martes, 4 de julio de 2023

Rutas vintage: 1926, Sierra de Guadarrama IV (Torrelodones a Galapagar)

Continuamos nuestra ruta vintage en ascenso progresivo a la sierra de Guadarrama siguiendo, más o menos, la vía férrea, el medio de locomoción más ampliamente utilizado en 1926. En la anterior entrada estuvimos buscando la falla  que separa el bloque granítico de la Sierra de la depresión del Tajo en el curso del arroyo de las Trofas, y esta vez vamos a buscarla siguiendo el cauce del río Guadarrama, con la ayuda de nuestra guía geológica:

"Atravesando el pueblo de Torrelodones, residencia veraniega, a mano izquierda divisase la profunda hoz mediante la cual salva el río Guadarrama el escalón o falla que existe entre el bloque granítico de la Sierra de Guadarrama y la depresión sedimentaria del Tajo que quedó atrás, depresión que tiene los caracteres de una fosa tectónica."

Vamos pues a buscar esta falla aparcando al final de la calle Azulón, en la urbanización "Molino de la Hoz", perteneciente al término municipal de Las Rozas.

La urbanización"Molino de la Hoz" y la cárcava de arenisca

Observo la ristra de chalets adosados de una altura, interesantes y bien resueltos con su juego volumétrico de cubiertas recortadas, contraventanas en madera y pérgola con sombrajo, que puede servir tanto para hacer un alfresco dining -como dicen los hijos de la Gran Bretaña- o para que el coche no se deshidrate, a elegir. 

Al final de la calle sale un estrecho y pedregoso camino en dirección este, que asciende casi en la línea de máxima pendiente en un bosque mediterráneo de encinas, enebros, pinos y jaras -con sus preciosas flores blancas-, además de las clásicas aromáticas. El suelo está muy disgregado, arenoso, muy típico de las areniscas y las arcosas convenientemente meteorizadas.

Encuentro un camino bien definido que sigue la curva de nivel, que tomo en dirección norte, paralelo al río Guadarrama. A la izquierda, en lo alto de la ladera, me parece atisbar una reja y una edificación detrás. Tomo la directa y asciendo, campo a través, hasta encontrar una serie de edificaciones ruinosas: las casas de La Isabela.

Piscina cubierta en las casas de la Isabela, con vistas increíbles

No hay vallado ni muro, por lo que me interno en el complejo, que parece un pueblecito, una pequeña ciudad de vacaciones.

Observo una gran estructura metálica transparente, sobre la que se mantienen algunos trozos de vidrio: un invernadero, al que llego a través de la edificación anexa extremando las precauciones, como siempre en estos ámbitos. Bajo la estructura metálica encuentro una piscina, con preciosas vistas sobre la ciudad de Madrid. Observo las marchitas escaleras, pintadas en azul, e imagino la gozada que tendría que ser un baño aquí, quizás sólo apto para bolsillos pudientes.

Más casas, con curiosos tiros de chimenea

Al norte del invernadero encuentro una serie de casas macladas, de paredes revocadas y ventanas con rejas que parecen de los años 60 o 70 del siglo pasado. Unas chimeneas de piedra vista destacan, con sus formas de botella, sobre el geométrico conjunto. El interior es sencillo, y no se aprecia nada interesante entre los escombros salvo las vistas, además de la protocolaria basura contemporánea y las omnipresentes pintadas.

Piscina exterior

Al este del invernadero, como petrificada en el tiempo, una piscina con escalera de piedra que preside una terraza rectangular, pavimentada, quizás concebida para celebrar guateques de verano mientras se contemplaban, con el rabillo del ojo, las cercanas y titilantes luces de la ciudad.

Cochera, al fondo Siete Picos y la Maliciosa

Al norte encuentro una gran edificio central, diferente a los demás. Parece más antiguo, de carácter industrial, más o menos cuadrado y con un pequeño ábside en el lado norte. Entro: las estancias se reparten en torno a un patio central, y los muros perimetrales son muy gruesos, como si fuera un fortín. De frente, una cochera y, al fondo, nuestro destino final: las alturas entre el puerto de Navacerrada y el puerto de Cotos.

Cojo una senda en dirección norte, que serpentea descendiendo a una explanada que es también cruce de caminos: aquí confluyen el camino de la Isabela, el de la Cetrería y el del Gasco.

El cerro de la Isabela y la antigua línea eléctrica

Es en este punto -según el mapa geológico del IGME- donde se produce la transición geológica entre la arenisca sedimentaria y el ígneo granito. Aquí y allá aparecen sus formas de modelado: berruecos y cantos por doquier.

Un camino asciende en zigzag en dirección norte, siguiendo una serie de antiguos postes eléctricos de madera, flacos y solitarios, sin cable que los una, como una fallida cordada. Decido homenajearlos subiendo junto a ellos -a máxima pendiente- en lugar de usar la sinuosa pista, mucho más cómoda.

Hongo yesquero y aislador cerámico

No tarda en llegar la sorpresa: un poste caído revela un aislador cerámico y, al lado, una gruesa rama aloja un hongo yesquero que preside la escena sin ningún convencimiento, como queriendo que le dejen en paz, que ningún extraño le saque la puta foto de rigor.

Henchido de lirismo ante tan dramático bodegón, consulto el mapa geológico, que me informa de la presencia de varios filones de cuarzo en las inmediaciones, en dirección norte-sur.

Filón de cuarzo, a la izquierda del camino

Alcanzo la pista; el suelo es arenoso, de granito disgregado. A la izquierda, como un blanco sendero, aparece el filón, de un metro de ancho aproximadamente. Los cristales de cuarzo lechoso deslumbran al potente sol de la mañana.

Pista arenosa
Sigo por la pista, en continuo ascenso, bordeada por fragantes jaras con sus características flores. Es tan arenosa que los pies casi se hunden, como si fuera una duna o playa fluvial. Aquí y allá aparecen las típicas formas del modelado granítico, como berruecos diaclasados, piedras caballeras en precario equilibrio y afilados pedruscos, en los que se reconocen los componentes del granito: plagioclasa y cuarzo blancos, feldespato rosado y mica negruzca.
Casa de Monte Panarras

Llego a la cima del cerro Gurugú -con su topónimo de origen bereber- y, a la derecha, observo un palacete de aspecto centroeuropeo, como alemán, con una fachada con entramado de madera y tejado de gabletes, de tipo holandés. Tiene pinta de estar cerrado desde hace años y, según el catastro, fue edificado en 1925 y responde al nombre "Casa de Panarras". En esta zona hay multitud de interesantes edificios historicistas de principios del siglo XX, casi todos esperando que el tiempo -y la gravedad- hagan su infalible trabajo.

Depósito

Prosigo junto al muro de la propiedad; a la izquierda, en medio de una vaguada seca, diviso un triángulo de hormigón. Desciendo el arroyo de Berlanga y llego a una losa agujereada, que bien parece un depósito de agua relacionado con las casas de Panarras. Más abajo hay agua y mucha maleza, haciendo la bajada al río por este vallejo absolutamente impracticable. Regreso a la pista y vuelvo hacia La Isabela. A la altura del cerro del Gurugú, en una curva cerrada, sale una senda en dirección suroeste, que parece se dirige al río.

Oteando la ciudad

A los pocos metros un balcón al sureste, presidido por un enebro seco; una de sus retorcidas ramas parece querer tocar la ciudad de Madrid, o señalarla, para que el viajero no se extravíe.

Otro enebro seco, pero en nuestra guía geológica de 1926

Un poco más abajo la vista se abre al noroeste, a la sierra. De izquierda a derecha: cerro de la Cabeza, Abantos, La Salamanca, Cabeza Líjar, puerto de Guadarrama, la Peñota, peña del Águila, peña del Oso, Montón de Trigo, Siete Picos y el puerto de Navacerrada.

Al fondo la sierra de Guadarrama, de Abantos al puerto de Navacerrada

Observo de nuevo la guía geológica, por eso de ver de cerca Siete Picos, quizás la montaña más característica de la Sierra de Guadarrama: la cresta del dragón, como se conoce en el argot más montañero.

Zona de Siete Picos, la cresta del dragón, según la guía geológica

El camino desciende progresivamente hasta que encuentro, a la derecha y cortando el río en dos, un enorme paredón inclinado tapizado por una pelusa de vegetación: es la presa del Gasco, una de las obras de ingeniería más locas que se han realizado en nuestra Piel de Toro a lo largo de su dilatada -y a veces heterodoxa- historia. Se trataba de unir Madrid con Sevilla mediante un canal navegable, diseñado en 1785 por el malogrado ingeniero Carlos Lemaur y Burriel.

La presa del Gasco, aguas arriba

Sus 53 metros de altura impresionan, aunque su altura original era de 93 metros, la más alta del mundo en su época. La presa se derrumbó en 1799, y así hasta ahora. Un soberbio espectáculo en su frágil grandilocuencia: la memoria de la Ilustración española, cuando parecía que todo era posible, y lo imposible se hacía deseable.

Contrafuertes con grietas, piden ayuda a gritos

Accedo a la coronación de la presa y observo los gruesos y potentes contrafuertes del aliviadero, de sillares irregulares trabados con algo de mortero, muy disgregado. La parte superior de los mismos presenta las típicas grietas de colapso, que auguran derrumbes a menos que se consoliden mediante grapas u otros elementos mecánicos. Carpe diem.

Presa del Gasco, aguas abajo

Vuelvo al cruce de caminos y cojo la senda que sale a la derecha, paralelo al río aguas abajo y dejando las casas de la Isabela arriba a la derecha. En un rato llego al punto de inicio.

Con la intención de explorar más a fondo el río Guadarrama, antes de alcanzar Collado Villalba, me dirijo a la calle de las Minas, en Galapagar, y aparco en las inmediaciones del Puente Nuevo o puente de Herrera, junto a un parquecillo con área infantil.

Puente Nuevo o de Herrera
Cruzo el puente, construido en la segunda mitad del siglo XVI en un austero estilo herreriano, y me fijo en la pareja de mojones de piedra, que indican que estamos entrando en lo que era un coto privado real, allá por 1798.
Bedado de caza

Sigo por la calle observando las viviendas unifamiliares, bastante discretas a excepción de los enanitos y otros seres feéricos que custodian las puertas de las parcelas, evidenciando el gusto por lo mágico y sobrenatural del pueblo español.

Cerro del Estepar

Llego a la carretera, y tomo el camino de la Monja a la derecha, internándome en un bosque de encinas y berruecos graníticos, con la presencia, a la derecha y en la lejanía, del cerro del Estepar, sobre Hoyo de Manzanares. 

Filones de cuarzo en el suelo
El camino se interrumpe por algunos lanchares, donde se aprecian pequeños filones hidrotermales de cuarzo. Escucho un graznido metálico y rítmico, como si una puerta, por el viento, se abriera y cerrara pidiendo 3 en 1. El cielo está algo oscuro, como amenazando tormenta.

Molino y depósito

Al rato llego a un muro que bordea una finca, y descubro el origen del ruido: un molino que gira como un loco. Al lado un depósito elevado: el conjunto me recuerda a un rancho de Texas.

Tégulas firmadas

Más allá, a la derecha, en el paraje "vedado de las Monjas", encuentro una ruina que no aparece en ningún mapa. En el suelo hay trozos de tégulas firmadas, que me recuerdan a las encontradas en las minas de Hoyo de Manzanares ¿corral o mina?

Llegada a la urba

Algo más adelante, un mojón nos indica que llegamos a la urbanización "Nido del Águila". Avanzo por la calle de la derecha. que bordea la urbanización por el este.

Fresno con ventanuco

La calle se transforma en camino y, a la izquierda, aparecen una sucesión de grandes fresnos, que evidencian un pequeño curso de agua. A la derecha, la dehesa mediterránea.

La Navata y la sierra

El camino se transforma en una avenida, bordeada por chalets amplios y de buena factura: estamos en la calle de Ríomonte, urbanización "La Navata"

Mensaje para el dueño, no para el perro

Sigo por la misma calle y encuentro una interesante señal de prohibición, que evidencia el posible hartazgo de los pobladores ante los ñoños dueños de perros que no recogen sus mierdas, esos adalides de su propia y mal entendida libertad: la de los demás se la suda, como suelen demostrar.

Driblo a la derecha por una calle con el nombre del gran exponente del raciovitalismo español y, a la derecha, una propiedad llamada "Bomarzo", que me recuerda al increíble jardín renacentista plagado de monstruos y extrañas movidas.

Bomarzo, visita obligada

Llego al puente de la Navata, de origen bajomedieval. Lo cruzo y bajo hasta el río, en un entorno lleno de basura y zarzas. Observo sus tres arcos de rotundos sillares y su tablero de hormigón.

Puente de la Navata

Asciendo por el otro lado del puente para encontrar las ruinas de un molino, en el que encuentro, bajo la maleza, una hermosa piedra de moler.

Acequia y piedra de moler

Cruzo y tomo la senda en dirección este, paralelo al río. A la izquierda, a media altura, la vía del ferrocarril domina el paisaje, entre bolos de granito, enebros y encinas. Las casas desaparecen, solamente hay corredores y gente paseando al can.

Cañón del Guadarrama
Más adelante, sobre un lanchar decorado con pequeñas marmitas de gigante -valga la paradoja- observo el profundo y frondoso cañón, que casi oculta el discurrir del río. Una mariposa me pasa frente a los ojos, recordándome que no está todo el pescado vendido.

El camino se aleja del río. A la derecha, sobre una elevación, atisbo lo que parece una edificación en el bosque, con la seguridad que otorga la ventaja evolutiva del daltonismo y la hipermetropía.

¿torre vigía?
Subo a saco, campo a través, hasta el paraje "Navatornera". Encuentro la ruina: una torre desmochada, que bien pudiera estar dedicada a la vigilancia de los puentes de la zona. Como no hay referencias, cualquier cosa vale.

Marmitas y puente de la Alcanzorla

Desciendo a saco hasta el puente de la Alcanzorla, con su delicado arco de medio punto que se recorta entre peñascos, encinas y vegetación de ribera. Hay un silencio casi absoluto, y el nuboso cielo se refleja en el agua confinada en las marmitas de gigante, como si fueran maquetas de pequeñas lagunas.

No se ven las alturas de la Sierra pero se intuyen, a juzgar por el rocoso paisaje del piedemonte. Próximamente comenzaremos el ascenso, que nos llevará a las primeras cimas serranas.

CONTINUARÁ

lunes, 12 de junio de 2023

Unboxing literario: la vida subterránea de Norbert Casteret (II - Montespan y la Gruta Helada)

Continuamos la anterior entrada sobre Norbert Casteret, uno de los padres de la espeleología y, sin duda, uno de los exploradores más vocacionales e irredentos. Un personaje capaz de hacer verdaderas locuras desde su más tierna infancia, de esas que provocarían un ataque al corazón a cualquier padre alfa, tan abundantes en la actualidad.

Nos quedamos con la sensación de triunfo del joven Norbert tras explorar su primera sima, la sima de Planque, tras una épica lucha interior que no hizo otra cosa que afirmar su gusto por lo oscuro y húmedo, por la exploración sin concesiones y sin la más mínima prudencia, tan típica de los pioneros de casi todas las disciplinas.

Traspasando sifones en Montespan

Tras esta exploración -y con la suerte del principiante- se produjo uno de sus hallazgos más conocidos: los dibujos y esculturas prehistóricas de la cueva de Montespan, que ya reseñé en una entrada anterior dedicada a los albores de la espeleología moderna.

Se trata de un descubrimiento poco convencional en sus formas: en 1922, Norbert llegó al lugar en bici, solo y armado con sus fiables velas. Realmente no había cueva alguna sino la surgencia de un río subterráneo, aunque encontró una grieta practicable encima del manantial, entre la vegetación. Una vez dentro se desnudó y se metió en el río con la vela, recorriéndolo hasta que el techo se hizo demasiado bajo, sin posibilidad de avance: un sifón. Recordó que había sido campeón de apnea, tomó unas buenas hiperventilaciones (inspiraciones muy profundas y expiraciones rápidas) y atravesó el sifón rápidamente, aunque sin la vela, lo que le hizo retroceder en un inesperado ataque de cordura. Volvió al día siguiente bien pertrechado con un gorro de natación estanco lleno de velas y cerillas, para poder proseguir tras el sifón, cosa que hizo sin problema. Encontró una gran sala y otro sifón, esta vez más largo, que traspasó de la misma forma hasta llegar a una zona donde encontró renacuajos en el riachuelo, lo que indicaba que allí había algo de luz: había alcanzado la otra entrada de la cueva, tras tres kilómetros de exploración. 

Huellas de magdalenienses en la cueva de Montestan, tal y como las descubrió Casteret

Salió de la cueva y observó un molar de bisonte que había recogido en una de las salas, infiriendo que era de Bos primigenius, y que algún humano -del magdaleniense o auriñaciense- lo habría llevado al interior de la cueva.

Volvió a la cueva de Montespan el año siguiente con compañía, dispuesto a explorar la cueva en condiciones. Al pasar el segundo sifón, en un pequeño laminador, Norbert encontró un sílex tallado, y tropezó con una gran piedra de extraña forma, que resultó ser la escultura de un oso prehistórico descabezado, acompañada de un cráneo de oso real en el suelo:

    "Al acercarme al muro tropiezo con una roca que me cierra el paso. Instintivamente dirijo la luz hacia el obstáculo y lo observo durante un segundo o dos, quizá lo suficiente para darme cuenta de que no se trata de una roca, sino de un bloque arcilloso con una forma un tanto extraña. Una segunda ojeada me llena de asombro sin límites al reconocer la silueta de un animal echado, agazapado, con las patas delanteras extendidas en el suelo... Estas formas macizas y redondeadas me hacen pensar inmediatamente en un oso. Permanezco unos segundos como mudo, petrificado, y al fin puedo exclamar:

—¡Un oso!
Henri Godin deja el pico y me contempla con asombro.
—Un oso, te digo, ven a verlo, ¡Aquí hay la estatua de un oso!"

Un oso: quizás, de modo instintivo, Casteret descubrió lo que Cuvier denominó correlación orgánica, que la forma del individuo y sus características determinan la función, lo que permite una taxonomía, aunque en este contexto aplicado al arte en lugar de la paleontología.

El oso de Monterpan en la actualidad (megafaunarituals)
En Montespan Norbert descubrió, además del la escultura del oso, numerosos grabados:

"Mientras Godin examinaba atentamente la estatua del oso sin cabeza, echo una ojeada alrededor de mí, y me doy cuenta de que todo el suelo de tierra está lleno de esta clase de relieves como montecillos desdibujados y redondeados, representando pequeños caballos echados de lado y modelados en alto relieve. Me acerco a la pared rozándola con la luz, como aprendí del conde Begouén, y veo surgir unos finos grabados hechos con ayuda de buriles de sílex ¡un bisonte, una cabra montés, dos caballos!"

Este descubrimiento resonó en el mundo de los prehistoriadores, lo que le otorgó cierta notoriedad aunque, como es lógico, no le permitía vivir de la exploración, por lo que se siguió dedicando a labores administrativas en Toulouse.

Porche de la Gruta Helada

En 1924 conoció a su futura esposa Élisabeth, alpinista aficionada al igual que su madre (mujeres avanzadas para la época, desde luego), por lo que Norbert -hombre práctico- convino integrar su afición espeleológica con el alpinismo, por eso de aprovechar tan convincentes maestras. Este hecho provocaría el descubrimiento de la Gruta Helada de Casteret, el segundo de sus greatest hits aunque no el último.

En 1926 se fue de excursión a Gavarnie, con la intención de ascender -en varios días- al Monte Perdido con Élisabeth, la mamá Casteret y su hermano Marcial. Al llegar a España, atravesando la brecha de Rolando, observó una sombra en la ladera oeste del pico Anónimo, denominado "de los Rebecos" por Casteret; por cierto, vaya basura de nombre le pusieron los del IGME de la época, sugiero cambiar lo de "Anónimo" por "de los Rebecos" urgentemente, si alguien con suficiente poder lee esto.

"Jadeando llegamos hasta él [la cueva], y nos quedamos estupefactos. La entrada, un porche de unos treinta metros de ancho, se encuentra obstruido por un caos de rocas, y al pie de esta barrera que forma como una escarpe, contemplamos una de las decoraciones más extrañas y más raras que podamos haber visto en el mundo: un lago helado y más allá, viniendo de las entrañas de la tierra, un río de hielo horizontal, de veinte a treinta metros de ancho. Atravesamos apresuradamente el lago de entrada sobre un mantel de hielo transparente, aparentemente poco espeso primero, y luego ponemos el pie sobre la capa que le sigue; ésta más espesa y blanca, como porcelana. La luz del día penetra oblicuamente en la caverna, y al reflejarse en el suelo produce unos tintes y unos reflejos verdes y glaucos en la bóveda y paredes. Este mundo subterráneo glaciar, casi inimaginable, nos confunde: ¡es extraordinario! El vestíbulo colosal se presenta rectilíneo en todo lo que alcanza la vista, mientras que a mano derecha descubrimos una gran sala lateral completamente helada, como el resto de la gruta, Hasta cien metros más allá de la entrada, los rayos solares, reflejados por el hielo, nos iluminan aún débilmente; pero a partir de ahora rema la oscuridad, obligándome a encender la única bujía que llevo, ya que el resto de nuestros elementos de iluminación quedaron en las mochilas al pie de la capa de nieve, una vela para cuatro; esto es claramente insuficiente, y aún más cuando, a partir de ahora, la gruta se hace accidentada y de recorrido difícil. Necesitaríamos igualmente crampones para el hielo."

Tras el descubrimiento, y estimando que tendrían que volver a la gruta con suficiente equipo, siguieron su excursión hasta coronar el Monte Perdido.

Espectro de Brocken en Pirineos (La Vanguardia)
Élisabeth y Norbert volvieron a la gruta un mes después. Aprovecharon la ruta para atacar el Taillón, -donde admiraron el espectro de Brocken, ese curioso efecto óptico que amplifica las sombras sobre el mar de nubes- para bajar después al porche de la cueva.

Atravesaron la cueva hasta alcanzar otra apertura en la ladera oeste del pico de los Rebecos, encontrando un lago helado con playas y una cascada, entre murallas ciclópeas:

"Nos encontramos en pleno cuento de hadas subterráneo, en pleno Julio Verne. Nos une una exaltación grave y pueril a la vez, mientras atravesamos decorados de ensueño y vamos descubriendo a cada paso nuevos aspectos maravillosos, de entre los más raros de nuestro planeta: un glaciar subterráneo y una catedral natural sumergida en las mismas entrañas de la tierra. Sólo existe un inconveniente, una sola molestia en medio de la belleza y de la calma que nos envuelven: el frío extraordinariamente intenso que nos penetra hasta los huesos."
Interior de la Gruta Helada (España fascinante)

Una anécdota curiosa para enmarcar el carácter de nuestro protagonista. Al salir de la gruta por su otro extremo, Élisabeth, extenuada por la exploración, decidió echarse una siesta al sol sobre las rocas del lapiaz. Norbert, mientras tanto, atisbó una sombra al sur de la faja de los Sarrios, como a un kilómetro de distancia de donde estaban. Ni corto ni perezoso dejó a Élisabeth una nota escrita y se acercó a la presunta cueva, descubriendo un segundo lago helado que terminaba en una sima. Regresó sin que su santa -nunca mejor dicho- le echara sermón alguno.

La madre de Casteret, Maud, en la Gruta Helada

El descubrimiento de la Gruta Helada volvió a inundar los titulares periodísticos de la época:

"Las antiguas circulaciones de alto nivel, en las montañas, sólo nos han sido reveladas de quince años a esta parte, en los glaciares naturales de Dachstein, y en la caverna más grande de Europa, Eisrienwelt, en Austria. Y he aquí que en 1926 el señor Casteret encuentra a dos mil setecientos metros de altitud, detrás de la Brecha de Roland, al pie del Monte Perdido, un río subterráneo (helado en nuestros días), netamente fósil. Todo ello se remonta al Mioceno ¡desde entonces existen este hundimiento y este agotamiento del río subterráneo! El hallazgo de Casteret autoriza incluso a una hipótesis, hoy un tanto atrevida, pero que estoy convencido que se verificará en el futuro: la de la contribución de las erosiones subterráneas a la depresión del Circo de Gavarnie."
Este descubrimiento, como no debía ser menos, fue muy agradecido por las autoridades españolas de la época:

"No sólo fueron alpinistas y geólogos los que se interesaron por la gruta de Casteret, sino que un día recibimos la sorpresa de un mensaje personal del rey de España, S. M. Alfonso XII, quien felicitaba a los franceses que habían descubierto y explorado, en su reino, la gruta helada más alta del mundo."

El nuevo equipo
El día siguiente a la excursión, Norbert, quizás con cierta culpabilidad -o una bronca de su novia- decidió mejorar su técnica y equipamiento. Atrás debían quedar ir descalzo y en calzoncillos, alumbrarse con velas y romperse la cabeza contra las piedras. Invirtió su dinero en lámparas de acetileno -montadas en cascos militares- y eléctricas de mano, además de monos de una pieza:

"Al ver salir un día a Isabel de una gruta enfangada, en un estado indescriptible, con las ropas manchadas y destrozadas y el pelo lleno de barro, decidí adoptar para ella y para mí un traje de tela gruesa, como un «mono» de trabajo, que ofrece todas las ventajas y comodidades y que por otra parte es usado hoy por todos los espeleólogos."
Nos quedamos, pues, con la catarsis de Norbert, de montaraz asilvestrado y anárquico a explorador científico y sistemático, siempre dejando ese lado intuitivo que bien podría fascinar a su coetáneo y paisano Henri Bergson: debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción.

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martes, 16 de mayo de 2023

Rutas anárquicas: el Tajo, de Almoguera a la Pangía (Zorita de los Canes)

Continuamos con nuestro periplo aguas arriba del Tajo donde lo dejamos en la entrada anterior, junto al castillo de Almoguera, admirando su pintoresco cinturón de murallas que encierra un abandonado solar, un espacio que no sirve absolutamente para nada, ni siquiera de esparcimiento de los propios vecinos. Como siempre, las fotos son del que suscribe a menos que se diga lo contrario.

Castillo de Almoguera: de lejos aparenta algo

Seguimos por la carretera GU-249 en dirección sur, hasta alcanzar la presa de Almoguera, esta vez aliviando agua como si no hubiera un mañana. Desciendo por el camino de la derecha y analizo el paisaje: al sur, la casa del Ejido -que ya exploramos anteriormente- sobre un montículo sedimentario propio de la llanura de inundación del Tajo, compuesta de gravas, arenas y limos. Más allá el borde de la paramera, con sus suaves ondulaciones sólo interrumpidas por blancos caseríos. La vegetación es rala a más no poder, testigo implacable de la pertinaz sequía.

El Tajo, la represa y la casa del Ejido

A los lados del río se levantan montículos y muelas que se elevan -algunos de forma abrupta, empinada- hasta encontrar el páramo alcarreño, salpicado de olivares, explotaciones cerealistas, arbustos resecos y encinas y coscojas dispersas sin formar masas boscosas, especialmente en las blanquecinas cuestas, algunas con profundas cárcavas donde se alternan margas y calizas.

Cadáver exquisito, experiencia patafísica

Avanzo sobre la presa hasta encontrar el canal de alimentación -de aguas verdosas que evidencian crecimiento estacional de algas y cianobacterias-, que cruzo por un puente semicircular. En el suelo, durmiendo el sueño de los justos, un muerto, un fiambre, un finado de sombra recortada como un cuadro de Dalí: un cadáver exquisito que me recuerda al juego de los poetas surrealistas. O, como podría decir el ilustre vanguardista Fernando Arrabal, una experiencia patafísica, donde aflora lo improbable, la excepción. Su color rojo, sus fuertes pinzas espinosas y su espolón en muñeca lo delatan: un cangrejo americano (Procambarus clarkii).

Chopera

Avanzo junto a las instalaciones de la Confederación Hidrográfica del Tajo, bajo una agradable chopera. Examino el paisaje en dirección aguas arriba: en primer término el embalse de Almoguera, flanquado por un espeso carrizal; a la izquierda, la amplia vega y sus cultivos minifundistas; a la derecha, las escarpadas cuestas y cárcavas blanquecinas -calizas y yesos- interrumpidas por las hendiduras de los arroyos estacionales, que vierten sus escasas aguas de escorrentía al embalse. Cantos de pájaros sobre el lejano rumor del agua cayendo; huele muy bien, como a geosmina.

Por el GR-113

Volvemos a coger la carretera en dirección sur hasta cruzar el canal. Inmediatamente cojo una pista a la izquierda: el Camino Natural del Tajo o GR-113.

Al principio el camino está asfaltado y asciende a media ladera, serpenteando entre espartos, aromáticas, quejigos y coscojas, hasta encontrar un ordenado olivar. A partir de aquí la pista discurre entre más olivos y cultivos de poáceas: trigo, cebada y centeno, fáciles de distinguir por sus características espigas.

Paisaje típico alcarreño, como de tapiz de Windows

El camino está bordeado de avena loca y cabizbajas amapolas, que evidencian, desde tiempos remotos, que ya queda poco tiempo para la cosecha del cereal, quizás diezmada por la carencia de lluvias. Sobre el manto verde emergen las cumbres de los cerros, suaves y levemente arboladas, típicas del relieve tabular, y el cielo, muy azul, se tiñe con los blancos borreguillos de los cirros.

Según se avanza, a la izquierda, aparecen las peladas vaguadas de los arroyos que vierten al embalse; las vistas son amplias, expansivas, dominantes de la fértil campiña.

La campiña del Tajo

La pista se ondula descendiendo ligeramente hasta que, a la izquierda y abajo, aparece el paraje "Carrascosilla", un topónimo que suele indicar que allí hubo un antiguo poblamiento. A la derecha el paraje "Hipólita", topónimo romano donde los haya.

Un poco más adelante encontramos una bifurcación, que cogemos a la izquierda, hacia el río, en un paisaje de patchwork algo monótono.

Casas de la Vega

Unas evocadoras ruinas emergen sobre los cultivos, a la derecha. La exploración se impone, como de costumbre: la cabra tira al monte. Se trata de un caserío agrícola abandonado -las Casas de la Vega-, de viviendas de dos alturas con bodega subterránea.

Accedo por una de las puertas, pisando crujientes restos de todo tipo, y examino su construcción: piedra, tapial y estructura de madera, todo revestido con una gruesa capa de yeso.

Palomar y chimenea

Hornacinas, chimeneas y palomares; es llamativo que la mayoría de construcciones abandonadas que hemos encontrado a la ribera del Tajo son muy parecidas, incluso en el modelo de chimenea y palomar. En esos tiempos no se hacía I+D, lo que funcionaba permanecía ¡para qué complicarse la vida, que ya es suficientemente dura!

Tinaja escondida
Salgo al otro lado de la casa, a la calle interior del poblado. Encuentro dos bodegas muy interesantes, frescas y húmedas. En una de ellas una enorme tinaja, asegurada con un madero, no sea que la roben. Balas de paja se apoyan en una marchita pared, como ayudando a que colapse de una vez por todas.

Balas de paja, ruina segura

Sigo por el GR-113 en dirección E, hasta llegar a un paraje en el que el páramo encajona al Tajo, y una serie de construcciones aparecen a ambos lados de la pista. A la izquierda y junto al río, un antiguo transformador eléctrico (según aparece en las Minutas del IGN)) y un par de corrales.

Transformador y corrales

A la derecha aparece una construcción de tejado a dos aguas, derribado aunque con los hastiales intactos, arco de porche y una moldura a modo de decoración.

Original entrada

Detrás de la casa atravieso un pinar de repoblación, recordándome a los que se trasplantan pelo en Turquía: un pelo detrás de otro y en fila india, como estos pinos. Encuentro un ancho camino -que lleva a la cercana población de Albalate de Zorita- con un agradable merendero y, tras él, la ermita de la Santa Cruz.

Merendero y ermita

Se trata de una ermita del siglo XVI, construida para alojar una cruz que unos pastorcillos -el relato nos es familiar, seguro- encontraron en este paraje. Se abandonó a finales del XIX, para ser reconstruida en 1980. Presenta una planta de cruz latina con muros de sillar y sillarejo, y un sencillo arco de medio punto sirve como entrada, cerrada en esta ocasión. 

Cripta de la ermita, en modo almacén

Rodeo el edificio y encuentro unas escaleras que llevan a una cripta, abierta. Descubro una estancia en penumbra, con cosas esparcidas y algo que parece un rudimentario altar. Lugar paradójico: tranquilo con un toque desasosegante, un sagrado trastero.

Seguimos pegados al río, que hace curva a la izquierda. Aparece una bifurcación y, sin temor alguno, cojo el camino chungo, el de la izquierda, el que va pegado al río.

Bosque de galería y carrizal

Se trata de un camino malo, medio inundado, con un amplio carrizal que lo separa del Tajo. Algunas construcciones, ligadas al regadío por medio de canales, aparecen en la otra orilla, en un bosque de galería de encinas y pinos.

Regadío

Algo más adelante el camino -menos mal- llega a su fin, encontrándose con la carretera GU-219, que nos lleva directamente a Zorita de los Canes pasando bajo la conocida ciudad visigoda de Recópolis, que no he visitado en esta ocasión pero que se lo merece, sin duda alguna.

Zorita de los Canes

El pueblo surge bajo su imponente y descarnada fortaleza de origen musulmán, estrecha y alargada como un buque varado en la paramera alcarreña. Me acerco a su proa, masiva y cortante, sobre la que emerge un torreón semicircular, en mampostería y sillarejo. Me acerco a la puerta: cerrada, otro día será, aunque se adivina el foso y, tras la rampa, la puerta de la zona religiosa, ojival, indicando influencia gótica.

Castillo de Zorita de los Canes

Tiro por la calle principal del pueblo y me desvío a la izquierda, por la calle del río Tajo, encontrando un merendero muy agradable convertido en parque fluvial de pago; no me parece mal, en España lo gratis no se suele valorar y mucho menos cuidar. Chachi piruli.

Restos del ferrocarril del Tajuña

Algo más allá, una sorpresa: los extremos de un viejo puente. Consulto los mapas históricos del IGN y me llega la respuesta: son restos del ya desmantelado ferrocarril del Tajuña, un tren de vía estrecha que comunicaba Madrid con Alocén (Guadalajara), aunque su objetivo inicial fue que llegara hasta Aragón. Arqueología ferroviaria de la buena.

Central de Zorita

Con la sana intención de explorar el potente meandro que hace el Tajo en este enclave prosigo en dirección noroeste, hasta encontrar la central hidroeléctrica de Zorita, un interesante y bien compuesto edificio de hormigón visto.

La progresión hacia el meandro es imposible, todos los caminos están cerrados. Doy la vuelta y cojo la GU-219 en dirección noreste, alcanzando después la CM-200, con la intención de finalizar el recorrido. Sin embargo, aún queda algo: el ascenso al cerro de la Pangía, parte integrante de la microrreserva de los cerros margosos de Pastrana y Yebra, un interesante espacio natural cuyo mayor mérito es la presencia de un endemismo: el limonio de los yesos (Limonium erectum).

Subiendo al cerro de la Pangía

Me dirijo al noroeste, cruzando el Tajo. Después, a la derecha, el desvío a Sayatón. Cojo la siguiente pista, a la derecha, que asciende en un paisaje de olivar y pinar sobre arcillas y areniscas. La pista vira a la izquierda, ascendiendo suavemente hasta que el suelo cambia de color haciéndose aún más claro: yesos y arcillas yesíferas. Recorro los últimos metros en el cordal, en dirección sur, hasta alcanzar la cima del cerro de la Pangía, sin vistas panorámicas aunque siempre algo se deja ver.

Cadena de cerros margosos

La vista más interesante el hacia el noroeste, donde los blanquecinos cerros muerden la superficie cultivada, formando unas cárcavas muy pintorescas por lo secas y descarnadas.

El Uluru alcarreño

Desciendo por el mismo camino, hasta la carretera. Desde aquí, el cerro aparece místico, icónico, como irreal. Me recuerda -salvando las distancias- al Uluru de Australia o a la Torre del Diablo, en Wyoming.

O quizás sea un servidor, que tras una mañana de exploración extrema tenga ya el puntito. Da lo mismo.

CONTINUARÁ

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