viernes, 1 de noviembre de 2024

Rutas vintage: 1926, Sierra de Guadarrama VII (Cotos, Peñalara y la Hoya de Pepe Hernando)

Continuamos la entrada anterior donde la dejamos, en el alucinógeno puerto de Navacerrada, donde naturaleza y caos se funden en un entorno lleno de personalidad -sin especificar si es positiva o no-, aspecto que el visitante debe discernir por su cuenta. Vamos a visitar el siguiente paso de montaña de esta parte de la sierra de Guadarrama, el puerto de los Cotos, casi tan famoso como el de Navacerrada pero sin urbanizar. Desde allí nos adentraremos en los misterios geológicos del entorno glaciar del pico Peñalara, guiados por nuestra guía geológica vintage.  Por supuesto, todas las fotos son del que escribe a menos que se indique lo contrario.

Para la redacción de este periplo serrano y, por eso de estar bien documentado como un Humboldt de barrio, voy a tirar de dos buenas guías: Por la sierra de Guadarrama, de Cayetano Enríquez de Salamanca, y la Descripción física y geológica de la provincia de Madrid, del insigne gallego Casiano de Prado, uno de los impulsores del conocimiento científico de estas montañas.

Mis compañeros de expedición
Así pues partimos del puerto de Navacerrada en un día nuboso, frío y gris, tomando la SG-615 en dirección NE. Nuestra guía vintage nos informa de que la zona de granitos truécase por la de gneis glandular: efectivamente, el mapa del IGME indica que los leucogranitos del puerto de Navacerrada desaparecen para dejar hueco, a la altura del puerto de los Cotos, a los ortogneises glandulares.

Texto de la guía de 1926

Avanzo por la ladera septentrional -la de la segoviana cuenca del Duero- sin encontrar cortes en la carretera producidos por los aludes; los 98 años de diferencia con lo narrado en la guía se han de notar de alguna forma, menos mal. A ambos lados de la carretera aparecen espigados ejemplares de pino silvestre entre la neblina, aunque pocos de ellos de formas aberrantes, típicos de zonas con menos densidad arbórea y más barridas por el viento.

A medio camino, a la izquierda, encuentro varios apartaderos y, algo más adelante, las vistas a la vertiente segoviana se hacen más abiertas, recortándose el macizo de Peñalara de forma difusa, fantasmagórica.

Alcanzo el puerto de los Cotos o del Paular (1830 msnm) y la famosa Venta Marcelino (1924), un establecimiento mítico en la Sierra con permiso de su homólogo de Navacerrada, la Venta Arias. 

Venta Marcelino, cerrada

Dejo el coche en el enorme aparcamiento, prácticamente vacío; qué gozada aunque la temperatura es de 1ºC, hay viento y la humedad es del 90%. Me pertrecho y me dirijo al poste granítico ("coto") que delimitaba la vía rodada -allá por el siglo XIX- cuando el puerto estaba nevado. Al otro lado de la carretera hay otro poste, algo más alto: arqueología caminera pura. De ahí viene el nombre del puerto, de estos dos mojones, ahí es nada.

Coto señalizador
Asciendo por el camino pavimentdo, dejando a la izquierda la Venta Marcelino. Más arriba se encuentra el abandonado albergue "Coppel" del Club Alpino Español (1912), con sus ventanas entreabiertas y su frontón en listones de madera verticales que aloja el escudo del Club. La tipografía vintage, que sobresale del muro queriendo dar el necesario empaque al conjunto -era un albergue únicamente para socios- recuerda tiempos donde llegar al puerto era una aventura en sí misma, y había que aprovecharlo con pernoctación incluida. El nombre del albergue es un homenaje al relojero alemán Carlos Coppel, miembro destacado del Club y espía en sus ratos libres.

Refugio "Coppel" del Club Alpino Español

Rodeo el edificio, convenientemente vallado aunque, según se infiere por el tejado, amenazando ruina inminente. Dos telediarios, como se suele decir.

Detrás encuentro el mirador de Lucio, una caseta con paneles de interpretación, de esos que quedan guay pero no se lee ni Dios, con perdón. De frente encuentro la vereda que lleva a Peña Citores, donde hay un pequeño refugio. Estrecha, pedregosa, discurre entre masas bajas de enebros y altos pinos silvestres; dos de ellos parecen piernas que indican que hay que tirar p'arriba, entre la neblina.
 

Pinos silvestres que caminan
Entre los bloques pétreos disgregados encuentro un ejemplar de ortogneis globular, con sus nódulos de feldespato blanquecino que me recuerdan, por su forma, a la gran mancha de Júpiter.

Ortogneis glandular
En el mapa de minutas del IGN se representa, un poco más al este de mi posición y a una altitud de unos 1950 msnm, un refugio. Para comprobarlo dejo el sendero para coger una trocha, apenas marcada, que sigue la curva de nivel de 1950 msnm hacia el este. El bosque está oscuro, húmedo, frío y, bajo los pies, el terreno es blando y cubierto de acículas, bloques de piedra, masas de enebro rastrero y piorno. Los pinos, algunos de formas grotescas, torturadas, se cubren con la manta gris de los líquenes, colgando de sus ramas como barbas de chivo.
Pino de forma aberrante
Llego a una pequeña pradera encharcada, justo en la posición en la que el mapa marcaba el refugio, del que no he encontrado referencia alguna. Nada de nada, pero la planitud del lugar evidencia que aquí podía haber alguna construcción.

Pradera donde había un refugio
Asciendo por la ladera de Dos Hermanas en dirección NE, con la intención de coger el camino principal de ascenso al pico Hermana Menor (2271 msnm). Al poco tiempo de dejar la pradera, encuentro un dado de hormigón que parece una barbacoa. Tras la reja-parrilla, lo que parece una paellera, rebosante de agua de lluvia ¿qué es esto?

Misterio de la paellera encerrada

Más arriba, a unos 2000 m, aparece el camino que lleva al cordal de Peñalara, que cojo a la derecha. Por aquí pasaba uno de los remontes de la antigua estación de esquí de Valcotos, que fue modélicamente desmantelada en 1999 siendo un claro ejemplo de lo que habrá que hacer, más pronto que tarde, con Valdesquí y otras estaciones que seguramente quedarán obsoletas. Valga el ejemplo de la estación de Navacerrada: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar.

Confluencia de sendas, en zona de repoblación
Se nota que el bosque, en esta posición, es de repoblación reciente, ya que son ejemplares jóvenes, rectos, aún no vencidos por el viento. En algunos lugares aparecen praderas de piornal, donde quizás no pudieron plantar árboles debido a las acumulaciones de piedras que se ponían en las zonas bajo remontes. 

Sigo en dirección N por un sendero bien marcado que, a medida que gana altura, se va haciendo más abierto, con menos arbolado y más hierba y plantas rastreras, hasta alcanzar un collado junto a la peña Los Quesos (2032 msnm).

Collado de la peña Los Quesos
El suelo está salpicado de bloques, cantos y arena disgregada, propio del arco morrénico de un paisaje glaciar cuaternario, que se alterna con zonas donde los ortogneises glandulares le comen terreno, nunca mejor dicho. Estamos sobre el arco morrénico derecho del glaciar rocoso de Dos Hermanas.

Desciendo levemente hacia el cerro del Cuco (2004 msnm), que dejo a la derecha.

Hacia el cerro del Cuco
Hacia abajo, a la izquierda de la vereda y tras la espera niebla, diviso lo que parece un extraño crucifijo. Se trata de la estación meteorológica automática "Hoyas" (2019 msnm), perteneciente a la red GUNMET.
 
Crucifijo meteorológico

La niebla, repentinamente, se retira, dejándose apreciar la preciosa Hoya del Toril o de la Laguna Grande, todo un circo glaciar cubierto por el cervunal, un pastizal de alta montaña.

Esquema de la Hoya de la Laguna Grande, según la guía de 1926

Por ahí, a media altura, el pequeño búnker que es el refugio Zabala (1929), jugando al escondite. Detrás, aunque no se vea un pijo, deberían estar las cumbres de la Hermana Mayor (izquierda, 2284 msnm) y Peñalara (derecha, 2428 msnm), marcando los límites de la Hoya.

Tras la niebla, la hoya de la Laguna Grande
A la derecha del camino -y entre dos crestas de la morrena principal de la Hoya de la Laguna Grande- encuentro la Laguna Chica, o más bien lo que queda de ella: un charco delimitado por bloques y pedruscos disgregados de oscuro gneis. No hay que alertarse ya que se trata de una laguna estacional, a diferencia de la Laguna Grande.

Resto estacional de la Laguna Chica

A unos metros diviso el cauce del arroyo de la Laguna Grande, que desciende rompiendo el pastizal, entre curiosas masas circulares de cervuno y piorno serrano. A su vera un lujoso camino de madera, que uno no se espera en un rincón de la vereda: tanta belleza excita mi vocación de poeta de barrio.

Caminito fetén y manchas circulares de cervuno y piorno

Desciendo hasta el arroyo donde descansa, en un cruce de caminos, una monérrima caseta circular con banquito de troncos, la Choza del Guarda. Detrás, con fuerza, discurre el arroyo convenientemente canalizado. Aprovecho para hacerme una corta meditación escuchando el fluir del agua, por eso de ir con el puntito puesto. 

La guía de 1929 me dice lo siguiente:

Mientras los visitantes descansan en los alrededores de la laguna, los que deseen visitar la Hoya de Pepe Hernando invertirán tres cuartos de hora en descender a la conjunción de las dos morrenas laterales, subir por la morrena izquierda, recorrer la región de circo o nevé, salpicada de un sin fin de lagunillas y volver al circo de Peñalara. Es de advertir que este segundo conjunto glaciar es, no sólo más típico que el de la Hoya del Toril, sino de los más claros y característicos de toda la Península.

 

Choza del Guarda, con banquito y señales

Dicho y hecho; con el objetivo de llegar a la Hoya de Pepe Hernando cojo el sendero de bajada, en dirección E. Cruzo el arroyo de la Laguna Grande por agradable puentecillo y tiro por una senda, casi imperceptible, que desciende levemente dejando el arroyo a la derecha. Aprovecho para mirar atrás; parece un jardín zen, con los bloques pétreos emergiendo del mar vegetal.

Jardín alpino de la Hoya de la Laguna Grande

Un poco más adelante, al otro lado del arroyo, aparecen las praderas de Las Mesillas, los restos morrénicos más antiguos del glaciar de Peñalara. Ahora mismo camino sobre la morrena izquierda, como se puede apreciar en la lámina anterior de la guía vintage.

A la derecha, Las Mesillas

El descenso es sencillo, aunque las masas bajas de enebro rastrero y piorno pinchan y mojan las piernas ya que, a veces, la senda desaparece. El piso de los pinos silvestres, más abajo, empieza a aparecer de nuevo.
 

Bajando al límite de los pinos

El bosque se hace sombrío y todavía más húmedo, con masas de helecho que me acompañan en el descenso. Entro en una zona alomada donde los pinos desaparecen, siendo sustituidos por bloques de piedra aquí y allá que dificultan la progresión: me encuentro en la morrena derecha de la Hoya de Pepe Hernando (1972 msnm), la hoya glaciar más característica de todo el Parque Nacional del Guadarrama.

Por la morrena lateral derecha de la Hoya de Pepe Hernando

La vista es espectacular; el sol entra tímidamente, como a trompicones, entre la neblina, dejando ver un estrecho y hundido circo, bordeado, al frente, por un paredón pétreo y, a los lados, por las morrenas laterales.

Entre la niebla, arroyo, cervunal y piorno

El suelo es una pradera blanda, encharcada por pequeñas lagunillas y el cauce de dos arroyuelos: una turbera de acumulación de restos vegetales.

La Hoya, según la guía de 1929, bastante más pelada que ahora

Me dirijo al fondo de la Hoya siguiendo el arroyo de Peñalara, que toma sus aguas de las Cinco Lagunas y se despeña en pequeñas cascadas por la cabecera del glaciar. Aquí, mirando hacia el SE, se aprecia la morrena izquierda, con su canchal, y la morrena derecha, con sus bloques erráticos salpicando la ladera.

Vista de las morrenas laterales desde el fondo de la Hoya
En el fondo de la pradera también se aprecian restos del glaciar, en forma de cantos de gneis diseminados por el cervunal, propios del detritus causado por la morrena de ablación.

Cantos disgregados en la turbera
Arriba, hacia Peñalara, el arroyo de ídem se despeña en una estética cascada, que parece sacada de una pintura japonesa. Qué bonito, oiga.

El arroyo de Peñalara descendiendo a la Hoya de Pepe Hernando
Vuelvo junto a la morrena izquierda, observando el canchal o pedrera que se desliza por la ladera: todo un clásico del glaciarismo.
 

Canchal en la morrena izquierda
En el extremo de la derecha, donde comienzan a aparecer los pinos silvestres, se adivina una vereda poco marcada. Un poco más adelante encuentro, a la izquierda y algo elevado, un gran bloque errático que creo haber visto antes en la guía de 1929 ¿Será el mismo? Creo que sí.
Bloque errático que se parece al de la guía

¿Es el mismo bloque?

Sigo por el sendero, que vira hacia la izquierda. Al poco se bifurca, tomando el ramal de la derecha que desciende abruptamente entre el espeso pinar.

Descenso trialero

Al rato llego a una pequeña pradera (1815 msnm), muy tranquila y agradable. Un hito granítico -que simboliza algo que desconozco- preside la bucólica escena.

Hito en la pradera

Desde aquí bajo a saco por el pinar. Por todos lados hay setas grandes y pequeñas, que no cojo por dos razones de importancia: porque está prohibido y -algo mucho peor- me arriesgaría a un reventón hepático, dándome el Premio Darwin al gilipollas del año.

Llego a una enorme pradera soleada, la Sillada de Garcisancho (1680 msnm). Aprovecho para sentarme sobre unos grandes troncos cortados ad hoc.

La Sillada de Garcisancho

A partir de aquí me las tengo que apañar para llegar a la pradera de Cotos, pasando por la ubicación de una serie de construcciones que aparecen en el mapa de minutas del IGN. Para ello tomo el camino bien marcado que sale de la pradera en dirección O, hasta vadear el arroyo de Peñalara. Gira abruptamente hacia el E y luego desciende hasta cruzarse con el GR 10, que es el Camino Viejo del Paular.

La vereda vuelve a ascender a buen ritmo; jóvenes ejemplares de pino se amontonan aquí y allá sobre pequeños montículos, que que evidencia un pinar de repoblación.

Pinar de repoblación
Alcanzo una extensa y llana pradera a 1780 msnm, donde unas vacas pastan a sus anchas. Al fondo las laderas del cerro del Cuco, por donde hemos pasado al inicio de la ruta.

Pradera y el cerro del Cuco
Sigo por el sendero en dirección SO, en descenso hasta la cota de los 1750 msnm. Busco el lugar donde las minutas del IGN me dicen que hubo una construcción; a la izquierda, tras unos esbeltos pinos, encuentro un tejado ondulado semicubierto por las acículas de los pinos.

Refugio ignoto
Lo rodeo y miro por una ventana entreabierta: pintadas por todas partes, como de costumbre. Es curioso que, a la purria a la que le da por el "arte urbano", no se le olvida el puto spray ni de marcha por el campo. Ya podrían expresarse abrazando árboles... ah no, eso tampoco, que daña el medio ambiente.

Pasarela entre los helechos

Poco más al este una pasarela de madera vadea el arroyo de la Hoya del Toril, lo que evidencia que ya estamos cerca de la civilización. Al rato el sendero comienza a elevarse por la ladera de una loma, alcanzando una pradera muy grande y despejada, con vistas: la pradera de Cotos (1788 msnm).
 

La pradera de Cotos
Aquí, según algunos mapas topográficos antiguos, se encontraba el campamento de la Organización Juvenil Española (OJE), en forma de pequeñas cabañas que, hoy en día, han sido sustituidas por encerraderos de ganado.

En un extremo encuentro un edificio ruinoso: la Casa del Ingeniero, donde se supone vivía el encargado del mantenimiento de estos montes. Es un edificio de buena factura, sólido, de mampostería regular y arcos escarzanos en planta baja. Está en restauración o demolición, una de dos. No me queda claro; hagan sus apuestas.

Casa del Ingeniero
Tomo el camino que discurre junto a la carretera, con la idea de llegar al aparcamiento y, después, visitar unas cosillas más. De esa forma atravieso el enorme parking y me infiltro en la carretera que lleva a Valdesquí, con la intención de visitar el cerro del Pingarrón y las construcciones vintage que haya por ahí.

El helipuerto y la Venta Marcelino desde la carretera de Valdesquí
Al rato encuentro un sendero tras una barrera, a la izquierda. Tras ésta, una construcción de hormigón me recuerda sospechosamente a un búnker de la Guerra Civil Española, aunque los mapas antiguos me indican que aquí hubo otro campamento juvenil. Efectivamente, el Batallón Alpino del Guadarrama, en su defensa de Madrid de las fuerzas sublevadas, se apostó en varios lugares de la Sierra. Y éste parece uno de ellos, según delata esta construcción y unos dados de cimentación próximos a ella.

Posible construcción del Batallón Alpino del Guadarrama
Prosigo hasta encontrar el refugio del Pingarrón (1838 msnm), dotado de unas espectaculares vistas sobre el valle del Lozoya.

Refugio con vistas

Vuelvo a la carretera tratando de encontrar una construcción que aparece en las minutas del IGN; en el lugar, una pradera.

Juro que aquí había algo
Regreso al puerto, dirigiéndome al apeadero del bus. Junto al poste una auténtica reliquia de arqueología caminera: un precioso hito kilométrico del Plan Peña de 1939.
Mojón del Plan Peña

Me dirijo a la Estación de Cotos, por eso de curiosear. Lo primero que encuentro, en el lateral de la estación, es la ruina de la cantina. Accedo por lo que era la terraza, llena de enseres, productos alimenticios, grasa y todo tipo de basura; parece como si se hubieran largado ayer.

Cantina chunga

Sobre la marchita barra, vasos, tazas, papeles y botellas; "chocolate a la taza y caldito montañero", reza un cartel entre las sucias ventanas. Las vigas de madera en paredes y techo otorgan un agradable toque alpino al improvisado vertedero.

Tras la barra, más de lo mismo. Unos cuadritos en la pared, con fotos en blanco y negro, dan algo de pena.

Tras la barra del bar, una vida se va

Ya fuera observo la estación, cerrada a cal y canto. Es bonita, de gran sabor alpino con sus tres arcos y recercados de granito.

Estación cerrada
Bajo la marquesina metálica, una sorpresa: un guapísimo reloj de estación, en hora, dejando correr su segundero continuo. Me recuerda a los relojes de las estaciones de tren de Suiza, fabricados por Mondaine.
Reloj ferroviario de calidad

Junto a la estación encuentro un chalet con una imagen religiosa. Tiene pinta de casa de convivencias, aunque podría estar abandonado.

Posible casa de ejercicios espirituales
Pues nada, ya termina nuestro periplo por el puerto de Cotos. Cojo el coche y me dirijo al puerto de Navacerrada. Tras unos cuantos kilómetros, observo una apartadero con una fuente de granito en su extremo, sobre el arroyo de los Puentes.
Fuente

Bebo como un poseso. El agua está fresca, buenísima; su chorrillo brilla al sol del mediodía.

Pienso en lo mucho que he explorado y descubierto, como si fuera la primera vez que un humano pone los pies en esta tierra serrana: los glaciares, los refugios, las ruinas. Como dice Enrique de Mesa en sus Andanzas serranas:

Era un deleite trepar por la roqueda, hundir en la hierba menuda de los pastizales los pies dolo­ridos en las asperezas de agria pedriza, calmar la sed y la fatiga á la sombra de alguna peña cubier­ta de verdosos líquenes, bebiendo de bruces el agua clara y pura, nieve deshecha que borbotea humilde.
CONTINUARÁ

sábado, 28 de septiembre de 2024

Micropaisajes III: naturaleza inorgánica (microsublimación)

Continuamos la entrada anterior dedicada a la microscopía de sustancias químicas cristalizadas, con la imprescindible guía del libro de Bruno P. Kremer Manual de Microscopía. Como siempre, absolutamente todas las imágenes son del que escribe, a menos que se diga lo contrario.

Capítulo sobre la microsublimación, libro de Bruno Kremer

Esta vez nos vamos a ocupar de una técnica muy curiosa y quizás poco explorada, la microsublimación. Para describir de qué trata esta técnica, voy a tirar de una eminencia vintage: nada más y nada menos que del discurso de recepción en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona por parte de Casimiro Brugués y Escuder, allá por 1925. Lo va a explicar mucho mejor que un servidor, sin duda:

La microsublimación se aplica cuando al calentar la droga (el producto en seco; Brugués no se refiere específicamente a la droha de toda la vida: coca, opiáceos, hash, peyote u otras sustancias psicotrópicas) se desprenden materias sublimables reconocibles por sus reacciones químicas o microquímicas, sin que se condensen vapores de materias breosas que enmascaren las reacciones o las dificulten mucho. [...] Al principio se observa un desprendimiento de vapor de agua, que es debido a la humedad que lleva la droga y que cesa pronto, después se forman vapores que producen sublimados visibles a la luz reflejada.
La técnica para obtener estos microsublimados es la siguiente: la muestra -habitualmente en polvo- se coloca sobre un trípode, bajo la cual se va a instalar un mechero o vela para calentarla. Sobre la muestra, a una distancia de un centímetro más o menos, se coloca un portaobjetos sobre el que se adherirá -por la cara inferior- el sublimado cristalizado. En la cara superior del portaobjetos se vierte una gota de agua fría, para mejorar la condensación del sublimado. Como resumen, la muestra pasa directamente del estado sólido al estado gaseoso, siendo condensado en el portaobjetos. Es como -poniéndonos en plan esotérico- separar el alma o mente de la sustancia del cuerpo físico, como si fueran independientes entre sí.

Montaje para microsublimación, con muestra de vainilla

Procedo al montaje del aparato, con su mechero de parafina, trípode, rejilla, dos portaobjetos y dos piezas metálicas de separación.

Mi primer objetivo es una muestra de vainilla, procedente de una bolsita de infusión. Pongo una brizna sobre el porta inferior, una gota de agua sobre el porta superior y enciendo el mechero. Al poco comienza a emitir vapor de agua con olor a vainilla, y en el porta superior comienza a formarse un vaho del condensado de volátiles. Apago el fuego, espero a que se enfríe y cojo el porta de arriba, seco la gota de agua y lo pongo al microscopio por la cara inferior, que es la que contiene el sublimado.

La imagen que aparece al ocular es muy sugerente: míriadas de cristales aciculares se alternan con cristales globulares agrupados, más pequeños.

Microsublimación de vainilla, aumento bajo
La vainilla contiene vainillina, un compuesto orgánico que se utiliza con profusión en la industria alimentaria. No he encontrado en la red la identificación de los compuestos presentes en el sublimado, pero las imágenes son bonitas y aquí hacemos ciencia y arte, al menos se intenta.
Microsublimación de vainilla, aumento medio
A aumentos altos los cristales aciculares parecen pequeños kayaks, miles de ellos chocando en los rápidos de un río imaginario.
Microsublimación de vainilla, aumento alto

Seguimos con una bolsita de infusión de jengibre, una raíz utilizada con profusión en la medicina tradicional y que sirve para casi todo, hasta de afrodisíaco. Sus compuestos volátiles son los gingeroles y los shogaoles (posibles inhibidores del cáncer), incluidos en el aceite esencial

Microsublimación de jengibre, aumento bajo

Observamos el microsublimado a bajos aumentos. Aparecen una serie de dibujos vagamente circulares que, con el gris de fondo, parece una imagen de una zona de la luna, con sus cráteres, vista a través de un telescopio de aficionado. Quizás se trate del aceite esencial, con sus gingeroles y shogaoles.

Microsublimación de jengibre, aumento medio

Al darle más aumento aparecen una serie de bolitas agrupadas como si fueran estafilococos, aunque -evidentemente al ser un producto inorgánico- no vibran y son mucho más grandes.

Pasamos al café, en este caso soluble aunque, posiblemente, los resultados sean mejores con café natural. Se trata de un ejemplo clásico de las posibilidades de la microsublimación, al aparecer los preciosos cristales aciculares de cafeína. Y es que nuestra sustancia psicoactiva favorita -muy tóxica en altísimas concentraciones- presenta  una configuración que recuerda a las agujas de los pinos, ese acolchado crujiente y fragante tan frecuente en los bosques de la España mediterránea. A bajos aumentos es lo que parece, desde luego.

Café soluble, bajos aumentos
Al subir los aumentos se aprecian nuevos elementos cristalográficos: aparte de las acículas aparecen unos puntitos intermedios que parecen embriones de acículas, como deseando expandirse.

Café soluble, aumento medio
Con aumentos altos este hecho es más patente: las acículas están levemente afiladas en los extremos, los puntitos se alargan también, y algunos de ellos presentan ya prolongaciones, infiriéndose que el patrón de cristalización de la cafeína comienza con un punto y termina con una línea; curioso, como poco.
Café soluble, aumento alto

Seguimos con la canela (Cinnamomun verum), una especia muy utilizada en postres con muchos beneficios para la salud, reduciendo la resistencia a la insulina y bajando los niveles de colesterol y triglicéridos, casi nada.

La primera impresión de la microsublimación, a bajos aumentos, es que no es gran cosa. Aparecen unas estructuras de forma lacustre, como unos remotos atolones en el océano Pacífico.

Canela, aumento bajo

Con más aumentos aparecen unos puntos muy parecidos a los del jengibre, pero sin ningún patrón de ordenación particular.

Canela, aumento medio
Subiendo más los aumentos más de lo mismo, en la siguiente imagen compartiendo protagonismo con unos rayones que hice en el portaobjetos para la primera entrega de esta serie de entradas sobre microscopía práctica.
Canela con rayones en el cristal, aumento alto

Seguimos con otro compuesto ubicuo e interesante: la tila, esa infusión relajante tan común en las boticas caseras.

El microsublimado es bastante peculiar: se trata de una sustancia que parece dura y agrietada, como si fuera una especie de resina microscópica que quedara adherida al portaobjetos. A aumentos bajos aparece una especie de gusano seco y resquebrajado, como la arcilla seca en el lecho de un pantano en agosto.

Tila, aumento bajo
Subiendo los aumentos aparece una retícula causada por líneas más o menos rectas interrumpidas por algunas curvas que se difuminan en los extremos de la microsublimación.
Tila, aumento medio
Subiendo los aumentos a tope se aprecia este patrón más o menos geométrico y los círculos de difracción causados por la propia densidad del compuesto microsublimado, que presenta una especie de relieve, como si fuera un sirope o resina. No tengo idea de qué puede ser este compuesto, así que si alguien lo sabe que se manifieste.
Tila, aumento alto

Termino este apartado sobre esta interesante técnica de la microsublimación contando también los fracasos, que son algunos. He intentado microsublimar, con escaso éxito, los siguiente productos: ajo en polvo, cúrcuma, achicoria, café descafeinado y cacao.

Según el libro de Kremer se pueden microsublimar ciertos productos comerciales como los colorantes azoicos (colorantes para cuero y textiles) pero son perjudiciales para la salud y los vapores producidos serían bastante chungos, siendo necesaria la campana extractora y un laboratorio decente, por eso de no enfermar a lo gilipollas.

También se puede efectuar la microsublimación de los compuestos volátiles de los líquenes: los ácidos liquénicos o metabolitos secundarios de los líquenes. Por cierto, estos apasionantes y ninguneados organismos ya fueron tratados en esta entrada del blog.

Salgo a la caza del liquen perdido, ya que es bien sabido que, como indicadores de calidad del aire, en el centro de Madrid no hay mucho que hacer. Encuentro hermosos ejemplares de Xanthoria parietina junto a un arroyo artificial en el Parque Forestal de Valdebebas, una escombrera reconvertida en parque con buen acierto. Extraigo, con cuidado, una pequeña muestra de mi amarillento amigo.

Xanthoria parietina en su salsa
Procedo a la microsublimación, el liquen se va oscureciendo mientras emite un olor muy peculiar pero bastante agradable, como de hierba fresca mezclada con leña de chimenea.
Microsublimación de Xanthoria parietina

Al microscopio aparece un paisaje muy denso de acículas cristalinas, parecidas a las de la vainilla. Los compuestos químicos principales de este liquen -y sus metabolitos secundarios- son la parietina y varios ácidos grasos, pero el ácido volátil, el que se microsublima, parece ser el alfa-terpineno. En cualquier caso ni idea de lo que es, pero queda estético y curioso.

Xanthoria parietina, aumentos bajos

Aumentando los aumentos -valga la redundancia- aparecen las acículas algo curvadas e irregulares, nada que ver con los cristales de la vainilla o cafeína, mucho más regulares. Entre las acículas aparecen cristales prismáticos más pequeños; el conjunto me recuerda al ubicuo helado de tutti-frutti de los '90.

Xanthoria parietina, aumentos medios
Al subir a tope los aumentos se aprecian las acículas, los cristales prismáticos y el fondo de puntitos, que aparece en unos cuantos ejemplos en esta entrada y quizás no sean más que impurezas causadas por la combustión de la parafina en el mechero.
Xanthoria parietina, aumentos altos

Con nuestro amigo el liquen terminamos esta entrada dedicada al mundo de los productos químicos volátiles. En la siguiente entrada observaremos el mundo microscópico relacionado con las piedras, los fósiles, las conchas y la arena.

CONTINUARÁ

miércoles, 21 de agosto de 2024

Incursiones cotidianas: Madrid, circunvalando Usera (y II)

Continuamos nuestra circunvalación del distrito madrileño de Usera donde lo dejamos, en el Jardín Vecinal de la calle de las Hijas de Dios, frente al antiguo Cine Lux.

Jardín ilustrado

Llego a una bifurcación de calles; el espacio triangular que marca el ángulo agudo se ocupa por una gran fuente circular con banco corrido, que los lugareños aprovechan como debe ser. A la derecha queda el reseco edificio de la Agencia Tributaria, mejor cruzar los dedos.

Cojo la calle que sale en diagonal a la izquierda, en dirección NO. A la derecha encuentro el mercado de Jesús del Gran Poder (1961), el mercado del barrio de Moscardó, con sus líneas horizontales en ladrillo y su precioso rótulo vintage vertical.

Mercado de Jesús del Gran Poder

Subo la escalinata de acceso al primer nivel, bajo una fina marquesina en voladizo que remarca la horizontalidad del edificio: me presta, muy guapa. 

Lo habitual en un mercado que (aún) se precie

Me saludan una frutería -de impecable y ordenada disposición frutera- y un puesto de jamones y embutidos, en el que unas señoras pegan la hebra con el dependiente, quizás tratando de elegir entre la míriada de productos cárnicos de alta calidad nutricional.

Al final del pasillo central encuentro un puesto de libros, que me sorprende al ser la primera vez que veo una librería en un mercado, aunque también puede ser que el que escribe aún tenga poca calle. Hay un montón de ellos, bastante bien ordenados para lo que podría ser.

Librería nutritiva

Aprovecho un cubículo al fondo del mercado para vaciar la sentina, acto de extrema utilidad cuando se está procediendo a una exploración extrema como la que nos ocupa.

Salgo más a gusto que un arbusto, y prosigo hasta que encuentro la calle principal del distrito, Marcelo Usera, muy animada su montón del pequeñas tiendas de barrio. Tiro en dirección SO hasta llegar a una curva a la derecha, con una sucursal bancaria -de esas que te venden la burra- en un edificio aplacado en blanco, y cruzo una calle más hasta encontrar la calle de la Pilarica, que cojo a la derecha.

Al poco encuentro una iglesia de fachada en color crema, con tres arcos inferiores -incluyendo la puerta- y un frontón con arquillos ciegos de clara inspiración neomudéjar: es la parroquia de Cristo Rey de Usera (1941), edificada sobre la capilla del Carmen de la Colonia Municipal, destruida a principios de la Guerra Civil (1936).

Santo Cristo de Usera
Acceso al interior, fresco y recogido, silencioso, muy agradable con su linterna iluminando cenitalmente la cúpula, sostenida por pechinas con forma de concha. Licht! Mehr licht!, como diría Goethe.

Interior solitario

Salgo renovado, tras una breve meditación centrada en contar respiraciones como un loco. Sigo hasta cruzar la calle de Amparo Usera, donde encuentro un Centro de Mayores (1995) de aspecto posmoderno y carcelario a partes iguales. En la truncada esquina, un balcón semicircular y un triángulo intentan, sin conseguirlo, aportar gracejo al conjunto. Eso sí, esto no es óbice para que cumpla bien su función social, de eso no me cabe la menor duda.

Centro de Mayores feo IMHO
Al otro lado, una fuente circular rodeada de palmeras da la bienvenida a la calle Mirasierra. Observo una torreta eléctrica de las antiguas, difuminada tras el aerosol de los chorros de la fuente.

Fuente en la calle Mirasierra

Sigo por la calle Mirasierra en dirección NO; a la izquierda aparece la tapia del estadio Román Valero (1965), el estadio del Club Deportivo Colonia Moscardó, un no tan modesto equipo de fútbol porque el terreno en cuestión vale una pasta: podrían vendérselo a la autoridad competente para hacer viviendas sociales, por ejemplo. De frente, la estación de metro de Usera, por si hay que proceder a la huida.

Estación de metro y muro del estadio Román Valero

Avanzo por la calle Mirasierra hasta que encuentro, en cruce con la calle de las Calesas, la escuela municipal infantil "Pensamiento" (2019), con sus recortados volúmenes en chapa vertical y balcones semiabiertos en chapa corten; buen lugar para pasar el rato de cero a cinco años.

Escuela infantil chula

Al otro lado de la calle, un centro de salud con su correspondiente trajín. Tiro por la calle de las Calesas en dirección NE hasta llegar al parque Amarillo, un espacio apto para el botellón y para socializar sacando el perro a cagar; la recogida de ambos excrementos es opcional y a discreción del consumidor, por eso de que Madrid es la tierra de la libertad, como expresan con entusiasmo sus autoridades autonómicas.

Llego a la calle de la duquesa de Santoña, internándome en la colonia Salud y Ahorro (1928), uno de los grupos urbanísticos dedicados a las "casas ultrabaratas", con viviendas de hasta 40 metros cuadrados y cuatro dormitorios: mejor hacer un archivo comprimido metiendo a la prole dentro. Me recibe un conjunto de bloques lisos de cuatro alturas, cuya única -y muy interesante- gracia es la marquesina que cubre los portales, con finos pilares de fundición que recuerdan al mejor art-decó europeo.

Viviendas de la colonia Salud y Ahorro, en la calle duquesa de Santoña

Alcanzo la calle de la Cuesta en su esquina con la calle de Mariblanca, encontrando las viviendas de la colonia Valdenúñez (1932), de aspecto racionalista con sus balcones rematados de forma semicircular. La esquina entre bloques se articula de excelente factura, cortando el ángulo agudo de los bloques y dejándolos como fachada, sobre una terraza en planta baja. Denota buen gusto arquitectónico, y merece, por ello, una buena mano de pintura, qué menos.

Colonia Valdenúñez: esquina racionalista aunque kutre

Regreso por la calle de Mariblanca, en dirección SO, adentrándome otra vez en la colonia Salud y Ahorro. En las calles perpendiculares aparecen los bloques de cuatro alturas con sus porches metálicos art-decó, en sucesión regular.

Colonia Salud y Ahorro: preciosos porches

Sigo por la calle de la Cuesta y driblo a la derecha por la calle Escuelas; a la izquierda aparece la tapia del IES Pedro Salinas (1965). Al frente surge la poderosa torre de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús (1957), edificio muy severo perteneciente a un complejo educativo.
Iglesia con colegio, o al revés
Al fondo un paso elevado y, a la izquierda, una escalinata me devuelve de nuevo a la Colonia Salud y Ahorro aunque, en este caso, los bloques están más cuidados, con sus pérgolas pintadas de colores y las fachadas decoradas con zonas en ladrillo visto. Estoy en la calle del General Marvá, por cierto.
Colonia Salud y Ahorro: viviendas de una altura

A un lado de la calle, viviendas de una sola altura, gentrificables a tope. Al otro, bloques de tres alturas entre los que surge un pasaje peatonal tras un arco de granito.

Me cuelo por el callejón: qué bonito, unas estructuras metálicas en forma de escalera hacen de falsa bóveda; la luz cae sobre un reloj de sol con números árabes de inspiración modernista.

Pasaje precioso con gnomon
Llego a la calle Goyeneche. De frente, el colegio público Jorge Manrique (1940), construido como equipamiento de la colonia Valdenúñez.
Más porches en blanco, en calle Goyeneche

Llego a la calle del Dr. Carmena Ruiz, paralela a la autovía de Toledo, la A-42. De frente, tras las copas de los árboles surge la cubierta y torreta de la Central Telefónica Moscardó (1960), diseñada por Francisco Riestra Limeses, arquitecto especializado en este tipo de edificios.

La Central Telefónica Moscardó
Vuelvo sobre mis pasos y me cuelo en la calle Nochebuena, una calleja peatonal inserta dentro de la Colonia Moscardó de la Constructora Benéfica Belén (1953), compuesta de estrechas viviendas de dos alturas, adosadas, convenientemente tuneadas cambiando colores y materiales de fachada: ladrillo visto, revoco, piedra, modelos de toldos, etc.
La Colonia Belén, parece un pueblo
Cojo la calle Dr. Sanchís Banús, muy agradable con sus parterres y sus frondosos árboles. A partir del encuentro con la calle Plaza del Doctor Lucas vuelven a aparecer los ubicuos porches, gentrificables a tope.
No acabamos con los porches, pero molan mucho
Atravieso el conjunto en dirección sur, hasta llegar a la calle Salasierra. Aquí regresan los ubicuos bloques de ladrillo rojo con terraza (1979). La imagen urbana empeora ostensiblemente, aunque es de suponer que la gente vivirá mejor en estos bloques, más modernos que los anteriores: como podría decir Descartes, aquí hay un dualismo feo-y-vive-bien versus bonito-y-vive-mal.
Bloques anodinos en calle Salasierra
Llego al final de la calle, desembocando en la calle de Manuel Noya. En este punto aparecen los testeros de los bloques lineales del Grupo Marcelo Usera de la Obra Sindical del Hogar (1955), que ya conocimos en la entrada anterior de "Circunvalando Usera".
Bloques de cuatro alturas en calle de San Filiberto
Se trata de unos bloques lineales de cuatro alturas, perpendiculares a la calle San Filiberto, con espacios entre ellos dedicados al aparcamiento; me filtro por uno de ellos hasta llegar a la calle de San Filiberto.
Murallón permeable entre San Filiberto y Marcelo Usera
Aquí me topo con la trasera de unos bloques en U que se abren a la calle Marcelo Usera: en planta baja, pequeños locales comerciales y unas escaleras que suben al primer nivel, exento y transitable. Por encima, bloques horizontales de dos pisos y ventanales grandes y corridos. A travieso el conjunto y llego a una plaza ajardinada donde surgen, a modo de peine, unos bloques de siete alturas con balcones corridos, de aspecto moderno y limpio, aspecto evidenciado por sus toldos, todos iguales.
Bloque en peine muy bonito, dando a Marcelo Usera
Regreso a San filiberto bajando las escaleras, encontrando, un poco más hacia el E, la parroquia de la Virgen de la Fuensanta (1994), con su sencillo muro de ladrillo rojo.
Parroquia Virgen de la Fuensanta, en la calle de San Filiberto

Accedo al interior encontrando un espacio recogido, algo oscuro para mi gusto. La cubierta tiene bastante movimiento, elevándose en los laterales y en el centro, donde surge, sobre el altar, un pequeño lucernario.

Oscuro interior de la parroquia de la Fuensanta
Salgo y me cuelo entre dos bloques de 13 alturas, diagonales a la calle Marcelo Usera. Bajo el cachondo mural "La Caída" de TTMan, a la izquierda, me sorprende la tipografía vintage del cartel de un bar: pequeños detalles que te alegran la vida.
Bloque diagonal y mural naïf, con cartel de bar

Alcanzo la plaza de Fernández Ladreda con la intención de finalizar este recorrido que nos ha ocupado dos cómodas entregas. Es la hora de la salida del cole y del trabajo, por lo que la estación de metro e intercambiador de Plaza Elíptica (1981) no para de absorber y escupir gente.

Estación del Plaza Elíptica
Aquí finaliza el recorrido circular, de casi 10 kilómetros, circunvalando el distrito de Usera y explorando sus zonas fronterizas, tan interesantes como poco conocidas para el gran público. En otras entregas exploraremos detenidamente los entresijos de este distrito, a ver qué encontramos. Mucho, sin ninguna duda.

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