miércoles, 8 de junio de 2022

Rutas anárquicas: el Tajo, de la colonia San Joaquín a Almoguera

Continuamos con nuestro periplo aguas arriba del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior, junto a la ermita de la colonia San Joaquín, longitud 3º02'23" Oeste, latitud 40º10'24" Norte. Hace un día soleado, radiante, el último de mayo, fresco ya que es muy de mañana. Me fijo en una pequeña pizarra, junto a la ermita, que lleva a una sombreada terraza y -ya que meterse varias tazas de café al día es lo mejor para el cuerpo y la mente- accedo al interior del bar "El Camino" apartando las tiras colgantes de plástico que cuelgan del dintel de la puerta, decidido cual Cyrus Smith en tierra desconocida.

Un café glamouroso en modo influencer

Dentro, tres sujetos acodados a la pequeña barra -dos tocados con sombreros de esparto- compadrean con el barman, que mira con curiosidad al forastero. Le pido el cafetito y observo el local, una mezcla de cantina de Nuevo México y corral manchego-cañí, muy de Almodóvar, con mobiliario vintage y una virgen de madera que convive de forma armónica con la protocolaria botella de Soberano, en pintoresca sinergia. Degusto el café afuera -que echa chispas, como es costumbre en nuestra piel de toro- observando los cachivaches desperdigados aquí y allá, pensando en el próximo movimiento.

Descenso a los cortados del Tajo

Me pongo en marcha por la GU-282 en dirección ESE hasta llegar a la frontera con la provincia de Cuenca, donde cojo una pista a la izquierda y, a unos 200 metros, un poste de señalización me envía a la derecha, en dirección Zorita de los Canes. La pista está en estado razonable, con sus roderas y su penacho central de tallos secos y cortados que roza los bajos de mi 4x2, con su grimoso sonido metálico. Avanzo un kilómetro hasta que me detengo en un camino a medio borrar a la izquierda, donde un extraño montículo llama mi atención. Camino hacia él en un paisaje de plantas silvestres muy crecidas, a medio secar, y traspaso un bosque de cardos enormes hasta alcanzar la base del montículo. Lo intento trepar, pero me hundo hasta el muslo en la arena de tipo playero, por lo que desisto: una duna en toda regla.

Esparto sobre el montículo arenoso

Rodeo la duna (realmente el resto de una explotación de áridos) y me fijo en la vegetación esteparia: hermosas matas de esparto y algunas aromáticas, mientras que en la base abundan las gramíneas (avena loca y cebadilla silvestre) y cardos gigantes, algo amenazadores. Está completamente agujereada ¿por qué?

La respuesta llega rauda: en un momento y coincidiendo con un ruido como de disparo, decenas de liebres corren de un lado a otro -algunas bajo mis pies, con sus largas orejas y potentes cuartos traseros- trepando ágilmente por la duna hasta meterse cada una en su madriguera.

El Monte de las Liebres

Regreso al carro y sigo en dirección norte hasta que llego a otra pista perpendicular, que tomo hasta volver, de nuevo, al norte, en dirección al paraje "La Hijosa". El paisaje es un mosaico de colores: regadíos en funcionamiento alternan con minifundios cerealistas, algunos bien crecidos y otros en barbecho, con algunos baldíos. A la altura de un caserío -equipado con el habitual perro insoportablemente ladrador- unos aspersores de riego han anegado la pista arcillosa impidiéndome toda progresión, con lo que reculo hasta el cruce anterior. Observo la pista que sale hacia el este pero deduzco que, en algún punto, también estará inundada, por lo que regreso a la carretera dejando a la derecha el Monte de las Liebres.

Cruce interesante

El cartel de la urbanización "Buena Tierra" me llama la atención, por lo que, en el cruce, sigo recto hasta encontrar, a la derecha, un hermoso abandono: la finca "Las Bridas". Se trata de una parcela con dos edificaciones, transformada en el icónico y habitual vertedero. A la izquierda encuentro los restos del bar "La Bolinga", con su barra de ladrillo y sus quintos de cerveza, apoyados como si hubieran sido consumidos ayer mismo.

Bar "La Bolinga"
Saltando restos de váteres, ladrillos y demás porquería, llego hasta la caseta de ventas de la urbanización, fósil del desarrollismo atroz de décadas pasadas.

Caseta de ventas
Dentro encuentro multitud de archivadores entreabiertos, con hojas mecanografiadas amarillentas. Cojo uno y lo leo, por eso de documentar los hallazgos: una legalización de 1991; qué tiempos aquellos.

Bajo al cruce y tomo la CM-221 al este; voy muy despacio porque no sé a dónde ir, ya que no encuentro pistas apropiadas para pegarme al Tajo. Un BMW X-5 (cómo no) me pide amablemente, con luces y pitidos, que me aparte de la desierta carretera, que tiene prisa la criatura. Que te den, musito mientras bajo la velocidad.

A la altura del pk 0,800 tiro por una pista, de muy buen aspecto, a la izquierda, que lleva a una gravera y a la cima del "Cerrillo Garbancero", simpático otero sobre la estepa circundante, con el pueblo de Leganiel de fondo. La tierra es de margas blancas, donde brillan apuntadas flechas de yeso color nácar.

Vista de Leganiel desde el Cerrillo Garbancero

Regreso a la carretera y, a unos pocos centenares de metros, giro a la izquierda por la GU-249 dejando a la derecha la EDAR de Illana. Voy en dirección oeste dispuesto a encontrarme con el Tajo, que observo acercarse a la izquierda, en un paisaje de cantiles yesíferos, margas y arenas micáceas, mientras el intermitente bosque de galería del Tajo se alterna con aspersores y parcelas de cereales ya amarillos. Prosigo unos kilómetros por la estrecha carretera desértica hasta que, a la izquierda y sobre una repisa de la loma, aparece la alargada silueta del castillo de Vállaga. Un poco más adelante aparco frente a una enorme piscifactoría y me dispongo a atacar el ¿castillo?

Está fácil esto del ataque

Debido a la proliferación -y tremendo porte- de los hierbajos secos, no atisbo ninguna senda que lleve a la ruina, por lo que asciendo por el barranco de la Canaleja hasta la pareja de cerros "Los Castillejos", que me recuerdan, en pequeñito, a la celebérrimas y pintorescas Tetas de Viana. Giro bruscamente hacia el este por una meseta recortada a media altura que, en unos minutos, me deja en el castillo.

Impracticable

Se trata de una estructura alargada, con restos de la bóveda de cañón primitiva y nichos laterales, usados presuntamente para almacenar vino: parece ser que primero fue fortaleza y después bodeguiya, quizás poco práctica por estar al sol en lugar de enterrada.

Vistaca desde el castillo

Las vistas son magníficas: abajo la piscifactoría, donde se observan, en las piscinas, sombras de enormes pescados; a la derecha el Tajo, que discurre tranquilo entre campos de labor.

Prosigo hasta que, pasada una caseta de servicio de la Confederación Hidrográfica del Tajo, el río se acerca a la carretera, donde paro. Se trata de un frondoso soto, con el suelo cubierto de una espesa pelusa blanca: se trata de las semillas del chopo o álamo blanco.

Río verde

El agua del río está verde debido a la proliferación de cianobacterias, crisofíceas, clorofíceas y otras algas, que también hacen que el agua huela a fresco, a mar, a sulfuro de dimetilo, de forma deliciosa. Un pequeño salto de agua forma blancos borreguillos, como decimos los marinos de agua dulce.

Canal del Tajo
Seguimos cruzando el canal del Tajo hasta divisar, a la izquierda, una nave abandonada y, detrás, la Casa del Ejido, que nos disponemos a explorar.

La Casa del Ejido

Se trata de una casona agrícola cuyo elemento más característico es un gran palomar castellano a modo de torre, en planta alta. Al acceder al vestíbulo de la propiedad observo, a través del techo hundido, el palomar, con sus nidales intactos. No amenaza ruina, analizo con el tumbao característico de los que hemos estudiado arquitectura, entre otras cosas.

Bonito palomar

Detrás de la casa aparece, desde un alto, la presa de Almoguera. Para verla desde más cerca, cruzo el Tajo y desciendo hacia la izquierda, situándome en uno de los estribos. Desde aquí contemplo las compuertas, contrafuertes y aliviaderos.

Presa de Almoguera

Sigo por la carretera, en dirección norte, hasta el pk 3,900, donde diviso una ermita subida a un cerro, a la izquierda. Tomo el desvío y, tras una curva pronunciada, aparco junto a la ermita, dentro de un olivar habilitado a tal efecto.

La ermita del Santo Cristo de las Injurias

Es una ermita moderna, con un fresco soportal perimetral y buena vista al Tajo. Bajo el soportal hay dos imágenes bastante poco agraciadas, aunque lo importante es que les gusten a los devotos. Si ellos están contentos yo también, válgame Dios.

Sigo por la misma carreterilla que me ha traído a la ermita, y me fijo en las cruces metálicas de un viacrucis que llega hasta el pueblo de Almoguera. A la entrada de la localidad giro a la izquierda para subir, por una urbanización de chalets adosados, hasta un mirador en la parte más alta del pueblo.

Vista de Almoguera

Desde aquí se observa el trazado urbano, centrado en el peñasco donde se asienta su castillo roquero, de factura árabe. Dentro está vacío, un secarral, pero el cinturón de torretas y muralla me parece bastante bien conservado, pintoresco.

Bajo a la plaza de España, donde aparco frente al "ayto". Subo por la rampa de la calle Amparo, donde hay un bonito rincón donde aparece un sector de la muralla y la torre de la iglesia de Santa Cecilia, con su reloj que, como suele ser habitual, no marca la hora correcta: se le habrán acabado las pilas.

Rincón de Almoguera

Tiro por la continuación de la calle, rodeando la iglesia por la izquierda, hasta encontrarme unas bodegas subterráneas y la silueta de la muralla, muy bien conservada. Subo trabajosamente hacia el acceso del recinto bajo un sol de justicia, solo para toparme con una verja metálica cerrada a cal y canto, sin horario de apertura. Podría ser que el señor alcalde, con toda la razón del mundo, se avergüence del tan lamentable estado interior, sobre todo cuando podría hacerse algo decente por cuatro duros. Pero bueno, si a sus vecinos les mola, pues envido.

Hacia el castillo

Desde la puerta cerrada pienso en lo que me ha aportado el recorrido de hoy. Ha habido de todo: agradable café, incidentes, descubrimientos por casualidad y calor, mucho calor.

Seguiremos en próximas entregas dando rienda suelta a la curiosidad que lleva nuestra aventura low cost. Como bien decía el maestro Thor Heyerdahl, no importa tanto adónde se vaya, sino cómo se vaya.

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martes, 12 de abril de 2022

Unboxing literario: Lübke y el enigma del hombre prehistórico

Inauguramos una nueva sección: los unboxing literarios, donde desfilarán, uno a uno, tanto libros físicos -de esos que he ido acumulando con el tiempo y que nunca he encontrado tiempo para leer- como textos antiguos escaneados, mapas, periódicos viejunos y demás excentricidades a gusto del consumidor. Y es que uno practica la compra de libros casi compulsiva: si un tema se le enquista desbroza las librerías y puestos callejeros en busca de ese ejemplar que pueda saciar la malsana curiosidad, de esa que puede matar al gato de empacho.

El interfecto
Y es que no hay placer mayor que encontrar ese libro un poco viejo, pesado, encuadernado en tela, con sus hojas un poco amarillas y sus láminas de imágenes en blanco y negro. Y además barato, unos pocos euros normalmente. Y bien escrito y traducido, eso no tiene precio. Puede que no sea la primera edición del Quijote pero diantre, qué importa, si lo principal es leer aunque sea lo más básico, ya que una lectura puede llevar a otra hasta quizás encontrar el sentido de la vida; cosas más raras se habrán visto. 

Así pues, traigo un libro que cuadra la descripción anterior: Los Misterios del Mundo Subterráneo, de Anton Lübke. Como su nombre indica, trata de las cuevas en todas sus manifestaciones; es un libro generalista, divulgativo, denso en información, editado por la editorial Labor en 1961. Lo vamos a leer mi presunto lector y un servidor al mismo tiempo, extrayendo lo más interesante del susodicho, si es que lo hay.

El misterio de las profundidades (lámina del libro)

Comenzamos con la NOTA PRELIMINAR, cuya mayor curiosidad es que está redactada por Joaquina Comas de Candel, insigne profesora de Geografía e Historia y esposa del conocido cristalógrafo Rafael Candel Vila. Siempre es un placer ver que, en una época donde la mujer -al menos en España- estaba prácticamente condenada a permanecer con la pata quebrá toda su vida, algunas de ellas escaparon a tal determinismo. Doña Joaquina nos hace una advertencia respecto al autor, muy influenciado por las teorías de un tal Immanuel Velikovsky, un magufo de la época empeñado en decir que todas las manifestaciones artísticas del hombre primitivo son falsas: "Lübke manifiesta su duda sobre la capacidad intelectual del hombre primitivo y sobre la autenticidad de las obras artísticas que se le atribuyen [...] Pone en duda también la autenticidad de los restos humanos hallados en las cuevas y otros yacimientos prehistóricos, y de su industria lítica, aduciendo que son falsificaciones...". Aunque también nos dice, en defensa del autor, que hay que "reconocer la amenidad de este libro, la sugestión de los capítulos que tratan de la utilización de los espacios subterráneos con fines estratégicos, terapéuticos y de investigación científica, así como la vasta información sobre las cuevas más importantes del mundo..."

Nosotros no tomaremos en consideración estos rollos conspiranoicos, puesto que somos seres racionales de los que toman las raciones en los bares, aunque igual citamos alguno, por eso de entretener al personal.

El Picasso prehistórico

Seguimos con el PRÓLOGO DEL AUTOR, en el que plasma con romanticismo la psicología del que se adentra en la cavernas: "la idiosincrasia del espeleólogo tiene algo que ver con la oscuridad y el silencio del mundo subterráneo; no pregona a voz en grito lo que ha visto y experimentado en las honduras de las solitarias cuevas, veladas hasta entonces a las humanas miradas y no holladas por humanos pies". Un introspectivo, frío, húmedo y oscuro ser, que se mimetiza con los parajes que explora; puede que a alguien le dé la risa tan dramática descripción a lo Joseph Conrad, pero nos aclara que "quien piense que una cueva es sólo un húmedo y oscuro agujero en el suelo al que, en el mejor de los casos, puede atraer grotescas formaciones estalactíticas mágicamente iluminadas, se percatará, al leer los diversos capítulos de este libro, de lo infinitamente variado e impresionante que es el mundo para el que no se cansa de mirarlo con ojos maravillados: no sólo son dignas de ser descritas las formas prodigiosas de las estalactitas y estalagmitas, los precipicios abiertos por las fuerzas de la Naturaleza o los hielos eternos de las cavernas gigantescas, sino también la vida orgánica que se desarrolla en esta mansión de las tinieblas, los hallazgos de esqueletos humanos y animales de épocas probablemente prehistóricas; la vida de los insectos, reptiles y plantas; el agua que fluye por las profundidades; la temperatura y las condiciones eólicas que en ellas reinan; los elementos y las rocas que integran las montañas"

Pues acompáñeme el lector, que juntos veremos todo esto y mucho más, envueltos en el incomparable aroma de la aventura clásica, la del mapa en papel, brújula analógica e iluminación de carburo.

Mapa de Otto Hauser con las ubicaciones de los yacimientos neandertales

El primer capítulo trata del RESURGIMIENTO EN UNA CUEVA DEL HOMBRE DE NEANDERTAL, narrando el descubrimiento de los famosos restos humanos por el profesor Fuhlrott en 1856, en concreto una bóveda craneal enorme de frente estrecha y huidiza que lo catapultaría como el antecesor del Homo sapiens. No se encontraron ni utensilios ni instrumentos, lo que no permitía una correcta datación del hallazgo. En los años siguientes se multiplicaron los descubrimientos de humanos con características craneales similares, siendo los más importantes el del Homo moustierensis Hauseri y el del Homo aurignacensis Hauseri, descubiertos por el autodidacta Otto Hauser que, por cierto, dibujaba unos mapas preciosos de sus investigaciones, como mandan los cánones.

En España también se dieron numerosos hallazgos neandertales tanto en superficie como en cuevas, siendo el más importante la cueva de la Carigüela, en Piñar (Granada).

Yacimientos españoles (lámina del libro)

El Homo heilderbergensis fue descubierto en 1908 en los sedimentos de arenas y gravillas de Mauer, en Alemania, por el profesor Otto Schoetensack, un industrial químico que, al jubilarse, decidió dar rienda suelta a su pasión por la investigación de campo. Este ancestro -y no me refiero al profesor- poseía una potente mandíbula intermedia entre el maxilar humano actual y el del mono, algo parecido al famoso eslabón perdido.

En 1921 fue descubierto el Homo pekinensis, una especie de humano algo más "fino" que el anterior. Uno de los que participaron en este descubrimiento fue el enorme paleontólogo y místico jesuita Pierre Teilhard de Chardin, cuya teoría -básicamente tomada de Hegel pero ajustada al cristianismo, lo que le valió la condena de la Iglesia- de la dialéctica de la historia que nos lleva al Punto Omega, la realización del espíritu Absoluto -Cristo para Teilhard- en la tierra, a través de la noosfera, condensación y densificación de la conciencia universal. Toma ya: comparado con esto los huesecillos que se queden para hacer caldo. Como vemos, muchas veces los descubridores son mucho más interesantes que el descubrimiento en sí.

Ya pasada la Segunda Guerra Mundial, el expedicionario Marcel Homet -un obseso de la Atlántida- encontró varios esqueletos humanos bajo la espectacular Pedra Pintada (Brasil), donde se encontró un gran abrigo usado como osario, con abundancia de petroglifos.

Pedra pintada (Em Visao)
Homet también hizo descubrimientos en las altiplanicies amazónicas, donde localizó grutas con esqueletos y cerámica primitiva, huesos pintados de rojo, collares y perlas de vidrio, de forma similar a lo encontrado en algunas cuevas europeas, lo que le permitió imaginar que, tal vez, hubiese una conexión entre el hombre primitivo europeo y el americano a través de la Atlántida, parada de avituallamiento en mitad del océano Atlántico.

Otro apartado es ¿EXISTIERON TROGLODITAS GIGANTES? donde se nos cuenta el descubrimiento del Meganthropus en la isla de Java, a cargo del ilustre geólogo Gustav Von Koenigswald, cuya vocación empezó a los 15 años cuando consiguió un fósil de molar de rinoceronte. En sus pesquisas encontró dos mandíbulas enormes, con lo que se preguntó si se trataría realmente de huesos humanos. Lo llamó Gigantophitecus, por eso de que debía ser un gorila, o algo así.

Von Koenigswald a su rollo (wikipedia)

La discusión quedó zanjada por sucesivos antropólogos, verdaderas eminencias de la época, que discernieron que en la historia filogenética de la Humanidad no es de creer que haya habido antecesores gigantes de andar erecto o pitecántropos gigantes. Punto pelota.

Ante tal revelación científica, el libro se entretiene -de forma muy amena- en recordarnos que hay presuntos testimonios de la presencia de gigantes en la Biblia y en otras fuentes antiguas. En la mitología griega, por ejemplo, está la Gigantomaquia, lucha de los terribles gigantes con cola de dragón contra Zeus, otros dioses y Hércules, que acabaron ganando los segundos, como cabía esperar.

Cráneos gigantes (lámina del libro)

El autor también se los pasa bien con teorías muy imaginativas, de esas que hacen las delicias de los espíritus más autoiluminados, de esos que toman por verdad cualquier cosa que se les pase por la cabeza, ya sea que la tierra es plana, que las vacunas son agua de Valencia o cualquier otra original memez. Como por ejemplo la teoría de Denis Saurat, que cree probar la conexión entre los hallazgos en Tiahuanaco con la teoría lunar formulada por el físico Hans Hörbiger. Una chorrada como la copa de un pino, pero muy de moda en la época en la que apareció este libro. Y, como siempre, no hay que mirar el pasado con los ojos del presente: cada época tiene su afán.

Finalizamos la primera de una serie de entradas sobre este interesante libro dejando atrás su parte quizás menos interesante, menos científica y más sujeta a especulaciones fantasiosas. Continuaremos con ejemplos de trogloditismo arquitectónico, historia de la espeleología, troglofauna cavernícola y demás oscuras y húmedas delicias.

Allí nos vemos.



viernes, 4 de marzo de 2022

Rutas anárquicas: el Tajo, de Fuentidueña a la colonia San Joaquín

Seguimos nuestro viaje aguas arribas del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior: el castillo de Fuentidueña. Descendemos por la M-831 hasta alcanzar el puente sobre el Tajo en la antigua carretera Madrid-Valencia, diseñado por el ingeniero José de Echevarría y construido por la contrata colaboradora del famoso Eiffel. Hace bastante tiempo que no llueve: la pertinaz sequía probablemente me evite sustos relacionados con la escasa capacidad "todoterrénica" de mi sufrido compacto. Disclaimer: todas las fotos son mías salvo que indique lo contrario.

Puente de Fuentidueña, sobre el Tajo, en un día idílico para ser invierno

Sigo por la M-831 hasta pasar bajo la A-3, para coger una pista de tierra en buen estado en dirección noreste. El bosque de galería del Tajo se va aproximando, formado por robustos ejemplares, pelados por el invierno, de Populus alba. A la altura de la finca "Los Visos y las Dehesas" encuentro un ramal de la pista que se aproxima al río, en fondo de saco. A la izquierda un sendero me lleva a un molino abandonado, cuya denominación no aparece en ninguno de los mapas históricos que llevo en el móvil.

Molino ignoto

Accedo a través del sombreado pórtico y abro con cuidado el grueso portón de madera, que cruje ahuyentando a una bandada de pájaros que salen estruendosamente por un ventanuco.

Interior del molino, con el hueco para el rodezno

Me subo a un plinto elevado para observar el hueco para el alojo de la turbina, lleno de barro y porquería, y aderezado con trozos de metal oxidado que podrían ser originales, a juzgar por el roblonado de algunas piezas. Salgo y escucho el plácido rumor de las aguas que, unido al olorcillo característico de la hierba húmeda, forma un Shangri-La sensorial de lo más estimulante. Falta me va a hacer.

Regreso a la finca y sigo por la pista que, poco a poco, se va estrechando y empeorando su firme: según las minutas del IGN es el antiguo camino de Fuentidueña a la Casa de San Pedro. 

Cultivos que despiertan

A la derecha cultivos de cereal ya reverdecidos; a la izquierda, el río, unas naves industriales de una fábrica de productos químicos (muy ecológica, a la orilla del río), un vivero -por compensar lo anterior- y el cantil yesífero.

Fábrica superecológica, vivero, río y páramo

Alcanzo la granja "Los Arenales" sin pena ni gloria, ya que el paisaje es de lo más uniforme. A la altura del cruce de un pequeño regato seco, un almendro en flor me alegra la vida: su color blanco contrasta con el verde y el azul, una escena muy top y algo random, apta para daltónicos como el que suscribe.

Paisajito guapo

Avanzo hasta la casa de San Pedro, entre retamas aún carentes de sus características flores amarillas. Trato de otear la central eléctrica que se supone hay detrás, sin éxito alguno. Lo único interesante es el cañón yesífero formado por un pequeño arroyuelo, en el que se deslizan, hacia el río, pequeñas matas de esparto: un atochar. Según la base de datos de Lugares de Interés Geológico del IGME, nos encontramos en una zona de karst de carbonatos y evaporitas.

Atochar

Alcanzo la carretera M-241 y driblo a la izquierda para, al poco, tirar a la derecha de forma diagonal, con lo que me interno en una urbanización de aspecto sencillo, formada por parcelas de viviendas unifamiliares tuneadas a gusto del consumidor.

Me llama la atención el trasiego de grandes camiones, que contrasta con la placidez de unos señores mayores que, boina al sol, triscan la acera arriba y abajo mirando descaradamente -privilegios de la edad- mi vehículo, por eso de comprobar que no se cuela algún amenazador forastero.

Por aquí pasa el Camino de Uclés

Llego a una zona donde, a la derecha, surge de nuevo el valle del Tajo, con su paramera; unos carteles explican que por aquí discurre un ramal del Camino de Santiago: el Camino de Uclés, que enlaza la iglesia de Santiago (Madrid) con el monasterio de Uclés, cabeza de la Orden de Santiago en España.

Paraje "El Castro": un otero sobre el Tajo
Tomo una pista hacia el noreste, detrás de un enorme camión que llena de polvo el aire. Asciendo el borde del páramo y, arriba a la izquierda, diviso lo que parece una ruina con vistas. Ya en el páramo tomo un camino bien marcado que lleva a la base de una torre a juzgar por el espesor de los muros, quizás adscrita a la cercana casa de la Vega. Hacia el norte aparece la llamativa silueta de "El Castro", una horadada muela -de arenas y gravas cementadas según el mapa geológico- que mira al río y, junto al Tajo según el mapa topográfico, un paraje denominado "Cueva del Toril" ¿habemus bujero?

Bajamos al río: cuevas, soto y el salto de Valderrivas

Sigo por la pista asfaltada y me desvío a la izquierda, rumbo a una enorme explotación de áridos, de donde salen y entran multitud de camiones: verdaderamente impresionante. Nada más pasar el portón metálico la carretera se transforma en una pista sin asfaltar -ancha aunque con cantidad de piedras y baches- que gira hacia la izquierda para bajar por la pronunciada cuesta del páramo hacia el Salto de Valderrivas, con su central eléctrica de estilo historicista. A la derecha y a unos pocos kilómetros diviso un puñado de casas, al que trataré de dirigirme después.

La toponimia no miente: la cueva del Toril

Desciendo del coche para explorar el frondoso soto que forma el río a la altura del salto: se trata de un paisaje fresco e idílico, con el edificio de la central y el cortado presidiendo la escena. Me acerco a la orilla; el agua del río se remansa en unas pozas cuyas aguas, verde intenso, evidencian un crecimiento estacional masivo de crisofíceas. Una trocha asciende hacia el cortado, a media ladera, y a unos doscientos metros aparecen dos oquedades: la cueva del Toril, que hemos visto antes en el mapa. Se trata de unos abrigos poco profundos abiertos en el farallón de conglomerados, en cuyo techo se descuelgan decenas de pequeñas telas de araña, con sus trabajadoras dueñas que se agitan nerviosamente a mi paso.

Escena fluvial bajo la cueva del Toril

Henchido de autocomplacencia por haber llegado a este hermoso lugar, desciendo al coche y cojo el camino que discurre junto al río, aguas arriba y en dirección a la mencionada urbanización; unos pescadores parlotean, visiblemente entusiasmados con sus capturas.

El camino se va estrechando hasta que queda cercado por las matas de cañizo, mientras oigo como se deslizan por la carrocería del coche, causando el característico y grimoso sonido. Como llevo la ventanilla abierta, una rama me pega un sopapo en toda la cara, únicamente frenado por las gafas de sol.

No lo salto ni con pértiga

Maldigo mi puta calavera por no haberla visto venir y subo la ventanilla y, aunque la tentación de regresar al punto anterior con el rabo entre las piernas acecha, pienso que la calle asfaltada de la urba debe quedar a unos pocos minutos, con lo que avanzo trabajosamente unos doscientos metros entre el carrizo. Craso error: un gran resalto, imposible de traspasar con mi 4x2.

No queda otro remedio: vuelvo al soto de la central hidráulica e inspecciono el mapa. Parece que hay otro camino - más o menos paralelo al río pero alejado de la orilla- que podría llevar al mismo punto de la urbanización. Lo cojo; es bastante malo ya que el carrizo es sustituido por multitud de pedruscos que hacen patinar las ruedas, lo que provoca que algunos guijarros salgan volando y golpeen los bajos del coche, aunque todo sea por pisar asfalto cuanto antes. Llego a un punto donde el camino se junta con el que no he podido continuar antes y, unos metros después, alcanzo el ansiado asfalto.

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre

Frustración a la enésima potencia: una barrera corta el acceso a la urbanización, con lo que valoro la situación. No hay nada que hacer, así que desando todo el estrecho camino -con sus plantitas laterales, cuestecillas puñeteras y guijarros voladores- hasta llegar al cortado, luego a la arenera y después a la urbanización de los camionazos, donde cojo la M-241 hacia la localidad de Estremera.

Pasado el pueblo giro a la derecha, en dirección Illana y Leganiel. Continúo hasta que el Tajo -y la urbanización de marras- comienzan a aparecer. La carretera gira 90 grados para cruzar el Tajo e internarse en el poblado, pero decido seguir recto por una pista señalizada como "Camino Natural del Tajo". 

La central del Maquilón y, arriba a la izquierda, la casa de Cumbre Hermosa

La pista llega a otro inmensa cantera de áridos, lo que me permite inferir que muchos de los habitantes de la urbanización adyacente podrían ser trabajadores de estas explotaciones. Alcanzo, pasado un meandro, la central hidráulica del Maquilón, con su interesante aspecto de chalet decimonónico. Al otro lado, y sobre el zócalo de yesos, aparece la ruina de la casa de Cumbre Hermosa, una edificación con estancias alrededor de un patio central.

Casas del Maquilón

Un estruendo de pájaros corta el silencio reinante. Alzo la vista para observar unas cigüeñas en formación de V, que se dirigen hacia el sureste.

Avanzando, dos edificaciones abandonadas a la derecha. Las exploro: la primera consta de varias alcobas bastante rudimentarias, cada una con su chimenea: lo que parece una vieja casa de huéspedes.

Chimenea vintage

La otra es una sencilla casa con patio, sin florituras aunque con excelentes vistas. Avanzo un par de kilómetros por la pista, en buen estado, hasta que, en una ladera a la izquierda, observo la ermita de la Virgen de la Muela, de aspecto moderno y funcional, bastante anodino. Por cierto, sobre el montículo que se alza sobre de la ermita se supone que está la antigua Caraca, un asentamiento carpetano-romano.

Ermita de la Virgen de la Muela

Doy media vuelta y regreso por el camino, dejando atrás el Maquilón y llegando al puente sobre el Tajo.

Puente

Lo cruzo y llego a la urbanización "El Carraicejo". A unos cientos de metros llego a nuestro destino por hoy: la ermita de la colonia San Joaquín, de aspecto algo andaluz con su pozo frente a la puerta. Tras ella, el centro comunal de la colonia.

Ermita de la colonia San Joaquín

En definitiva un interesante recorrido, aunque me parece constatar que, a medida que viajo aguas arriba del Tajo, la progresión va a ser más difícil.

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viernes, 4 de febrero de 2022

Doug en el país de las maravillas

A veces surfear por internet le lleva a uno a descubrir cosas maravillosas, de esas que no se pueden perder, de esas que no deben quedar ocultas bajo el pegajoso biofilm de lo simple: descubrir seres humanos dotados naturalmente del mayor de los dones: la curiosidad, con permiso del sentido del humor. Y esta vez, como quien no quiere la cosa, estaba un servidor explorando el excelente foro sobre microscopía Microbehunter -con el ánimo de documentarme para una serie de nuevas entradas para este blog- cuando descubrí un hilo que me llevó a descargar este oscuro pdf, un cuaderno de observaciones naturales alojado en el prestigioso Quekett Microscopical Club.

Doug en su salsa

Lo primero que descubro es una especie de obituario de Douglas Turnbull Richardson (1919-2013), un señor inglés que dedicó su tiempo a observar la naturaleza en casi todas sus facetas; un naturalista de la vieja escuela, de esos que no se conforman con un píxel si pueden admirar la imagen entera. El que le hace el prólogo dice que, cuando el amigo Doug cumplió los 87 tacos, éste le pidió un ordenador para pasar sus notas a limpio así como una cámara digital y una cámara para adaptar al microscopio, una de sus pasiones. Y así continuó hasta el día de su muerte, a los nada despreciables 94, habiendo reunido una colección inmensa de fotos y observaciones que su propia familia no sabía qué hacer con ella. Así que hicieron un cómodo pdf y lo colgaron, esperando a que un españolito, deseoso de escudriñar la res extensa cual Descartes de barrio, lo sacara a la luz.


El paraíso: observación del agua de un pilón en primavera (sección I)

Pues a eso estamos; vamos a recorrer el curioso legado naturalista de este encantador personaje, por si podemos sacar algo a imitar: una inspiración, una metodología, una forma peculiar de ver las cosas. Y es que este hombre hizo de muchas cosas: químico analítico, entomólogo, espeleólogo, ictiólogo, botánico, "Natural Historian" (a esto no le encuentro traducción que suene bien) y miembro de un montón de sociedades científicas inglesas. Al lío; todas las imágenes están sacadas de su documento "Observations", a menos que se diga lo contrario.

El cuaderno se estructura en diversas secciones: apuntes y notas cortas de Historia Natural, notas cortas de carácter técnico, ejemplos de preparaciones microscópicas, varias secciones de fotografías (cristales, líquenes, hongos, entomología/zoología, microscopía, geología), y observaciones referidas a diferentes proyectos de investigación de ámbito local, centrados en su Yorkshire natal.

Observación espeleológica (sección I)

En la primera sección (observaciones y notas cortas) aparecen todo tipo de elementos: animales, tipos de arena y tierra y análisis químicos de cavernas, entre otros a modo de cajón de sastre, siempre referenciando cada observación con sus coordenadas geográficas, fecha, identificación y observaciones. Son especialmente curiosas sus anotaciones de fuentes y pilones en primavera ya que es bien sabido que, en esa época de año, se produce la aparición masiva de algas verdes con toda la efervescencia de organismos que se alimentan de ellas, verdadero paraíso de cualquier naturalista provisto de microscopio. Como se trata de ecosistemas de muy rápida evolución, Doug visita cada lugar varias veces sucesivas observando las especies que proliferan (cianobacterias, clorofíceas, diatomeas y ciliados normalmente) y las que han sido desplazadas.

La segunda sección consta de notas técnicas sobre la actividad del microscopista a la hora de crear preparaciones permanentes, como la tinción y el montaje de objetos. En este particular se detiene en hacer "reviews" e "unboxings" -disculpas pero en español sería mucho más largo- de productos alternativos al bálsamo del Canadá, que se emplea como "pegamento" entre el portaobjetos y el cubreobjetos.

Tallos vegetales teñidos con Wacker 3A (Alamy)

Respecto a las tinciones, Doug cuenta su experiencia con la nueva -en 2009, cuando el autor ya tenía 90 años- tinción triple Wacker 3A, que sirve para colorear secciones vegetales; o con el rosa de lignina para teñir el tegumento de insectos, con todos los pasos a seguir descritos con precisión milimétrica. No se libran los productos químicos como la lejía -ya sea dilución de hipoclorito sódico (agua de Javel) o de hipoclorito cálcico y potásico (agua de Labarraque)-, usada para eliminar el contenido celular en tejidos animales y vegetales, dejando únicamente la propia estructura celular vacía.

Preparaciones de raíces, tallos y flores de angiospermas (sección III)

También expone diversas metodologías, algo desordenadas aunque perfectamente explicadas, de recolección, limpieza, montaje y tinción de insectos, pelos, polen, hongos, algas, escamas de peces y organismos acuáticos, con una precisión que ya quisiera para sí el excelente manual de microscopía de Kremer. Un aspecto que explica, muy curioso, es la técnica de disección y preparación de egragópilas para su examen microscópico, así como la extracción de pólenes, la disección de hormigas y la recolección y observación de arenas y detritus marino; vemos que el viejo Doug no solo daba de comer a las palomas en el parque, desde luego.

Preparaciones de arena y conchas marinas (sección III)

Mucho menos tećnica y más pintoresca es la tercera sección, donde nos enseña sus preparaciones de todas las temáticas posibles: de botánica, arenas, malacología, histología y zoología. Algunas son tan bonitas y están tan bien preparadas que me parecen verdaderas maravillas: donde el arte y la ciencia confluyen.

Preparaciones de conchas marinas y de órganos de insectos; la de arriba es una pasada (sección III)

La sección IV expone fotografías microscópicas de sustancias químicas mediante la técnica de la polarización: al rotar dos cristales (el polarizador y el analizador) las diferentes vetas de la sustancia cambian de color, creando efectos muy plásticos. Simplemente se trata de disolver la sustancia (que puede ser, por ejemplo, un medicamento) en agua, poner una gota sobre el portaobjetos y dejarlo secar. Mientras tanto la sustancia cristaliza en función de sus propiedades, y se observa al microscopio girando los prismas. Fácil, ¿no?

Sustancias químicas a la luz polarizada (sección IV)

En este caso, Doug nos presenta ácidos orgánicos y sus sales, como el ácido tartárico, el cítrico o el salicílico, bastante fáciles de conseguir puesto que se utilizan en el sector de la alimentación.

Líquenes de todo tipo (sección V)

En la sección V aparecen multitud de fotografías macro, realizadas con cámara convencional, de líquenes, uno de los organismos que más cariño tengo sin duda, por humildes y simpáticos. Y aquí echa el resto con 80 fotos de líquenes de variados colores y morfologías. Algunas imágenes corresponden a ejemplares recolectados muchos años antes, de la propia colección del autor, con lo que se aprecia su empeño para sistematizar y ordenar sus pertenencias antes de que, posiblemente, acabaran en el cubo de la basura. Uno es muy fan de los líquenes crustáceos de color ocre o amarillento, como los del género Caloplaca o los Lepraria, bien representados aquí.

Setas en la sección VI

La sección VI expone fotos macro de multitud de hongos y setas; bastantes observaciones datan de los años 70 del pasado siglo (se nota en la calidad de las fotos escaneadas). Mis favoritas son las setitas minúsculas: la Hypholoma fasciculare, frecuente en los bosques de pinos, y la Lachnellula subtillissima, con su curioso sombrero invertido.

Agallas en el sección VII
En la sección VII tenemos fotografías de botánica, en especial plantas no vasculares como las briofitas (musgos y hepáticas), además de una gran colección de fotos de semillas y agallas -tumores vegetales- de todas las formas y colores: en robles, abetos, ortigas, endrinos, rosales, helechos...: nada escapa a la observación de nuestro amigo. Las hepáticas me parecen muy top, como diría un buen millenial: la extraña Marchantia polymorpha y las Conocephalum, que tapizan suelos muy húmedos y resguardados del sol, normalmente cerca de fuentes o arroyos.

Avispas y sus nidos (sección VIII)

La sección VIII trata sobre zoología y hay de todo aunque no demasiado bien clasificado: anfibios y sus mudas, insectos (coleópteros, abejas y avispas, etc), quelicerados (arañas y opiliones), miriápodos (ciempiés, milpiés y otras asquerosidades), moluscos, equinodermos y esponjas. Mis favoritos son los tricópteros, que viven en su bolsito de seda, como el Allogamus auricollis o el gran Halesus radiatus.

Molones opiliones (sección VIII)

Los mamíferos están representados únicamente por animales domésticos y murciélagos, lo que evidencia la pasión (por mí compartida) de Doug por las cuevas y las ruinas.

Algas verdes (sección IX)
La sección IX trata sobre microfotografía, que Doug empezó a practicar en 2007, a los 88 años, con gran éxito ya que sus imágenes son muy buenas. Tenemos de todo: histología (tejidos animales y vegetales), órganos de animales, diatomeas preciosas, algas verdes, esporas y micelios de hongos, y todo tipo de animales marinos y terrestres. Me han llamado mucho la atención estas microfotos: los órganos de la abeja Apis mellifera teñidas con azul de solofenil (un colorante textil), la cianobacteria Nostoc commune (con la técnica del contraste de fase) y el delicado hidrozoo -y pequeño arbolito- Obelia geniculata.

Órganos de animales (sección IX)
También, aunque no son suyas, nos enseña su colección de preparaciones de petrología, es decir, lo que se conoce como láminas delgadas. Se trata de preparaciones bastante caras, ya que es necesario cortar las piedras o minerales a un espesor de unas 30 micras haciéndolas traslúcidas, con una cortadora radial.
Láminas delgadas (sección IX)

Muy coloridas son las imágenes del yeso, la peridotita y la filita, debido a que las fotos está tomadas con los nícoles cruzados, de forma que se maximiza el contraste.

Cortes histológicos de tallos (sección IX)

La histología vegetal se encuentra bien representada: secciones de tallos mostrando el floema y el xilema así como cortes variados de hojas y raíces, casi todos vivamente teñidos con safranina (que tiñe el núcleo celular de rojo) y azul alcián.

Minerales (sección X)

La sección X muestra fotografías macro de minerales, cada uno con su identificación, fecha, fórmula química y lugar de recolección. Entre los ejemplares más hermosos tenemos la fluorita -con todas sus variedades cromáticas- y los minerales radiactivos como el uranofano y la autunita, con ese brillo amarillo fuerte que avisa de su peligrosidad.

Análisis microscópico de una cagada de murciélago (sección XI)

La sección XI, denominada "Balsam Post Articles", es una mezcolanza de temas más bien prácticos, como puede ser diseccionar y analizar una deyección de murciélago para encontrar restos de tejidos animales, consejos para disfrutar de la microscopía en familia (observando especialmente pelos de mascotas) y cómo preparar secciones de champiñones, entre otras recetas prácticas de las que se podrían sacar multitud de experimentos escolares.

Muestreo en Castle Woods (sección XII)
La sección XII recoge un proyecto de investigación sobre la biodiversidad en una zona de Yorkshire, en el que se aprecia la metodología de recogida de datos por muestreo encontrando cientos de especies animales y vegetales. Además recoge datos de pH del suelo y dureza del agua, por eso de contextualizar las especies en su medio. La sección XIII es un estudio similar en otra zona.

Croquis de investigación (sección XIV)
La sección XIV es otro proyecto de investigación, esta vez con espeleología incluida, siguiendo el curso de un río y sus tributarios. Además de las especies se toman datos de pH, alcalinidad, dureza y temperatura del agua en cada tramo. Las secciones XV y XVI son datos y bibliografía relativos a los proyectos anteriores.

¿Qué se puede sacar en claro de todo esto?

Además de su innegable valor científico, propio seguramente de toda una vida de curiosidad incesante o de su sistematización quizás algo caótica, lo que me aporta es que un señor mayor, en lugar de abandonar a la vida antes de que la misma le abandone a él, hace justo lo contrario: toma carrerilla a los casi 90 años de edad y se embarca en un proyecto que desafía a su propia senectud, quizás reclamando su pedazo de inmortalidad a través de unos simples escritos.

Fuese como fuese, me gustaría que el viejo Doug hubiera rasgado el velo de Isis triscando por el campo, con su cámara en una mano y su libreta en la otra, para seguir haciendo lo mismo que tanto amaba.

¡Doug, hermano, estés donde estés, no te olvides de observar!

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