viernes, 1 de octubre de 2021

Incursiones cotidianas: Madrid, de Colonia Jardín a Lago

Seguimos con otra entrada de "incursiones cotidianas", con el ánimo obcecado de mejorar -física, mental y ejpiritualmente- la salud de mis presuntos lectores. Y, si lo uno con la exploración que tanto me gusta pues tanto mejor, valga la redundancia. Está claro: no hay nada más saludable que andar, triscar los campos, hacer el flâneur sin ser gabacho, mirar lo cotidiano para profundizar la mirada y captar lo no tan aparente; eso es la exploración y, como diría el gran Lope, quien lo probó lo sabe. Y, dentro de la caminata, nada mejor que fijarse una meta, por ejemplo los 10.000 pasos de marras, por eso que nadie me llame relativista.

Vamos, pues, a dar unos paseos con los sentidos convenientemente afilados -una pequeña meditación previa podría ayudar- y nos lanzamos a la aventura de recorrer, en este caso, algunas zonas poco "comerciales" de una gran ciudad, aunque se podría hacer en cualquier ámbito, ya que siempre habrá cosas que merezcan la pena, o no. Los recorridos serán orientativos y, por eso de no ofender a mis fans, no publicaré el track; está claro que se defienden en el terreno tanto o mejor que un servidor. Una nota para leguleyos: todas las imágenes son de mi autoría a menos que exprese lo contrario.

Al lío: son las cinco de la tarde de un lunes 21 de septiembre y salgo, cual Phileas Fogg de barrio, de la estación de metro de Ciudad Jardín, situada al suroeste de la ciudad de Madrid. Vuelvo la vista y encuentro un edificio alicatado hasta el techo de azul, que me recuerda al vaso de una piscina municipal de otra época.

Boca de metro de Ciudad Jardín  

Aprovecho para sacar la cámara y el cuadernillo, y pongo el podómetro del móvil a cero. Levanto la mirada y me topo con un rótulo que me recuerda a mis años más mozos, y a mi banda favorita de entonces: los Iron Maiden. Esto promete, me digo mientras Prowler suena en mi cabeza; la letra me viene ni que pintada.

Homenaje a los Maiden, respetando los límites de velocidad

Tiro a la derecha, por la calle Sedano, rodeado de sencillos bloques exentos, y giro por la calle Villaviciosa, alcanzando una torreta eléctrica que parece anterior a los bloques de viviendas, cuando este barrio no era más que un puñado de casas aisladas.

Torreta vintage y bloque

Sigo hasta que me topo con un edificio que parece una cárcel, más feo que el demonio, y que hace esquina con la calle Cardaño, cuyos grandes plataneros me llaman la atención. Tiro por esta calle y me encuentro una parroquia circular, una columna con una pequeña Virgen y la trasera del mamotreto, entre agradables olivos.

Parroquia del Pilar de Campamento

Sigo por un parque infantil y una plaza dura, vacía de gente, mientras me aproximo a la barrera, frontera o borde -como diría el amigo Kevin Lynch- de la autovía A-5, o carretera de Extremadura. El sonido del tráfico se eleva sobre cualquier otro, y el terreno acusa la vibración de cada vehículo al pasar. 

Llego al borde y el ruido se hace más patente. Me dirijo hacia el noreste, entre la carretera y unas viviendas con una pequeña zona verde. Miro al cielo: nubes con aspecto de pequeños borreguillos me invitan a inmortalizar la escena.

El borde de la A-5

Llego a una placita triangular con un polvoriento y residual espacio de aparcamiento, y prosigo por el borde. Los edificios se pegan a la autovía; algunos muestran las placas del Instituto Nacional de la Vivienda. Debe ser duro vivir con este ruido y estas vistas, filosofo mientras agradezco mentalmente no verme en esa situación.

Edificios del Instituto Nacional de la Vivienda, que se van pegando a la autovía

Enseguida llegamos al punto donde la Casa de Campo se adhiere a la A-5, cruzando la carretera a Boadilla. Nos recibe una llamativa torre de comunicaciones sobre un alargado edificio del Canal de Isabel II. Lleva sorpresa: un enorme tubo con volantes y engranajes, a modo de escultura steampunk. Curioso.

Escultura extraña

Nos topamos de bruces con el Anillo Verde Ciclista, y un puente que cruza la A-5. Avanzo por la vía ciclista, con carril para peatones y otra gente de mal vivir. Hace una tarde preciosa: me llega un delicioso olor a pino y ni siquiera los asquerosos grafitis de los "artistas" urbanos me quitan la buena vibra. Y es que la tarde es caramelo, como diría mi amigo Vicente, aunque sin río ni sendero.

Torres de alta tensión y muro contra la A-5

  Paso junto a unas tremendas torres de alta tensión. El chisporroteo me da calambre en el cogote, mientras alcanzo una semioculta gasolinera y una zona de juegos. Frente a ellos una peculiar panadería-laboratorio, como reza su rótulo. ¿qué misterios encerrará este Silicon Valley de la levadura? El que no hace I+D es porque no quiere...

¿Qué esconderá este opaco local?

Cruzamos la calle San Manuel para entrar en la interesante colonia del Hogar del Empleado o de Nuestra Señora de Lourdes, diseñada en los años 50-60 por el arquitecto Saénz de Oíza y otros lumbreras. Avanzo entre bloques alargados, sencillos, y torres de mejor aspecto. Me doy contra el lateral de un colegio muy interesante, de esquinas curvadas y paños en hormigón y ladrillo visto, en cuyo lateral se abre una recoleta placita.

Colegio Lourdes, con mural intencional

Prosigo y me encuentro con un edificio de paredes circulares, que me recuerda a una estación depuradora de aguas.

¿Depuradora?

  Lo rodeo y nada más lejos: es un colegio de arquitectura muy pecular, de estilo organicista puro y duro, de ese que no te permite ni colgar un cuadro en la pared. Me permito hasta poner un plano, que me flipa este lugar.

Colegio diseñado por Saénz de Oíza en 1963 (IVIMA)

En el frente del cole se abre una plaza irregular, pequeña. En su lado norte unas escaleras ascienden hasta la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes y San Justino, templo principal de la Renovación Carismática Católica en España, una peculiar, algo mística y moderna -para los estándares del negocio- corriente de la Iglesia, en la que se prima el buen rollo: la adoración y alabanza al Jefe. En el frontispicio aparece la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés, con sus lenguas de fuego.

Sede de la RCCE en España, casi nada

Bajo a la plaza y me interno por unos módulos con pérgola, a modo de puestos de mercado, diseñados por el arquitecto Eduardo Mangada. Como telón de fondo, un larguísimo bloque exento hace de murallón separador con la A-5.

Módulos comerciales y bloque-muralla

Mientras avanzo, entre jardincillos, pienso en lo mucho que me está gustando esta colonia a nivel urbanístico, con sus irregulares plazas, desniveles, elementos sorpresivos; en resumen, su variedad. Habría que preguntar a sus habitantes, claro. 

Alcanzo la calle Villagarcía, de aspecto más convencional, y me fijo en la dura y fea plaza con un agujero que mira a la A-5. Como viene siendo habitual, un par de patinetes abandonados a su suerte.

Bodegón: patinete en plaza dura con agujero

Avanzo por la misma calle y llego a un fondo de saco, ya que la calle Villamanín pasa por debajo de la A-5, creando un desnivel insalvable. Vuelvo sobre mis pasos, pensando que descontarlos de los 10.000 previamente marcados para el recorrido. Pero -aunque es bien sabido que el que hace la ley hace la trampa- no lo voy a hacer, ya que el recorrido es como la vida, es lo que es, y engañarse a uno mismo al respecto es, como poco, poco práctico. Para volver a la calle Villamanín cojo una calle en forma de L, y me fijo en un edificio de viviendas -que hace esquina con la A-5- más moderno, puramente ochentero, de esos que pueblan la zona de Arturo Soria.

Avanzo hacia el noreste por la calle Villasandino, hasta detenerme en una plaza que alberga una curiosa parroquia: la del Rosario, de los franciscanos conventuales. Se trata de un edificio de los que poseen una piel rugosa, con textura y movimiento, contrariamente a otros de fachada más lisa y menos trabajada. Me gusta mucho el juego de luces y sombras que le provoca el atardecer.

La parroquia de Nuestra Señora del Rosario

En esta misma plaza se esconde un pequeño pilar con la foto de un cura, que supongo estaría ligado al barrio.

Sigo por esta calle, entre bloques de viviendas anodinos, medio kilómetro, hasta que me encuentro, a la derecha, con el Centro Cultural El Greco, de forma cúbica revestido de ladrillo visto, que deja un espacio a la calle con una agradable terraza de bar. Sigo por la calle de El Greco, donde encuentro unos puestos de mercado de una planta, y el colegio San Buenaventura, de gran tamaño. Prosigo y giro a la derecha por un callejón, entre un pequeño edificio blando y un gran bloque de viviendas de forma curva, con lo que llego a la calle de Santa Cecilia, donde encontramos otro enorme edificio curvo, a modo de murallón que separa el barrio de la Casa de Campo.

Viviendas curvas

Giro a la derecha y luego a la izquierda encontrando una de las puertas de la Casa de Campo, que traspaso, para adentrarme en la zona de "El Renegado", donde numerosos niños y padres disfrutan de la zona de juegos.

Tras el bloque curvo la tapia de la Casa de Campo

¡Qué gusto un poco de naturaleza al atardecer! Con este pensamiento camino hacia el norte, entre los pinos. Alcanzo el primer búnker de la posición Paquillo, del Frente de Madrid de la Guerra Civil. Y más adelante el segundo, ambos semienterrados, deteriorados y llenos de basura, como no podía ser menos. Me irrita un poco la falta de civismo, pero una cotorra me advierte, con su estruendoso graznido, que no tiene solución y que no me haga mala sangre. Le hago caso, sin duda.

Búnker de la GCE, sucio y semienterrado


 Entre el búnker y la vía férrea del Metro también aparecen trincheras y agujeros causados por caída de proyectiles. Vuelvo a la calle de Dante y rodeo el centro "Escuela de la Vid e Industrias Lácteas" y sus viñedos, donde se imparten cursos de formación profesional relacionados con la alimentación y la vitivinicultura. Encuentro la entrada a la Feria de la Casa de Campo, un tanto desangelada y con aspecto algo inhóspito, sensación acrecentada por la caída de la tarde. 

Este recinto, desde los años 50 a los 70 del siglo pasado, fue ocupado por la Feria del Campo, un evento donde cada provincia española, a través de sus pabellones, exhibía sus mejores productos agrícolas y ganaderos. Alcanzo un gran edificio de cubierta ondulada, el pabellón de Convenciones. En su entrada atisbo varias personas, alguna de ellas tirada en el suelo junto a sus presuntas pertenencias y otra sentada, con la mirada perdida. En la calle principal una familia con niños pasea hacia la salida del recinto. Rodeo el edificio, muy interesante por sus bóvedas flotantes de hormigón armado, construido en 1953 y diseñado por el gran arquitecto Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo.

Pabellón de Convenciones de la Feria del Campo

Sigo por la avenida principal, absolutamente desierta, y alcanzo otro pabellón, el del ICONA, el extinto Instituto para la Conservación de la Naturaleza. Se construyó en 1957 para la III Feria Internacional del Campo. Llama la atención su vestíbulo cilíndrico, con esa estructura metálica amarilla con escalera, que me recuerda a una torre de vigilancia forestal.

Pabellón del ICONA

Un poco más allá giro a la izquierda por la calle de los Hexágonos, con lo que llego al famoso pabellón de los Hexágonos, que lleva "en rehabilitación" toda la vida y nunca se acaba la obra. Me acerco a la ruinosa edificación, admirando el enjambre de módulos hexagonales sostenidos por un finos pilares metálicos en forma de paraguas. Una virguería firmada por Corrales y Molezún y construida en 1956, cosechando muy buenas críticas internacionales e incluso una medalla de oro. Si estuviera en Londres, París o Nueva York otro gallo le hubiera cantado...

El pabellón de los Hexágonos, una pena

Sigo por la misma calle y, de frente, aparece una especie de fuente abandonada, pintada, que supongo cerraría, por el oeste, el recinto de la Feria del Campo. Territorio inhóspito, crecientemente sombrío y sin atisbo de vida humana. Silencio solo interrumpido por el canto de algún pájaro.

Fuente al final de la calle

Vuelvo sobre mis pasos y, a la izquierda, el pabellón de la Vivienda, construido para la IV Feria Internacional del Campo, 1959. Consta de varios módulos cúbicos unidos en forma de dientes de sierra, con una fachada muy interesante: podría construirse hoy mismo y parecería arquitectura de vanguardia.

Asciendo por una escalinata a la izquierda, semienterrada por la hierba. Entre dos árboles, ropa tendida. Algo inquietante, ya que no se ve a nadie por aquí. Llego a una explanada donde, de frente, encuentro el teatro-auditorio y, a la derecha, el pabellón de Valencia

El teatro-auditorio

El primero me recuerda, con su torre central con dibujo y su planta semicircular, a una iglesia de alguna confesión rara, o incluso masónica: tiene un aire solemne que me recuerda -echándole imaginación- al constructivismo ruso.

Pabellón de Valencia, con un bonito azulejo

El pabellón de la derecha tiene una estética mucho más regionalista, con su bonito azulejo con banderas valencianas.

Sigo hacia el norte de la plaza, dejando a la izquierda el teatro. Un individuo, bastante azorado, se me acerca rápidamente por la izquierda. Me da un susto de muerte, y el pavo me pregunta, -en un acento indeterminado de Europa oriental- que dónde se puede denunciar un accidente de coche. Rápidamente muevo los ojos buscando a alguien, y encuentro, en la garita del aparcamiento, un vigilante. "Ese señor le podrá ayudar", le espeto mientras aprieto el paso hacia la izquierda temblándome las canillas. El hombre, satisfecho, me da las gracias y se va hacia la garita. Lo que hace la sugestión: quizás el mismo hecho a las 12 de la mañana no me hubiera dado ese susto. En fin.

Llego a la ronda de Lago, encerrada entre unos aparcamientos y la vía férrea del Metro. A unos minutos llego a la estación de Metro de Lago, con su acogedor porche semicircular.

Estación de Metro de Lago
 Esto ya es otra cosa: varios grupos de chavales conversan en sus aledaños, ya con los últimos rayos de sol. Entro y me coloco en el andén, fijándome en las ligeras bóvedas rebajadas.

Andén de Lago

Ya, totalmente relajado, miro los pasos, contando 10.178, y el reloj: son las 19:40. Con todo me ha encantado la ruta, muy peculiar y variada. Es lo que tienen los espacios intersticiales, las zonas de frontera: se rellenan con todo tipo de colonias, ferias, parques y todo lo que quepa a la imaginación.

Volveré por aquí; queda mucho que explorar.

domingo, 18 de octubre de 2020

Estrellas en la piedra (I)

La verdad es que hace tiempo que no escribo sobre patrimonio, sobre ruinas, sobre arqueología. Quizás porque me pasé todo mi doctorado hablando de ellas y de su aprovechamiento novedoso e imaginativo, aspecto en que la mayoría de académicos podrá disentir conmigo, o no. Nunca he acabado empachado del tema, aunque a veces me ha parecido que mis conclusiones no iban a caer en suelo fértil, sino en un pedregoso baldío. Al menos en España, aunque cambiará pronto, si Dios quiere y las autoridades competentes se caen del guindo de una puñetera vez.

Pues hoy toca, aunque no de algún trabajo mío, sino del de otros: hoy voy a loar a uno de mis científicos héroes, uno de los que, de guaje, me hubiera gustado imitar: Juan Antonio Belmonte Avilés, astrónomo del Instituto de Astrofísica de Canarias, ese increíble lugar que, algún día, me gustaría visitar.

El libro en cuestión (La Gaceta de Gea)
El sagaz lector se preguntará ¿qué tiene que ver un astrónomo con la arqueología? Se responderá automáticamente: la arqueoastronomía, como no podía ser menos, la ciencia que trata de analizar y explicar la orientación de los elementos arqueológicos; la posible relación emocional que podrían tener sus pretéritos constructores con el siempre evocador firmamento.

Dedicatoria del autor a un joven fan (La Gaceta de Gea)
Todavía recuerdo el día, en el ya lejano 2002, en el que asistí a la presentación -en el Museo Arqueológico Nacional- del libro que voy a ojear, que el propio Juan Antonio me dedicó, seguramente consciente de la prometedora carrera que el muchacho iba a emprender en el campo de la astronomía. No fue así -aunque poseo varios telescopios que intento usar- pero lo que sí compartimos, a buen seguro, el autor del libro y un servidor es la pasión y sed por la exploración, por triscar los campos, por entender lo que pisamos; en fin, la ilusión del conocimiento que tantas veces se nos escapa, y al que, probablemente, no se pueda acceder solo con la mente y los sentidos.

Abrimos el libro (La Gaceta de Gea)
El volumen tiene buen formato, es grande y grueso, con la mayoría de ilustraciones en blanco y negro y algunas a color, en páginas satinadas, más gruesas. Se divide en 10 partes: una interesante introducción, una bibliografía y los diferentes monumentos agrupados por zonas geográficas: la Península Ibérica, Francia, las islas del Mediterráneo, Península Itálica, Islas Canarias, África del Norte antes del Islam, ídem con el Islam y más allá del Mediterráneo occidental. Vamos a hacer un viaje por algunos de estos monumentos, viendo las conclusiones que sus autores extraen.

En la introducción, los autores explican las diferencias entre arqueoastronomía y astrotopografía, recalcando la incomprensión entre arqueólogos y arqueoastrónomos. Queda claro que cada colectivo, al menos en España, se protege como puede, cierra su parcelita, no se abre a otras propuestas que podrían ser enriquecedoras pero implican un cierto cambio mental, auspiciado por la tolerancia y el amor al conocimiento. Pero eso cuesta, y no estamos dispuestos a ceder nuestra comodidad intelectual. Por eso la ciencia, y todo lo demás, no avanza como debería. Está claro que el arqueotopógrafo únicamente toma anota y dibuja, y el arqueoastrónomo investiga, que es lo que les j... fastidia.

Comenzamos en la Península Ibérica, más concretamente en esa preciosa zona del Alentejo portugués, con sus densos bosques de alcornoques y roquedos graníticos, además de la increíble concentración de monumentos megalíticos que allí se ubican, entre sus preciosos pueblecillos blancos y tranquilos. Allí, unos kilómetros al sureste de Évora, se encuentra, según los autores del libro, la evidencia más antigua de orientación astronómica: el Anta Grande do Zambujeiro, construida aproximadamente en el IV milenio aC.

Impresionante dolmen: el Anta Grande do Zambujeiro (Flickr)
Se trata de una gran construcción que consiste en un largo pasillo, bastante bajo, y una cámara poligonal, cuya altura alcanza los 6 metros, techada con una losa pétrea. Cada bloque vertical, hincado en el suelo, se denomina ortostato; esta  anta posee 7 ortostatos en su cámara.

El anta, bajo su cubierta protectora, orientada al Este (Google Earth)
Vamos a buscar la ortofotografía del monumento, ya que es mucho y variado lo que se puede hacer con el Google Earth. En ella apreciamos que el monumento se orienta al este, a unos 95º. Para hacer esta medición in situ no hace falta más que una buena brújula. Respecto a la orientación de este monumento y otros similares, estudiados por los autores, se expresa:
"En realidad, cuando se examina con detalle el rango real de orientaciones y se tiene en cuenta la altura angular del horizonte, en aquellos pocos casos en que ésta es significativa, el rango de declinaciones obtenido queda comprendido exactamente entre la salida del sol en los dos solsticios, de forma que todas ellas sin excepción estarían orientadas al orto solar en algún momento del año. Sin embargo, como el rango de ortos lunares es más ancho que el de los solares, otra posibilidad es que la orientación sea hacia el orto de la luna en alguna época determinada."
Con esta apreciación queda claro que estos monumentos se orientan a la salida del sol o de la luna, un día determinado del año. Esto también ocurre en muchas iglesias, cuya cabecera o pórtico suele abrirse al este, quizás significando renacimiento, resurrección. Está claro que la necesidad de trascendencia trasciende -valga la redundancia- todas las épocas y lugares, ya que siempre queremos saber lo que hay ahí arriba, aunque algunos, intencionadamente o no, ahoguen este natural sentimiento de cualquier forma. Quizás llenamos nuestros días de tontas ocupaciones únicamente para no tener que pensar en esto, digo yo.

Vamos a ver otro ejemplo, que no aparece en el libro pero que me parece muy interesante, porque se aprecia el cambio de uso de los abandonos que tanto me gusta, no dejar morir los vestigios, transformarlos sin perder su esencia. Nos vamos no muy lejos, cerca de Beja, Santiago do Escoural, donde encontramos la capilla-dolmen de São Brissos.

El dolmen-capilla de Sao Brissos (Flickr Patrick Thiaudiere)
Se trata de un dolmen sacralizado en el siglo XVII, con los ortostatos cerrando el pequeño ábside. A algunos les parecerá mal, como siempre, pero prefiero ver esta pequeña capilla que unos pedruscos en medio del campo a los que nadie presta la más mínima atención. Lo que no se usa se pierde.

El dolmen de Sao Brissos, orientado al SSW-NNE (Google Earth)
Curiosamente, este monumento no cumple el patrón habitual de orientaciones al este, como el casi todos los monumentos megalíticos peninsulares, sino se orienta en una dirección suroeste-noreste. Es posible que esta diferencia de orientación se deba a que la dirección del eje de la capilla no se superponga exactamente al del anta, aunque no lo creo.


El cromlech de Xerez (La Gaceta de Gea)
Nos vamos no muy lejos a investigar un círculo de piedras realmente interesante: el cromlech de Xerez, cerca de Monsaraz, digno émulo de Stonehenge a lo ibérico. Como vemos en la foto aérea, parece que su extraña planta trapezoidal, con un menhir en el centro, posee un doble alineamiento a la salida del sol en el solsticio de verano y a la puesta en el solsticio de invierno, tomando alineaciones a partir del menhir central. Lo malo de este complejo es que se pueden sacar 4 orientaciones a partir del menhir central y 8 más alineando cada lado del trapecio. Para nota, vamos: un monumento único que no hay que perderse.

El cromlech de Xerez con su menhir central. Al ser trapezoidal hay orientaciones a cascoporro; aquí reseño la inferida por los autores (Google Earth)
Vamos a terminar nuestro recorrido peninsular -y este primer fascículo de nuestra serie "Estrellas en la piedra"- en el Monte Arabí, en Yecla (Murcia), preciosa excursión que pude realizar antes del Gran Confinamiento, como lo llaman algunos snobs y similares.

El monte Arabí desde el Arabilejo, donde se encuentran las cazoletas; en primer término la cueva del Mediodía (La Gaceta de Gea)

En este enclave, declarado Monumento Natural, se localizan varias cuevas y abrigos con paneles pintados, entre los que destacan motivos animalísticos y de antropomorfos de curiosas melenas, además de la enorme cueva de la Horadada, con sus paredes calizas coloreadas y moteadas de pequeñas vesículas: un lugar extraordinariamente pintoresco.

La cueva de la Horadada (La Gaceta de Gea)
La cueva de la Horadada (La Gaceta de Gea)

En el pie y la cima del pequeño Arabilejo, situado al sur del Arabí, aparecen más de 300 cazoletas distribuidas en 50 grupos. En la cumbre, muy fácilmente coronable, se supone que existía un asentamiento del Bronce, del que el que suscribe no ha encontrado traza alguna aunque lo que sí hay son unas cazoletas unidas por canalillos, como las que se pueden apreciar en otros lugares como el castro de Ulaca -donde aparecen éstas en el altar sacrificial- lo que podría implicar sangrientos sacrificios rituales.

Las cazoletas de la cima del Arabilejo (La Gaceta de Gea)
En relación con la astronomía -tema que nos ocupa- el autor infiere que las cazoletas pudieran servir de regla mnemónica para recordar números importantes relacionados con los ciclos astronómicos o, más sencillamente, que los conjuntos de cazoletas imitan asterismos celestes o constelaciones. El autor explica, para que no nos equivoquemos, que es una locura tratar de reconocer patrones estelares en todos y cada uno de los conjuntos de cazoletas que uno se encuentra por el camino. Pues eso, la imaginación excesiva en casa.

Así pues interesantísimo tema -que algunos meterán en el mismo saco de los ovnis, otras dimensiones, seres feéricos y demás magufadas- e interesantísimo libro cortesía del mayor divulgador patrio del asunto, que apasionará a exploradores avezados como el que escribe, frikis variopintos, arqueólogos sin prejuicios y científicos ídem. Para curiosos impenitentes, vamos.

Continuaremos con más ejemplos curiosos, en su mayoría explorados por mí mismo, algunos conocidos y otros no tanto.

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viernes, 15 de mayo de 2020

Entrevista: aprovechemos el territorio, que para luego es tarde

Hoy cambio de tercio, ya que me siento muy honrado. Y tan contento estoy que vivo sin vivir en mí, como diría Santa Teresa de Jesús. Y es que me han hecho una entrevista, cosa que no ha sido muy habitual en mi vida profesional.

Es por ello que voy a trasladar aquí la entrevista de ProntoPro.es, realizada por Marta Sánchez:

https://www.prontopro.es/blog/aprovechamiento-del-territorio-para-un-modelo-productivo-mas-sostenible/

Aprovechamiento del territorio para un modelo productivo más sostenible

Publicado el 15 mayo 2020 por Marta Sánchez

Javier M. Fernández-Rico, experto en estudios y actividades de aprovechamiento territorial en Madrid, es Doctor Arquitecto (Ordenación del Territorio) y Ambientólogo colegiado. Este madrileño a lo largo de los años ha estudiado y escrito sobre el aprovechamiento de los elementos territoriales olvidados, causados por el abandono o la despoblación. 

Su motivación para su labor profesional proviene de, en primer lugar, la vocación naturalista y de exploración que comparte con su socio Eugenio. Además, ambos creen necesario un cambio en el modelo productivo español, pasando de un modelo eminentemente basado en la construcción masiva y el turismo a otro más equilibrado, más sostenible y basado en el aprovechamiento de los recursos ya existentes, es decir, reciclar recursos, darles un nuevo uso.

GeaXplora es una empresa joven, fundada en septiembre de 2019, por Eugenio Fernández Sánchez, Ingeniero y conocido divulgador de la naturaleza, y el propio Javier M. Fernández Rico. Cuentan con un grupo de colaboradores: agrónomos, biólogos, arquitectos e ingenieros. Son una consultoría, aunque prefieren llamarse estudio o taller de aprovechamiento de elementos territoriales. Por aprovechamiento se refieren a que en España no tenemos, a diferencia de otros países europeos, implantada la cultura de las tres R del reciclaje (reducir, reciclar y reutilizar). 

A nivel del territorio, esto significa que, por diversas razones, muchos elementos (fincas, terrenos, edificios, pueblos enteros) han quedado abandonados y otros directamente se han obviado porque nunca se les ha dado un uso concreto. GeaXplora responde a la necesidad imperiosa, por motivos de sostenibilidad y de racionalidad, de estudiar y proyectar el aprovechamiento de estos elementos, mediante soluciones vanguardistas y novedosas, adaptadas a los tiempos cambiantes que corren.

Su área de especialización es redactar estudios y proyectos de aprovechamiento de elementos: proyectos arquitectónicos de rehabilitación y restauración de edificios en desuso, proyectos agronómicos de cambio de cultivos, estudios ambientales de suelos y aguas, estudios de aprovechamiento de fincas rústicas, bosques y elementos naturales. También ofrecen estudios de implantación de flora y fauna (rewilding), de recuperación de ecosistemas y de restauración ambiental.

En GeaXplora.com ofrecéis servicios de consultoría medioambiental, ¿cuáles son los servicios disponibles en este campo? ¿Cuál creéis que es la importancia de fomentar estos estudios en los proyectos de las comunidades?

Nosotros confeccionamos estudios y proyectos de aprovechamiento de elementos tanto patrimoniales como naturales: rehabilitación de elementos rurales, cambio de cultivos no rentables, fincas rústicas sin uso ni beneficio, uso sostenible y recuperación de bosques y otros elementos naturales, así como recuperación de ecosistemas y de restauración ambiental de elementos como minas abandonadas, vertederos, urbanizaciones abandonadas, etc.

¿Qué parte de tu equipo de trabajo es esencial? ¿Hay algún elemento que nunca debería faltar al realizar una consultoría de este tipo y por qué?

La prospección de campo y metodología de análisis son aspectos esenciales. Nosotros no podemos hacer teletrabajo, tenemos que visitar al cliente y conocer in situ los elementos que tiene desaprovechados (tierras que no producen, fincas que no generan rendimiento, edificios abandonados, etc.), así como otros posibles elementos que el cliente nunca hubiera pensado que se pudieran aprovechar.
Foto: Javier M. Fernández-Rico

¿Cuál ha sido vuestra experiencia profesional? ¿Cómo está integrado el equipo de profesionales que integran la empresa?

La empresa es muy joven, aunque tanto Eugenio como yo poseemos amplia experiencia en la restauración y rehabilitación del patrimonio y en restauración ambiental. Poseemos sólidos conocimientos de geografía y de todo lo relacionado con el medio ambiente, así como habilidades técnicas más que suficientes.

¿Qué aspectos deben tomarse en cuenta para un estudio de aprovechamiento territorial? ¿Qué etapas se incluyen en este análisis?

Lo principal es efectuar una buena prospección y un buen examen de los elementos territoriales propiedad del cliente (fincas, edificios, tierras de cultivo, ganadería, etc). 
Después, utilizamos una metodología propia para evaluar la potencialidad de aprovechamiento de esos recursos, para luego proponer actuaciones al cliente. Tras este examen y diagnóstico, podemos acompañar al cliente en las obras o actuaciones necesarias para poner en valor estos elementos patrimoniales: dirección de obra o servicio, marketing y asesoría en redes sociales.
Foto: Javier M. Fernández-Rico

Aprovechando la riqueza inherente al reciclaje

GeaXplora apuesta por poner en valor el patrimonio olvidado y los territorios desaprovechados en gran parte de nuestro país. Sobre todo en aquellos lugares más afectados por la despoblación y que entran en el círculo vicioso de falta de población y de actividades que generen rendimiento económico, problemas que suponen las dos partes de la tijera que corta las expectativas de desarrollo de muchos lugares. Los expertos de GeaXplora contribuyen a luchar contra esta situación apostando por modelos de generación de riqueza y valor más sostenibles, ecológicos y razonables.

martes, 5 de mayo de 2020

Islas remotas (a las que me gustaría ir)


Ahora que parece que las medidas de confinamiento propiciadas por nuestro microscópico enemigo, el COVID-19, se empiezan a relajar, los que hemos permanecido en dique seco -sin poder salir nada más que lo imprescindible- tenemos ganas de salir, tal vez soñar, tal vez escapar durante un rato de la forzada rutina doméstica. Aunque esto no sea aún muy conveniente, ojo. Aviso a navegantes, incluido el que suscribe, que atisbo optimismo rebosante.

Justo antes del virológico evento, mi querido hermano Alberto -excelente fotógrafo y artista plástico, cuya web es www.albertodavidfernandez.com- me regaló este peculiar libro: Altas de Islas Remotas, de Judith Schalansky. Un libro precioso que retrata, según su autora, cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré. ¿Por qué esa falta de ganas de conocerlas? ¿Qué ocurre en esos lejanos lugares? Exploremos juntos, querido lector...

Lo primero es resaltar que se trata de un libro muy agradable en su edición, de buena factura, agradable papel y buen diseño de sus páginas, recordándome, en cierto modo, algunos libros de arquitectura y diseño. Si alguien se quiere hacer con un ejemplar, temiéndose que esta entrada no es más que un indeseado spoiler, aquí le dejo una posible librería donde adquirirlo.


Sin embargo, nada más alejado de la realidad. No es un libro de viajes, aunque a más de uno -con mucha pasta o subvencionado o patrocinado- se le puede ocurrir visitar alguno de estos enclaves, sino un muestrario geográfico-poético de islotes desconocidos para el gran público. Ya lo dice la autora en la introducción: "Este atlas no es, por lo tanto, un manual de geografía, sino un proyecto poético; y parto de la siguiente premisa: una vez que resulta posible viajar alrededor de todo el globo terráqueo, solo nos queda un reto: permanecer en casa y descubrirlo desde allí" Disiento de la autora: a día de hoy, el reto no es llegar a cualquiera de esas islas, sino llegar simplemente a la acera de enfrente...

Unas páginas del libro (La Gaceta de Gea)

El libro se ordena en varios capítulos correspondientes a los diferentes océanos y sus islas remotas. Voy a iniciar mi excursión poético-geográfica eligiendo algunas islas, presentándoselas al Google Earth -como hice en esta anterior entrada- y expondré el párrafo que más me llame la atención de cada enclave.

Comenzamos por el océano Glacial Ártico, más concretamente a la isla del Oso (Bjørnøya), en el archipiélago de Svalbard, perteneciente a Noruega aunque fuera del espacio Schengen. Se trata de un frígido islote que cuenta con 9 habitantes -todos trabajando en la estación meteorológica de la isla- y está a medio camino entre los fiordos del norte de Noruega y la isla de Svalbard. Por cierto, parece que todas estas islas, según algunos estudios, son las más afectadas por el cambio climático.

La isla del Oso (Google Earth)
Se trata de una isla desolada que fue explotada para la caza y minería de carbón. Todo su relieve se descuelga del pico Miseryfjellet, y en su ladera occidental (vista en la ortofoto) aparecen multitud de lagunas, muy aptas para el asueto de las aves más septentrionales del planeta. Un paraíso del birdwatcher más curtido, sin duda.


El Myseryfjellet de la isla del Oso (Wikimedia Commons)
Nuestro atlas nos narra:

"El barón de los pájaros recoge cuatro huevos enteros y uno roto, los envuelve en un pañuelo de bolsillo y se los lleva al barco. Los otros exploradores descubren unas alcas tordas que vuelan junto a las aliblancas, descerrajan varios tiros y un ejemplar de colorido plumaje se desploma sobre el agua blanca. El viaje ha merecido la pena, ya tienen suficientes evidencias de la existencia de la isla. Los coleccionistas están satisfechos y, mientras recuentan su botín, una bandada de gaviotas devora los restos de una ballena en la playa"
Nos vamos a otro charco, esta vez al océano Atlántico por su parte africana: visitamos la isla de Annobón, también llamada de Año Nuevo, perteneciente a Guinea Ecuatorial. Se trata de la más remota de las islas del golfo de Guinea, localizándose al sur de la isla de Santo Tomé y Príncipe.

Isla de Annobón (Guinea Ecuatorial)

Se trata de una isla volcánica -lo que en geología llamamos un punto caliente- que presenta dos paisajes diferentes, muy definidos. Al norte, un paisaje semidesértico definido por la presencia del pico del Fogo y el cráter A Pot, una laguna que me recuerda vagamente al Rano Kao, en la maravillosa Rapa Nui.

Laguna A Pot con el pico do Fogo (Wikimedia Commons)
Al sur de la isla, como contrapunto, surgen cafetales, cocoteros y plantaciones de cacao, entre la selva húmeda. Se trata de un isla poblada por 5000 personas, no como la anterior; debe ser cosa del clima. Veamos qué nos sugiere el libro:
"A las 10 de la mañana del 4 de octubre la misión es interrumpida de modo abrupto y sin ningún tipo de explicación. Los oficiales al mando ordenan el cese inmediato de todas las emisiones y la retirada de todas las antenas; los radioaficionados solo tienen tres horas para desmantelar la estación y ese mismo día los montan en un avión de mercancías ruso que los lleva hasta Malabo. No pueden llevar consigo ningún material fotográfico y las llamadas telefónicas con sus familiares no dejan de entrecortarse. DJ9ZB y EA5FO reciben autorización para abandonar el país dos días más tarde, pero EA5BYP y EA5YN son detenidos"
Nos mudamos de océano, esta vez ponemos rumbo al vecino Índico para recalar en la isla de Navidad (Christmas Island), perteneciente a Australia. Se ubica a unas 200 millas náuticas al sur de la parte occidental de la isla de Java, y cuenta con 1420 habitantes, siendo su asentamiento mas importante Flying Fish Cove. A nivel natural es muy importante por la cantidad de endemismos, tanto faunísticos como botánicos, que posee. Es por ello que más de la mitad de la isla es Parque Nacional.

La isla de Navidad, en Australia (Google Earth)

La isla se configura como la parte superior de una enorme montaña sumergida de más de 4.500 metros de altura, por lo que no es de extrañar que su perímetro esté jalonado de profundos acantilados. Las fuentes de ingresos de sus habitantes son el turismo natural y, curiosamente, la emisión de sellos postales dedicados al coleccionismo.

La capital de la isla, Flying Fishing Cove (Wikipedia)
De este extraordinario e idílico enclave nos cuenta nuestro libro:
"No todos logran cumplir esa misión, sus enemigos acechan por todos lados, pero los cangrejos no saben dónde o cuándo les atacarán. Las hormigas araña amarillas simplemente aparecieron un día, es probable que las trajera un visitante de la isla, de modo inadvertido. Esta especie invasora no mide más de cuatro milímetros, pero su ejército resulta completamente aniquilador. Las distintas colonias de hormigas conviven de modo pacífico y sus reinas han firmado un pacto fatídico: todas juntas han constituido  una gran colonia unida, una fuerza ominosa, todo un imperio"
Nos largamos al Pacífico, que es donde más islotes desconocidos tenemos. Aterrizamos en el que su nombre más gracia me ha hecho: Fangataufa, en el archipiélago Tuamotu, perteneciente a la Polinesia Francesa. Por cierto, a una de las islas pertenecientes a Tuamotu, el atolón de Raroia, arribó en 1947 el gran explorador noruego Thor Heyerdahl, a bordo de su célebre balsa Kon-Tiki.

El pequeño atolón Fangataufa, el canal de la laguna arrecifal se puede apreciar en la parte superior (Google Earth)

Fangataufa no es una isla a la vieja usanza: es un atolón. Esto y más cosas explicábamos en la entrada "Millones de atolones", en la que definimos atolón como un arrecife situado en mar abierto, en forma de anillo, con una laguna arrecifal interior. Pues eso es lo que es Fangataufa: un pequeño atolón utilizado por Francia para efectuar pruebas nucleares ¡nefasto uso para este bellísimo enclave! Originalmente la laguna arrecifal interior no tenía canal al océano, pero fue abierto en una de las explosiones.

Vista de la pobre Fangataufa (Getty Images)
¿Adivinamos lo que nos puede narrar nuestro atlas? Cada vez me confirmo más en mi convicción de que nosotros, los españoles, a lo largo de nuestra tumultuosa historia y a pesar de la mala fama que otras potencias nos han inculcado (en algunas regiones recibida con verdadero entusiasmo), hemos cometido muchas menos burradas y barrabasadas que otras naciones presuntamente puras y dignas. Como muestra un botón.
"Se han repartido las colonias y han ganado las dos guerras mundiales, pero no resulta suficiente: si quieren convertirse en potencias mundiales, los aliados necesitan la bomba. Estas cuatro naciones vencedoras quieren reforzarse y asegurar su valía con armas nucleares, dando un ejemplo drástico y definitivo, convencidas de que nadie las imitará, Francia hizo detonar sus primeras bombas atómicas en el Sáhara pero, cuando Argelia y su desierto lograron la independencia, tuvo que buscar un nuevo emplazamiento remoto y distante para su force de frappe. Primero barajaron el solitario atolón de Clipperton, después pensaron en el siempre nuboso archipiélago de Kerguelen, pero al final se decantaron por un lugar paradisíaco para esta misión destructiva: dos islas separadas por una laguna en el archipiélago de Tuamotu, lejos de los ojos del mundo: Moruroa y Fangataufa, dos atolones deshabitados, de naturaleza virgen y exhuberante"
Mal rollito nos ha dejado este último lugar; por ello voy a repetirme con el océano Pacífico, para resarcirnos de tan desagradable regusto a hiel. No nos vamos muy lejos: recalamos en las islas Cook, pertenecientes a Nueva Zelanda, en concreto a otro atolón con simpático nombre: Pukapuka.

Pukapuka (Google Earth)
Pukapuka es una de las islas Cook más septentrionales, localizándose a unas 400 millas náuticas al noreste de la isla de Samoa. Es un atolón remotísimo, con tres isletas arboladas que rodean la laguna arrecifal, y otra isleta en su extremo occidental, unido a las demás por una barrera coralina somera. En el asentamiento norteño, Roto, conviven unos 600 vecinos, en plan comunal por la cuenta que les trae.  Un verdadero paraíso: seguramente los virus no llegarán aquí, a menos que sean endémicos. Aviso a inversionistas y aspirantes a Robinsón de nuevo cuño.

Pukapuka, atolón paradisiaco (Pietro Pazzi)
Nos extasiamos:

"Robert Dean Frisbie se sienta en el mirador de la cámara de comercio de Pukapuka. Frente a él se extiende la mitad del poblado, un pequeño asentamiento de chozas de madera esparcidas sobre la arena de la playa; los niños juegan en la orilla y las mujeres trenzan sombreros de caña, bajo la suave brisa de la tarde, en el horizonte comienzan a aparecer las canoas de los pescadores que regresan al hogar. De repente una isleña irrumpe en su campo visual, corriendo en dirección al mirador; está completamente desnuda, mojada tras un baño en el océano, su cabello oscuro se pega a su rostro y gotea sobre el cuerpo de piel tostada. Le falta el aliento y pide algo para beber, mientras su pecho no deja de agitarse con respiración entrecortada"
Nos despedimos en el océano Antártico, ese mundo ignoto y helado que cautiva la imaginación de los más aventureros, y no de cualquier manera, sino visitando la gran isla Lauría, una de las islas Orcadas del Sur, de nada más y nada menos que 86 kilómetros cuadrados y de 14 a 45 habitantes, dependiendo de las necesidades de la Base Orcadas, perteneciente a Argentina. Por cierto, esta base es el asentamiento humano más antiguo de toda la Antártida. Mérito tiene, desde luego, porque también existía otra base, la Base C, y fue abandonada por los británicos.

La isla Laurie (Google Earth)
Se trata de una isla recubierta de hielo, montañosa, con numerosos acantilados, bahías y pedregosas playas heladas. El lugar más benévolo, entre dos playas, está ocupado por los barracones de la Base Orcadas.

La Base Orcadas (Blog Tierra de Pingüinos)
"Vio todo esto en febrero, cuando quedaron bloqueados por el hielo y no pudieron seguir avanzando hacia el sur, entonces decidieron pasar el invierno en Lauría. Tras fondear las playas de la orilla durante varios días, por fin encontraron un recodo seguro y resguardado para desembarcar, entonces Ramsay ya no pudo hacer nada más. Mientras la tripulación del Scotia se adentraba en las espesas capas de nieve para construir cabañas, clasificar colonias de pingüinos y realizar todo tipo de investigaciones meteorológicas y magnéticas, Ramsay permanecía en el barco, envuelto en numerosas mantas, acurrucado junto a la única estufa del camarote"
Hemos recorrido, junto con las indicaciones y los textos de la señora Schalansky, todos los océanos, buscando esas islas perdidas donde, presuntamente, nunca iremos físicamente, ya sea por falta de ganas, porque no es necesario, porque se nos va de precio o por cualquier razón de las millones que hay, una por habitante del planeta.

Sin embargo nunca está de más soñar, como lo hace el Sabina en su canción, y ponerme en la piel de personajes que nunca seré: negacionista en la isla del Oso, mico en Annobón, ateo en la isla de Navidad, promotor inmobiliario en Fangataufa, ciego en Pukapuka, nudista en Lauría...

¡Paz, paciencia, luz y vida!

sábado, 18 de abril de 2020

La ruta viviente (II)

Continuamos nuestra entrada anterior La ruta viviente (I), en la que repasábamos un curioso álbum de cromos publicado en 1960. Nos quedamos en las señales luminosas que, según nuestro peculiar manual de circulación, se dividen en tres categorías: señales de regulación o semáforos, señales de peligro y precaución y señales de balizamiento.

Nos detenemos en la ilustración referida a las primeras. Es muy graciosa, el semáforo -suponemos una licencia pedagógica- se sitúa en el centro del cruce entre dos vías ¡fantástico! Jamás he visto un semáforo así, pero haberlos haylos, como pasa con las meigas.

Semáforo estratégicamente colocado

Otro aspecto que llama la atención son las señales de los agentes de circulación, y no por las propias señales -vigentes hoy en día aunque haya sujetos y sujetas que no las conozcan- sino por el atuendo de los guardias de la época, con ese sombrero tan similar a un salacot subsahariano.

Guardia de la época

Con los brazos vemos que se pueden hacer múltiples cosas: se hacen imprescindibles en caso de avería de la parte eléctrica, o bien cuando la luz diurna priva de ver las señales ópticas. Imaginemos a los conductores de 1960 con el brazo fuera todo el trayecto; menos mal que, suponemos, habría menos automóviles circulando.

Dame la manita, Pepeluí
Seguimos con otro capítulo del álbum, dedicado a las reglas de circulación, con el título "El buen herrero en fragua se forja", lo que indica que nos hace falta trabajo y perseverancia, lo necesario para conseguir el perfecto dominio de una ciencia, un arte o un deporte.

El primer apartado es un breve compendio de las reglas de circulación que hay que tener presentes en zonas rurales.

Caos rural
14 ejemplos de lo que se debe y no se debe hacer circulando por un entorno rural nos deleitan, como prueban estos jugosos ejemplos: el conductor coge la curva demasiado cerrada y distrae su atención con la pequeña que guarda las vacas (alguno diría que es explotación infantil; yo le diría, condescendiente, que eran cosas de la época); el campesino corre el riesgo de que el coche al pasar tire la escalera, colocada imprudentemente en la carretera; el ciclista se deja remolcar por el camión pero además se distrae contemplando la circulación a su izquierda; el arado ha sido abandonado por descuido en la carretera y entorpece el tráfico; o es muy peligroso arrojar caramelos o calderilla desde un carruaje o vehículo en marcha, pues en su afán por recogerlos los pequeños se precipitan en la calzada, pudiendo ser atropellados por algún conductor sorprendido por su súbita aparición. La vida misma.

Consejos para conducir en el agro  



El siguiente apartado es la más relajada conducción por la ciudad aunque, no se crea el posible lector, bien pudiera entrañar riesgos considerables...

Ciudad relativamente despejada
Nos ofrece buenos consejos: este pasajero, desoyendo una de las reglas de circulación que prohíbe subir y bajar de los vehículos en marcha, ha intentado bajar del tranvía, ha resbalado y, como puede verse, corre el riesgo de ser atropellado; con el frenazo brusco, el pequeño (sentado sobre un tonel en la parte trasera abierta de un camión) corre el riesgo de caerse, es más conveniente sentarse al fondo del camión y no sobre las mercancías, máxime si éstas no van atadas; esta mamá llama asustada a su pequeña que se ha puesto a jugar en medio del paso de peatones u otra mamá que cruza en sentido diagonal la calzada, se detiene de improviso porque a su pequeña se le ha escapado el perrito. Riesgos de la city.

En la ciudad no hay menos riesgos

El último de los apartados sí que expresa la conducción temeraria: la circulación nocturna. 

Intimidante escena
 Debemos recordar: podría ocurrir que al no iluminar el camino no se cerciorara de la presencia de la viejecita, corriendo el peligro de atropellarla; a pesar del tráfico existente el ciclista no guarda su derecha, cabe la posibilidad de que esté deslumbrado por el reflejo de los faros del coche en el suelo mojado; es regla muy importante caminar siempre por la carretera en fila india, manteniendo el lado izquierdo, a fin de que sea posible divisar los coches que vienen hacia nosotros y para poder evitarlos a tiempo. La última recomendación no es moco de pavo, y he visto mucha gente saltándosela. Por favor, cuando circuléis a pie en carretera, HACEDLO POR EL ARCÉN IZQUIERDO, COÑE.

Peligros de la nocturnidad (y alevosía)
El álbum termina con un popurrí de fotos describiendo diferentes escenas que se daban en las carreteras y calles de la época. Son deliciosas, pondré algunas para deleite del personal más nostálgico.

La primera de ellas nos muestra un policía municipal regulando el tráfico desde una glorieta. Llama la atención tanto el vestuario del agente como el púlpito sobre el que dirige el tráfico. Por cierto, menuda pinta tiene el Citroën del fondo a la izquierda.

Bonito púlpito
La siguiente escena me gusta mucho, por su alto contenido educativo. Se trata de una patrulla escolar regulando la salida de clase de sus compañeros.  Parece ser que algunos colegios, en la actualidad, enseñan a los pequeños educación vial de esta forma que puede llegar a ser divertida para los protagonistas, y muy provechosa para toda la sociedad, habida cuenta del número creciente de desnortados que pueblan nuestras calles.

Patrullero escolar
Seguimos con un siniestro; en este caso la Policía Municipal inspeccionando a un vehículo accidentado. Una moto, para más señas.

Siniestro vintage
La siguiente imagen escenifica unos primeros auxilios en carretera. Quizás el motorista, embelesado por la belleza que montaba el sidecar, perdió el control y se fue contra un pino. Él ha salido peor parado que ella, parece. Igual no la volvió a ver, por imprudente y sobón.

Finalizamos aquí la reseña de este delicioso álbum de cromos que nos retrotrae a una época pasada, cuando en el mundo éramos menos y, posiblemente, más sencillos aunque no más simples. Un mundo analógico, con menos distracciones, quizás más humano. Probablemente peor en la mayoría de los aspectos, pero mejor en unos pocos. Un mundo distinto: sus coches, sus señales, sus gentes y sus modos de vivir.

Nuestros padres o abuelos. Un sincero homenaje para todos ellos.

¡Paz y paciencia!

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