lunes, 15 de octubre de 2018

Incursiones cotidianas: Alicante, el jardín del cabo

Inauguramos, en la presente entrada, una nueva sección: las incursiones cotidianas. Según la Real Academia Española, una incursión es una "penetración de corta duración en territorio enemigo", lo que la diferencia de una excursión, que suele ser más larga y localizada en entornos más remotos. Por tanto, se trata de un paseo corto, de exploración mayoritariamente urbana, aunque no necesariamente en territorio enemigo, o sí. Cotidiana es porque se desarrollará en lugares fácilmente accesibles pero quizás no del todo apreciados en todas sus dimensiones posibles, como suele pasar.

Empezamos con un jardín. Pero no un jardín cualquiera: se trata del cabo de las Huertas o de la Huerta, situado en plena ciudad de Alicante. Más que un jardín es un peculiar entorno rocoso dotado de una interesante flora, utilizado por lugareños, perros y turistas como parque, con todo los positivo y negativo que este uso reporta: relajación, preciosas puestas de sol, gente en bolas, deporte, vandalismo, basura y, probablemente, algún que otro acto ilícito. Esta mezcla algo hippie me recuerda al gran Without A Net de los Grateful Dead; suena el Walkin' Blues mientras tecleo como un loco.

El castillo de Santa Bárbara, sobre el centro de Alicante, desde el cabo de las Huertas (La Gaceta de Gea)

Comienza el paseo en el extremo sur de la avenida de Niza, alias Paseo Marítimo, con sus palmeritas de turno, un interesante carril bici y la fantástica playa de San Juan. El paseo termina abruptamente donde se ubica el Monumento a los Pensionistas, una pareja que mira encandilada el horizonte, quizás calculando si la exigua pensión va a llegar para alimentar a todos los hijos, nietos, yernos, nueras y a la madre que los parió a todos.

Desde aquí nos dirigimos hacia el cabo por la orilla de la playa; al final encontramos unas rocas cubiertas por arribazones, acumulaciones húmedas o secas de restos de Posidonia oceanica, planta endémica del Mediterráneo, de gran valor ambiental y como bioindicador, que forma verdes praderas submarinas llenas de vida. Los arribazones estabilizan la playa, impidiendo la pérdida de arena por viento y oleaje.

Accedemos al cabo propiamente dicho; un ancho camino de tierra nos da la bienvenida. A la izquierda el mar, a la derecha un amplio terreno en cuesta: ralo, pedregoso, reseco, dotado de vegetación rastrera y arbustiva. Al final del camino, una ristra de viviendas adosadas de aspecto setentero se desliza hacia el mar, delimitando el terreno perteneciente al faro. Nos fijamos en la vegetación: aparece la Carpobrotus edulis, la invasora uña de gato, a la que gusta especialmente la tierra salina: es una planta halófila.

La uña de gato, invasora e ubicua en el cabo (La Gaceta de Gea)
También encontramos numerosas matas del agradable Crithmum maritimum, el hinojo marino, con sus arracimadas florecillas y sus tallos suculentos. Según el insigne Pío Font, se trata de una planta antiescorbútica, muy utilizada en Cataluña: "En ninguna parte de España, que yo sepa, son más apreciados los hinojos marinos que en Cataluña: los cogen cuando están en su mayor vigor y los ponen en adobo con vinagre, para conservarlos y comerlos en todo tiempo, y particularmente en el invierno, en ensalada, y de otros varios modos". Habrá que probarlo, sin duda.


El hinojo marino, abundante en las costas rocosas del Mediterráneo. Detrás, espinosas matas de cambronero (La Gaceta de Gea)









Completa la trilogía el cambronero, Lycium intricatum, un reseco arbustillo espinoso y frágil.

A la altura de las viviendas adosadas, el camino gira a la derecha, ascendiendo hacia las urbanizaciones que coronan el cerro del cabo. No queda más remedio que continuar de frente por una senda que dobla todo el cabo, finalizando en la cala Cantalar, donde existe una microrreserva de flora, bastante sucia, por cierto.

Vamos a efectuar un recorrido geológico por este paraíso de arenisca; extraigo de mi irrompible mochila esta ruta, cortesía de la Universidad de Alicante, alma mater de insignes investigadores, entre ellos del aspirante al Nobel Francis Mojica.

A unos 20 metros del punto anterior desciendo por las plataformas rocosas, de formas caprichosas, hasta llegar hasta la línea costera. Me sorprende un gran escarabajo negro que huye despavorido: se trata de un ejemplar del género Blaps, absolutamente inofensivo, que se alimenta de materia en descomposición.

Un escarabajo del género Blaps. Parece ser que por la forma del ovopositor se puede adivinar la especie. Si alguen lo sabe, que lo diga, porfa (La Gaceta de Gea)
En este punto -según la guía geológica- se localizan pequeños acantilados y plataformas de abrasión costera, compuestas de areniscas del Mioceno Superior.

Plataformas de abrasión compuestas de arenisca, sobre ellas abundante material fosilífero. Al fondo, la playa de San Juan y la localidad del Campello (La Gaceta de Gea)
Sobre estas formaciones se aprecia un microconglomerado fosilífero, más reciente: a simple vista se ven restos de conchas y demás huesecillos calcáreos. Sobre ellos descansa una arenilla de erosión; recojo una muestra para observarla con la lupa binocular. Se trata de una capa de sedimentos de playas y dunas fósiles del Cuaternario, de más de 100.000 años de antigüedad.

Restos de fósiles calcáreos en la capa del Cuaternario (La Gaceta de Gea)
Asciendo de nuevo al camino, donde encontramos una hermosa chumbera, Opuntia ficus-indica, mostrando sus vivos colores al atardecer.


Colorida chumbera (La Gaceta de Gea)
Sigo unos 35 metros por el camino, a la derecha, tras la verja del terreno del faro -que, por cierto, es un faro de luz blanca, de ocultación con grupos de 5 destellos, como vimos en una entrada anterior- observamos un curioso estrato laminado en forma de surco o artesa, típico de dunas convertidas en rocas por la acción del viento, denominadas eolianitas, ¡qué interesante!

Eolianitas bajo el faro (La Gaceta de Gea)
Un poco más allá bajamos hacia un mojón que delimita el dominio marítimo-terrestre, donde encontramos más eolianitas, esta vez con aspecto de esponja o termitero, denominadas rizocreciones, causadas por las raíces de las plantas sobre las primitivas dunas. Recojo el cadáver de un mosquito enorme y colorido, luego lo observaremos más detenidamente.

Rizocreciones (La Gaceta de Gea)
Junto a estas curiosas formaciones observamos una panorámica de la costa: nos llaman la atención unos dedos que entran y salen del mar, se trata de una morfología dentada causada por la erosión diferencial, es decir, el mar se ha comido las areniscas finas y ha dejado las de grano grueso, más duras y resistentes a la erosión.

Morfología dentada por erosión diferencial (La Gaceta de Gea)
Volviendo al mojón observo una planta de hojas muy verdes y lustrosas, casi bruñidas; no tengo ni idea de la especie pero me recuerda un poco a algunas plantas tapizantes de la media y alta montaña del Sistema Central.

Ni idea pero mola (La Gaceta de Gea) NOTA: Según la identificación de @DrBioblogo (Twitter) se trata de Capparis spinosa
Sigo un sendero paralelo al anterior pero más accidentado, próximo al mar. En este punto se alternan pequeños acantilados con plataformas costeras planas, parcialmente sumergidas en el mar, formando bañeras, pequeñas calas y diversos temas relacionados con el karst litoral. Veamos algunos.

Socavadura o notch, causada por la energía de las olas. Me recuerda a la célebre ola de Hokusai (La Gaceta de Gea)
La socavadura o notch es similar a una ola de piedra, valga el símil lírico. El oleaje erosiona la pared vertical del acantilado hasta reducir progresivamente su parte inferior, quedando una especie de visera.

Las plataformas de abrasión marina son superficies planas, muy agradables; dan ganas de tumbarse sobre ellas. Debido a la acción de las olas y del viento la parte de la plataforma litoral que linda con el mar se ha desgastado formando microdolinas, depresiones circulares similares a las marmitas de gigante, y pequeños lapiaces, como venas y fisuras labradas en la piedra.

Microdolinas en la plataforma de abrasión costera (La Gaceta de Gea)
En las paredes del acantilado se aprecian unas coqueras -como se dice en el argot arquitectónico, como no soy geólogo me lo puedo permitir- en la arenisca: se trata de la erosión alveolar de la arenisca, causada por la acción de los aerosoles marinos, ricos en sales, que se introducen en la roca, disgregándola.

Erosión alveolar (La Gaceta de Gea)
Observando estas formas un visitante inesperado emerge de una oquedad: se trata de un bonito opilión o araña pataslargas, que corre como si la vida le fuera en ello, cosa bastante probable. Intento bloquearle la ruta con el pie, pero da media vuelta a toda velocidad. Vuelvo a bloquearle otra vez, con la cámara compacta disparando, intentando hacerle una foto decente. Giro raudo en la otra dirección, agachado, persiguiendo a la araña de marras. Un pescador en pelotas, caña en mano, vuelve la cabeza y me mira extrañado: "hay gente pa tó", parece que piensa, parafraseando a Rafael el Gallo en conversación con el gran José Ortega y Gasset. Eso mismo pienso yo.

La mejor foto que le pude sacar al opilión (La Gaceta de Gea)
Asciendo de nuevo al camino que bordea el faro. Un poco más hacia el sur, a la derecha y arriba, diviso un gran abrigo; la guía geológica me dice que es un tafoni: el material interior, húmedo, saturado, se descomponga rápidamente dentro de la masa pétrea más seca. El viento remata la faena, llevándose los restos de la descomposición y despejando la cavidad.

Tafoni en la arenisca (La Gaceta de Gea)
Ya es casi de noche y hay que regresar. La incursión ha merecido la pena. Me pregunto ¿cuánta gente de la que pulula por aquí conoce lo que yo he descubierto gracias a la guía? Pocos, siendo optimista. En tu pueblo o ciudad siempre hay cosas interesantes, sólo hay que tener curiosidad. Lo demás llega solo, incluyendo la documentación, que es probable que se encuentre en Internet.

Por tanto, si tienes curiosidad, la exploración comienza sobre el felpudo de tu casa ¿a qué esperas?

PD: habíamos recogido arena fosilífera y un mosquito enorme, veamos lo que son.

Pequeños gasterópodos, bivalvos y restos de antozoos, en la arenilla del cabo (La Gaceta de Gea)
El mosquito gigante resultó ser una inofensiva típula, más seca que la mojama (La Gaceta de Gea)

domingo, 30 de septiembre de 2018

Arduino y el medio ambiente

Hoy me he levantado californiano, para variar. Sin garaje ni perrito que me ladre, pero con alma de geek o nerd, que quiere transformar el mundo para mejor. Por tanto, hoy voy a dejar el "que inventen ellos" -esa desafortunada frase supuestamente pronunciada por Miguel de Unamuno, y que después se ha utilizado como justificación inconsciente de los recortes en ciencia, aduciendo que los españoles somos más de letras- para otro momento. Hoy vamos a inventar nosotros, amig@s tod@s, acompañados del signore italiano don Arduino.

Mi placa de Arduino UNO, con su protoboard.
Lo primero que se preguntará el lector no iniciado en el hardware abierto es qué es eso. El sistema Arduino se basa en una placa programable (una especie de ordenador en miniatura) a la que podemos unir, mediante cables, diversos sensores, actuadores y otros componentes electrónicos (potenciómetros, resistencias, condensadores), de forma que podemos fabricarnos nuestros propios cacharros adecuados a nuestras necesidades de forma fácil y, sobre todo, muy barata. Sí, la democratización absoluta de la tecnología. Además, tampoco hace falta ser un profesional de la programación, que es, sin duda, lo que más puede acogotar al novato. Simplemente se busca el proyecto que necesitamos en internet y, a modo de receta de cocina, se ejecuta tanto la parte de montar físicamente el invento como la programación, que puede ser simplemente un corta y pega. Lo puede hacer cualquiera, de verdad: ya seas ambientalista, naturalista, biólogo, meteorólogo, científicos aficionado, amigo del Quimicefa, bloguero de flora y fauna, arquitecto en permanente crisis,  curioso inveterado, jubilado o político chungo. Incluso el que suscribe, como veremos después.

No nos detenemos más en la filosofía y funcionamiento de este sistema, ya que existen miles de referencias en la red. Nos centraremos en investigar lo que se puede hacer en relación con el medio ambiente, ese acuciante reto que, si no nos ponemos manos a la obra, nos puede borrar de la faz de la Tierra, aunque muchos políticos se dediquen a desviar la atención hacia otros asuntos mucho menos importantes. Hasta que veamos al toro de frente, por supuesto.

Vamos a pinchar un buen vinilo ad hoc: se me ocurre el Computer World de la legendaria banda de música electrónica Kraftwerk, por eso de alinearnos con la vanguardia. Además, para ordenar un poco el tinglado, nos vamos a basar en la clasificación del interesante programa Globe:  proyectos relacionados con la atmósfera, la biosfera, la hidrosfera y la malsonante pedosfera, que no es otra cosa que el suelo.

Comenzamos por la atmósfera. El primer proyecto es el más sencillo: se trata de una estación portátil de medición de temperatura y humedad ambiental. Consta de la placa Arduino UNO además de un sensor combinado temperatura/humedad, una pantalla LCD y otros elementos montados en una protoboard, una placa de montaje donde se pinchan los componentes, uniéndose mediante cables ya peladitos en los extremos, muy cómodos. En este proyecto se aprecia algo muy interesante: el reciclaje de componentes, ya que el LCD proviene de una vieja alarma de fuego. Se monta de la forma que aparece en los esquemas electrónicos, se enchufa al USB del ordenador, se copia y pega el código en el programa Arduino IDE y se envía a la placa. Ya tenemos temperatura y humedad en tiempo real.

Es más fácil de lo que parece, solo hay que seguir las instrucciones (create.arduino.cc)

Una variante mucho más compleja es este proyecto: el sensor ambiental múltiple. Utiliza la placa Arduino MKR1000, que tiene la peculiaridad de que soporta Wifi. Como sensores hay de todo: uno de rayos y relámpagos (lo flipo: puede detectar frentes de tormenta a 40 km de distancia), uno de monóxido de carbono, de humedad y temperatura, de presión, altitud y temperatura, de luz ultravioleta, un reloj de alta precisión y otros componentes secundarios. Una vez montado y subido el complejo código a la placa, ya tenemos una estación meteorológica que haría palidecer a las de la Aemet, por mucha menos pasta.

Vamos con la hidrosfera. Comenzamos por una estación de monitorización de la calidad del agua. La placa es la Arduino UNO, que suele venir por defecto en los kits. Los sensores son: combinado de temperatura y pH, de turbidez y un sensor ultrasónico, para medir distancias. También aparecen una pantalla, donde se muestran las mediciones, unos LED y un zumbador.

Monitoreando con Arduino (github)
Otro proyecto de monitorización es My River. Utiliza, al igual que el anterior, un sensor de pH, además de un original sensor de nivel del agua. Según su autor, no solo mide la acidificación del agua, sino también si existe crecida en el río, posiblemente provocada por algún vertido ilegal. Si hay contaminación, medida a partir de una modificación del pH junto a la susodicha una crecida, el LED del aparato se ilumina: lo hemos pillao con el carrito del helao.

Seguimos con la biosfera. ¿Nos apetece un sensor de movimiento para comprobar la presencia de animales, por ejemplo? Pues aquí lo tenemos. Consta de la placa Arduino UNO, una lámpara, una célula fotoeléctrica y un sensor pasivo de luz infrarroja. El sensor, siempre de noche, detecta un movimiento: la luz se enciende durante 10 segundos, deslumbrando al culpable y alertando al hábil inventor.

Para los amantes del fototrampeo tenemos este interesante proyecto. Consta de un sensor activo de infrarrojos, que detecta movimiento y envía la señal a la placa Arduino, disparando la cámara DSLR. La placa filtra la señal, evitando que, por ejemplo, la presencia de un pequeño insecto dispare la cámara accidentalmente.

Zorrillo pillado gracias a Arduino (instructables)
Terminamos con la pedosfera. El primer proyecto es un sencillo sensor de humedad con pantalla LCD. Se compone de la placa UNO y este sensor, que simplemente se pincha en el suelo y, por medición de la conductividad del suelo, nos ofrece la humedad en la pantalla. También podemos medir la temperatura del suelo con este proyecto. Utiliza un sensor de temperatura resistente al agua, similar a una pequeña sonda.

Para terminar con un cum laude, que está de moda, este interesante proyecto basado en un contador Geiger, por si a alguien se le ocurre la brillante idea de perseguir lodos contaminados, de esos que se escapan de vez en cuando. Un poco de radiactividad seguro que nos dará mucha energía, jeje.

Consta de un tubo Geiger alimentado por una fuente especial de 500 V, necesarios para que, en presencia de radiactividad, el tubo emita los pulsos por minuto necesarios para la lectura. Según las instrucciones del tubo, la ecuación sería pulsos/360=radiactividad (en microSievert/hora), mostrándose la lectura en la pantalla LCD.

Como un gramo de práctica vale más que una tonelada de teoría, vamos a montar un sencillo detector de gases basado en un sensor MQ-135, que detecta amoníaco, NOx, alcohol, benceno, humo y CO2, entre otros. Vamos a servirnos del montaje y código que aparece al final de este tutorial, en el apartado "Lectura Analógica".

Nuestro sensor de gases
Monto el sensor, cosa que no lleva más de cinco minutos. Enciendo el ordenador; abro el navegador en mi querido Linux y voy a la página Arduino Editor, donde pego el código que he encontrado en el tutorial. Lo mando a la placa mediante USB, con lo que se encienden unas cuantas lucecitas, parpadeantes. Le doy a la pestaña "Monitor", a la izquierda, y aparecen unos valores genéricos de voltaje y su correspondiente valor de concentración de gas. Evidentemente, para cada gas que queramos monitorizar hará falta una ecuación diferente que relacione el voltaje de salida del sensor con la concentración del mismo, mirando el prospecto de cada sensor. Pero bueno, tampoco es tan difícil para mentes preclaras como las nuestras. Yo, sin embargo, no voy a liarla más y me remito al código del tutorial, a ver qué sale.


Primero espiramos, por la boca, cerca del sensor. La lectura se desboca, valga la redundancia: el voltaje asciende y la concentración del dióxido de carbono también, según la relación matemática que hemos escrito en el código.

Hacemos la prueba con isopropanol, un alcohol orgánico que limpia lentes muy bien, al ser muy volátil. La lectura de voltaje vuelve a ascender aún más rápido, lo que indica que este sensor es más sensible al alcohol que al CO2. Pues funciona, oiga.

Ya tenemos un somero panorama de lo que se puede hacer con Arduino en relación con los estudios medioambientales. Hay más, mucho más, casi cualquier cosa que a uno se le ocurra, con mayor o menor dificultad. ¿Nos animamos? No estaría de más darle un buen zasca al bueno de Unamuno; seguramente tendría un mal día y no imaginó que, 110 años más tarde, muchos compatriotas pudieran inventar como lo hicieran en su día alemanes o americanos, y por dos duros. Y es que los tiempos cambian, don Miguel, y no siempre para mal...

viernes, 14 de septiembre de 2018

La magia del derrotero

Quizás el lector se pregunte a qué se refiere el autor cuando habla de un derrotero, y más como algo presuntamente mágico. La mejor manera de descifrarlo es acudiendo al diccionario de la Real Academia Española, esa institución que limpia, fija y da esplendor al idioma español desde 1713, y cuya finalidad es salvaguardar la lengua popular y la literaria. Pues bien, un derrotero es un libro de derrotas. Pero no un catálogo de descalabros, reveses y pérdidas históricas, como puede sugerir, sino de derrotas náuticas, que no son otra cosa que líneas señaladas en la carta de marear para el gobierno de los pilotos en los viajes.

En la estantería me llama la atención un grueso volumen de lomo azul marino, que el autor adquirió antes de examinarse para el título de Patrón de Embarcaciones de Recreo, por eso de alcanzar la inspiración necesaria para tal lid. Es el Derrotero 3 (Tomo I) de las Costas del Mediterráneo, edición de 1998, publicado por el Instituto Hidrográfico de la Marina, en Cádiz.

Vamos a efectuar un viaje marítimo-mental acompañados por este derrotero, como haría, en realidad, cualquier marino que se jacte de ello. Antes de nada, una obligatoria advertencia: si por esta bitácora recalara algún Almirante de la Marina, Alférez de Fragata, Marinero raso o avezado lector de Arturo Pérez-Reverte, que tenga en cuenta que el que suscribe no es más que un grumetillo con ínfulas, de esos que, en caso de irse el barco a pique, saldrían de él antes que las ratas. Discúlpeme pues los posibles errores con la jerga marinera, que es compleja aunque apasionante.

Carta náutica, o de marear, de la costa mediterránea española, para ir siguiendo nuestro viaje.

Nos espera nuestra embarcación, al amanecer, en la pequeña playa frente al castillo de San Felipe, en la pequeña pedanía almeriense de Los Escullos, en pleno Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, verdaderamente merecedor de visita. Desde allí costearemos hacia el norte-noreste, para atracar en un punto donde el patrón estime que la longitud del post ya ha sido suficiente o bien haya caído la noche, lo que llegue primero. Como banda sonora de fondo, por qué no las mejores canciones para navegar, según los navegantes.

Antes de partir, con el castillo a nuestra espalda, nos fijamos en esa protuberante cornisa blanquecina a babor, donde rompen las olas: es la duna oolítica de Los Escullos,  formada por la aglomeración de pequeños "huevos" de carbonato cálcico, oolitos, en cuyo interior se acomodan diminutos granos de arena. La geología no da más que inesperadas sorpresas para el que sepa apreciarla.

Partimos del fondeadero entre el castillo de San Felipe, al fondo, y la duna oolítica, en primer término (La Gaceta de Gea)
Salimos del fondeadero de Los Escullos, bien abrigado de los vientos de O y SO, siempre que no sean atemporalados, para enfilar la Isleta del Moro, un blanco pueblo de pescadores con cierto aire norteafricano y gran sabor marinero.

Vista de la costa desde el mar (Derrotero)
Más allá de la amura de babor se divisan los pelados cerros de Carrizalejo, de naturaleza volcánica como todo el entorno del Parque Natural. Doblamos la punta del Barranco del Negro para enfilar el puntazo de Piedra Negra y la punta de la Polacra, siempre teniendo a babor una sucesión de cerros pelados y hostiles. Según nuestro derrotero, la punta de la Polacra se llama así porque tiene a su pie una roca emergente, una chimenea litoral resto del hundimiento de un arco rocoso, que parece una polacra navegando a vela. No sorprende que en los alrededores de la punta haya varios pecios, restos de naufragios descansando a unos 5 metros de profundidad, debido al peligroso acantilado y los bajíos que podrían formarse por la caída de rocas erosionadas. El buceo por aquí debe ser fascinante.

Sobre el cortado cerro que se eleva encima de nosotros se encuentra la torre de los Lobos y, sobre ella, la luz de punta de la Polacra, el faro más elevado de España, a 280 metros sobre el nivel del mar.

Faro de la Polacra, inabarcables vistas (Blog Faros Ibéricos)
El derrotero nos avisa: hay que llevar el Libro de Faros para poder leerlos correctamente. Como se nos ha olvidado en la guantera diremos que su alcance es de 14 millas náuticas y su característica es de grupos de tres destellos de luz blanca.

Llegamos a punta del Bergantín, separada de la punta de la Polacra por la calita del Bergantín, virgen y de muy difícil acceso debido a su costa alta, tajada y quebrada, todo un refugio de piratas. Al doblar la punta nos encontramos la ensenada de las Negras y el tremendo playazo de Rodalquilar, flanqueado por la batería de San Ramón, en la orilla N y, a una milla, la torre de los Alumbres, denominada así en honor del alumbre, un sulfato de potasio y aluminio hidratado. Por cierto, al O del playazo tenemos las ruinas de las minas auríferas de Rodalquilar, muy pintorescas al caer el sol. Es evidente que nos encontramos en una zona abundante en minerales.

Tanques lavadores en las ruinas de las minas de Rodalquilar (La Gaceta de Gea)
Más allá aparecen la caleta del Cuervo y la playa de las Negras, además del bonito pueblo homónimo. Desde este punto se divisa un sendero, a media ladera, que comunica el pueblo con la cala de San Pedro -que es un buen desembarcadero-, el castillo de San Pedro y algunas casas y cortijos blancos, todo rodeado de terrenos montuosos y altos peñascos tajados.

El castillo de San Pedro y el fondeadero homónimo (La Gaceta de Gea)

Según el derrotero en este punto es posible fondear, ya que ofrece abrigo a todos los vientos del cuarto, tercer y primer cuadrante. Sin embargo, nos advierte que el mejor sitio de fondeo para encontrar abrigo del lebeche frescachón es al socaire del cerro de la Molata, al S de la playa de las Negras, pues bajan por estas quebradas rachas fuertes y remolinos muy molestos.

Como ya es la hora de comer, echamos el rezón frente a esta espectacular cala para apretarnos unas patatas en ajopollo seguidas de unos gurullos de Níjar, rematando la faena con una leche frita, estrellas de la gastronomía de Almería. Semejante lujo pide una buena siesta en la bañera de popa, con sus múltiples ventajas para la salud.

Ya recuperados de la pingüe pitanza, doblamos punta Javana para encontranos con el islote de San Pedro, donde se forma un freu, un estrecho entre dicho islote y tierra firme, algo sucio pero en cuya medianía hay 3 metros de agua. Atravesamos el freu con las debidas precauciones para llegar a la ensenada y cala de Agua Amarga, útiles sólo para pescadores y embarcaciones menores. A media milla de la playa y sobre la tajada cordillera, se divisan las ruinas de un antiguo cargadero de mineral.

El cargadero de mineral de Agua Amarga (La Gaceta de Gea)
Algo al N se aprecia la cumbre llana de un escabroso promontorio, cuya parte más saliente es la punta de la Media Naranja, acantilada y hondable: nos referimos a la Mesa de Roldán, con su torre ruinosa, escenario de incursiones de piratas berberiscos, y el faro que la acompaña, con un alcance de 23 millas y grupos de cuatro destellos de luz blanca.

Más allá de este punto nos adentramos, tras dejar atrás las increíbles playas de los Muertos, Torre Vieja, Martinicas y de Carboneras y el emisario submarino, nos adentramos en la industrial Carboneras, con sus puertos privados de Hornos Ibéricos y Pucarsa, dedicados a la carga de cemento, yeso, clinker y carbón a través de cargaderos móviles y fijos con cintas transportadoras. Después, una piscifactoría y el puerto pesquero de Carboneras.

Aunque ya va atardeciendo y el fondeadero de Carboneras es de arena limpia y está abrigado de los vientos del O y SO, no me acaba de convencer el lugar, prefiero algo más salvaje y prístino. A ver si lo encontramos. Vamos a ganar arrancada, en cristiano darle caña al barco; a babor, un blanquísimo Carboneras contrasta con las oscuras lomas que lo circundan.

Pasamos por el freu entre el blanco pueblo de Carboneras y el islote de San Andrés, para enfilar a la punta del Rayo. La doblamos y nos topamos con el, probablemente, mayor monumento patrio a la codicia empresarial unida al analfabetismo y trinconeo de las autoridades locales y autonómicas: el indescriptible hotel del Algarrobico. "¿Qué coño sigue haciendo esta mierda aquí?", me pregunto desolado. "Quizás la Junta de Andalucía está esperando a que las nieves del tiempo hagan de las suyas", me contesto decididamente esperanzado.

Aunque parezca mentira, este bodrio aún sigue existiendo (2012, La Gaceta de Gea)
Asqueado aparto la vista, no sea que me suba la bilirrubina, para dirigirnos hacia Mojácar, dejando a babor una sucesión de cerros hirsutos con pequeñas playas, como la del Sombrerico, y diminutas cortijadas, cuyas luces titilan bajo la tenue y azulada luz del anochecer. Rozamos el curioso castillo de Macenas; ya se atisban los primeros síntomas de un pueblo turístico: urbanizaciones, mejores y peores, y el clásico poblamiento diseminado andaluz.

Llegamos cómodamente al espigón del Cantal, que es poco saliente y de piedra, para llegar a las urbanizaciones costeras del municipio de Mojácar, cuyo asentamiento principal, de aspecto árabe, ocupa la cumbre de un alto cerro, rodeado de huertas regadas por buenas y abundantes aguas. Una sucesión de hoteles nos da la bienvenida: esto no es Benidorm, la presión turística es aún tolerable en el agradable paseo marítimo, dotado de las palmeritas de rigor y la larguísima e idílica playa.

Miro el derrotero buscando un buen fondeadero o atraque: me informa que en Mojácar está el fondeadero de Marina de las Torres, abierto a los vientos del primer y segundo cuadrante. Lo mejor es ir al seguro puerto de Garrucha, que dispone de todos los servicios básicos. Llamo a puerto por el canal 9 VHF; tenemos atraque.

Enfilamos al faro de Garrucha; a babor diviso una agradable sorpresa: el Parador Nacional de Mojácar. Pues allá que voy, porque a uno le gusta la buena vida, y más si es gratis por imaginada. Tras el faro, el castillo de Jesús Nazareno, una defensa contra los piratas norteafricanos. Entramos en puerto, el derrotero informa que no hace falta practicaje. Amarramos y echamos el pie a tierra, con el acostumbrado mareíllo.

Ya en la terraza de la habitación del Parador, un suave y aromático terral me roza la cara; las luces de los barcos brillan tenuemente en la lejanía. Con una cerveza de Almería bien fría repaso mentalmente el periplo. El Mediterráneo tiene un encanto especial, quizás por todos los marineros, exploradores y buscavidas que lo han surcado y descrito a través de los siglos. Pero para disfrutarlo no hace falta ni estar allí, solo hay que dejarse llevar por la magia: la magia del derrotero.

viernes, 31 de agosto de 2018

Millones de atolones

Es septiembre; acabaron las vacaciones. Como casi todo en esta vida, a algunos les parecerá una debacle y otros considerarán las posibles ventajas de la agradable rutina. Y es que en esta rutina cabe de todo: trabajar, hacer que uno trabaja, tuitear hasta que sangren las yemas, consultar las últimas novedades de las redes sociales, hacer nada -lo más sano, sin duda- y, en fin, todo aquello relacionado con la malsonante palabra procrastinar, tan pronunciada como injustamente denostada.

Una actividad que no suele defraudar es soñar despiertos de vez en cuando, cerrar los ojos y visualizar nuestro cuerpo serrano tumbado en un edén primigenio, ese espacio donde nos gustaría estar y no estamos, como suele pasar. Océano, playa, arena blanca, échatecremaniñoquetienesmuchoslunares, un cóctel sintiendo la brisa fresca, el relajante olor a salitre: un islote en medio del mar infinito.

El atolón-hotel Dhaalu, en las Islas Maldivas (Discover Dhaalu)

Y qué mejor lugar que un atolón, con sus blanqueados arrecifes rompiendo las olas. Vamos, pues, a exponer las características de estos ámbitos acompañándonos del impagable Google Earth; a ver qué encontramos por esos recónditos lares.

Para fundirnos con el entorno, nada mejor que una buena banda sonora: el sedante From Here to Now to You del surfero hawaiano Jack Johnson hará los honores. Tampoco viene mal un poco de jarabe de estantería, ya que desde pequeñito me han advertido que no hay que abusar de la Wikipedia. El Arrecifes Coralinos parece una buena elección.

Arrecifes en el océano Índico y Pacífico Occidental (libro Arrecifes Coralinos)
El término arrecife, en el argot marinero, implica todo bajío en el mar que pueda entorpecer la circulación de una embarcación. Es decir, un depósito submarino apilado por la corriente, que puede ser de arena (arrecife de arena), de roca (arrecife rocoso), o de coral (arrecife coralino), aunque también puede tratarse de acumulaciones de fango y sedimento sobre praderas marinas, típicas del Mediterráneo.

En el sentido más biológico, un arrecife es una estructura en forma de banco que se eleva desde el fondo marino hasta la superficie del agua, construida sólidamente por organismos vivos que promueven un ecosistema singular, compartimentado, donde sus habitantes poseen adaptaciones específicas.

Por tanto, se le puede considerar un rompeolas que origina zonas de oleaje y zonas de aguas tranquilas, con diversos gradientes de luminosidad, variaciones de luces y sombras, de cantidad de nutrientes y, por tanto, con gran diversidad de organismos repartidos en nichos ecológicos distintos, que tienen la particularidad de poder reconstruir su propio hábitat.

Tipos de arrecifes coralinos (libro Arrecifes Coralinos)

En cuanto a su morfología, encontramos diferentes tipos de arrecifes coralinos. El más difundido es el arrecife costero, el cual bordea la costa desde el límite de las aguas someras hacia el mar. Cuando el arrecife ha crecido mucho, por erosión se puede formar una laguna interior. El mar Rojo es una región característica de este tipo de arrecifes, en todos sus estadios de desarrollo.

Arrecife costero, con sus lagunas arrecifales, frente a Hurghada (Egipto)
El arrecife barrera a veces se confunde con el arrecife costero. La diferencia principal es el tamaño: el arrecife barrera es mucho más grande: la laguna arrecifal puede alcanzar una anchura de muchos kilómetros y una profundidad de hasta 70 metros. Su origen también es distinto: la barrera coralina, a diferencia del arrecife costero, se origina mar adentro, no en la misma costa. Sin duda, el arrecife barrera más conocido -y amenazado- es la Gran Barrera de Coral, en Queensland, Australia.

Arrecife barrera: la Gran Barrera de Coral,  frente a Mackay (Australia)
El arrecife plataforma es el más aislado, ya que está rodeado en su totalidad por aguas profundas, pudiendo situarse sobre la plataforma continental o en océano abierto (arrecife oceánico). Los primeros aparecen al sur de la Gran Barrera, las islas Swain y la Capricorn Coast son buenos ejemplos.

Arrecife plataforma: Heron Island, frente a Gladstone (Australia)
En cuanto a los arrecifes plataforma oceánicos, los más aislados, los encontramos en el Índico, en las Islas Mascareñas, al este de Madagascar y alejadas miles de millas de la costa más cercana.

Arrecife plataforma oceánico: la isla Rodrigues, en las Mascareñas, junto a las islas Mauricio y Réunion (Océano Índico)
El último tipo de arrecife coralino es el famoso atolón, que no es más que un arrecife situado en mar abierto, en forma de anillo con una laguna arrecifal interior. Siempre han tenido su hueco en la imaginación de muchos escritores románticos: algunos creen que Robert Louis Stevenson se inspiró en el atolón Suwarrow para La Isla del Tesoro, aunque lo que sí dijo es que es "la isla más romántica del mundo". Si lo dice Robert, habrá que comprobarlo.

El atolón más romántico: Suwarrow, en las islas Cook. Véase la corona arrecifal, la laguna con pináculos y el obligado canal al mar abierto.
La profundidad de la laguna arrecifal es proporcional al diámetro del atolón, y suele estar rodeada por una corona arrecifal bastante escarpada aunque abierta al mar al menos por un paso, que suele situarse a sotavento. En esta laguna pueden aparecer islotes (pináculos) formados por arena y restos de coral. Una característica peculiar de algunos atolones, especialmente de los de las Maldivas, es el faro, atolón muy pequeño que no llega al kilómetro de diámetro. A veces una hilera de faros circundan atolones más extensos.

Corte del un atolón (libro Arrecifes Coralinos)
 El tamaño de los atolones es muy variable: los hay muy grandes, de más de 125 km de longitud, como el atolón Kwajalein (Islas Marshall) o Suvadiva (Maldivas) o más reducidos, de menos de diez kilómetros de diámetro.

Atolón enorme: Kwajalein (Islas Marshall)
Los más pequeños aparecen al sur del archipiélago de Tuamotu (atolón Nukutipipi) y al sur de las Islas Marshall, como el curioso Onotoa.

El precioso atolón Onotoa, en la república de Kiribati
Ponemos fin a esta relajante entrada prometiendo que seguiremos explorando estos entornos tan evocadores y amenazados por el cambio climático. Ya lo dijo el explorador Thor Heyerdahl al encallar en el atolón de Raroia: "las anémonas y corales daban a todo el arrecife la apariencia de un jardín de rocas cubiertas con musgo y cactos y plantas fosilizadas, rojas y verdes, amarillas y blancas. No había color que no estuviera presente, ya fuera en el coral o en las algas, en los caracoles marinos y conchas o en la variedad de peces fantásticos que nadaban por todas partes..."

miércoles, 15 de agosto de 2018

Prada en el desierto


Una carretera de asfalto impecable, solitaria, recta como dibujada con tiralíneas. Hace calor; las nubes bajas y oscuras presagian tormenta en el desierto de Chihuahua, más concretamente al oeste del estado de Texas, antes de llegar al ruinoso villorrio de Valentine. A unos trescientos metros, a la derecha de la carretera, se divisa -si no es un espejismo- un cubito blanco con unos toldos, que surge de la rojiza estepa. Nada más en lontananza: únicamente plantas rastreras, agostadas y un silencio que es algo más que la ausencia de sonidos.

Con curiosidad desbocada, decido aparcar el coche en una superficie de tierra frente a tan peculiar construcción ¿Qué hace aquí esto?


Cruzo la carretera, el pequeño edificio revela una tiendecita cerrada, de aspecto impecable, de nombre Prada Marfa. A través del sorprendentemente limpio cristal aparecen, en tres estantes, zapatos de tacón y, por delante, varios bolsos con buena pinta, nada de polipiel. Temporada Otoño-Invierno de 2005, para los iniciados. Me acerco a la puerta. Un estruendo surge encima de mi cabeza: de cuatro nidos huyen varias golondrinas, alteradas por el visitante inesperado. Vaya movida; el corazón me sale por la boca.

Aunque no lo parezca, se trata de una famosa instalación artística, creada por los arquitectos berlineses Michael Elmgreen e Ingar Dragset en 2005 dentro del concepto artístico Land Art, en cristiano "arte en el territorio". La sola visión, insospechada, de esta escultura en un entorno fuera de su contexto, con sus implicaciones filosóficas imbricadas en la dualidad contradictoria de significados elemento-paisaje, hace que me eche al monte para analizar esta corriente artística, deduciendo lo que puede ser y lo que no es Land Art.

El término Land Art fue acuñado por el artista Robert Smithson en los años 60 del pasado siglo, inspirado por el contemporáneo arte minimalista, donde se primaba la geometría, el volumen y el material sobre el contenido emocional de la obra. Inauguró el movimiento con su célebre Spiral Jetty, una acumulación de rocas basálticas que forma una perfecta espiral sobre las aguas del Great Salt Lake de Utah (EEUU), construida en 1970.

La espiral Jetty sobre las costras de sal del Great Salt Lake (Utah, EEUU), imagen de Google Earth
¿Qué significa esta escultura? Para Smithson, presuntamente, la reconexión con un paisaje primigenio. Para el que suscribe, jungiano hasta la médula, un símbolo arquetípico sobre el paisaje que, tal vez por su parecido a un zarcillo, puede sugerir despliegue, crecimiento. O mejor aún, una simple espiral gigante flotante, que no es moco de pavo en cuanto a fuerza visual. Lo bueno del arte moderno es que a cada individuo le puede sugerir algo distinto, cosa que no puede decirse del arte "clásico", más figurativo y encorsetado en su interpretación, generalmente.

Otra obra señera del Land Art es The Lightning Field, del escultor norteamericano Walter De Maria. Se trata de una malla de 400 pararrayos situada en el desierto de Nuevo México, y simboliza la conexión con las fuerzas de la naturaleza, en este caso las eléctricas. La gracia de este, por decir algo, montaje, es quedarse una noche en una cabina ad hoc (250 dólares por persona y noche en temporada alta), rodeada de los postes. Si hay suerte y se desencadena una tormenta, se lo flipa. Si no, siempre se puede superar el sablazo fotografiando el monumento al atardecer o al anochecer; las sombras afiladas siempre dan juego.

El Lightning Field (1977) en plena performance (auladefilosofia)
También es muy conocida la inconclusa obra City, comenzada en 1972 por Michael Heizer y situada en una zona despoblada del desierto de Nevada. Cuando finalicen los trabajos, será la escultura más grande del mundo. Su aspecto es el de una ciudad futurista de gran rotundidad geométrica, con algunas reminiscencias a ciudades antiguas. Calles, bloques, explanadas, formas geométricas, texturas: verdaderamente espectacular.

El City de Michael Heizer, al sureste de Adaven, Nevada, EEUU (Pinterest)

En España también tenemos nuestra dosis de Land Art. Y del bueno, por cierto.
Comenzamos en Llanes, Asturias, con la obra de Agustín Ibarrola Los Cubos de la Memoria. Se trata de un conjunto de grandes bloques de hormigón, pintados con diversos motivos, que hacen de escollera del puerto de esta bella localidad.

Los Cubos de la Memoria (La Gaceta de Gea)
En esta colorida obra, el autor expone que "muchos artistas piensan que la naturaleza se ha construido a sí misma a través de millones de años, y que en eso consiste su belleza. Yo pienso lo contrario, que el paisaje ha sido construido por el hombre desde que éste existe; el paisaje que vemos todos los días tiene la geometría que el hombre le ha venido dando a lo largo de toda la historia" Tampoco es que aclare mucho sobre su significado profundo, por lo que creo que no lo tiene; es, simplemente, muy decorativa. No siempre hay que buscarle tres pies al gato: con cuatro va sobrao.

Otra obra de interés es la Oreja Parlante, en la ciudad de Zaragoza, esta vez de la austriaco-española Eva Lootz. La artista nos dice que "significa abandonar la parcela del individuo aislado y comprometido únicamente con su propio horizonte vital y sus intereses particulares –escuchar difumina las distancias y desdibuja los contornos, escuchar enseña generosidad– y abrirse al horizonte de una conciencia de la humanidad como un todo". Sobran las palabras.

La Oreja Parlante, de Eva Lootz (legadoexpozaragoza)
Muy plástico es el Centro de Arte y Naturaleza Cerro Gallinero, en Hoyocasero (Ávila), donde hay nada más y nada menos que 27 obras permanentes y algunas efímeras, mereciendo una visita. Como ejemplos, tenemos La Cimbra, un arco de libros sobre un armazón de madera, de insondable explicación.

La Cimbra, en Cerro Gallinero (cerrogallinero)
Más simbólico es el laberinto de Mogor-Hoyocasero que, según su autor "destaca frente a otros muchos de planta cretense en Europa, Asia y América precolombina porque la suavidad y exquisitez de sus curvas sugieren al espectador imaginativo un cuerpo femenino de brazos múltiples, a modo de diosa hindú todopoderosa". Está claro que el que autor de esta obra no tiene abuela, ni la necesita.


El Laberinto, en Cerro Gallinero (cerrogallinero)

Ya podemos tener una idea de lo que puede ser esta corriente artística. Ahora, vamos a exponer algunas obras que podrían adscribirse al Land-Art, aunque no estén oficialmente consideradas así.

La primera obra es Coche y Hormigón, del entrañable genio teutón Wolf Vostell, situada en su lisérgico museo cacereño, de visita obligada en mi opinión. Entre los bolos graníticos del Monumento Natural Los Berruecos surge este auto vintage empotrado en un cubo, que simboliza la dualidad entre la naturaleza y el mundo contemporáneo, digo yo.

Coche y Hormigón, de Wolf Vostell (Malpartida de Cáceres)
Bajemos de intensidad; el final de la entrada se acerca. Provincia de Cuenca, en un itsmo que se adentra en embalse de Buendía, al norte de la localidad homónima, se localiza la Ruta de las Caras. Se trata de un recorrido por un bello pinar mediterráneo, salpicado por esculturas talladas en roca viva, quizás algo kitsch pero divertidas, que representan tanto personajes como Arjuna, Krishna, Maitreya, La Monja, el Paleto o el cachondo Chemari, como objetos: Moneda de la Vida, Cruz Templaria o Espiral del Brujo, entre otros; en total 18 piezas. No está mal, hay que verlo para creerlo.

Cabezas de Maitreya y Arjuna, en la Ruta de las Caras de Buendía (Viajes en la mochila)
Ya hemos visto que las obras de Land Art tienen que situarse en espacios abiertos y naturales, ser obras artificiales, pueden ser enormes o más pequeñas, y su función ha de ser puramente contemplativa, además de que pueden representarse objetos tanto simbólicos como figurativos, mejor si están descontextualizados.

Con estas premisas, podría deducirse que algunas ruinas o restos que ya no tienen la función de antaño y que siguen mostrando cierta potencia estética en el paisaje pueden ser considerados Land Art ¿Por qué no?

Así pues, las gigantescas cortas y las ruinas de las onubenses Minas de Rio Tinto podrían ser Land Art. Su visión es verdaderamente sorprendente, sobre todo al amanecer o atardecer, debido al contraste entre el paisaje, colorido por la presencia de minerales, y los elementos artificiales: gigantescas cortas, huecos escalonados, restos de construcciones; todo de gran tamaño, como manda la ortodoxia de esta corriente artística.

Corta del Cerro Colorado, Minas de Riotinto, Huelva (La Gaceta de Gea)
 También podrían considerarse Land Art algunos yacimientos arqueológicos de estética impactante, como la Motilla del Azuer, de la Edad de Bronce, segundo milenio antes de Cristo. Otra forma de ver las ruinas, muchas veces tan inservibles como evocadoras.

La Motilla del Azuer, en Daimiel, Ciudad Real (Motilla del Azuer). Más Land Art, imposible.
Así pues, hemos visto obras simbólicas y figurativas; enormes, grandes y de tamaño medio; en ciudades, pueblos y campo abierto; con crítica social o sin ella...

Gracias a todos estos ejemplos, ya tenemos suficientes pistas para contestar con propiedad nuestra apremiante pregunta:

¿Qué es Land Art? ¿Y tú me lo preguntas? Land Art eres tú...

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