, chimenea litoral causada por el hundimiento de un arco costero debido a la fuerte erosión marina. Junto a esta peculiar formación se pueden observar varios callejones de arena entre muros casi verticales, en perfecta alineación este-oeste.

La Cabeza del Gorila, la verdad es que tiene un aire... (La Gaceta de Gea)
Observo una de las rocas que emergen del agua, junto a la Cabeza del Gorila. Adheridas a ella aparecen unas bolas o vesículas brillantes, de color pardo. Acaricio una de buen tamaño, está bastante dura; quizás se trate de la feofícea Colpomenia peregrina, acompañada de varias lapas (Patella) y mejillones. Con cierta dificultad, extraigo una pequeña muestra, de interior blanquecino, para obervarla al microscopio.

Alga globosa junto a lapas y mejillones (La Gaceta de Gea)
Al fondo de la cala, entre dos paredones, aparece un muro de piedra con varias aberturas para la salida del agua. Se trata de uno de los tres muros paralelos de "los Viveros", un vivero marino de marisco ya en desuso. Con la sana intención de explorarlo, me introduzco por un callejón, a la derecha del muro. Me sorprenden dos flechas talladas en la roca, una mirando arriba y otra abajo. Pregunto a un lugareño, el cual me chiva que un vecino con inquietudes empíricas ha marcado el nivel máximo al cual ha llegado la arena de la playa. Da gusto un vecindario tan culto, oiga.

Marcas del nivel de la arena, cortesía de un inquieto vecino (La Gaceta de Gea)
Asciendo varios metros sobre el resbaladizo roquedo. Al llegar a la parte superior me sorprende un pequeño charco lleno de pequeños caracoles (menos de 1 cm), tal vez juveniles de bígaro (Littorina littorea).

Caracolillos en un charco (La Gaceta de Gea)
Alzo la vista; francamente espectacular: los gruesos muros de los Viveros se mimetizan perfectamente con las rocas, contra las que baten las olas dejando un relajante aerosol que huele a yodo y salitre, y que refracta la luz del sol formando pequeños arcos iris. Más allá, un pescador mira despreocupadamente hacia las inhóspitas y salvajes playas del Vivero, Mendía y la Punta Cebollera, con forma de mesa.



Desde el alto se divisa la playa en todo su esplendor paisajístico y geológico; los oscuros acantilados pizarrosos se rodean de montes de eucalipto mientras que, al otro lado de la playa, la gran roca blanquecina conocida como el Castro -otra chimenea litoral- constituye el hito más conocido de la playa de La Franca. Por cierto, consultando el excelente mapa geológico del IGME, vemos que el Castro está formado por calizas micríticas y microesparíticas negras (calizas cuyo espacio intersticial se compone de micritas o microesparitas, una especie de barro que hace de matriz) y calizas fétidas (unas calizas amarillentas que cuando se golpean huelen muy mal) del Viseense. Los espacios entre los gruesos muros de los Viveros albergan montones de cantos rodados, apreciándose las ventanas abiertas entre ellos para que entrara o saliera el agua de la marea. Es fácil imaginarse langostas y demás manjares cultivándose aquí.

Los Viveros, al fondo Punta Cebollera (La Gaceta de Gea)
Me bajo del roquedo y atravieso la playa, hasta llegar al extremo donde las aguas del río Cabra penetran en el mar. Un helicóptero de la Guardia Civil, cual buitre leonado, vuela en círculos alrededor del Castro ¿qué buscará?

El otro extremo de la playa: el Castro, hogar de gaviotas y cormoranes (La Gaceta de Gea)
Sobre la roca caliza se posan multitud de ruidosas gaviotas. En un otero cercano, más elevado, unos ¿cormoranes moñudos? (Phalacrocorax aristotelis), miran hacia todos los lados esperando la previsible zambullida.


¿Cormoranes moñudos esperando el baño? Si alguien tiene una identificación mejor, que lo diga, porfa (La Gaceta de Gea)
Vuelvo recorriendo el cauce del río, recortado en la arena. Veo varias personas mirando atentamente el Castro. Me doy la vuelta y veo un helicóptero de la Guardia Civil posándose en la playa. Descienden un par de agentes y desaparecen tras las rocas cercanas al Castro. Tras unos minutos, emergen acompañados de un flaco y barbudo individuo embutido en un traje de neopreno, con una bolsa blanca a la espalda. "A ese le han pillado con los percebes", aclara un pescador. Al cabo de un rato, los guardias dejan libre al sujeto, que atraviesa la playa saliendo por patas de allí; supongo que tendrá los papeles en regla. Todo un espectáculo y además gratis.

De vuelta por el río Cabra (La Gaceta de Gea)
Ya de camino al poblado de La Franca, una familia de patos rarísimos se acomodan en un prau. Cuando no se conoce la especie, no está mal recurrir a Twitter. Me los identifican Aurora Pimentel, @AuroraPimentel y Pavel Pavelich‏ @ELAULLIDO1: se trata de unos patos negros o criollos (Cairina moschata), de origen mesoamericano. Muchas gracias, majos.

Patos negros o criollos, identificación de @AuroraPimentel y @ELAULLIDO1 (La Gaceta de Gea)
Sin duda, un regalo para la vista que cierra esta entrada por una de las mejores y más interesantes playas del norte de España.

PD: Habíamos recogido una muestra del interior del alga parda globosa. Al microscopio, entre la sustancia blanquecina, aparece este ser que no tengo ni idea de lo que es, pero le gusta eso de rotar. La muestra no lleva portaobjetos y hacía viento, por eso tiembla un poco.


¡Salud!

martes, 8 de enero de 2019

Micropaisajes por el mundo (y II)

Como quizás recordará el posible lector, en una entrada anterior hicimos un ejercicio de imaginación, asimilando ciertas imágenes tomadas a través de un microscopio a los paisajes que podemos observar en la vida cotidiana. Ejercicio absolutamente subjetivo, por cierto: a cada individuo le podrá sugerir una cosa, paisaje o no, en función de lo que lleve dentro, de su pasado, filias, fobias y circunstancias, como diría Ortega y Gasset. A otros nada en absoluto, no hay problema alguno (siempre que no afecte a su bienestar, claro).

Fuera de divagaciones estériles, seguimos revisando el prestigioso concurso de microfotografía Nikon Small World, comenzando en 2001 con una imagen de Lars Bech: "DL-acetylleucine monoethanolamine melted with p-nitrophenol".

DL-acetylleucine monoethanolamine melted with p-nitrophenol, de Lars Bech
Se trata de una imagen de una mezcla, caliente y recristalizada, de un fármaco bastante complejo con nitrofenol, una sustancia que se utiliza para fabricar pinturas y como fungicida. La técnica de iluminación es el campo oscuro, bastante fácil de conseguir -incluso de forma casera- fabricando un parche redondo y colocándolo bajo el condensador del microscopio. Me recuerda mucho a las hierbas heladas de un amanecer de invierno, de esas que cuando se pisan crujen levemente, dejando el campo suavemente húmedo. Qué bonito, pasemos a la siguiente.

Iris, ciliary body and lens of a canine eye, de James Hayden
Del año 2000 nos llega "Iris, ciliary body and lens of a canine eye", de James Hayden, otra imagen tomada mediante un microscopio de campo oscuro. Se trata de una sección de un ojo de perro (qué grima, oiga), en la que se puede apreciar el cuerpo ciliar, el iris y la córnea, aunque no tengo ni idea de qué corresponde a qué. La interpretación es bastante obvia: un elegante cisne, quizás enamorado de la luna, que abandona por la noche la bandada.

De la cosecha de 1999 nos llega la microfoto "Polypropylene (a plastic) melted with phthalocyanine blue pigment", de Anna Teetsov.

Polypropylene (a plastic) melted with phthalocyanine blue pigment, de Anna Teetsov
Se trata de una imagen, tomada con el microscopio de luz polarizada, de una mezcla derretida y recristalizada de polipropileno, ese famoso plástico, tan denostado actualmente, que sirve para casi todo, mezclado con un pigmento azulado. El resultado es muy espeleológico: la entrada de una galería parcialmente inundada, de esas en las que hay que servirse de una pequeña balsa, quizás en una cueva ignota, lejana; o no tanto, tal vez en la fantástica cueva del Soplao, en Cantabria. La cristalización del plástico no forma cristales afilados, como en la primera imagen de esta entrada, sino masas blandas, amorfas, aquí coloreadas por la ftalocianina.

De la cosecha de 1997 nos llega la sencilla "Crystallized folic acid", de Stefan Eberhard, iluminada mediante polarización, técnica que, como vemos, da muchísimo juego en microfotografía.

Crystallized folic acid, de Stefan Eberhard

Es una cristalización de ácido fólico o, lo que es lo mismo, vitamina B9, sustancia ampliamente utilizada en salud femenina. Semeja un paisaje de mogotes rojizos: me recuerda a algunos de los paisajes más espectaculares de Utah, puede que el Bryce Canyon al atardecer, o no.

Emodin melted with urea, de Lars Bech
Vamos a 1994, con la delicada microfoto "Emodin melted with urea", del ya conocido monstruo de la microfotografía Lars Bech. Es una imagen, a la luz polarizada, de una mezcla recristalizada de emodina, un laxante, con urea, el primer compuesto químico orgánico que fue sintetizado artificialmente mediante la síntesis de Wöhler, experimento importantísimo que terminó sepultando la teoría vitalista, que decía que no se podían fabricar compuestos orgánicos a partir de inorgánicos por carecer éstos de la necesaria fuerza vital.

Desde 1992 nos llega "Gem beryl crystal", de Kari A. Kinnunen, una sección petrográfica del mineral berilo, que se utiliza como gema, iluminada mediante la técnica de Rheinberg, que consiste en la utilización de una serie de filtros de colores bajo el condensador del microscopio.

Gem crystal beryl, de Kari A. Kinnunen
Para realizar microfotografías de minerales es necesario cortar la pieza en una lámina delgada, de tal modo que la luz que incide sobre el mineral desde el condensador del microscopio sea capaz de traspasar la muestra. Me sugiere el paisaje de una ciudad, tal vez Venecia, con sus túneles que comunican pequeñas plazas. O, tal vez, una magna obra de la arquitectura moderna: la capilla de Ronchamp de Le Corbusier, con sus ventanas irregulares. O una ciudad, inventada o soñada, de las que aparecen en Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino; ya encontrará el lector alguna relación.

Retrocedemos a 1990, con la imagen "Thin slab of Brazilian agate", de John I. Koivula, otra microfotografía petrográfica de lámina delgada, esta vez sin tinción óptica, por lo que los colores del ágata son los naturales.

Thin slab of Brazilian agate, de John I. Koivula
Es bastante evidente: podría tratarse del Monument Valley, entre Arizona y Utah. O, barriendo para mi querido -aunque a veces algo tenso- país, las Bardenas Reales de Navarra.

Terminamos esta entrada -y la serie de micropaisajes- con el otro concurso señero de microfotografía: el Olympus Bioscapes, cuya web es mucho menos completa que la de Nikon, por lo que solo pondré un ejemplo.

Geotrupidae (earth-boring dung beetle) antenna, de Jorgen Hellberg
Desde la edición de 2014 nos llega "Geotrupidae (earth-boring dung beetle) antenna", de Jörgen Hellberg. Se trata de una imagen en campo claro, técnicamente sencilla, de la antena de un geotrúpido, un escarabajo negro y rechoncho que se alimenta de excrementos y materia en descomposición. Toda una joya biológica, ya que todo ser vivo que se dedique a recoger y procesar basura es digno de un monumento. La antena se compone de varios segmentos denominados artejos antenales, rematándose en un oŕgano sensorial. No soy capaz de relacionarlo con ningún paisaje pero sí con un objeto: parece un farol bajo de jardín (una seta) de diseño.

Vamos a realizar un microvídeo de polarización. Preparamos una disolución de oxalato de hierro, un polvo de color ocre que se obtiene al tratar el hierro oxidado con ácido oxálico, lo que permite que el óxido se separe del hierro, limpiando la pieza. Dejamos una gota sobre el portaobjetos y dejamos que se seque, para que pueda cristalizar. A unos 220 aumentos del microscopio, cuando se gira el polarizador, aparecen bonitos cristales maclados. No es un micropaisaje, pero ¿qué importa?


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